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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Y ningun pajaro canta

Las chimeneas rojas de la casa a la que me dirigía eran visibles desde el exterior de la estación en la que me había apeado, y según me dijo el chófer la distancia no llegaba a un paseo de dos kilómetros si se tomaba un sendero por entre los campos. Iba en línea recta hasta llegar a la linde de un bosque que pertenecía a mi anfitrión y por encima del cual se veían las chimeneas. Encontraría una puerta en la valla que rodeaba el bosque, desde la que salía un camino que lo atravesaba y desembocaba cerca del jardín. Por eso, en aquella adorable primera hora de la tarde de un día de principios de mayo, me pareció una pérdida de tiempo hacer otra cosa que no fuera pasear cruzando prados y bosques, y partí a pie mientras el vehículo llevaba mi equipaje.
Era uno de esos días dorados que ocasionalmente se salen del paraíso y caen sobre la tierra. La primavera había llegado tarde, pero ahora había explotado y el mundo entero hervía con la sabia de la vida. Jamás había visto tal riqueza de flores primaverales, ni tal fuerza del verde, ni había escuchado cantos tan melodiosos de los pájaros que había en los setos; ese paseo por los prados fue un jubileo de éxtasis festivo. Y lo mejor de todo, me prometía a mí mismo, sería cruzar el bosque que tenía delante y que hacía poco que se había cubierto de un verde lechoso. Encontré la puerta delante de mí y al cruzarla entré en el moteado de sombras y luces del camino cubierto de hierba.

Viniendo de la brillante luz del sol era como entrar en un túnel oscuro; se tenía la sensación de haber subido repentinamente del brillo de la primavera para entrar en una caverna subacuática. Por encima, las copas de los árboles formaban un techo verde que excluía la luz en un grado notable. Había entrado en un mundo de oscuridad movediza. Después, conforme se fueron distanciando más, su lugar era ocupado por espesos avellanos arbustáceos que irrumpían en el camino, y finalmente el terreno descendía y me condujo hasta un claro cubierto de helecho y brezo y tachonado de abedules. Pero aunque volvía a caminar bajo el cielo luminoso, desde el que se derramaba la luz del sol, el brillo parecía haber perdido su fulgor. El resplandor estaba velado —¿se trataba de alguna extraña ilusión óptica?—, como si brotara desde detrás de un crespón. Y sin embargo allí estaba el sol, muy por encima de las copas de los árboles, en un cielo sin nubes; no obstante la luz era la de un día invernal tormentoso, sin calidez ni brillo. Había además un extraño silencio; había previsto que los arbustos y los árboles resonarían con el canto de apareamiento de los pájaros, pero aunque presté atención no pude oír ninguna nota, ni el aflautado del zorzal o el mirlo, ni el alegre run run del pinzón, ni el arrullo de la paloma torcaz, ni el clamor estridente del arrendajo. Me detuve para verificar ese silencio extraño; no había ninguna duda. Resultaba fantástico y misterioso, pero supuse que los pájaros sabían bien lo que hacían, y si estaban demasiado atareados para cantar era asunto de ellos.

Al avanzar me sorprendió que desde que había entrado en el bosque no había visto ningún tipo de pájaro; y ahora, al cruzar el claro, mantuve la mirada alerta, pero en vano, y poco después crucé el círculo espeso de árboles que lo rodeaba. Me di cuenta de que en su mayor parte eran hayas que crecían muy cerca unas de otras, y en el suelo sólo había una alfombra de hojas caídas y algunas zarzas delgadas. Con esa curiosa oscuridad y con el espesor de los árboles era imposible ver muy lejos a derecha o izquierda del camino, y por primavera vez desde que salí del claro escuché algún sonido indicativo de que había vida. No lejos oí un crujido de hojas, y pensé que se estaba moviendo algún conejo. Pero no sé por qué me dio la impresión de que no transmitía la pauta de movimiento de un animal pequeño; tenía una pesadez sigilosa, como si algo mucho más grande se estuviera deslizando y deseara que no le oyeran. Me volví a detener para ver qué podía surgir de la maleza, pero en ese instante cesó el sonido. Simultáneamente me di cuenta de que llegaba hasta mí un olor débil pero pestilente, un olor sofocante y corrupto, y sin embargo acre, más semejante al olor de algo vivo que de algo podrido. Resultaba especialmente vomitivo, y como no quería acercarme más a su origen seguí mi camino.

Al poco llegué a la linde del bosque; directamente delante de mí había una extensión de prado y tras éste una puerta de hierro situada entre dos muros de ladrillo, a través de la cual pude vislumbrar un prado bien cuidado y lechos de flores. A la izquierda se levantaba la casa, y sobre la casa y el jardín se derramaba el brillo sorprendente de las últimas horas de la tarde.
Hugh Granger y su esposa estaban sentados fuera, sobre la hierba, con el grupo habitual de perros de diversas razas: un collie galés, un perdiguero amarillo, un foxterrier y un pequinés. Sus protestas al entrar yo dieron paso a la bienvenida cuando me reconocieron y fui admitido en el círculo. Teníamos muchas cosas que contarnos, pues había estado fuera de Inglaterra en los últimos tres meses, durante los cuales Hugh se había mudado a esta pequeña finca que le había dejado un tío de costumbres solitarias, y Daisy y él habían estado atareados durante las vacaciones de Pascua mudándose a la casa. Se trataba ciertamente de una herencia muy atractiva; la casa, que me estaban enseñando en ese momento, era una deliciosa y pequeña mansión de la época de la Reina Ana, y su situación junto a la estribación de la cordillera de Surrey, recubierta de brezo, era soberbia.

Tomamos el té en un pequeño salón entablado que daba al jardín, y al poco tiempo los temas generales fueron reduciéndose a los del día y el momento. Daisy me preguntó si había llegado caminando desde la estación: ¿lo había hecho a través del bosque o siguiendo el camino que lo rodeaba? Planteada así, la cuestión resultaba bastante trivial; no había en su voz indicio alguno de que le importara en absoluto el camino por el que yo había llegado. Pero me pareció evidente que no sólo ella, sino también Hugh, prestaron una atención intensa a mi respuesta. Él acababa de encender una cerilla para el cigarrillo, pero la mantuvo en alto hasta que oyó la respuesta. Cierto, había cruzado el bosque; pero, aunque hubiera tenido en él algunas impresiones extrañas, me pareció ridículo mencionarlas. No podía decir seriamente que la luz del sol era de muy mala calidad, y que en un punto de mi travesía había olido algo horrible. Había cruzado el bosque; eso era lo único que tenía que decirles.

Hacía muchos años que conocía a mis anfitriones, y entonces, cuando pensé que sólo podía ofrecer de las experiencias que allí había tenido un material puramente imaginario, observé que intercambiaron una rápida mirada que pude interpretar con facilidad. Cada uno de ellos miró al otro con expresión de alivio; tal como deduje de las miradas, se decían que en todo caso yo no había encontrado nada inusual en el bosque, y se sentían complacidos de ello.
Pero entonces, antes de que se hubiera producido una verdadera pausa a mi respuesta de que había cruzado el bosque, recordé la extraña ausencia de pájaros y sus cantos, y me pareció una observación inocente de historia natural que pensé podría mencionar.

—Me sorprendió algo extraño —empecé a decir, y al instante vi que la atención de ambos volvía a clavarse en mí—. No vi un solo pájaro ni escuché a ninguno desde que entré en el bosque hasta que salí de él.
—También yo había observado eso —dijo Hugh encendiendo el cigarrillo—. Y resulta bastante notable. Se trata ciertamente de un bosque antiguo, y cabría pensar que los pájaros habrían anidado en él desde época inmemorial. Pero lo mismo que tú no he visto ni oído a ninguno en él. Y tampoco he visto un conejo.
—Creí oír uno esta tarde —añadí yo—.Se movió algo entre las hojas de haya caídas en el suelo.
—¿Lo viste? —preguntó él.
Recordé entonces que había decidido que el ruido no era el de un conejo.
—No, no lo vi; y quizás no fuera un conejo. Recuerdo que sonaba como si fuera algo más grande.
De nuevo Hugh y su esposa cruzaron una mirada inequívoca, y ella se levantó.
—Debo irme —dijo—. El correo sale a las siete y he pasado toda la mañana sin hacer nada. ¿Qué vais a hacer vosotros?
—Algo al aire libre, por favor —dije yo—. Quisiera conocer la propiedad.

Hugh y yo salimos a pasear con la cohorte de perros. La finca era realmente atractiva; al otro lado del jardín había un pequeño lago con un juncal del que brotaban múltiples trinos, y unos márgenes cubiertos de matas por los que al llegar nosotros se alejaron velozmente fochas y pollas de agua. En el extremo se elevaba un montículo cubierto de brezo y lleno de madrigueras de conejo, que los perros olfatearon con placenteras expectativas, y ahí nos quedamos sentados un rato, observando el bosque que cubría el resto de la finca. Incluso entonces, bajo el destello del sol cercano a su puesta, parecía hallarse en sombras, mientras el resto de la vista reflejaba el brillo, pues ni una sola nube moteaba el cielo y los rayos envolvían el mundo en un esplendor carmesí. El bosque, en cambio, estaba gris y oscurecido. Me di cuenta de que también Hugh lo estaba mirando, y en ese momento, con aire de estar abordando un tema desagradable, se volvió hacia mí.

