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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Sueño escarlata.

 
 Northwest Smith compró el mantón en el Mercado de Lakkmanda de Marte. Uno de sus mayores placeres consistía en vagar sin rumbo entre los puestos y barracones de aquel gigantesco mercado, cuyas mercancías procedían de todos los planetas del sistema solar, y de aún más lejos. Han sido cantadas tantas canciones y narrados tantos relatos sobre ese fascinante caos llamado Mercado de Lakkmanda, que se hace innecesario describirlo de nuevo. Smith caminaba entre una multitud cosmopolita y variopinta, con las lenguas de mil razas zumbándole en los oídos y los olores de perfumes, sudor, especias y comidas y otros mil aromas sin nombre asaltando su olfato. Los vendedores voceaban sus mercancías en los idiomas de una veintena de mundos.

Mientras paseaba entre la apretada multitud, saboreando la confusión, los aromas y las imágenes correspondientes a un sinfín de países, captó su atención un ramalazo de un peculiar rojo escarlata que parecía sobresalir corpóreamente de su fondo y asaltaba la vista con una violencia casi física. Correspondía a un mantón descuidadamente extendido sobre un baúl tallado; el baúl era un típico trabajo de las tierras secas de Marte como se apreciaba por la exquisita minuciosidad de la talla, tan extrañamente cambiante como las características de la ruda raza de las tierras secas. Smith reconoció también el origen venusiano de la bandeja de bronce que había sobre el mantón, e identificó los pequeños objetos de marfil labrado que contenía la bandeja como obra de una de las más recientemente descubiertas razas de la mayor luna de Júpiter. Pero a pesar de su vasta experiencia no lograba recordar ningún trabajo similar a aquel mantón. Intrigado, se detuvo ame el puesto y preguntó a su encargado:

—¿Cuánto vale el mantón?
El hombre, un marciano de los canales, se alzó de hombros y dijo indolentemente:
—Ah, eso. Se lo doy por medio cris. Me produce dolor de cabeza mirarlo.
Smith hizo una mueca y dijo:
—Le doy cinco dólares.
—Diez.
—Seis y medio, y es mi última oferta.
—De acuerdo, lléveselo. —El marciano sonrió y apartó la bandeja llena de objetos de marfil que había sobre el baúl.

Smith cogió el mantón. Se adhirió a sus manos como una cosa viva, más suave y ligero que la lana marciana. Pensó que debía de estar hecho con el pelo de algún animal más que con una fibra vegetal, dada su peculiar adherencia, como de cosa viva. Y el loco dibujo lo turbaba con su indescriptible rareza. Distinto de cualquier dibujo que hubiera visto en todos los años de sus correrías, aquel violento escarlata enredaba su indescriptible arabesco en una línea continua y enmarañada sobre el oscuro azul del fondo. El fondo azul estaba exquisitamente matizado de verde y violeta, suaves colores vespertinos en contraste con los cuales el violento escarlata llameaba como algo más vivo y siniestro que un simple color. Casi le pareció que podía meter la mano entre el color y la tela, tan vividamente se destacaba sobre el fondo.

—¿De dónde procede esto? —le preguntó al vendedor.
El hombre se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? Estaba en un lote de ropa procedente de Nueva York. A mí también me inspiró curiosidad, y pregunté sobre su procedencia. Me dijeron que había sido vendido por un vagabundo venusiano que aseguraba haberlo hallado en una nave abandonada que flotaba alrededor de un asteroide. No sabía de qué nacionalidad era la nave: dijo que parecía un modelo muy antiguo, probablemente una de las primeras naves espaciales, construidas antes de que se adoptaran los emblemas de identificación. Me extrañó que lo vendiera en un lote de ropa vieja; hubiera podido conseguir por él mucho más en cualquier sitio.
—Qué curioso —dijo Smith, mirando el extraño dibujo—. Bueno, es bastante cálido y ligero. Si no me vuelvo loco mirando el dibujo, dormiré caliente por las noches.

Apelotonó el mantón en una mano; cabía holgadamente en su palma todo entero. Se metió el sedoso paquete en un bolsillo y se olvidó de él hasta su regreso a su alojamiento, aquella noche. Había alquilado uno de los cubículos de acero en el gran edificio metálico en que el gobierno marciano alojaba a los viajeros por una módica cantidad. El objetivo de aquel edificio era alojar esa abigarrada horda de hombres del espacio que pululan por todas las ciudades portuarias de los planetas civilizados, ofreciéndoles un acomodo lo suficientemente satisfactorio y barato como para que no fueran a parar a los bajos fondos de la ciudad y se mezclaran con los malhechores. El gran edificio de acero en el que se alojaba Smith y un sinfín de otras personas no estaba del todo libre de la influencia de los bajos fondos marcianos, y si la policía hubiera hecho allí una redada un buen porcentaje de sus inquilinos hubieran sido transferidos a las prisiones del Emperador... Smith entre ellos, pues sus actividades rara vez estaban de acuerdo con la ley, y aunque en aquel momento no podía recordar ninguna falta concreta cometida en Lakkdarol, cualquier investigador hubiera podido seguramente formular algún cargo contra él. De todos modos, la probabilidad de una redada policial era muy remota, aunque Smith sabía que el lugar estaba lleno de piratas del espacio, fugitivos y delincuentes de todas las calañas.

Una vez en su pequeño cubículo, encendió la luz y vio una docena de borrosas réplicas de sí mismo reflejadas en las paredes de acero. En aquella curiosa compañía, se sentó en una silla y sacó el mantón. Al reflejarse en las bruñidas paredes y en el suelo y el techo del cubículo, produjo un súbito serpenteo de dibujos escarlata que por un momento convirtieron la habitación en un extraño caleidoscopio, como si las paredes se abrieran a una nueva dimensión donde aquel dibujo escarlata parecía agitarse como una cosa viva. Luego los reflejos se aquietaron, y solo quedó la imagen de un hombre alto y bronceado de pálidos ojos con un curioso mantón en las manos. Había un extraño y sensual placer en la forma en que aquella especie de lana sedosa se adhería a sus dedos, en su calidez y ligereza. Extendió el mantón sobre la mesa, intentando seguir con el dedo las líneas de aquel intrincado diseño, y cuanto más lo miraba más se convencía de que debía de haber un propósito en aquel trazado, y que si lo examinaba lo suficientemente a fondo daría con su significado... Aquella noche, al acostarse, extendió el mantón sobre su cama, y su brillo coloreó sus sueños fantásticamente... El retorcido dibujo escarlata era un laberinto por el que deambulaba ciegamente, y a cada vuelta se volvía y veía miles de réplicas de sí mismo vagando sin rumbo por el laberinto. A veces el camino se agitaba bajo sus pies, y cada vez que creía haber llegado al final se retorcía en nuevos recovecos. El cielo era un gran mantón con un recamado escarlata que fluctuaba ante sus ojos, hasta convertirse en una fantástica Palabra de un idioma sin nombre, cuyo significado estuvo a punto de captar, despertando aterrorizado justo en el instante en que la comprensión iba a abrirse paso en su mente.

