sábado, 28 de enero de 2012

Vestigios de gloria.


       Introducción.
             "La única prisión que puede encerrar al alma es uno mismo"

                   Henry Van Dyke.


       Aragón, Castilla, Navarra, Portugal... Los jóvenes Reinos cristianos de la Península Ibérica se encuentran en lucha constante contra la Media Luna mora.
       Tariq y Muza primero, Abderramán III y Almanzor, Almorávides y Almohades han dominado el Sur de España por casi quinientos años, creando una resplandeciente cultura de arcos de herradura y aljaferías, zocos y mezquitas.
       La progenie de Caín se ha visto envuelta una y otra vez en las reyertas de los mortales, tomando partido por uno u otro bando. Muchos vástagos han caído en batalla, y otros muchos siguen luchando en las sombras.
       La Orden de Hermes, respaldada por el ancestral Arte arcano, se ha hecho fuerte en la Península Ibérica. En una guerra paralela con los Reinos Cristianos, se enfrentan a los misteriosos hechiceros del Islam. La energía mágica invade la atmósfera, iluminando el campo de batalla, donde los lupinos se enfrentan a las abominaciones del Wyrm.
       Los valles son verdes y fértiles, y las montañas rebosan de minerales valiosos; la tierra es hermosa, sí, pero también peligrosa. Sobre todo para los No-muertos.
       Aquí nació Tartessos la Bella, gobernada con mano justa y firme por Argantonio. Aquí fue donde Hércules venció a Gerión, donde nacieron Gárgoris y Habis. Tierra natal de Séneca, Nerva, Marco Aurelio, Adriano y Trajano, el mayor de los Césares de la antigua Roma. Esta es la patria de Teodoredo, que derrotó a Atila en los Campos Cataláunicos, al precio de su vida; aquí murió Roland, el gran héroe francés, y aquí vivió el mayor héroe de toda la Historia: Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
       Es la tierra de Hispania, tierra de mitos y leyendas, recuerdos y vestigios.
       Prólogo: Sangre y Cieno.
             "Oh, Señor, si es que existe un Señor:
             salva mi alma, si es que poseo un alma"
                   J. Ernest Renan, "Oración del escéptico".