—Cuéntame, ¿te sorprende algo de ese bosque?
—Así es, parece yacer en la sombra.
—Pero no puede ser, entiéndeme —replicó frunciendo el ceño—. ¿De dónde viene esa sombra? No del exterior, pues cielo y tierra están encendidos.
—¿Del interior, entonces? —pregunté.
—Hay algo extraño en ello —dijo por fin tras guardar un momento de silencio—. Allí hay algo y no sé qué es. Daisy también lo percibe; nunca va al bosque, y parece ser que tampoco lo cruzan los pájaros. ¿Será sólo el hecho de que por alguna razón inexplicable no haya pájaros en él lo que pone en marcha nuestra imaginación?
—Bueno, todo eso son tonterías —contesté poniéndome en pie de un salto—.Entremos ahora en él y encontraremos un pájaro. Te apuesto a que lo encontramos.
—Seis peniques por cada uno que veas —añadió Hugh.

Bajamos la colina y rodeamos el bosque hasta encontrar la puerta por la que había entrado aquella tarde. La sostuve abierta después de haberla cruzado para que lo hicieran los perros. Pero se quedaron allí, aproximadamente a un metro, sin que ninguno de ellos se moviera.
—Vamos, perros —dije, y Fifi el foxterrier, se adelantó un paso, pero luego, lanzando un pequeño gemido, volvió a retroceder.
—Siempre hacen lo mismo —dijo Hugh—. Ninguno de ellos pondrá una pata dentro del bosque. ¡Fíjate!
Les silbó y les llamó, les halagó y les reprendió, pero fue inútil. Los perros permanecían allí, moviendo la cola y lanzando pequeños gemidos de excusa, pero absolutamente decididos a no entrar.
—Pero, ¿por qué? —pregunté.

—El mismo motivo que tienen los pájaros, supongo; sea el que sea. Fíjate por ejemplo en Fifi, la perrita de temperamento más dulce; una vez intenté cogerla para entrar con ella en brazos, y me mordió. No quieren tener ninguna relación con el bosque; lo rodean al trote y regresan a casa.
Los dejamos allí y bajo la luz del crepúsculo, que empezaba ahora a desaparecer, nos pusimos en marcha. Usualmente la sensación de algo fantástico desaparece cuando se tiene un compañero, pero entonces, aunque Hugh caminaba a mi lado, el lugar me pareció más extraño todavía que aquella tarde, y me obsesionó una sensación intolerable de inquietud que fue aumentando hasta convertirse en una especie de pesadilla en estado de
vigilia. Antes había pensado que el silencio y la soledad habían engañado a mis nervios;
pero con Hugh a mi lado no podía ser eso, y me di cuenta de que ciertamente no era esa la idea que estaba en la raíz del miedo, sino más bien la convicción de que acechaba allí alguna presencia, todavía invisible, pero que invadía la oscuridad que allí se reunía. No podía hacerme ni la más ligera idea de qué podía ser, o de si se trataba de algo material o fantasmal; lo único que podía diagnosticar, basándome en mis sensaciones, era que se trataba de algo maligno y antiguo. Cuando llegamos al claro de la mitad del bosque Hugh se detuvo, y observé que había sudor en su frente, aunque la tarde era fría.
—Realmente desagradable —dijo—. No me extraña que a los perros no les guste. ¿Qué opinas de esto?
Antes de que pudiera responder levantó la mano señalando con ella el anillo de árboles que había más allá.
—¿Qué es eso? —preguntó con un susurro.
Seguí la dirección de su dedo y por medio segundo pensé haber visto sobre el bosque una vaga vibración, gris o débilmente luminosa. Se agitó como si hubiera sido la cabeza o la parte delantera de una serpiente enorme que se alzara sobre la parte posterior, pero desapareció al instante y mi visión había sido tan momentánea que no pude confiar en mi impresión.
—Ha desaparecido —dijo Hugh, mirando todavía en la dirección que había señalado; y mientras estábamos allí en pie escuché de nuevo lo mismo que aquella tarde, un crujido entre las hojas caídas. Pero allí no había viento ni se movía brisa alguna.
Hugh se volvió hacia mí.
—¿Qué diablos fue eso? —preguntó—. Parecía como una enorme babosa irguiéndose. ¿Lo viste?
—No estoy seguro de si lo vi o no —contesté—. Creo que simplemente capté una visión fugaz de lo que dices.
—¿Pero qué podía ser? —volvió a preguntar—. ¿Un ser material y real, o...?
—¿Algo fantasmal, quieres decir? —pregunté.
—Algo a medio camino entre los dos. Más tarde, cuando hayamos salido de aquí, te diré a qué me refería.

Aquella cosa, fuese lo que fuese, había desaparecido entre los árboles situados a la izquierda de donde estaba nuestro camino, y en silencio cruzamos el claro hasta que llegamos a la zona en la que los árboles formaban una especie de túnel. Sinceramente, odiaba y temía pensar en sumergirnos en esa oscuridad con la conciencia de que no lejos de allí había algo de la naturaleza acerca de lo cual yo no podía ni siquiera tener la más débil conjetura, pero que no me cabía duda que era lo que llenaba el bosque con un terror innombrable. ¿Era algo material, algo fantasmal, o (y entonces comenzó a formarse en mi mente un atisbo de lo que Hugh quería decir) un ser que estaba en la línea fronteriza entre ambas cosas? De todas las posibilidades siniestras, ésa parecía la más aterradora.

Cuando volvimos a entrar en los árboles, percibí de nuevo ese hedor, vivo y sin embargo corrupto, que ya había olido antes, pero que resultaba ahora mucho más poderoso, y apresuramos el paso, sofocados por el olor que, me daba cuenta ahora, no era el de la putrefacción de la decadencia, sino la sustancia viva de aquello que se arrastraba y se erguía en la oscuridad del bosque en el que ningún pájaro buscaría abrigo. En algún lugar entre aquellos árboles acechaba aquel ser reptiliano que desafiaba toda capacidad de credibilidad, y sin embargo obligaba a ella.

Fue un bendito alivio salir del oscuro túnel hacia el aire sano del claro y la luz de la tarde. Cuando regresamos vimos las cortinas corridas, y lámparas encendidas dentro de la casa. Había un principio de helada y Hugh encendió con una cerilla el fuego de su habitación, donde los perros, todavía con actitud de querer excusarse, nos saludaron con grandes movimientos de cola.

—Y ahora hablemos y tracemos nuestros planes —dijo Hugh—. Pues sea lo que sea lo que hay en el bosque, tenemos que llegar al final. Y si quieres saber lo que creo que es, te lo diré.
—Adelante —contesté.
—Puedes reírte de mí, si quieres, pero creo que es un elemental. A eso me refería cuando dije que era un ser a medio camino entre lo material y lo fantasmal. Nunca había visto uno hasta esta tarde; sólo sentí que había allí algo horrible. Pero ahora lo he visto y es tal como los espiritualistas y esas personas describen a un elemental. Una babosa enorme y fosforescente nos dicen de él, que puede rodearse de oscuridad a voluntad.
Ahora que nos encontrábamos seguros dentro de la casa, bajo la alegre luz y el calor de la habitación, aquella sugerencia me resultó simplemente grotesca. Fuera, en la oscuridad de ese incómodo bosque, algo en mi interior había temblado y estaba dispuesto a creer en cualquier horror; pero ahora el sentido común se rebelaba.
—¿No querrás decirme que crees en esa basura? Lo mismo podrías decir que era un unicornio. Y además, ¿qué es un elemental? ¿Quién ha visto nunca a uno, salvo esas personas que escuchan golpes en la oscuridad y dicen que los ha producido su tía fallecida?
—Entonces, ¿qué es?
—Pensaría que sobre todo son nuestros nervios —contesté—. Sinceramente reconozco que tuve escalofríos cuando crucé el bosque la primera vez, y fue mucho peor cuando lo hice acompañado por ti. Pero eran sólo nervios; nos asustábamos de nosotros mismos, y nos dábamos miedo el uno al otro.
—¿Y también los perros se asustan de sí mismos, y los unos a los otros? ¿Y los pájaros?
Era bastante difícil darle una respuesta; y lo cierto es que abandoné. Hugh, siguió hablando:
—Bueno, sólo por el momento supongamos que alguna cosa, no nosotros mismos, nos asustó a nosotros, a los perros y los pájaros; y que vimos algo semejante a una babosa enorme y fosforescente. No le daré el nombre de elemental, si pones objeciones a eso; lo llamaré Eso. Además hay otra cosa que explicaría la existencia de Eso.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, se supone que Eso es alguna encarnación del mal; es una forma corpórea del diablo. No sólo es espiritual, es material en la medida en que puede ser visto, en forma corporal, y oído, y también, tal como observaste, olido, y... que Dios no lo permita, tocado. Entonces se mantendrá vivo alimentándose. Y eso explica quizás la razón de que todos los días, desde que estoy aquí, he encontrado en el montículo hasta media docena de conejos muertos.
—Armiños y comadrejas —dije.
—No, no son armiños ni comadrejas. Los armiños matan su presa y se la comen. A esos conejos no los habían comido: los habían bebido.
—¿Qué demonios quieres decir? —pregunté.
—Examiné a varios. Sólo tenían un pequeño agujero en la garganta, y les habían chupado la sangre. Quedaba sólo la piel y los huesos, y una especie de amasijo gris de fibra, como... como la fibra de una naranja que haya sido succionada. Además había sobre ellos un olor horrible. ¿Y aquello que vislumbraste se parecía a un armiño o una
comadreja?
Se detuvo cuando oímos el tirador de la puerta.
—Ni una palabra a Daisy —dijo Hugh cuando ésta entró.
—Os oí llegar —dijo ella—. ¿Dónde estuvisteis?
—Por la finca —contesté yo—, y regresamos por el bosque. Es extraño; no vimos ni un solo pájaro; aunque en parte puede explicarse porque estaba oscuro.
Vi que sus ojos buscaban los de Hugh, pero no encontró allí ninguna comunicación. Imagino que estaba planeando algún ataque a Eso al día siguiente, y no deseaba que ella
se enterara de lo que estaba tramando.
—El bosque no es muy popular—dijo él—. Ahí no van ni los pájaros, ni los perros ni Daisy. Debo añadir que también yo comparto esa sensación, pero tras vencer el terror de su oscuridad, he roto el hechizo.
—Estaba todo tranquilo, ¿no? —preguntó ella.
—Tranquilo no sería la palabra exacta. Podríamos haber oído a un kilómetro de distancia la caída de la aguja más pequeña.
Esa noche, después de que ella se acostara, hablamos de nuestros planes. La historia de Hugh sobre los conejos succionados era bastante horrible, y aunque no existiera una conexión cierta entre esos cuerpos vacíos de animales y lo que habíamos visto, parecía razonable que existiera dicha relación. Pero en cualquier caso, tal como señaló Hugh, lo que podía alimentarse de ese modo no carecía, evidentemente, de un aspecto material... los fantasmas no cenaban, y si aquello era material, era vulnerable.