Se durmió de nuevo y vio el mantón colgando en una azul oscuridad... Ahora era una puerta y el dibujo escarlata estaba grabado en ella... una extraña puerta en un alto muro, apenas perceptible a través de una neblinosa penumbra exquisitamente matizada de verde y violeta, de modo que no parecía una penumbra de este mundo, sino el extraño y dulce crepúsculo de un lugar donde el aire estaba impregnado de vetas coloreadas y el viento no existía. Avanzó hacia la puerta sin realizar esfuerzo alguno, y ésta se abrió ante él. Subía por una larga escalera. La coloreada penumbra aún velaba el aire, por lo que solo podía ver vagamente los escalones que se alzaban ante él y penetraban en la niebla. Entonces, súbitamente, percibió un movimiento en la oscuridad, y apareció una joven corriendo escaleras abajo. En su rostro se leía el terror, y estaba cubierta de sangre de la cabeza a los pies. En su ciega huida no había visto a Smith, pues chocó bruscamente con él. El impacto estuvo a punto de hacerle caer, pero sus brazos se cerraron instintivamente alrededor de ella, y por un momento la mujer permaneció inmóvil, profundamente agotada, sollozando contra su pecho y demasiado exhausta para preguntarse siquiera quién había interceptado su fuga. El olor de sangre fresca procedente de sus horriblemente impregnadas ropas asaltó el olfato de Smith. Por fin ella alzó la cabeza, mostrando un rostro bronceado y unos labios color fresa. Su cabello salpicado de sangre era tan increíblemente dorado que casi parecía naranja. Sus ojos eran castaños con un toque rojizo, y la fantástica belleza de su rostro tenía un salvaje matiz distinto a cuanto hubiera visto anteriormente. Debía de ser la mirada de aquellos ojos.

—Oh... —sollozó ella—. Eso... Eso la está... ¡Suéltame! Déjame ir...
Smith la sacudió suavemente.
—¿De qué hablas? ¿De qué tienes miedo? —le preguntó—. Estás cubierta de sangre... ¿Estás herida?
Ella sacudió la cabeza violentamente.
—No... no... Déjame ir... Tengo que... No es mi sangre... es de ella...

Un violento sollozo cortó su frase, y acto seguido se desmayó en brazos de Smith, que alzó su cuerpo exánime y prosiguió escaleras arriba, a través de la niebla violeta. Transcurrieron unos cinco minutos antes de que la penumbra se aclarara un poco y pudiera ver que la escalera terminaba en un largo corredor abovedado. A un lado del corredor había una hilera de puertas bajas, y Smith entró en la más próxima. Daba a una galería cuyos arcos se abrían a un espacio azul. Había un banco bajo las ventanas de la galería; Smith fue hacia él y depositó suavemente a la joven.

—Mi hermana —sollozó ella—. Eso tiene a mi hermana... ¡Oh, mi hermana!
—No llores —dijo Smith, sorprendiéndose al oír su propia voz—. Es solo un sueño. No llores... no hay ninguna hermana... tú tampoco existes... no llores de ese modo.

La mujer alzó la cabeza y por un momento dejó de sollozar, contemplándole con sus ojos castaños bañados en lágrimas. Miró con ojos inquisitivos su tez bronceada, su traje de hombre del espacio, su rostro surcado de cicatrices, sus ojos pálidos como acero. Y entonces una mirada de infinita piedad suavizó aquel extraño rostro, y la joven dijo dulcemente:

—Oh... vienes de... de... ¡Todavía crees que estás soñando!
—Sé que estoy soñando —insistió Smith con infantil obstinación—. Estoy durmiendo en Lakkdarol y sueño contigo y con todo esto, y cuando despierte...
Ella sacudió la cabeza tristemente.
—Nunca despertarás. Has venido a parar a un sueño mucho más terrible de lo que nunca podrías imaginar. No se regresa de este país.
—¿Qué dices? ¿Por qué no?

Un pánico absurdo se iba insinuando poco a poco en la mente de Smith al oír el tono de infinita piedad de su voz y la convicción de sus palabras. Sin embargo aquél era uno de esos sueños durante los cuales uno sabe perfectamente que está soñando. No podía equivocarse...