       Una estrella solitaria brillaba allá arriba en el firmamento. Baltasar bajaba los peldaños de la carcomida escalera poco a poco, pues sus piernas ya no poseían la agilidad de antaño. Estaba muy oscuro, pero él no necesitaba luz: conocía el camino de memoria; lo había recorrido una infinidad de veces.
       Levantando una nubecilla de polvo con sus raídas sandalias, Baltasar deslizó un pie hasta el suelo del scriptorium; llevaba mucho trabajo atrasado, y no se podía permitir perder más tiempo.
       Gruñendo quedamente, el anciano fraile palpó el estrado polvoriento que tenía ante sí. Satisfecho, asintió mientras sus manos localizaban una vela amarillenta y medio consumida.
       Mientras encendía la vela, Baltasar contempló el montón de pergaminos que reposaban, oxidados por el paso del tiempo, sobre la mesa. A su derecha, una estantería aún más anciana que él cobijaba en su interior un maremágnum de manuscritos enigmáticos, que todavía no había tenido oportunidad de examinar.
       Suspirando con resignación, el anciano sacudió su mano torpemente sobre la silla y tomó asiento a duras penas. Una vez sentado, sumió la pluma de cisne que llevaba consigo en el tintero casi seco, tomó un pergamino y comenzó a ondear la pluma sobre el manuscrito con una rapidez y destreza que desmentían su edad. Al poco tiempo, la mesa quedó libre del manto de escritos.
       Baltasar dejó la pluma a un lado; con esfuerzo, consiguió levantarse de la silla y caminó con aire cansado hacia la malograda estantería. El polvo y las telarañas que levantó mientras extendía el brazo le hicieron toser ruidosamente. Perjurando, tomó un manuscrito al azar y lo llevó a su mesa.
       Con cuidado, el viejo sacerdote desplegó el rollo ante sí. Parecía bastante reciente, lo que despertó su curiosidad.
       "Venerable Baltasar:
       Me dirijo a vos en esta carta, que sin duda hallaréis en el scriptorium donde tan laboriosamente pasáis las noches enteras.
       Vuestra humilde y transparente generosidad, aquella madrugada en que me encontrasteis yaciente sobre el empedrado que se encuentra tras la Capilla ha marcado mi vida.
       La muralla de valores que hasta ahora había defendido inconscientemente con tal ahínco ha comenzado a desmoronarse por su propio peso.
       Os pido pues, padre, que me comprendáis y escuchéis sin prejuicios, tal como hicisteis aquella noche.
       Mi nombre, como ya sabéis, es Joan.
       - - Mientras, fuera de la catedral, un mendigo se arrastraba penosamente, camino del único refugio que podía ampararle ante las inclemencias de la noche medieval. Caminaba sobre los brazos, pues dos muñones informes cubiertos de cieno ocupaban el lugar donde debían encontrarse sus piernas.
       Su faz, pálida y chupada, reflejaba una inmensa tristeza. - -
       Esta misiva no es una confesión. Mi alma ha caído tan profundamente en el pecado que no hay posibilidad de redención para ella.
       Si pudiérais imaginar, padre, lo que sentí aquel día que me recogisteis. La transparencia de vuestra fe provocaba quemaduras en mi cuerpo maltrecho. Pero vos las vendasteis con aceite, aunque no entendíais su causa. Vuestras manos me laceraban y me purificaban a un tiempo. Y aunque sufrí mucho en ese día, mi alma vio la luz por primera vez en trescientos años.
       Podría decíroslo de una manera más discreta, elegantemente escondido bajo una túnica de ambiguas palabras y frases ornamentadas, pero estoy cansado de huir, de ocultar mi verdadero yo.
       Soy un vampiro.
       - - Un veterano guardia ataviado con una armadura medio oxidada observó al mendigo mientras se arrastraba camino de la catedral. Rascándose la barba sucia y canosa, avanzó hacia él. El toque de queda había sonado hacía casi media hora.
       Una breve mirada hacia lo que debían haber sido las piernas del pobre desdichado, en cuyo lugar sólo había dos muñones cubiertos de barro, hizo desistir al guardia de su empeño.
       En su anciano corazón todavía quedaba un pequeño lugar para los sentimientos. - -
       Nací en el año 907 de nuestro señor, según el calendario Juliano. Ante mis ojos se han desarrollado varios de los más gloriosos momentos de la Reconquista.
       He visto la ascensión de Castilla y la decadencia de Navarra. Mis ojos inmortales han observado la conquista de Cohimbra, han visto la sangre de los combatientes derramarse en un arroyo carmesí, tanto cristianos como musulmanes, sin excepción.
       Yo acompañé a Sancho Garcés, conocido como "El Mayor" a la opulenta corte cordobesa de Abderramán III, con el fin de acabar con la vida del califa. Pero fallé. Y mi clan nunca me lo perdonó. Habéis de saber que pertenezco a uno de los más retorcidos clanes que existen en mi estirpe. Lasombra, le llaman, y sombrío es en realidad. Sombrío y oscuro, pues nos escondemos en ese inmenso hueco de tinieblas que se yergue tras el trono del Señor feudal. Nosotros somos quienes fomentamos las guerras y destronamos a los Condes y Barones según sirvan a nuestros propósitos.