Por tanto nuestros planes eran muy simples: íbamos a recorrer el bosque de la misma manera que se acerca uno a las perdices en un campo de nabos, cada uno con una escopeta y cartuchos. No puedo decir que disfrutara anticipando la expedición, pues odiaba el pensamiento de aproximarme a ese misterioso habitante de los bosques; pero sí producía una cierta excitación suficiente para mantenerme despierto mucho tiempo, y para producirme, cuando me dormí, sueños vívidos y terribles.

No se cumplió en la mañana la promesa del claro atardecer; el cielo estaba bajo y nuboso y caía una lluvia fina. Daisy tenía que hacer unas compras que la obligaban a ir a la ciudad, y en cuanto partió iniciamos nuestro asunto. El perdiguero amarillo, loco de alegría al ver las escopetas, vino dando saltos con nosotros a través del jardín, pero en cuanto entramos en el bosque regresó cabizbajo a la casa.

El bosque tenía una forma aproximadamente circular, con un diámetro de un kilómetro. Tal como dije, en el centro había un claro de unos quinientos metros de diámetro, rodeado por el anillo de árboles gruesos, y después por un bosquecillo de unos doscientos metros de anchura. Nuestro plan era recorrer primero juntos el camino que conducía a través del bosque, con todo el sigilo posible, esperando escuchar algún movimiento de aquello que habíamos ido a buscar. Si no lo lográbamos, penetraríamos en el bosque en una dirección circular y separados el uno del otro por unos cincuenta metros; con dos o tres de esos circuitos cubriríamos bastante bien todo el terreno. No teníamos ninguna idea de la naturaleza de nuestra presa, si trataría de escapar de nosotros o podría atacar; sin embargo parecía que el día anterior nos había evitado.

La lluvia llevaba una hora cayendo uniformemente cuando entramos en el bosque; siseaba un poco en las copas de los árboles; pero era tan espesa la cobertura que el suelo apenas estaba húmedo. Fuera hacía una mañana oscura; dentro podría decirse que el sol ya se había puesto y había caído la noche. Con gran silencio recorrimos el camino de hierba, donde nuestros pasos no hacían ruido, y en una ocasión captamos una vaharada de ese olor a corrupción viva; pero aunque nos detuvimos y prestamos atención no se oyó sonido alguno, salvo la lluvia sibilante sobre nuestras cabezas. Cruzamos el claro y llegamos a la puerta del otro extremo sin encontrar señal alguna.

—Nos tendremos que meter entre los árboles —dijo Hugh—. Será mejor empezar por donde antes lo olimos.
Regresamos allí, una zona situada hacia la mitad del círculo de árboles. El olor seguía suspendido en el aire sin viento.
—Adelántate unos cincuenta metros —dijo él—. Luego partiremos. Si cualquiera de nosotros da con una pista, lanzará un grito.
Avancé por el camino hasta tener la distancia adecuada, le hice una señal y nos metimos entre los árboles.

Jamás había conocido esa sensación de soledad profunda. Sabía que Hugh avanzaba en paralelo conmigo, a sólo cincuenta metros, y si detenía mi avance podía oír débilmente sus pasos sobre las hojas de haya. Pero al mismo tiempo, en ese lugar oscuro me sentía como si estuviera completamente apartado de toda compañía humana; el único ser vivo que acechaba allí era esa monstruosa y misteriosa criatura maligna. Tan juntos estaban los árboles unos de otros que no podía ver más allá de diez metros en ninguna dirección; todos los lugares exteriores al bosque parecían infinitamente remotos, e infinitamente remoto me resultaba también todo lo que me había sucedido en la vida humana normal.

En ese lugar antiguo y maligno me sentía desprovisto de todas las experiencias sanas. La lluvia había cesado, ya no susurraba en las copas de los árboles, ya no era un testigo de que existía un mundo y un cielo exteriores, y sólo algunas gotas caían desde los árboles sobre las hojas de haya.
De repente oí la señal de la escopeta de Hugh, seguida por un grito.

—He fallado —gritó—. Va en tu dirección.
Le oí correr hacia mí, sobre las crujientes hojas de haya, y sin duda sus pasos ahogaron un ruido más sigiloso que estaba cercano a mí. Supongo ahora que hasta que volví a oír otro tiro de Hugh todo sucedió en menos de un minuto. De haber tardado más creo que no podría estar contándolo ahora.
Me preparé entonces, tras oír las voces de Hugh, con la escopeta amartillada, dispuesta a llevármela al hombro, y escuché sus pasos a la carrera. Pero seguía sin ver nada ni oír nada a lo que disparar. De pronto, entre dos hayas, muy cerca de mí, vi lo que sólo soy capaz de describir como una esfera de oscuridad. Rodaba velozmente hacia mí, sobre los escasos metros que nos separaban, y ya demasiado tarde escuché debajo el crujido de las hojas de haya. Antes de que me alcanzara, mi cerebro comprendió qué era, o qué podía ser, pero antes de que pudiera levantar la escopeta para disparar esa nada estaba sobre mí. Me arrebataron la escopeta de la mano y me vi envuelto en la negrura, que era la esencia misma de la corrupción. Me derribó, caí boca arriba y mientras estaba allí tumbado sentí sobre mí el peso de ese asaltante invisible.

Al mover desesperadamente las manos, éstas tocaron algo frío, barroso y peludo. Mis manos resbalaron en aquello y un momento después sentí sobre mi hombro y cuello algo parecido a un tubo de goma. El extremo se sujetó a mi cuello como una serpiente, y sentí que la piel se levantaba debajo. Intenté de nuevo desgarrar y apartar de mí aquella fuerza obscena, y mientras forcejeaba oí los pasos de Hugh muy cerca de mí a través de aquella capa de oscuridad que lo ocultaba todo.

Como tenía la boca libre, grité:
—¡Aquí, aquí! Cerca de ti, donde está más oscuro.
Sentí sus manos sobre las mías y que esa fuerza añadida separaba de mi cuello lo que lo estaba succionando. Lo que tenía enrollado con fuerza sobre las piernas y el pecho se sacudió, forcejeó y se relajó. Fuera lo que fuera lo que nuestras cuatro manos sujetaban, se escabulló y vi a Hugh de pie junto a mí. A uno o dos metros, desapareciendo entre los troncos de hayas, estaba esa negrura que había caído sobre mí. Hugh levantó la escopeta y le disparó su segundo cartucho.
La negrura se dispersó, y allí estaba lo que habíamos buscado, sacudiéndose y retorciéndose como un enorme gusano. Todavía estaba vivo, así que cogí la escopeta, que tenía a mi lado, y le disparé dos cartuchos más. Las sacudidas fueron convirtiéndose en simples estremecimientos hasta que finalmente se quedó inmóvil.

Con la ayuda de Hugh me puse en pie y los dos volvimos a cargar antes de acercarnos. Sobre el suelo había algo monstruoso, mitad babosa mitad gusano. No tenía cabeza; terminaba en una punta roma con un orificio. Era de color gris, cubierto de unos pelos negros dispersos; creo que su longitud era de algo más de un metro, su grosor en la zona más ancha era como el del muslo de un hombre, reduciéndose hacia cada extremo. Los perdigones le habían dado por todas partes, y de los agujeros que habían hecho no rezumaba sangre, sino una materia gris y viscosa.

Mientras estábamos allí en pie se inició un rápido proceso de desintegración y decadencia. Fue perdiendo el perfil, se fundió, se licuó y un minuto después estábamos observando una masa de hojas de haya manchadas y coaguladas. Rápidamente el licor de la corrupción desapareció, y no quedó a nuestros pies rastro alguno de lo que allí había habido. Desapareció el poderoso hedor y brotó entonces el dulce aroma de la tierra húmeda de primavera, y desde arriba entró el fulgor de un rayo de sol que traspasaba las nubes. Entonces unos ruidos repentinos entre las hojas muertas hicieron que el corazón se me sobresaltara de nuevo y amartillé la escopeta. Pero sólo era el perdiguero amarillo de Hugh, que se había unido a nosotros.