—Hay muchos países del sueño —dijo ella—, muchos nebulosos e irreales lugares donde vagan las almas de los durmientes, lugares que solo poseen una momentánea y leve existencia... Pero aquí (ha ocurrido otras veces, ¿sabes?) uno no puede llegar sin traspasar una puerta que solo se abre en una dirección. Y quien tiene la llave adecuada para abrirla puede entrar, pero nunca podrá encontrar el camino de vuelta a su propio mundo. Dime, ¿qué llave te abrió la puerta a ti?
—¡El mantón! —susurró Smith—. Claro... El maldito dibujo rojo...
—¿Cómo era? —preguntó ella sin aliento—. ¿Puedes recordarlo?
—Un dibujo rojo —dijo él lentamente—. Un bordado escarlata en un mantón azul... Un dibujo de pesadilla... grabado sobre la puerta por la que entré... Pero solo es un sueño, por supuesto. En unos minutos despertaré...
—¿Puedes recordar? —insistió ella excitada—. El dibujo, el dibujo rojo... ¿No había una palabra?
—¿Una palabra? —murmuró como atontado—. ¿Una palabra... en el cielo? No... no, no puedo recordar. Era un dibujo enloquecedor. No puedo borrármelo de la mente, pero tampoco podría describirlo, ni reproducirlo. Nunca vi nada igual... afortunadamente. Estaba sobre el mantón...
—Bordado sobre un mantón —susurró ella para sí—. Sí, por supuesto. Pero no entiendo cómo pudiste venir a través de él... cuando eso... cuando eso... ¡Oh!
El recuerdo de la tragedia que la había empujado escaleras abajo volvió bruscamente, y de nuevo estalló en lágrimas.
—¡Mi hermana!
—Cuéntame lo que ha pasado —la apremió Smith, saliendo de su atontamiento al oír sus sollozos—. ¿Puedo ayudarte? Por favor, déjame intentarlo... Cuéntame lo que pasa.
—Mi hermana —dijo ella desmayadamente—. Eso la agarró... La agarró ante mis ojos y me salpicó con su sangre...
—¿Eso? ¿Qué es eso? —preguntó mientras su mano se movía instintivamente hacia su pistola.
Ella captó el gesto y sonrió tristemente.
—Eso —dijo—. La... la Cosa. Ninguna pistola puede herirlo, ningún hombre puede combatirlo... Apareció y eso es todo.
—Pero, ¿qué es eso? ¿Cómo es? ¿Está cerca?
—Está en cualquier lugar. Nunca se sabe... hasta que la niebla empieza a espesar y se ve a través de ella la pulsación roja... pero entonces es demasiado tarde. Nosotros no lo combatimos, ni pensamos en ello demasiado... de lo contrario la vida sería insoportable. Pues eso tiene hambre y debe ser alimentado, y nosotros le servimos de alimento...
—¿De dónde vino eso? ¿Qué es?
—Nadie lo sabe... Siempre ha estado aquí... Siempre estará... Es demasiado nebuloso para morir o ser muerto... Es algo que procede de algún extraño lugar que no podemos ni imaginar... Algún lugar tan lejano en alguna dimensión tan inconcebible que nunca tendremos el menor conocimiento de su origen...
—Si come carne —dijo Smith— debe de ser vulnerable... Y yo tengo mi pistola.
—Inténtalo, si quieres —susurró ella—. Otros lo han intentado y eso siempre vuelve. Creemos que habita aquí, si es que habita en algún lugar. Nos... coge... más a menudo... en esos corredores que en ningún otro lugar. Si quieres puedes esperarlo con tu pistola bajo estas bóvedas. No tendrás que esperar mucho.
—Todavía no estoy preparado para intentarlo —dijo Smith—. Si la Cosa vive aquí, ¿por qué venís?
Ella se estremeció penosamente.
—Si no venimos, eso viene tras nosotros cuando está hambriento. Y nosotros venimos aquí para... para alimentarnos... No podrías entenderlo; pero, como has dicho, es un lugar peligroso. Deberíamos irnos ahora. Vendrás conmigo, ¿verdad? Ahora estoy sola.
—Por supuesto. Lo siento. Haré lo que pueda por ti... hasta que despierte.
—No despertarás —dijo ella serenamente—. Es mejor que no te hagas ilusiones. Estás atrapado aquí con todos nosotros, y aquí permanecerás hasta que mueras.
El se levantó y le tendió su mano.
—Vamos, entonces —dijo—. Tal vez tengas razón, pero... Bueno, vámonos.

Ella tomó su mano y se levantó. Su cabello anaranjado, de un color demasiado fantástico para algo que no fuera un sueño, ondeó tras ella, luminoso. Smith observó que llevaba una sencilla vestidura blanca, corta y ceñida, sobre su cuerpo bronceado. La mujer constituía una imagen de extraño y vivido encanto, toda blanca, dorada y cubierta de sangre en la luminosa penumbra de la galería.

—¿Dónde vamos? ¿Fuera? —preguntó Smith señalando hacia el espacio azul que se veía al otro lado de las ventanas.
Ella tuvo un ligero estremecimiento de disgusto.
—¡Oh, no! —exclamó.
—¿Qué es eso?
—Escucha —dijo ella cogiéndole por los brazos y mirándole seriamente—. Si te quedas aquí, y tendrás que quedarte, pues solo hay un camino para salir, aparte de la muerte, y ese camino es incluso peor que morir, has de aprender a no hacer preguntas sobre el... el Templo. Esto es el Templo. La Cosa mora aquí. Y aquí no-nosotros nos... alimentamos. Conocemos ciertos corredores y nos limitamos a ellos. Es más sensato. Tú me has salvado la vida cuando me detuviste en las escaleras. Nadie ha bajado nunca en medio de esa niebla y ha vuelto. Debería haberme dado cuenta al verte subir que no eras uno de los nuestros... Sea lo que fuere lo que hay más allá, adonde quiera que lleven estas escaleras... es mejor no saberlo. Es mejor no mirar por las ventanas de este lugar. Pues desde fuera el Templo parece bastante extraño, pero, mirando al exterior desde dentro, se pueden ver cosas que es mejor no ver... Qué es este espacio azul o adonde da esta galería, no lo sé y no tengo deseos de saberlo. Hay aquí ventanas que se abren a cosas extrañas, pero nosotros apartamos la vista cuando pasamos frente a ellas. Tú aprenderás a hacer lo mismo.

Ella tomó su mano, sonriendo levemente.
—Ahora ven conmigo.

En silencio, dejaron la galería que daba al espacio y regresaron al corredor donde la niebla azul flotaba con sus bellos matices de verde y violeta confundiendo la vista, rodeados de una gran quietud. El corredor conducía en línea recta hacia los grandes portales del Templo, que en forma de un fabuloso triple arco se abrían al exterior, a un extraño día como nunca había visto en ningún planeta. La luz no procedía de una fuente visible, y tenía una extraña calidad, como si uno estuviera mirando a través de un cristal o a través de un agua clara que temblara levemente de vez en cuando. Sobre ellos había un cielo tan insólito como todo en aquel maravilloso país de ensueño. Permanecieron bajo el gran arco del Templo, mirando al exterior. Posteriormente, Smith nunca pudo recordar exactamente qué era lo que hacía aquel paisaje tan profundamente extraño, tan vagamente terrible. Había árboles, masas de verde y bronce sobre la brillante hierba, y a través de las hojas pudo ver el brillo del agua no muy lejos. A primera vista parecía una escena totalmente normal... Sin embargo, ciertos pequeños detalles captaron su atención y le hicieron sentir escalofríos. La hierba, por ejemplo... Cuando bajaron y empezaron a cruzar el prado hacia los árboles tras los cuales resplandecía el agua, se dio cuenta de que las briznas eran cortas y suaves como el pelaje de un animal, y parecían adherirse a los pies descalzos de su compañera. Además se dio cuenta de que grandes extensiones de hierba ondeaban desde todas direcciones hacia ellos, como si el viento soplara de todas partes a la vez hacia el lugar que ellos ocupaban. Sin embargo, no había ni un soplo de viento.

—Está... está viva —susurró—. ¡La hierba!
—Claro —dijo ella con indiferencia.

Entonces se dio cuenta de que las copas de los árboles también se agitaban de vez en cuando, a pesar de que no había viento. Se movían en todas direcciones, animados por una vida propia. Cuando llegaron a la franja boscosa miró intrigado hacia arriba y oyó el susurro de las hojas sobre él, inclinándose hacia abajo como si sintieran curiosidad a su paso. Las hojas nunca se inclinaron lo suficiente como para tocarlo, pero un siniestro aire de expectación, de vitalidad, flotaba en todo aquel paisaje viviente, y el estremecimiento de la hierba les seguía a donde quiera que fuesen. El lago, como la penumbra del Templo, era de un profundo azul matizado de violeta y verde, y no parecía agua de verdad, ya que las manchas coloreadas no se extendían ni cambiaban al moverse. En la orilla, un poco más arriba de la línea del agua, había un edificio pequeño, parecido a un sepulcro o templete, construido con una especie de piedra cremosa, cuyas paredes se reducían a una serie de arcos abiertos a aquel día azul y translúcido. La joven le condujo a la entrada con negligentes ademanes.