       Pero no somos los únicos.
       Trece son los clanes de los vampiros, y Caín es el padre de todos nosotros. Pero ha marchado, escondido hasta la noche de la Gehena, la noche del fuego eterno en que los Antediluvianos, los más antiguos de todos los vampiros reclamen su dominio sobre la Tierra, castigando a todos nosotros, sus rebeldes vástagos.
       Ellos nos crearon. Eran trece, y trece clanes fundaron. Se habla de un decimocuarto, pero su nombre es motivo de vergüenza para los vampiros, pues fue el artífice de un reinado de Terror y fuego, y sus seguidores sirven a los Infiernos. Son el clan Baali, maldito sea su nombre; y sus miembros son perseguidos por el resto de nosotros, pues no debemos permitir que esta aberración circule por el mundo.
       El más noble de los clanes es el Ventrue, cuyos miembros ocupan una gran parte de las posiciones de influencia mortales. Se dice que el mismo Rey de Francia posee entre sus nobles de confianza a multitud de vampiros.
       Desde Francia también se ha extendido el clan de Toreador. Son ellos los más cultivados de los vampiros, amantes de las letras y de las artes. Sin embargo esto puede convertirse en su mayor debilidad.
       Vagabundos errantes, los vampiros del clan Gangrel hacen del bosque y la pradera su hogar. Su poder es tal que pueden fundirse con la Tierra durante el día, evitando así que el Sol, que tanto nos perjudica como a vosotros os beneficia, haga que su piel arda envuelta en llamas y su no vida se consuma. Sin embargo, son solitarios y desconfiados, bárbaros. Y esto puede motivar su caída.
       Vagabundos también, los Ravnos yerran en carromatos de brillantes colores por toda la Europa cristiana... y no cristiana. Viven como artistas y adivinos ambulantes, sin hogar fijo, viviendo de lo que sustraen a las buenas gentes, Son pícaros ladrones de una destreza inigualable, y su lealtad para con sus hermanos de clan es inquebrantable.
       Triste es el destino del clan Salubri, cuyo fundador Saulot nos enseñó el camino de la verdadera bondad como sólo un mártir podría hacer.
       Perdonad mi blasfemia, padre, pero aún lamento la muerte de Saulot tanto como algún día mi clan lamentará la ascensión al poder de Tremere y su chusma de hechiceros; aunque hoy les apoye.
       Temo al clan Tremere, pues tal y como acabaron con Saulot pueden acabar con todos nosotros. Dominan poderes mayores de los que ningún vampiro hubiese imaginado poder dominar, y su corazón es tan negro como su Bestia Interior.
       La Bestia es una carga que todos nosotros, hijos de Caín, hemos de soportar. Luchamos contra ella, para evitar que tome control de nuestras acciones; pero no es un enemigo físico, palpable, sino algo que nos va devorando poco a poco desde el seno de nosotros mismos. Es una guerra interminable que va desembocando poco a poco en la degeneración.
       Sólo los malkavian parecen ignorar a la bestia. Quizá sea porque por sus venas corre la sangre envenenada de Malkav, el Loco. Todos los que pertenecen a este clan padecen algún trastorno. Algunos lo llamarían un castigo de Dios, yo creo que bajo su apariencia de locura los malkavian son los más cuerdos de todos nosotros.
       Puede que sólo haya un clan que ame las sombras más que el nuestro. Escondidos en umbrías catacumbas perdidas, olvidadas desde tiempos inmemoriales, se arrastran los desdichados Nosferatu. Su sangre también está contaminada, y se dice que sufren terribles dolores en el momento del Abrazo (así es como llamamos al acto de crear un nuevo vampiro). Su cuerpo y su faz queda horriblemente desfigurada, y han de ocultarse temiendo el despecho de los mortales casi tanto como el miedo a ser quemados en la hoguera.
       Las catacumbas son asimismo lugar de estudio y meditación para los descendientes de Capadocius. El clan de la Muerte, le llaman. Y muertos están, en apariencia mucho más de lo que estamos el resto de nosotros, vástagos de Caín. Buscan el conocimiento ultraterrenal, más allá de la muerte. Creen que si pueden entenderla podrán dominarla y vencer a la Bestia.
       En las lejanas tierras del Oriente europeo, los Tzimisze extienden su reinado de horror. Inmensos palacios sombríos cuidadosamente decorados. Campos cubiertos de sangre y cuerpos empalados, los de sus enemigos. Los Voivodas son enemigos formidables. Esperemos que ellos y los usurpadores Tremere se destrocen mutuamente.
       Tras la caída de Lisboa, el clan Brujah vio una oportunidad de oro para hacer resurgir su sueño. Aún lloran a la perdida Cartago, donde hombres y vampiros convivieron en armonía, según se dice.