Nos miramos el uno al otro.
—¿No estás herido? —preguntó él.
—Ni una pizca —contesté manteniendo alta la barbilla—. No tengo la piel abierta, ¿verdad?
—No; sólo una marca redonda y rojiza. Dios mío, ¿qué era eso? ¿Qué sucedió?
—Primero habla tú —respondí—. Y empieza por el principio.
—Di con él de pronto. Yacía enroscado como un perro durmiendo detrás de una gran haya. Antes de que pudiera disparar partió en la dirección en la que sabía que estabas tú, le disparé un cartucho entre los árboles, pero debí fallar, pues oí los crujidos que se alejaban. Te grité y corrí tras él. Había un círculo de oscuridad absoluta en el suelo, y tu voz salía del centro. No podía verte en absoluto, pero al meter mis manos en esa negrura me encontré con las tuyas. También toqué algo más.
Regresamos a casa y ya habíamos guardado las escopetas antes de que Daisy regresara de sus compras. También nos habíamos frotado, cepillado y lavado. Ella entró en la sala de fumadores.
—Qué perezosos sois —dijo ella—. El tiempo ha aclarado y todavía estáis en casa. Salgamos enseguida.
—Hugh me ha contado que te desagrada el bosque —dije yo poniéndome en pie—. Y la verdad es que es un bosque encantador. Ven y lo verás; él y yo caminaremos a tu lado, cogiéndote de la mano. Y los perros nos protegerán.
—Ni uno de ellos penetrará un metro en ese bosque —dijo ella.
—Oh sí, lo harán. Al menos trataremos de que lo hagan. Prométenos que entrarás si ellos lo hacen.
Hugh les silbó y emprendimos el camino hacia la puerta. Se sentaron jadeando hasta que la abrimos, y se metieron en la espesura persiguiendo olores interesantes.
—¿Y quién decía que no hay pájaros aquí? —preguntó Daisy—. ¡Fijaros en ese petirrojo! Vaya, si son dos. Y parece que están buscando una casa.

E.F. Benson (1867-1940) 
 


lunes, 12 de noviembre de 2012

La fabrica del diablo


Las linternas proyectaban su haz de luz en la nave desierta. Los dos vigilante
s escudriñaban el rincón donde uno de ellos había escuchado un ruido.
—¿Ves algo?
—No, nada. Creo que empiezas a estar obsesionado.
—Es porque tú eres nuevo, Marcos, seguramente si supieras lo mismo que sé yo…
—¡Cuenta, cuenta! —le apremió el novato.

Enrique bajó el tono de voz y le informó a su compañero:
—¿Sabías que llevamos, entre los que hacemos esta ronda, más de seis bajas por depresión?
Marcos puso tal rostro de sorpresa, que su compañero comprendió que no debía estar al corriente de la situación. Enrique prosiguió relatando la historia…

—Antonio, por ejemplo, me comentó que padecía estrés debido a los ruidos que se oían por la noche; parecían los lamentos de un hombre que, a veces, derivaban en silbido… Pero lo más traumático llegó cuando escuchó la respiración de una persona muy cerca de su oído y hasta llegó a sentir el calor de su aliento.
—¡Joder, Enrique!… ¡Es para acojonarse! Pero bueno, ¡sigue!, ¡sigue! —Marcos estaba cada vez más inquieto.
—¿Tú sabías que en esta fábrica estuvieron mucho tiempo sin sufrir ningún robo? Lo más curioso es que siendo uno de los barrios más peligrosos, no tenían a nadie para protegerla. Según una leyenda que circula desde hace tiempo, el dueño de la fábrica hizo un pacto con el diablo nada menos, para que no ocurriese nada en estas naves. Al parecer, Lucifer aceptó el trato y envió un perro horrible, con las fauces de un monstruo y la envergadura de un ca- ballo que arrastraba sus mugrientas garras por cada rincón de este horrible lugar. El trato no fue gratuito. A cambio, Lucifer exigió el alma de un vigilante al año. Cada doce meses el propietario de la fábrica contrataba a un guarda nocturno y a los pocos días… ¡Lo encontraban muerto!
—Lo único que me dijeron al respecto es que la empresa ha cambiado de dueño… ¿Es verdad? —preguntó Marcos intrigado.
—Sí, en efecto, y por eso hace dos años que no encuentran el cadáver de uno de los nuestros, pero lo cierto es que los extraños sonidos se siguen escuchando.

Un nuevo ruido alertó a Enrique que, automáticamente, dirigió hacia ese punto el foco de luz de la linterna intentando descubrir de dónde provenía. Se acercó al rincón iluminado pero no advirtió nada anómalo. El silencio reinante comenzó a inquietarle.

—¿Marcos? ¿Estás ahí?

Nadie le respondía. Enrique enfocó un bulto en el suelo, justo en el lugar donde estuvieron unos segundos antes. Al acercarse descubrió con horror que los ojos de su compañero miraban al vacío. Le cogió la muñeca derecha para comprobar el pulso. No cabía duda. ¡Marcos estaba muerto! Lo que más impresionó a Enrique es que su compañero estaba cubierto de rasguños y rasgaduras. Era como si una enorme bestia lo hubiera atacado con sus afiladas garras.

miércoles, 17 de octubre de 2012

EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN

Los candiles del Templo del Deseo de Satán desprendían una luz aceitosa y 
trémula. Iluminaban las figuras grotescas y poderosas de negro basalto 
brillante, las fauces arrugadas de mandíbulas prominentes y belfos retraídos, 
los ojos de fulgor diamantino, rojos como la sangre. Las desnudas esclavas 
bajaban la cabeza cuando pasaban junto a las estatuas de los Héroes del 
Infierno. Las figuras habían sido bautizadas con sangre de recién nacido y 
dotadas de un eterno poso mágico. Ningún cultita, salvo los sacerdotes -y sólo 
unos pocos de entre ellos- eran capaces de aguantas sus miradas pétreas e 
implacables, tan sórdidas como todo lo demás de aquel ámbito.

Techo, suelo y paredes estaban construidos en oro oscuro, plata roja y celeste, 
mármol amarillento y jade color del mar. La luz comulgaba con las tinieblas, 
los entes demoníacos preferían los rincones oscuros a la claridad. Muchos 
acólitos imprudentes habían sido poseídos y después abandonados al dolor y la 
locura por acercarse demasiado a los lugares más sombríos. En general, nadie 
osaba aventurarse por entre las hileras de inexpugnables columnas ni 
aproximarse a las paredes, pues a los diablos les gustaba la piedra y atrapaban 
a todo el que se les aproximara de forma imprudente.

Aquella noche ocurriría algo crucial. Tendría lugar la Más Alta Invocación, la 
Gran Posesión, protagonizada por el mismísimo Satán, Señor De Todos Los 
Infiernos. Cada seiscientos sesenta y seis días, atendiendo a la cifra mágica 
de La Bestia, se celebraba una Invocación de Alto Nivel, en la cual un ente 
perteneciente a la nobleza infernal -quizás un barón o un condestable- poseía a 
un Recipiente por medio del cual se comunicaría con los creyentes. Los 
recipientes solían ser esclavos de ambos sexos -los demonios, aunque nadie 
conocía sus ritos de reproducción, si los tenían, mostraban caracteres y 
comportamiento de marcada sexualidad-, los mas bellos ejemplares, entrenados 
para no resistirse al ente posesor. Las criaturas terrenales solían intentar 
defenderse contra la violación mental y física que suponía una posesión 
infernal. Sin embargo, Allá, se les había adiestrado para brindar gozosamente 
al demonio todo su ser.

Durante estas fiestas de Invocación y Posesión se encerraba al recipiente en un 
círculo pentacular que retendría al demonio. Éste impartiría sus enseñanzas 
durante la Misa de Posesión. Tras el mensaje del ente -que podía durar 
instantes o hasta ciclos menores- el demonio abandonaba el cuerpo poseído, cuyo 
verdadero dueño solía morir o sufrir una profunda locura hasta el final de su 
pequeña vida. 

Aparte de estas Altas Posesiones, todos los ciclos menores tenían lugar otras, 
protagonizadas por entes demoníacos de bajo poder. Se encaprichaban con cuerpos 
humanos masculinos o femeninos y los tomaban. Por ejemplo, dos ciclos menores 
atrás un guardián del Tercer Nivel fue poseído por un demonio guerrero y lo 
convirtió durante seis ciclos de instantes en un loco asesino. El poseído mató 
con su lanza a siete esclavos, dos Sacerdotes Azules y tres mozos de lucha. El 
demonio lo abandonó al fin y el hombre volvió a recuperar el control de su 
mente y cuerpo. Fue indultado y bendecido por el Sumo Sacerdote Gris. Tres 
ciclos menores antes de este suceso, una manada de súcubos entró en un pequeño 
harén de esclavos masculinos. Los muchachos fueron violados durante horas. 

Cuando los demonios femeninos se marcharon como vaharada de vapor rojizo los 
poseídos lloraban y suplicaban a gritos más placer.

Los sabios aseguraban que el Templo del Deseo de Satán no era más que un portal 
entre el Infierno y el resto de las realidades. Nadie sabía en que punto del 
Todo estaba ubicado. Se decía que flotaba en la Dimensión de los Sueños 

-ciertos acólitos aseguraban haber despertado en él tras una vida anterior de 
vigilia... o tal vez inconsciencia-. Otros afirmaban que se hallaba en una 
línea tangencial a la curvatura del espacio o del tiempo. Muchos viajeros lo 
habían buscado incansablemente sin éxito, otros cayeron en sus pétreas fauces 
sin desearlo. Un ciclo menor, el Templo aparecía sobre un desierto de arena 
negra, al siguiente flotaba plácidamente en un mar de mercurio... Su posición 
era itinerante, se movía a través de dimensiones, o quizá éstas fueran las que 
girasen y el Templo permaneciera quieto.