—Yo vivo aquí —dijo sencillamente.

Smith contempló aquello. Estaba prácticamente vacío, a excepción de dos pequeñas camas, cubiertas cada una de ellas por dos cobertores azules. Tenía un aspecto muy clásico, por su blancura y austeridad y con aquellos arcos abiertos a un paisaje boscoso y verde.

—¿No tienes frío aquí? —le preguntó Smith—. ¿Dónde comes? ¿Y dónde tienes tus libros, tu ropa, tu comida?
—Tengo algunas túnicas bajo mi cama —dijo ella—. Eso es todo. Aquí no hay libros, ni más ropa ni comida. Nosotros comemos en el Templo. Y nunca hace más frío ni más calor que ahora.
—Pero, ¿qué es lo que hacéis?
—¿Hacer? Oh, nadar en el lago, dormir y pasear por los bosques. El tiempo pasa rápidamente.
—Idílico —murmuró Smith—, pero, en mi opinión, un poco aburrido.
—Cuando uno sabe —respondió ella—, que el instante siguiente puede ser el último, la vida se saborea profundamente. Se goza lo más que se puede cada una de las horas. A nosotros no nos resulta aburrido.
—¿Pero no tenéis ciudades? ¿Dónde es tan los demás?
—Lo mejor es no formar grupos numerosos. Parece que atraen más a... la Cosa. Vivimos en grupos de dos o tres... a veces solos. No tenemos ciudades. Y no hacemos nada... ¿Para qué emprender algo si sabemos que no veremos su fin? ¿Para qué preocuparnos demasiado por nada? Ven, vamos al lago.

Le tomó de la mano y le condujo a través de la hierba viviente hacia la orilla arenosa del agua. Smith contemplaba la superficie del lago donde vagos colores se mezclaban con el azul, tratando de no pensar en las fantásticas cosas que le estaban pasando. Además, le resultaba difícil pensar allí, en medio de aquel azul y del silencio, en medio de aquel aire de ensueño que le rodeaba... El agua difusa golpeaba la orilla produciendo sonidos débiles, sofocados, como la respiración de alguien que duerme. Aquel lugar parecía soñoliento, con aquélla calma y aquellos colores de ensueño, así que Smith, después de todo, no estaba seguro de si en su sueño se había dormido por unos momentos. Porque ahora oyó que algo se movía y vio que la joven se sentaba de nuevo a su lado, cubierta por una túnica; se había lavado las manchas de sangre. No pudo recordar en qué momento ella se había separado de él, pero, en todo caso, tampoco le preocupó. Durante un momento, la luz había disminuido, haciéndose borrosa, e, imperceptiblemente, una luz azul de atardecer los envolvió, una luz que parecía salir del lago, porque parecía participar de la misma difusa tonalidad azul, realmente onírica, mezclada con vagos colores. Smith pensó que le agradaría no abandonar nunca aquella fría arena, quedarse allí para siempre, en medio de aquella penumbra difusa y del silencio de su sueño. No hubiera sabido decir cuánto tiempo había permanecido allí sentado. La paz azul le envolvía profundamente, hasta que quedó impregnado de aquellos suaves colores del atardecer y transido por aquella calma.

La luz se fue oscureciendo hasta que no pudo percibir nada más que las olitas más cercanas, lamiendo la arena. En torno a él, aquel mundo onírico se mezcló con la penumbra azul-violeta. No recordaba haber vuelto la cabeza, pero ahora se encontraba mirando a la joven que tenía junto a él. Estaba tumbada sobre la pálida arena, y su cabello era una mancha oscura que enmarcaba la palidez de su cara. En la penumbra su boca era también oscura, y desde la oscuridad que se formaba bajo sus pestañas, Smith se fue dando cuenta poco a poco de que ella le miraba sin parpadear. Permaneció allí sentado en silencio, durante un largo tiempo, con sus ojos fijos en los de la chica. Y entonces, con ese movimiento propio de los sueños, se dirigió hacia ella tendiéndole los brazos. La arena era fría y suave y la boca de la mujer sabía a sangre. En aquella tierra no salía el sol. Se hacía lentamente de día sobre el palpitante país, mientras la hierba y los árboles se agitaban en su despertar, movimiento terrorífico en la belleza de la mañana. Cuando Smith se despertó, vio que la chica salía del lago, con el agua azul desprendiéndose de sus cabellos naranja. Gotitas azules se deslizaban por su piel cremosa, y ella reía, chorreando de pies a cabeza en el ardiente amanecer. Smith se incorporó en la cama y apartó el cobertor azul.

—Tengo hambre —dijo—. ¿Cuándo y cómo vamos a comer?
La sonrisa se desvaneció del rostro de la mujer en un suspiro. Agitó violentamente sus cabellos y dijo extrañada:
—¿Hambre?
—¡Un hambre mortal! ¿No me habías dicho que encuentras tu comida en el Templo? Vayamos, pues.
La mujer le lanzó una mirada enigmática bajo sus largas pestañas y se dio la vuelta.
—Muy bien —dijo.
—¿Algo anda mal? —La tomó mientras pasaba y la sentó sobre sus rodillas, depositando un beso fugaz en su boca. De nuevo notó aquel sabor a sangre.
—Oh, no —ella agitó sus cabellos y se levantó—. Estaré lista en un momento, y enseguida vamos.