       Son los rebeldes de la Estirpe, siempre descontentos. Ni siquiera ellos mismos saben lo que desean. Son sabios filósofos y grandes querreros, cuyo porte hace recordar a los habitantes de la antigua Macedonia. Viven anclados en el pasado, empero, y esto impide que puedan prosperar.
       - - Muy lentamente, el mendigo se acercaba a su refugio, con la esperanza de poder dormir una noche más al abrigo de los fríos muros de la catedral.
       Una noche más, monótona y oscura. - -
       En el lejano Sur, las tierras de los herejes más impíos, como son conocidas por los cristianos. Tierras de bárbaros, unos bárbaros que construyen ciudades hermosas, llenas de maravillas arquitectónicas, arcos imposibles y opulentas riquezas, moran dos clanes que son objeto de temor y desconfianza.
       Los oscuros assamitas se deslizan en la noche, llevando la muerte a los que ya han muerto. Asesinos de asesinos, los malditos vampiros musulmanes acechan a sus víctimas en la oscuridad y les arrebatan su no-vida. Gozan con ello, alimentándose con la sangre de aquellos que han caído bajo el filo de sus alfanjes.
       Más misteriosas aún son las motivaciones de los Seguidores de Set. Adoran al dios egipcio que les da nombre, su creador. El dios de la corrupción y el engaño, que no es otro que el Antediluviano fundador de su clan. Tientan a mortales y a cainitas con sus ambiciones más ocultas. Y todos caen en la trampa. Sus ansias les llevan a la perdición. Los Hijos de Set creen que así pueden sobornar a la Bestia, concediéndole sus deseos, los deseos del subconsciente.
       Dentro de Hispania, dos líneas de Sangre velan por el equilibrio entre los reinos cristianos del Norte y los musulmanes en el Sur.
       Son los Gargoris, cuyo nombre proviene del primer Rey de Tartessos la Bella. Él fue su creador. Y ahora sus vástagos luchan por conservar su tierra, otrora lugar de paz. Sus esfuerzos dieron fruto, y el califato de Córdoba fue un lugar de paz y de refugio para cainitas y mortales. Pero los hados de la guerra se acercan a ellos peligrosamente.
       En el Norte, entre nosotros, viven los Qasi. Vampiros muladíes que se han infiltrado entre nosotros y actúan de jueces para que cristianos y musulmanes convivan en armonía.
       Esta es nuestra sociedad. Decadente e inestable. Esta es la sociedad de la que ahora me escondo, pues he repudiado a mis semejantes. Busco la Golconda, la Paz Interior que me ayude a vencer definitivamente a la Bestia que llevo dentro. Y por ello os doy gracias, padre, pues me habéis abierto los ojos a la realidad.
       Seguiré siendo un proscrito a los ojos de los míos. Pero no me arrepiento, pues ahora sé que he de hacer.
       Gracias. Siempre.
       A vuestro servicio
       Joan de Luna."
       - - El pobre desdichado avanzaba, ignorante de la sombra que le acechaba unos pocos pasos a su espalda. La puerta de la catedral se encontraba a sólo unos metros. Estaba cerrada, como era normal a aquellas horas.
       Cuando se detuvo frente al portón, una sombra silenciosa cubrió su cuerpo.
       Golpeó la puerta.
       Baltasar levantó la vista de su lectura. Parece que habían golpeado la puerta de la catedral. Esperó.
       La llamada se volvió a repetir, apremiante. De repente, cesó.
       Por fin, decidió levantarse.
       En su camino, Baltasar pasó por el triforio. El joven Jesús no estaba entre los mendigos que se cobijaban allí. Algo más tranquilo, bajó hacia la desierta entrada. Todos los monjes habían ido ya a dormir, preparando los oficios de maitines.
       No era la primera vez que Jesús llegaba tarde. Su repentina discapacidad, producida en una reyerta, y su desgana de vivir le hacían un personaje extraño y lastimoso.
       Abrió la puerta.
       Allí estaba Jesús, desplomado en una postura grotesca; una mirada de horror aún presente en sus ojos vidriosos. La piel de su rostro, de por sí pálida, resultaba inerte y mortecina. Estaba, sin duda, muerto.

       Pero había algo más en sus ojos, una expresión de indecible tristeza...
       Los tenues haces de luz de la luna se eclipsaron bajo una sombra oscura que cubrió completamente a Baltasar.
       - Bienvenido, mon amí. No tengo nada contra vous, pero espero que comprendas que me he dejado algo aquí olvidado. En realidad no es mío, sino de mi chiquillo Joan. No, por favor, no te molestes en buscarlo, yo mismo lo cogeré.
       Por cierto, mi nombre es Job.
       ¿Joan? Oh sí, no os preocupéis, me ocuparé de que os reunáis con él... para siempre.
       Bajo la luz de la luna, junto a la puerta de la catedral, sólo quedó una insignificante mancha de cieno, teñida de rojo...
       Vestigios de Gloria.

             "Sólo los suicidas desean la muerte,
             sólo los necios desean la muerte eterna"

                   Miguel Lear, Príncipe de Burgos.

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