Nadie conocía tampoco los límites físicos del Templo, dónde empezaba y dónde 
acababa, ni la totalidad de sus innumerables salas y pasillos. Tampoco su 
antigüedad ni la identidad de sus constructores, fueran humanos o no. Los 
árboles genealógicos de ciertas familias sacerdotales se remontaban 
interminablemente hacia el pasado. Ni siquiera se comprendía cómo transcurría 
el tiempo allí, y por conveniencia trataba de medirse mediante dos tipos de 
relojes de agua y arena, que marcaban instantes, ciclos de instantes, ciclos 
menores -compuestos de ciclos de instantes- y ciclos mayores -compuestos de 
ciclos menores-. Mas... ¿qué fiabilidad podría existir, cuando quizá los 
juguetones demonios podían volver del revés las clepsidras antes de que cayera 
el último grano o gota?

De cualquier modo, existía una persona que ostentaba el poder: Barokk, Supremo 
Sacerdote del Templo, Sumo Sacerdote Rojo. Su clan cromático se había impuesto 
al final de las Guerras Sacerdotales, ochocientos ciclos mayores atrás. Había 
tenido que pelear mental y mágicamente contra otros muchos aspirantes de su 
propio clan y de los restantes. Él decidía los días en que se celebrarían las 
Misas de Posesión, fuesen éstas Mayores o Menores, los Ciclos de Matanza, las 
Fiestas del Ensueño o los nuevos decretos que se incluirían en el Libro del 
Arte, la enciclopedia que trataba todos y cada uno de los aspectos 
comprensibles de la Magia en el Templo.

Aquel ciclo menor, el de la Altísima Invocación, Barokk marchaba por el largo y 
vasto pasillo de basalto negro, sentado sobre un trono de oro transportado por 
diez esclavos de fuerza. Le llevaban hacia la Capilla Posesional. Observaba con 
deleite las columnatas, las estatuas, los frisos, los mosaicos de exquisita 
belleza y malignidad, los tapices de terciopelo, las armaduras hechas para 
enfundar cuerpos no humanos,...

Nunca se dignaría a volverse, pero sabía que le seguía una multitudinaria 
procesión: sacerdotes con túnicas de diferentes colores siempre tras su trono 
-quien osara rebasarlo sería despellejado vivo por el Jefe de la Casta de 
Torturadores y después empalado-, las huestes de orgullosos guerreros, las 
masas de músicos, arquitectos, pintores, poetas, escultores... Y por último, 
los rebaños de esclavos, ya fueran de placer, adornados exquisitamente con 
sedas y piedras preciosas, de fuerza, musculosos y estúpidos o de otros 
múltiples usos, menos valiosos aún que los anteriores.

Inmediatamente detrás del trono de Barokk, y sostenido por quince esclavos 
desnudos y aceitados, estaba el Gran Huevo de Plata, que albergaba el 
recipiente sagrado.

Barokk era delgado y alto, de cráneo rasurado, rasgos suaves y ojos muy negros, 
inteligentes y penetrantes. Su voluntad había sido templada al fuego de las 
despiadadas luchas políticas, mentales y mágicas contra sus compañeros de casta.
Amaba su puesto. Amaba el Templo. Él había instaurado el Deber del Deseo 
Satisfecho. Según tal directriz cada cual tenía la obligación de dejarse llevar 
por sus instintos más íntimos. Quien los reprimiera sufriría una ejecución 
ignominiosa. Por supuesto, primero hubo de normalizarse esta ley mediante 
rigurosos decretos basados en una premisa fundamental: el Derecho del Ser de 
Voluntad Fuerte sobre el Ser de Voluntad Débil. Ello permitía que la criatura 
de carácter más agresivo y poderoso impusiera todos sus caprichos, su amor o su 
crueldad, sobre sus inferiores.

La Casta de Voluntad Más Fuerte era la sacerdotal, dotada de inteligencia y 
conocimientos profundos, capaces de plegar el tapiz de la realidad a su antojo. 

Después le seguía la casta guerrera, cuyas contiendas no tenían ningún motivo: 
Barokk había comprendido que en todo muchacho dormía un deseo de aplastar y 
matar un enemigo con sus propias manos. Si se reprimía tal instinto en 
beneficio de la comunidad el individuo sufriría al experimentarlo sentimientos 
de culpa y remordimiento, que podían desembocar en timidez, neurosis, depresión 
y un descenso pronunciado de vitalidad. Así pues, en las Cámaras de Matanza del 
Templo los jóvenes con deseos agresivos se aliaban en ejércitos rivales y daban 
rienda suelta a su sed de sangre sin sufrir culpa ni piedad. Miles de guerreros 
luchaban sólo por el placer de lidiar y asesinar, sobreviviendo los más rápidos 
y fuertes, de cuerpos musculosos y salpicados de carne, sesos y sangre. Ellos 
liderarían a los que vinieran después, hasta que otros consiguieran 
destruirlos, habiendo vivido por la espada y muriendo igualmente por la espada, 
en el seno del combate, con una loca sonrisa en el rostro.

Había Cámaras de Satisfacción para todas las exigencias: en las Cámaras de 
Contemplación los bohemios e intelectuales hundían sus mentes en el sopor de 
las drogas o en los libros de sentido más abstracto para conseguir el 
conocimiento profundo que realmente buscaban. Muchos se convertían en 
sacerdotes.

En las Cámaras de Belleza las mujeres más hermosas mostraban su desnuda 
feminidad, sólo cubiertas por perfumes, joyas, sedas y cosméticos, a masas de 
hermosos hombres encadenados y sometidos a forzosa abstinencia sexual. Ellos 
trataban de alcanzarlas con sus manos, siempre sin éxito. Ellas veían en los 
ojos de los hombres la adoración absoluta provocada por su hermosura. Paseaban 
sus cuerpos deliciosos con deliberado encanto. Así, lograban el placer que sus 
orgullos femeninos les demandaban. Había allí concursos y certámenes. Las 
ganadoras podían desfigurar el rostro, de por vida, a las perdedoras.

También había Cámaras de Dominación Sexual. En éstas, los hombres y las mujeres 
más duros, diestros e implacables ejercían su Derecho del Ser de Voluntad Más 
Fuerte sobre admiradores, amantes, temblorosos esclavos de pasión de ambos 
sexos, a los que partían el corazón una vez tras otra, de manera refinada y 
cruel. 

Barokk había descubierto la llave del poder absoluto: el placer. Dándole placer 
a los inferiores, el placer que realmente buscaban, siempre los mantendría 
controlados. Para envidia y desdicha de otros sacerdotes, las masas se 
rebelarían si intentaran expulsarle de su puesto.

Mas... ¿cual era el mayor placer para Barokk? ¿El conocimiento, tal vez? Él 
había soportado un saber capaz de quebrar mentes muy poderosas. No, aquella 
respuesta no lo satisfacía del todo.

Comprendió de pronto que lo que llenaba su vida era el Amor. Un cariño enorme 
por su trabajo, por sus inferiores, por su Templo. Los amaba sin reservas. 
También amaba a Satán, por supuesto. No le había entregado el alma -esa era una 
prerrogativa personal de cualquier habitante del Templo, desde los esclavos a 
los sacerdotes-, pero ciertamente lo amaba.

Mas, ¿quién o qué era Satán?, se preguntó. Al cabo de una vidas de difíciles 
estudios, había llegado a la conclusión de que no era mas que un Ser de 
Voluntad Sumamente Fuerte. Una criatura gobernante de ciertas dimensiones o 
reinos capaz de enamorar, atraer, dominar y arrastrar a incontables de 
criaturas. No podía comprender los esquemas mentales de Satán, pues una 
Voluntad Fuerte, con el paso del tiempo, acababa expandiendo su mente hasta 
hacerla incomprensible para los inferiores. Tampoco conocía si tenía un último 
cuerpo o si usaba los de otros, si era un alma, un espíritu, un espectro, o 
escapaba a toda descripción física.

Escuchó un gimoteo a su izquierda. Irritado, miró hacia allí. Una bonita 
esclava, vestida con gasas sedosas, se había acercado al trono de Barokk. La 
mujer sollozaba quedamente y no osaba mirarlo al rostro -de haberlo hecho, le 
habrían arrancado con pinzas sus bellos ojos.

-¿Qué quieres, esclava? -preguntó Barokk.

-Amo... La Sacerdotisa Amaria me envía a vos...

-¿Sabes que serás empalada por interrumpir mis cavilaciones?

Ella reprimió un sollozo.

-Sí, amo, pues sólo soy una esclava. La señora Amaria me ordenó llamaros 
y no podía negarme a obedecerla. Quiere preguntaros algo...

-Di.

-La señora Amaria desea saber si ella podría protagonizar la Gran 
Posesión.

-Ve a tu señora con esta palabra en los labios: "No". Ya se lo he dicho 
otras veces. Después de la ceremonia, preséntate en las Cámaras de Tortura para 
que el Sumo Torturador te empale lentamente. Puedes retirarte, esclava.

-Gracias, amo -la muchacha, sin cesar de llorar, se marchó cabizbaja.
Barokk miró a la esclava hasta que ésta desapareció. También la amaba a ella, 
profundamente. A todos los amaba. Incluso a la irritante Suma Sacerdotisa Negra 
Amaria.

Accedieron a la gigantesca Capilla de Posesión. Llegado un momento determinado, 
el trono de Barokk fue depositado en el suelo. Subió la escalinata sagrada. Los 
Sumos Sacerdotes del Resto Cromático -Verde, Azul, Gris, Amarillo y Negro- 
caminaron tras él con la cabeza baja. Ninguno de ellos -ni siquiera Barokk- 
pisó el Sagrado Círculo Pentacular.