Volvieron a pasar por aquel lugar donde los árboles se inclinaban expectantes, y atravesaron la extensión de hierba, palpitante. Desde todas direcciones llegaban a ellos olas de aquella hierba como había sucedido antes. Smith se esforzó por ignorarlo. Contemplaba la escena matutina mientras una corriente indefiniblemente desagradable recorría la superficie de aquella maravillosa tierra. Mientras atravesaban la hierba viviente, de repente recordó algo y dijo:

—¿Qué quisiste decir ayer cuando hablaste de que no había otra salida que la muerte?
Al responderle, ella no le miró a los ojos, pero su voz denotaba turbación.
—Peor que la muerte, fue lo que dije. Una salida de la que no voy a hablarte aquí.
—Si no existe ninguna salida, yo debo saberlo —insistió Smith—. Dímelo.
Sus cabellos de color naranja caían como una cortina que les separase. Bajando la cabeza, ella dijo con una voz sin matices:
—No podrías salir. Es una salida muy difícil. Y... y yo no deseo que te vayas ahora...
—Debo conocerla —dijo Smith impaciente.
Entonces ella se detuvo y le miró con sus ojos avellana alterados.
—Está bien —dijo finalmente—. Es en virtud de la Palabra. Pero esa puerta no se puede atravesar.
—¿Por qué?
—Pronunciar la Palabra significa la muerte. Literalmente. Yo no la conozco ahora, no podría decírtela aunque quisiera. Pero en el Templo existe una habitación donde esta Palabra se encuentra grabada en rojo sobre la pared, y su poder es tan inmenso que su eco resuena eternamente en la habitación. Si uno se sitúa ante la inscripción y permite que su fuerza le golpee el cerebro, la escuchará y la conocerá... y gritará las pavorosas sílabas en voz alta... y eso mata. Se trata de una palabra tan ajena a nuestro ser que, al pronunciarla, el eco que produce en la garganta de un ser humano es lo suficientemente disgregador como para rasgar cada una de las fibras del cuerpo y desintegrarlas, atomizarlas, para destruir el cuerpo y la mente de forma tan drástica como si nunca hubieran existido. Y como el sonido es tan violento, consigue abrir durante un instante la puerta que existe entre tu mundo y el mío. Pero el peligro es aterrador, porque puede abrir también las puertas de otros mundos por las que podrían introducir cosas más terribles que las que jamás podríamos soñar. Algunos dicen que fue así como la Cosa llegó a nuestro mundo hace millones de años. Además, si uno no se coloca exactamente en el lugar donde se abre la puerta, en el preciso rincón de la habitación que está protegido (al igual que el centro de un ciclón está en calma), y si no pasas en el preciso instante en que suena la Palabra, te romperá en pedazos. Ya ves que resulta impos...

En ese instante ella guardó silencio y miró hacia abajo con una cierta expresión de fastidio, después dio dos o tres pequeños pasos corriendo y se volvió.

—La hierba —explicó tristemente, señalando a sus pies. En sus bronceados pies podían verse leves señales de sangre—. Si uno se detiene demasiado en un lugar sin mover los pies, la hierba puede perforar la piel y beber; qué tonta he sido al olvidarlo. Pero ven.

Smith fue junto a ella, mirando a su alrededor con recelo aquella adorable y hermosa tierra, demasiado bella y aterradora para no formar parte de un sueño. A su alrededor, la hierba hambrienta se deslizaba formando olas mientras ellos avanzaban. ¿Comerían también carne los árboles? Árboles caníbales y hierba vampira; Smith sintió un estremecimiento. El Templo se alzaba ante ellos, un edificio construido con un extraño material del mismo tono azul difuso que adquieren las montañas de la Tierra cuando se las contempla de lejos. Esa calidad difusa no disminuyó ni aumentó a medida que se aproximaban. También los contornos del lugar resultaban misteriosamente difíciles de precisar en la mente. Smith nunca pudo entender por qué. Cuando intentaba concentrarse en un punto particular, en una torre o en una ventana, aquello permanecía borroso, como si aquel extraño y difuso edificio estuviera situado justo en el borde de otra dimensión. Desde el inmenso triple arco de la entrada, un arco que no se parecía en nada a lo que había visto antes, pero que resultaba tan difícil de apreciar con claridad que no podría haber dicho en qué consistía la diferencia, apareció, mientras se aproximaban, un hilo de humo azul pálido. Cuando penetraron dentro comenzaron a caminar a través de una penumbra que Smith acabaría conociendo muy bien. El inmenso corredor aparecía borroso ante ellos, pero después de algunos pasos la mujer le atrajo junto a ella, haciéndole penetrar por otra entrada que daba a una larga galería, a través de cuya neblina pudo distinguir filas de hombres y mujeres, arrodillados cara a la pared, con la cabeza baja, en actitud de oración. Ella le llevó hasta el final, y entonces vio que estaban arrodillados delante de pequeños caños insertos en el muro a intervalos regulares. Ella se arrodilló ante uno de ellos e hizo que él la imitara; luego inclinó la cabeza y puso sus labios sobre la pequeña espita. Vacilante, Smith siguió su ejemplo. En el preciso instante en que su boca tocó aquello, brotó una extraña y cálida sustancia que penetró en su boca, a la vez dulce y salada. Tenía un extraño sabor acre, y cuanto más bebía más deseos le entraban de hacerlo. Resultaba endiabladamente delicioso, y sentía al beberlo que una sensación cálida recorría todo su cuerpo. Sin embargo, algo oculto en las profundidades de su memoria hacía brotar en él una sensación de desagrado... En algún lugar, de alguna manera, él había conocido aquel sabor cálido, acre y salado y... una repentina sospecha le sacudió como un latigazo y apartó sus labios de aquello como si quemara. Un fino reguero escarlata salía del muro. Se pasó el dorso de la mano por los labios y al retirarlo vio que estaba teñido de rojo. Entonces reconoció aquel olor.

La mujer continuaba arrodillada junto a él con los ojos cerrados, con una extraordinaria avidez marcada en cada uno de sus rasgos. Cuando Smith la miró, ella se volvió y abrió unos ojos en los que se marcaba una expresión de protesta, pero no apartó los labios del caño. Smith se agitó violentamente, y tras una última y prolongada succión, ella se levantó mirándole con irritación, poniendo un dedo sobre sus enrojecidos labios. Echó a andar y él la siguió en silencio, a través de las hileras que formaban los arrodillados. Cuando alcanzaron la salida, él se dirigió hacia la mujer y la sacudió irritado por los hombros.

—¿Qué era eso? —le preguntó.
Ella apartó la vista y dijo con acritud:
—¿Qué esperabas? Aquí nos alimentamos como podemos. Tendrás que aprender a beberlo sin repugnancia, si antes no has muerto.

Por un momento, él miró inquisitivamente su evasivo y extrañamente bello rostro. Después, sin pronunciar una palabra, se dirigió a la puerta de la salida. Escucho sus pasos tras él, pero no se volvió para mirarla. Y hasta que no hubieron salido a la luz del día y atravesado un buen trecho de aquella tierra cubierta de hierba, no tuvo la calma suficiente para mirar a su alrededor. Ella se detuvo junto a él, sin levantar la cabeza, mientras su cabello color naranja se agitaba a cada movimiento de su rostro, con elocuente tristeza. La sumisión de la joven le afectó, y se dirigió hacia ella con una ligera sonrisa, contemplando aquella luminosa cabeza. Ella le mostró una cara en la que se reflejaba una expresión trágica. En sus ojos color avellana había lágrimas. Así que no tuvo más remedio que sonreírle y besarla para devolverle la sonrisa. En ese momento Smith comprendió el extraño sabor amargo de sus besos.

—Ha de haber otro tipo de alimento que no sea... éste —dijo Smith cuando hubieron llegado junto al templete—. ¿No hay trigo por aquí? ¿No viven animalillos en el bosque? Y los árboles, ¿no dan frutos?
Ella le dedicó otra larga mirada bajo las espesas pestañas.
—No —respondió—. No hay nada sino la hierba que crece aquí. En esta tierra no habita más ser viviente que el hombre y la Cosa. Y en cuanto a la fruta de los árboles, da gracias a que no florece más que una vez en sus vidas.
—¿Por qué?
—Es mejor... no hablar de eso —respondió ella.

Las constantes evasivas en sus frases comenzaron a atacar los nervios de Smith. No dijo nada más; le dio la espalda y caminó hacia la playa, esperando que la arena le volvería a proporcionar la tranquilidad y la paz de la noche anterior. Su hambre había quedado curiosamente satisfecha, pese a lo poco que había tomado de aquello, y, gradualmente, aquel sosiego que sintiera el día anterior volvió a renacer en él en profundas oleadas. Después de todo, era una tierra encantadora. El día llegó oníricamente a su fin, y la oscuridad volvió a surgir del lago, y volvió a encontrar en los besos aquel sabor a sangre que, sin embargo, le sumergía en una profunda dulzura. Por la mañana se despertó con la primera luz del día, nadó junto a la joven en las azules y misterios as aguas del lago, e, inexplicablemente, volvió a atravesar el bosque y aquella extensión de hierba viva en dirección al Templo, impulsado por un hambre mayor que su repugnancia. No podía evitar la náusea, pero tampoco aquella avidez. Una vez más, el Templo apareció ante él difuso e indefinido bajo el resplandeciente cielo, y una vez más se adentró en la penumbra de sus corredores, caminando con el paso seguro de quien conoce su camino, y se arrodilló por su propia voluntad en aquella fila de bebedores que se extendía a lo largo del muro. Al primer sorbo, la náusea brotó violentamente de lo más profundo de su ser; pero cuando el calor de la bebida se extendió por todo su cuerpo la náusea se apagó y solo sintió hambre y avidez, y bebió ciegamente hasta que la mano de la joven que se apoyó sobre su hombro le volvió a la realidad. Se había desencadenado en él una especie de intoxicación cuando el líquido ardiente y salado penetró en sus venas, y caminó tambaleándose sobre la hierba viviente. Transcurrió otro día y de nuevo la oscuridad surgió del lago.

Y así transcurría la vida en aquella tierra. Pasaban con una simpleza extraordinaria los días y las noches, entre los viajes al Templo para beber de aquellas fuentes, y los amargos besos de la joven de los cabellos color naranja. El tiempo había cesado para él. Los días transcurrían lentos e iguales, desarrollándose eternamente el mismo círculo vital, y el único cambio, que quizás él no percibía, se hallaba en la profunda mirada de los ojos de la joven cuando permanecían juntos, sus cada vez más prolongados silencios. Una noche, en el mismo instante en que la oscuridad envolvía el aire y la bruma surgía del lago, se le ocurrió mirar a su superficie y creyó ver a través de la niebla las siluetas de unas montañas muy lejanas. Le preguntó con curiosidad a la joven:

—¿Qué es lo que hay detrás del lago? Me parece que veo unas montañas.
La joven volvió rápidamente la cabeza y sus ojos color avellana se oscurecieron con una expresión que parecía de temor.
—No lo sé —dijo—. Nosotros pensamos que es mejor no averiguar qué es lo que hay más allá del lago.
Súbitamente, la irritación de Smith ante las nuevas evasivas hizo explosión violentamente.
—¡Al diablo con vuestras creencias! Estoy harto de recibir la misma respuesta a cualquiera de las preguntas que hago. ¿Tú nunca te has preocupado por averiguar nada de nada? Estáis tan paralizados por el terror de algo desconocido que cada idea de vuestro espíritu os parece mortal.
Los ojos de la mujer le dirigieron una triste mirada.
—Aprendemos con la experiencia —dijo—. Aquellos que se hacen preguntas, aquéllos que investigan... mueren. Vivimos en medio del peligro en una tierra que está viva, un peligro incomprensible, intangible, terrible. La vida se hace soportable si no investigamos demasiado, solo si aceptamos ciertas condiciones, condiciones que aceptan la mayoría. No debes hacer preguntas si deseas continuar vivo. Tanto las montañas como todas las cosas que desconocemos y que se hallan más allá del horizonte son algo tan inalcanzable como un milagro. Porque en una tierra que no ofrece ningún tipo de alimento, en la que nos es preciso visitar el Templo diariamente, ¿qué tipo de provisiones podría llevar cualquier explorador para su viaje? No, estamos sujetos a este lugar por lazos irrompibles, y debemos vivir aquí hasta que nos llegue la muerte.

Smith no respondió. Comenzaba a apoderarse de él el relax de la noche, y el breve estallido de irritación había muerto tan rápidamente como había nacido. Sin embargo, fue entonces cuando comenzó su descontento. De alguna forma, a pesar de la adorable quietud del lugar, a pesar de la dulce amargura de las fuentes del Templo y la amargura aún más dulce de los besos que obtuvo como respuesta, no pudo apartar de la mente la visión de aquellas montañas difusas. La inquietud se había despertado en él, y como el hombre que sale de su sueño, sentía cada vez más el deseo de la acción, de la aventura, de darle otra utilidad a su cuerpo que no fueran simplemente las exigencias del sueño, la comida y el amor. Por todas partes se alzaban inquietos bosques. La hierba ondeaba, y en el oscuro horizonte las montañas le atraían. Incluso el misterio del Templo y de su eterna penumbra comenzaron a atormentar sus momentos de lucidez. Le zumbaba en la mente la idea de explorar los corredores que evitaban los habitantes de aquellas tierras, de mirar a través de aquellas extrañas ventanas que se abrían a un azul inexplicable. La vida, incluso allí, debía tener un significado diferente del que él le confería. ¿Que había tras aquellos bosques y praderas? ¿Qué misterioso país encerraban aquellas montañas? Comenzó a acosar a sus compañeros con preguntas que provocaron cada vez con más frecuencia la aparición de una mirada de terror en sus ojos, pero con ello obtenía una pequeña satisfacción. Aquél era un pueblo sin historia, sin ambición, cuyas vidas se inclinaban a atormentarse en los momentos de mayor tranquilidad como si anticiparan el terror que habría de sobrevenirles después. La evasión era la llave de su existencia, quizás con razón. Quizá todos los espíritus aventureros que habían existido entre ellos, se habían internado, curiosos, en el peligro y habían perecido, de forma que los que quedaban eran los espíritus sumisos, llevando unas vidas bucólicas y voluptuosas en aquel Elíseo sombreado por el horror.