Barokk se colocó tras el altar de oro, su metal favorito. El resto de los 
sacerdotes se dispuso a su izquierda y derecha. Distinguió por el rabillo del 
ojo a Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra. Ya antes de que la magia la 
convirtiera en un ser de divina hermosura había sido una mujer muy bella. No 
podía ocultar bajo su pesada túnica las rotundas y adorables curvas de su 
cuerpo. Quizá ella no las deseara esconder, sino insinuar. El rostro lucía 
maravilloso, de rasgos finos y delgados, ojos y cabello muy negros y tersa piel 
blanca que contrastaba con unos labios rojos y llenos, labios lujuriosos 
creados para ser estrujados y saboreados sin compasión. Era un Ser de Voluntad 
Fuerte y conseguía lo que le apetecía. Gustaba de enloquecer a decenas de 
hombres y mujeres con su belleza. A muchos los había conducido al suicidio, tan 
sólo por pura diversión.

La Sacerdotisa Negra mostraba un rostro tranquilo, severo. Pero sus ojos no 
podían ocultar la ansiedad y la frustración.

Tras el sermón de rigor, escuchado en expectante silencio por miles de fieles, 
Barokk ordenó subir el recipiente al pentáculo.

Los esclavos llevaron la esfera de plata cerca del altar y la abrieron con gran 
cuidado -el error de uno costaría una muerte muy lenta para todos en las 
Cámaras de Tortura. Dentro del brillante huevo, ahora abierto, había una mujer 
exquisita, apenas cubierta por tenues sedas, maquillada y peinada de manera 
elegantemente. El sedoso y abundante cabello rubio caía graciosamente sobre su 
espalda y sus llenos y dulces pechos. Estaba arrodillada, con las manos sobre 
los muslos y la cabeza baja. Sus ojos de largas pestañas permanecían 
obedientemente cerrados.

Ella sería la víctima, el cuerpo poseído por Satán.
Barokk se acercó al huevo. Sonrió tiernamente mientras contemplaba a la chica, 
como un padre ante su hija. Acarició el pelo dorado. Ella permanecía inmóvil. 

La habían drogado para no ejercer resistencia a la Posesión.

- Puedes abrir tus ojos, doncella -dijo Barokk con voz meliflua. 

La esclava obedeció. Eran azules, con dilatadas pupilas que brillaban 
febrilmente.

- Sal de la esfera y colócate en el pentáculo.

El recipiente se movió lánguida y suavemente, provocando un expectante silencio 
general. Entró en el círculo pentacular y se arrodilló otra vez, las manos en 
los muslos y la cabeza baja. Barokk entró igualmente en la figura geométrica. 
Sacó de entre sus ropajes la daga enjoyada e hizo dos cortes, uno en cada 
muheca de la chica. Ella se estremeció ligeramente, mas no emitió sonido alguno.

El Sumo Sacerdote apretó con sus pulgares las arterias de los finos antebrazos 
durante largos instantes. Después retiró la presión y la sangre fluyó, cayendo 
en dos grandes cuencos. Utilizó los dedos para pintar de nuevo las líneas de la 
estrella invertida y del círculo que  rodeaba a la joven. Mientras realizaba 
esta tarea musitaba cánticos y adoraciones a los Altos Señores del Infierno, 
convocándoles, implorándoles fuerza y dicha. También emitía con trémula voz 
hechizos arcaicos, poderosos, palabras que una vez pronunciadas provocaban 
irreversibles reacciones en cadena.

El aire comenzó a espesarse, como si dos manos gigantescas estuviesen 
aplastándolo lentamente. Los presentes sentían sucios escalofríos que recorrían 
sus columnas vertebrales. Los más débiles sollozaban silenciosamente a causa 
del hipnótico terror. Espectros menores se debatían alrededor del círculo 
pentacular, como jirones de aire caliente. Intentaban penetrar en la figura 
para poseer a aquella adorable víctima. Mas Barokk había consagrado el 
recipiente al Altísimo y no permitiría intromisiones. Así pues, los íncubos 
chillaban al chocar contra la inmaterial protección. Muchos pagaban su 
frustración con el público, poseyendo furiosamente a diversas esclavas hasta 
hacerlas aullar entre espasmos.

La sangre de círculo y pentáculo brilló fulgurantemente. Era una línea 
de luz escarlata que serpenteaba hasta las muñecas del recipiente.
Barokk lamió la daga y después alzó los brazos. Parecía dotado de un aura de 
fortaleza. Desorbitó los ojos y gritó con voz poderosa:

- ¡Yo te invoco, Señor de Todos los Infiernos, Príncipe de las 
Mentiras! ¡Te invoco por el poder del Mal en los corazones de los hombres! ¡Por 
el Universo entero! ¡Ven, Señor Satán, toma esta ofrenda, habla a tus fieles!
El recipiente, de pronto, abrió de par en par sus bellos ojos. A pesar de las 
drogas, el horror que sentía era puro, real. Sus pechos se alzaban y bajaban 
rápidamente, su fina piel brillaba a causa del sudor. El rostro se contrajo en 
una expresión de dolor lacerante. La rubia cabeza cayó hacia atrás y con ella 
el resto del cuerpo, como traccionado por una fuerza invisible.

La capilla comenzó a llenarse de murmullos exclamativos y silencios de 
admiración.

Amaria se acercó a Barokk, quien contemplaba al recipiente contorsionarse 
inutilmente, como si un gran peso la aplastara contra el suelo.

- ¡Déjame entrar en el círculo pentacular! -pidió a Barokk Amaría, la Suma 
Sacerdotisa Negra, mirando con lujuria mal disimulada al recipiente- ¡Tienes el 
poder de cambiar la víctima u ofrecerle otra más al Gran Señor!

Barokk la miró con irritación.

- No lo haré, Amaria. Tú ya fuiste recipiente otra vez. Deja que ahora otro 
ocupe ese puesto.

Amarla bufó como una gata furiosa. Tres Altas Invocaciones en el pasado 
ella había sido el recipiente. Se ofreció voluntaria, aún conociendo los 
peligros de la Posesión de Satán. Barokk sonrió al recordarla encadenada y 
desnuda, anhelando la venida de Su Señor. Satán la había penetrado y embestido 
salvajemente una y otra vez. Ella comenzó chillando de dolor, mas pronto sus 
alaridos sonaron llenos de placer y lujuria. Miles de acólitos contemplaron a 
la Suma Sacerdotisa Negra retorcerse lúbricamente y gritar obscenidades que 
hasta para ellos resultaron escandalosas. En esa ocasión, el Señor de Todos los 
Tnfiernos no les habló; se limitó a satisfacer una lujuria animal. Pero el 
público dudaba sobre quién realmente había disfrutado más: si el posesor o su 
víctima.

Desde entonces, Amaria había solicitado y hasta suplicado a Barokk ser el 
recipiente en las siguientes Altas Invocaciones. El Sacerdote Supremo, 
divertido, se negó una vez tras otra.

Los gritos de dolor del recipiente devenían poco a poco gemidos, para al poco 
convertirse en roncos gritos deleitosos de lujuria.

Barokk entrecerró los ojos, contemplando la posesión. Una criatura sensible, 
hasta no ser ocupada por un Ser de Mayor Voluntad y despojada implacablemente 
de toda intimidad y orgullo, no experimentaba el arrasador placer reservado al 
sujeto absolutamente dominado.

Amaria observaba al recipiente con manifiesta envidia. Barokk sonrió de nuevo. 
Qué ironía que la Suma Sacerdotisa Negra, tan fría, arrogante y cruel, una 
mujer poderosa que había partido mil corazones de hombres y mujeres, estuviera 
tan dispuesta a humillar públicamente su orgullo a cambio de tamaño placer.

- Eres más esclava que ella -le imprecó Barokk, señalando al recipiente dentro 
del círculo pentacular.

Amaria le miró con furia asesina, mas de pronto se vio atacada por la vergüenza 
y el pudor y se cubrió con las manos su bellísimo rostro. Aún así, volvió la 
vista hacia la jovencita poseída, sin lograr apartarla de ella, entreabriendo 
los labios. Barokk rió, con gran placer. También amaba a la ansiosa Amaria, 
Suma Sacerdotisa Negra. ¡Cómo los amaba a todos, sus Hijos, sus Retoños! 

El recipiente aulló, sin control alguno de cuerpo y mente. De pronto, fue 
levantada como por una mano invisible. Sus ojos se desorbitaron, el horror se 
pintó en ellos. La boca se abrió hasta que las mandíbulas se descoyuntaron y 
vomitó vísceras, intestinos y sangre. El rostro de la joven estaba ceniciento. 
Sus ojos brillaban con una agonía capaz de romper la mente. Surgieron de ella 
palabras ininteligibles, similares a rugidos de un tigre, que hacían volar 
gotas de sangre y espuma. Restallaban como latigazos metálicos contra el 
silencio absoluto. 

Satán les estaba hablando.

Calló. La chica, aún viva, expelió por sus ojos un humor blanco y amarillo de 
agrio hedor. De pronto, surgieron incontables voces de su garganta: mugidos, 
ladridos, gritos, carcajadas,... Y en todos los tonos. Ninguna resultaba 
inteligible. Aquella cacofonía resultaba fascinantemente horrenda. Barokk 
volvió a preguntarse si Satán sería un solo ser, un grupo de entes unidos o una 
mente con múltiples personalidades.

El recipiente sufrió una violenta arcada. Volvió a vomitar sangre. Su cabeza se 
volvió lentamente. Miró a Amaria. La poseída le sonrió de manera lasciva. Sus 
ojos ardían con fulgor rojizo. Llamó a la sacerdotisa moviendo el dedo índice.
Amaria, como hipnotizada, andó hacia el círculo pentacular.

De pronto, gritó de dolor. La barrera mágica no le permitía entrar en él. La 
sacerdotisa lo intentó de nuevo, frenéticamente, pero fue repelida hacia atrás 
una y otra vez. Al fin, acabó en el suelo, sudorosa, jadeante, temblando de 
rabia y frustración. La poseída se reía de ella con carcajadas infantiles, que 
aumentaron su frecuencia hasta convertirse en una sola nota, vibrante y aguda.
Muchos de los presentes rieron también, sobre todo los Sacerdotes Negros 
rivales de Amaria.

Ésta retrocedió, medio a rastras, horrorizada. La risa se tornó general. Barokk 
también se regocijó. Al fin y al cabo, aparte de ser el Príncipe de las 
Mentiras, Satán era el Rey de la Crueldad y la Humillación. La Suma Sacerdotisa 
Negra desapareció miserablemente de vista.

El recipiente habló voz de hombre, profunda y grave. Abría y cerraba la boca 
bruscamente como un muñeco de carne y hueso manejado por un invisible 
ventrílocuo:

- ¡AMADOS FIELES! -un inconmensurable trueno estalló desde el público. ¡Era el 
Gran Satán quien les hablaba! Le aclamaron, riendo y llorando, hasta 
rompérseles la voz - ¡YO OS HE CREADO! ¡YO HE CREADO ESTE TEMPLO! -Barokk 
esbozó una levísima mueca de desagrado- ¡HE HECHO POSIBLES VUESTRAS VIDAS, 
VUESTRAS JERARQUÍAS, VUESTRO PODER, VUESTRO PLACER Y VUESTRO DOLOR! ¡ADORADME! 
¡ADORADME, GUSANOS!

Miles y miles de acólitos, todos los presentes en aquella inmensísima sala, se 
arrodillaron y gritaron su nombre gozosamente. Eran sus esclavos, lo desearan o 
no. El poder de la veneración vencía cualquier orgullo.

Barokk también se postró y tocó con su frente el suelo. Amaria también lo hizo. 
Ahora reía felizmente, llena de gozo y dicha, mientras gritaba el nombre de su 
amo.

- ¿ME AMÁIS? -rugió Satán- ¿TODOS ME AMÁIS?

Una sola voz afirmativa fue su respuesta.

- ¿HASTA EL FONDO DE VUESTROS CORAZONES?

Otra ovación unánime.

- ¿NADIE OSARÁ MENTIR?

Una negación de masas.

Los ojos de la poseída salieron expulsados del rostro. El cadáver se desplomó 
en el suelo.

- ¡ BLASFEMIA!

El grito ascendió hacia lo alto y después bajó al suelo, clamando aquella 
terrible palabra. Mi1es de corazones pegaron un vuelco en sus pechos. La voz, 
ya fuera del recipiente, voló de un extremo a otro de la capilla, como un ave 
fugaz, su volumen ascendiendo y descendiendo fantasmalmente:

- ¡NO TODOS ME AMÁIS POR COMPLETO! ¡MENTÍS A VUESTRO SEÑOR!
Barokk sintió pánico: la presencia invocada estaba fuera del círculo 
pentacular... Las normas habían sido infringidas, un imprevisto no sucedido en 
más de cien Altas Invocaciones. Un escalofrío subió por su columna vertebral.
Alzó la cabeza, pasmado. Ante él, en el aíre, se abría un vacío de negrura. Era 
pura nada, oscuridad total y pegajosa, un desgarrón creciente sobre el tapiz de 
la realidad. En el centro de la tiniebla se abría otra más densa, la cual 
albergaba, a su vez, una tercera sombra que la superaba en opacidad. Los 
agujeros crecían concéntricamente, su centro se remontaba hacia el infinito. Y 
todos los abismos miraban a Barokk.

- ¿Qué...? -logró musitar el sacerdote.

Quiso retroceder, pero estaba demasiado horrorizado y fascinado como para hacer 
otra cosa que permanecer de rodillas, la vista fija en el agujero sobre el 
tapiz de la realidad. 

"¡SACERDOTE SUPREMO!" -bramó el Abismo- "¡ERES TÚ! ¡ERES TÚ  QUIEN ME AMA DE 
FORMA FALSA! ¡QUIEN NO ME QUIERE CON TODO SU SER!"

Barokk estrelló su frente contra el suelo.

- ¡No! -sollozó- ¡Te amo, Señor Mío! ¡Te amo con todo mi corazón! 

"¡NO! AMAS EL TEMPLO. AMAS EL ORDEN, LA JERARQUÍA, LAS NORMAS... ¡AMAS 
EL PODER QUE TE DA TU DIOS, PERO NO AMAS A TU DIOS! 

Estalló una brutal, tronante carcajada que sumió en el terror más 
abyecto a los presentes. Barokk aún mantenía una parte de su mente en orden; 
con ella, escuchaba y entendía lo que Satán le dijo:

"HE VIAJADO A TRAVÉS DE EONES Y DIMENSIONES. HE CRUZADO LOS ABISMOS, HE 
BUCEADO EN EL CAOS. HE VISTO EL PASADO Y EL FUTURO. HE CONTEMPLADO Y HE 
DOBLAGADO A DIOSES. HE OBSERVADO TODAS LAS RELIGIONES DE LOS HOMBRES EN TODOS 
LOS ÁMBITOS DE LA REALIDAD. SUS SUMOS SACERDOTES SOIS IGUALES. LO QUE REALMENTE 
AMAIS ES EL PODER. Y TÚ, BAROKK... TÚ SÓLO TE AMAS A TI MISMO"
Barokk sufrió un fuerte estremecimiento. La agonía y el arrepentimiento llenó 
su espíritu. Comprendió de pronto que Satán llevaba razón. Él estaba en lo 
cierto. Era un mal creyente, un falso, un ególatra que utilizó el poder de Su 
Señor únicamente en beneficio propio.

El Sumo Sacerdote vibró. Aulló de manera espeluznante. La mancha de color que 
era el sacerdote fluctuó y se retorció como un jirón de formas, se estiró 
imposiblemente, se separó del suelo y  fue absorbida por la Oscuridad. La 
tiniebla, entonces, se desgajó en dos gigantescos ojos de inconmensurable y 
enloquecedor mal. Elevados por una columna de fuego blanco y dorado, aquellas 
dos tenebrosas joyas se alzaron sobre sus fieles. Ninguno de ellos osó despegar 
la vista del suelo.

"¡OÍD Y OBEDECED!", ordenó la voz sagrada, "¡DE AHORA EN ADELANTE, NO HAY 
NORMAS NI LEYES EN EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN! ¡SOIS LIBRES! ¡SOIS TODOS 
TOTAL Y COMPLETAMENTE LIBRES PARA HACER CUANTO DESEÉIS! ¡OS CONCEDO LA 
LIBERTAD!"

Las dos sombras se expandieron infinitamente, dispersándose en el Tiempo y el 
Espacio, hasta desaparecer por completo.

Los miles de acólitos quedaron en silencio. Al poco, oyéronse murmullos 
asombrados, luego conversaciones, quejidos, protestas, primeros gritos y por 
último un clamor vociferante tan furioso como angustiado:

-¿Qué haremos ahora?

-¡No hay leyes!

- ¿Cómo se regirá el Templo?

- ¿Quién nos dirigirá?

-¿Quién será el nuevo Sacerdote Supremo?

- ¡Yo! -Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra, estaba en pie, con las manos 
en las caderas. 

Los miraba altiva y desafiante. Todos callaron.

Entró en el círculo pentacular, besó en la boca al muerto recipiente. Se 
dirigió a los fieles:

-¡Hay nuevas normas! -gritó la mujer- ¡Yo las impondré! ¡Yo seré el 
Nuevo Sacerdote Supremo del Templo del Deseo de Satán!
Miles de seres respiraron, aliviados. La alegría estalló en forma de salvas y 
vítores a la nueva Sacerdotisa Suprema del Templo del Deseo de Satán. Amaria 
sonrió, satisfecha. Les contempló, borracha de triunfo, pero también de 
desprecio: ¡pobres criaturas! Ellos siempre necesitarían un líder. Jamás 
dejarían de ser unos esclavos... ¡esclavos de sí mismos!, incapaces de tomar 
sus propias decisiones y actuar conforme a ellas. ¡Qué fino sentido del humor 
el de Su Señor Satán, prometiéndoles la libertad! Si, ciertamente Él era el 
Príncipe de las Mentiras.

De pronto, a pesar de que les despreciaba, Amaria sintió un enorme cariño hacia 
ellos. La fuerza de sus emociones la sorprendió: los amaba. Eran sus hijos, sus 
niños, a los que ella mimaría, dirigiría y castigaría. Era un gran gozo el que 
experimentaba, queriéndolos de tal manera. Casi sentía pena por Barokk, el frío 
y duro Barokk, que estuvo tan concentrado en los elevados asuntos y tan alejado 
de lo mundano.  Amaria decidió  que él nunca podría haber experimentado ese 
amor hacia sus súbditos. No, era imposible que Barokk hubiese amado a nadie 
salvo a sí mismo, como dijo Satán. Amaria lo compadeció. Pero soltó una gran 
carcajada. También lo amaba, estuviera donde estuviese ahora. Mas no cometería 
los errores que le llevaron a la ruina. Ella amaba a los acólitos. Estaba llena 
de amor. Ella no era como Barokk. 

La Sacerdotisa Suprema ordenó retirar el cadáver de la esclava poseída y 
limpiar el círculo pentacular. 