En aquel colorístico país, el recuerdo del mundo que habían perdido se hizo para Smith cada vez más vivido: recordaba la abigarrada multitud de las capitales de los planetas, con las luces, el ruido, las risas. Se imaginó naves espaciales atravesando el cielo de la noche con sus llamas, atravesando el espacio de un planeta a otro. Recordó los alborotos que se formaban en las tabernas, los pilotos de las naves, los tumultos, el rayo azul de las pistolas y el olor a carne quemada. Aquella vida pasaba como una película ante sus ojos, violenta, vívida, hombro con hombro, con la muerte. Y sintió nostalgia de aquellos mundos maravillosos, aunque también terribles, que había dejado tras él. Por el día, la intranquilidad le aumentó. La joven hizo patéticos intentos para encontrar algún tipo de entretenimiento que ocupara su mente ausente. Le acompañó en tímidas incursiones por los bosques vivientes, e incluso superó su horror por el Templo siguiéndole mientras exploraba algunos corredores que hicieron nacer en ella un angustiado terror. Pero debió darse cuenta de que no había esperanza. Un día, mientras estaban tumbados sobre la arena mirando ondear el lago azul bajo un cielo cristalino, los ojos de Smith, que no se apartaban de las extrañas sombras de las montañas, se entornaron súbitamente, intensificando su palidad de acero. Se puso en pie bruscamente, apartándose de la joven que había permanecido apoyada contra sus espaldas.

—Estoy harto —dijo ásperamente, y se levantó.
—¿Qué... qué... quieres decir? —la mujer se tambaleaba sobre sus pies.
—Me voy... a cualquier lugar. Creo que hacia las montañas. ¡Y me voy ahora mismo!
—Pero, entonces ¿es que deseas morir?
—Es mejor un peligro real que una vida abúlica como ésta —dijo—. Al menos encontraré algo más de animación.
—Pero ¿qué llevarás como alimento? No hay nada que te permita mantenerte vivo, aun en el caso de que escaparas de peligros mayores. Si te quedas sobre la hierba por la noche... te comerá vivo. No tienes ninguna posibilidad de sobrevivir si abandonas este lugar... y a mí.
—Si he de morir, moriré —dijo—. Lo he estado pensando y he decidido que sea así. Podría explorar el Templo y llegar ante Eso y morir. Pero, desde luego, debo hacer algo, y me parece que mi oportunidad está en intentar llegar a algún lugar donde la tierra dé alimentos. Y voy a intentarlo. No puedo seguir así.

Ella le miró con una inmensa tristeza, mientras las lágrimas afluían a sus ojos de color avellana. El abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir una sola palabra ella se echó a reír con una risa aterrorizadora.

—Tú no irás —le dijo—. La muerte viene ahora por nosotros dos.
Lo dijo de una forma tan serena, tan carente de todo miedo, que Smith no la entendió hasta que ella le señaló algo con el dedo y se volvió hacia allí. El aire que había entre ellos y el templete estaba curiosamente agitado. En el momento en que Smith se volvió a mirar, comenzó a convertirse en una nebulosa azul que se iba haciendo cada vez más espesa y oscura... Borrosos tonos verdes y violeta penetraron a través de aquello de forma difusa, y después, imperceptiblemente, un color rosado apareció en el centro, que cada vez se iba haciendo más intenso hasta adquirir un tono escarlata que hirió sus ojos; entonces Smith se dio cuenta de que Aquello había llegado. Un aura de amenaza parecía irradiar de Aquello, penetrando en su mente. Lo sintió de forma tan tangible como lo había visto... Un peligro difuso que se dirigía inexorablemente hacia ellos. La mujer no estaba asustada. Smith se dio cuenta de ello aunque no se volvió para mirarla, pues no podía apartar sus ojos de aquella Cosa escarlata hipnóticamente palpitante... Ella le susurró muy suavemente:

—Yo tenía razón, estoy contenta —y el sonido de su voz le liberó de la trampa en que le tenía preso aquella masa palpitante.

Smith soltó una carcajada de lobo, abrupta, como dando la bienvenida a aquella diversión que le sacaba del idilio eterno en el que estaba viviendo, y la pistola apareció en su mano y de su cañón brotó la llama azul de forma tan repentina que dejó sin respiración a la mujer, que estaba tras él. Aquel resplandor de un azul acerado iluminó la envolvente neblina, pasó a través de ella sin encontrar ningún obstáculo y fue a estrellarse en la tierra unos metros más allá. Smith apretó los dientes y disparó repetidas veces contra aquella niebla, tiñéndola de azul. Y cuando aquel chorro de fuego cruzó aquella Cosa escarlata, el impacto sacudió violentamente aquella nebulosa de tal forma que sus contornos ondularon y la masa escarlata chisporroteó vivamente, comenzando a debilitarse con gran rapidez. Smith siguió barriendo con su rayo toda aquella nebulosa. Un instante después palidecía y se desintegraba, desvaneciéndose en un último destello rosa mientras la llama de su pistola seguía incidiendo en la niebla hasta quemar el suelo tras ella. Sacudió la cabeza y jadeó mientras aquella nube de muerte se hacía cada vez más tenue, hasta desvanecerse ante sus ojos, hasta que no quedó ni rastro de ella y el aire se volvió de nuevo luminoso y transparente.

El inconfundible olor de carne quemada llegó a su nariz y se preguntó por un momento si la Cosa se habría materializado en un núcleo corpóreo; pero después vio que aquel olor procedía de la hierba quemada por su llama. Las delgadas briznas semejantes al pelaje de un animal se retorcían en torno al círculo quemado, tumbándose a ras de suelo como si un fuerte viento soplara sobre ellas, y del área ennegrecida surgió una tenue columna de humo que esparcía el olor de carne quemada. Smith, recordando sus hábitos vampirescos, volvió la cabeza con náuseas. La chica había corrido hacia la arena que había tras él temblando violentamente ahora que el peligro había pasado.

—¿Era... esto la muerte? —preguntó ella respirando entrecortadamente cuando por fin pudo dominarse.
—No lo sé. Probablemente no.
—¿Qué vas... a hacer ahora?
Smith volvió a enfundar su pistola.
—Lo que había pensado hacer.
La joven gritó con desesperación:
—¡Espera! ¡Espera! —y se agarró a su brazo. Y él esperó hasta que el temblor que la sacudía hubo cesado. Entonces ella insistió—: Vuelve al templo otra vez antes de irte.
—Está bien, no es una mala idea. Puede que transcurra bastante tiempo antes de mi próxima... comida.