Habló con fuerza y gravedad a sus súbditos y permitió que la aclamaran muchas 
veces. Cuando estuvo satisfecha, les dio permiso para marcharse de vuelta a sus 
cubiles. Los alborozados fieles se fueron. Había sido una inolvidable Alta 
Posesión. Había muerto un Sumo Sacerdote y otro tomó su puesto. Satán les había 
hablado, les había dado la libertad. ¡Qué gran Señor era! Sin embargo, todos 
experimentaban un gran alivio y tranquilidad, a pesar de tan magnos 
acontecimientos: era como si, en realidad, nada hubiese cambiado. Nada. 
Y eso era lo que realmente les hacia sentirse tan felices. 


FIN

 

jueves, 4 de octubre de 2012

Me molesta



Me molesta…

¿Sabes que es lo que me molesta de ti?...

Que…desde que eras un niño, siempre en las noches, dejas tu tv prendida. Me molesta, como no te imaginas… sabes, mientras esa luz pálida te ilumine en las noches yo no puedo tocarte…


Tengo que quedarme en un rincón oscuro, viéndote dormir cada noche, tragando mi rabia…

Me molesta…me molesta mucho….

La mañana llega, estoy oculta en le punto ciego de tu cuarto, donde ni siquiera la luz del sol llega, te ve levantarte, como siempre bostezas cansado y vas a tu armario para ponerte tu uniforme…

Cada mañana la misma rutina…

Me molesta…

Han pasado las horas lentamente, algo nuevo a sucedido hoy, por fin algo de al rutina diaria no pasa, tus amados padres no podrán recibirte hoy a tu llegada del colegio, pues se han ido a un viaje de negocios…

Eso significa…que solo estaremos tú y yo…

Te muestra indiferente ante el hecho de que tus padres no estén, haces una mueca de aburrimiento y te planta frente a la TV de tu sala…

Te observo desde un rincón oscuro, mis ojos nunca han dejado de observarte…

Jamás te has dado cuenta… nunca has percatado mi presencia…

Eso…

¡Me molesta!...

Pasan horas… muchas horas…. Y tu te quedas dormido frente a la TV, despiertas por un ruido de la misma, tu de idiota la dejaste con volumen alto…y ahora te has cagado por escuchan una simple explosión de una película de acción…

Cansado… te vas a tu cuarto…

Llegas, apaga la luz y como siempre…..

Espera…

No has prendido el TV…
Se te ha olvidado…

Debo de contener mi risa, pero…es inevitable… ahora…estas en mi poder….y todo por no seguir con la misma puta rutina de todos los días…

He decir… que has hecho algo que por fin…

NO me molesta…

Con cuidado…para no despertarte me acurruco a tu lado… mis manos en estado de putrefacción alrededor de tu cuerpo…abres los ojos… y tratas de gritar…para el miedo no te deja…

Nadie te ayudara 

lunes, 25 de junio de 2012

Los secretos de la historia de Blanca Nieves

lancanieves (Schneewittchen en alemán y Snow White en inglés) es un personaje que no necesita demasiadas introducciones. No obstante, la historia de Blancanieves que todos conocemos acaso nos reserve una o dos sorpresas que valen la pena mencionar. Para ello deberemos viajar al pasado y desde allí desandar el tortuoso camino de Blancanieves hasta sus formas actuales.

Durante mucho tiempo se creyó que el origen de Blancanieves se hallaba en la creación de Giambattista Basile, que el siglo XVI publicó su Pentamerón, El cuento de los cuentos, una antología de historias tradicionales en donde aparece el relato de Lisa, una niña de siete años que, tras un accidente con un peine mágico, entra en un estado inconsciente. Su familia la da por muerta y la entierran en un ataúd de cristal, lugar en donde la joven siguió creciendo hasta adquirir el cuerpo y las facciones de una mujer adulta.

Esta protohistoria de Blancanieves carece por completo de sus ingredientes más conocidos, como el espejo mágico, los siete enanos, la manzana envenenada, la reina malvada y el príncipe. Fue hasta muchos años después cuando se descubrió el verdadero origen de Blancanieves, un origen distinto al de otros cuentos populares ya que éste se basa en un personaje histórico.

En palabras de un entusiasta lector infantil, Blancanieves existió realmente.

Repasemos primero la historia de Blancanieves más conocida, y luego estudiaremos su verdadero origen.


Érase una vez una reina que, cosiendo, se pinchó el dedo y vio su sangre caer en la nieve. Entonces cuando deseó tener una hija con la piel tan blanca como la nieve, los labios rojos como la sangre y el pelo negro como la noche. Su deseó se cumplió en la silueta de Blancanieves. Pero la reina murió tras de dar a luz, y el rey se casó con una bruja maliciosa que tenía un espejo mágico.

La bruja-reina solía preguntarle a su espejo:

-Espejito, espejito, ¿quién es en la mujer más hermosa del reino?

Y el espejo respondía cacofónicamente:

-Tú, mi reina, eres la más hermosa de todas.

Pero cuando Blancanieves creció se volvió demasiado bella como para que el espejo la ignore. De modo que ante la pregunta habitual éste respondió:

-Blancanieves es la más hermosa.

La bruja-reina envió a un sicario para asesinar a Blancanieves en el bosque. Para asegurarse del éxito de la empresa le exigió que le trajera el corazón de la niña. El asesino circunstancial, de hecho, un cazador pobre, se arrepintió, y le llevó a la bruja el corazón de un ciervo, que fue cocinado por el chef real y devorado alegremente por la reina.

En su escape, Blancanieves descubre una casa que pertenecía a siete enanos. Tras algunas negociaciones y regateos, Blancanieves se compromete a cocinar y mantener el lugar en orden a cambio de que le permitan vivir allí. Los enanos acceden y ejecutan prodigiosas acrobacias como muestra de gnómica alegría.

La reina, por su lado, se entera a través del espejo que Blancanieves está viva. Intenta asesinarla tres veces. La primera, mediante una cinta mágica, la segunda, con un peine de extraordinario filo; y por último, mediante una manzana envenenada. La joven cae en un sueño profundo, similar a la muerte. Los enanos, ejecutando las mismas cabriolas pero esta vez como muestra de aflicción, confeccionan un ataúd de cristal para seguir contemplando a Blancanieves aún después de muerta.

Eventualmente, un príncipe llega a la región. Oye la historia de Blancanieves y decide visitar su ataúd. La joven es tan hermosa que el príncipe gestiona con los enanos que éstos le permitan besarla. Al hacerlo, se desprende el pedazo de manzana que se había atorado en la garganta de la muchacha; ésta despierta y accede a un repentino matrimonio. Nunca se nos aclara como un "beso delicado como el rocío" puede liberar una tráquea.

La bruja-reina asiste a la boda en una corte vecina, desconociendo que la novia es, en realidad, Blancanieves, pero el príncipe ya ha preparado un plan bestial. La bruja es calzada con un par de zapatos de hierro calentados al rojo vivo, y se la obliga a bailar hasta caer prolijamente muerta.

Hasta aquí, la versión tradicional de Blancanieves, tal como se la puede leer en cualquier rincón del mundo. Los que se hayan quedado con la versión cinematográfica de Disney sin dudas encontrarán inexplicables discrepancias.

Fue el historiador Karlheinz Bartels quien descubrió el verdadero origen del cuento de Blancanieves. La historia original puede rastrearse hasta las márgenes del río Meno, en Alemania, donde en 1729 nació Maria Sophia Margaretha Catharina von Erthal, la verdadera Blancanieves.

El padre de esta niña fue Philipp Christoph von Erthal, diplomático de Lohr. En 1741, tras la muerte de la madre de Maria Sophia, Philipp se casó Claudia Elisabeth Maria von Venningen, condesa imperial de Reichenstein. La "madrastra de Blancanieves", de carácter violento y autoritario, que aprovechó las ausencias diplomáticas de su marido para favorecer a los hijos de su primer matrimonio. La prueba central de que María Sophia es en realidad Blancanieves es el “Espejo Mágico”, o espejo parlante del cuento. El castillo de Lohr poseía un fastuoso espejo que hoy en día se halla en el museo de Spessart. Éste fue el regalo de bodas de Philipp a su segunda esposa, la bruja-reina del cuento. Su manufactura es tan delicada que el marco del espejo posee propiedades acústicas notables. Se dice si alguien habla cerca de él, por sus aberturas puede oirse un extraño eco que parece responder las preguntas que se le formulan.

Más aún, sobre el marco puede leerse una inscripción que parece reflejar perfectamente la vanidad de la "bruja": Amour Propre, literalmente, "amor propio".

¿Pero dónde se encuentran los siete enanos? -se preguntará el lector ávido de confirmaciones- En las estribaciones del Höhenweg, las Siete Montañas de Spessart, donde hoy en día se hallan los despojos de las minas de Bieber, en las que trabajaba un número considerable de niños envejecidos por la dura labor. El sarcófago de cristal también procede de allí, ya que en aquella región se manufacuraban majestuosos cofres funerarios traslúcidos.

El cronista oficial de la familia Erthal, M.B. Kittel, describe a Maria Sophia como una joven hermosa y llena de virtudes, “un ángel caritativo y bondadoso; activo contra la pobreza y la indigencia”. Toda la región la consideraba una especie de hada sobrenatural, y las crueldades de su madrastra quedaron doblemente expuestas a causa de la ceguera parcial de la muchacha, producto residual de la varicela.

Esta historia fue recogida por los hermanos Grimm, siempre atentos a las tragedias clásicas, y en 1812 la primera historia de Blancanieves y los siete enanitos fue arrojada sobre las imprentas europeas con algunas alteraciones que intentaban disimular el verdadero origen del cuento. El cine hizo el resto, haciendo prácticamente imposible hallar a la ciega María Sophia en el rostro lívido de Blancanieves.