Así pues volvieron a atravesar la hierba viviente que se agitaba en torno a ellos en forma de amplias olas procedentes de todas partes. El Templo apareció oscuro e irreal ante ellos, y cuando entraron la penumbra azul volvió a envolverlos. Smith iba a ir como de costumbre hacia la galería de los bebedores, pero la mujer sujetó su brazo con una mano y murmuró:

—Ven por aquí.
El la siguió, cada vez más sorprendido, por el corredor a través de las extrañas neblinas, lejos de la galería que tan bien conocía. Le pareció que la bruma se hacía más espesa a medida que avanzaban, y en medio de aquella luz incierta creyó ver, aunque no podía estar seguro de ello, que los muros ondeaban de una forma tan nebulosa como el propio aire. Sintió un curioso impulso de atravesar sus intangibles barreras y salir del pasillo hacia... ¿hacia qué? Entonces notó bajo sus pies unos peldaños y tras un instante la presión sobre su brazo se hizo más fuerte. Pasaron por un bajo y grueso arco de piedra y penetraron en la habitación más extraña que jamás había visto. Parecía ser heptagonal y, cosa curiosa, en el suelo había profundamente grabadas líneas convergentes. Creyó sentir que ciertas fuerzas que escapaban a su comprensión se debatían violentamente contra los siete muros, girando huracanadamente en la oscuridad hasta que la habitación quedó sumida en un invisible tumulto. Cuando levantó sus ojos hacia el muro, supo dónde se encontraba. Grabado sobre la oscura piedra, brillando a través de aquella penumbra como si fuera un fuego procedente de otra dimensión, la figura escarlata se retorcía sobre el muro. No sabía cómo, pero la simple visión de aquello provocó una conmoción en su cerebro y sintió que la cabeza le daba vueltas y las piernas se le doblaban cuando finalmente respondió a la presión de su brazo. Vagamente, se dio cuenta de que se encontraba justo en el centro de aquellas líneas convergentes y sintió fuerzas inexplicables recorriéndole y despertando en su interior un conocimiento que poseía. Luego sintió unos brazos que se cerraban en torno a su cuello y un cálido cuerpo que se estrechaba contra el suyo, mientras una voz susurraba en su oído:

—Si tienes que dejarme, retrocede hacia la puerta, querido... La vida sin ti... es más terrorífica que una muerte como ésta.

Depositó en sus labios un beso que sabía a sangre. Después aquel contacto desapareció y se encontró solo. A través de la penumbra pudo percibirla vagamente recortada contra la Palabra, y pensó, mientras estaba allí, que era como si las corrientes invisibles la estuvieran golpeando de forma que su cuerpo se bamboleaba ante él y sus rasgos se hacían borrosos para formarse después de nuevo, como si las fuerzas de las que él estaba tan misteriosamente protegido la tuvieran a su merced. Y vio que un cierto conocimiento se reflejaba de forma terrible sobre su rostro, como si el significado de la Palabra estuviera penetrando lentamente en la mente de la mujer. El dulce y bronceado rostro de la joven se deformó horriblemente, sus sangrientos labios se movieron para pronunciar una Palabra. En un momento de claridad vio realmente cómo su lengua se movía de forma increíble para formar las sílabas de la indefinible Palabra que nunca labios humanos habían pronunciado. Su boca se abrió en una forma imposible... Emitió sonidos en medio de aquella niebla y gritó.

Smith caminaba por un sendero serpenteante de un color escarlata tan vivo que resultaba insoportable a la vista, un sendero que se hundía, se alzaba y temblaba bajo sus pies de forma que le hacía trastabillar a cada paso. Andaba a tientas a través de una neblina violeta y verde mientras en sus oídos zumbaba un susurro aterrador, la primera sílaba de una impronunciable Palabra... Siempre que se acercaba al final del sendero, éste se agitaba y se duplicaba, mientras una debilidad como la producida por una droga penetraba en su cerebro y los colores de la onírica penumbra le arrullaban, y...

—¡Se está despertando! —sonó una voz exaltante junto a su oído.
Smith abrió pesadamente los ojos y vio una habitación sin paredes, una habitación en la que múltiples figuras se extendían hasta el infinito...
—¡Smith! ¡Northwest Smith! ¡Despierta! —urgía una voz familiar que llegaba de alguna parte.

Smith parpadeó. Aquella miríada de figuras desperdigadas se concentraron en las de dos hombres dentro de una habitación de especulares paredes metálicas. El rostro amistoso de su compañero, el venusiano Yarol, apareció sobre él.

—Por Pharon, Northwest Smith —dijo aquella bien conocida voz—, has estado durmiendo durante toda una semana. Creíamos que nunca despertarías; debió de ser una borrachera terrible.

Smith hizo una débil mueca que decía bien a las claras lo débil que se sentía y dirigió una interrogante mirada hacia la otra persona.

—Soy médico —dijo el individuo cuando captó su inquisitiva mirada—. Su amigo me llamó hace tres días y desde entonces estoy ocupándome de usted. Debe de hacer cinco o seis días que entró en coma. ¿Tiene alguna idea de qué es lo que pudo causárselo?

Los pálidos ojos de Smith recorrieron la habitación. No pudo encontrar lo que buscaba, y aunque su débil murmullo contestó la pregunta del doctor, el hombre no llegó nunca a entenderlo.

—¿Un mantón?
—He sido yo quien te ha quitado aquella cosa peligrosa de encima —confesó Yarol—. Estuvo sobre ti durante tres días y después te la quité. Ese dibujo rojo me ha dado el peor dolor de cabeza que he tenido desde que encontré la botella de vino negro sobre aquel asteroide, ¿te acuerdas?
—¿Dónde...?
—Se lo di a un tipo que iba hacia Venus. Lo siento. ¿Realmente lo querías? Te compraré otro.

Smith no respondió. La debilidad se apoderaba de él intermitentemente. Cerró los ojos escuchando el eco de aquella primera y terrorífica sílaba susurrada en su cabeza... Un susurro que procedía de un sueño... Yarol le oyó murmurar suavemente:

—Y... nunca logré saber... su nombre...
Catherine L. Moore (1911-1987) 
 

Vampirirsmo


-Ahora que habláis de vampirismo, me viene a la mente una historia que hace tiempo leí o escuché. Creo que más bien lo último, pues ahora que recuerdo, el narrador insistió mucho en que el relato era verdadero. Si la historia se ha publicado y la conocéis, interrumpidme, pues no hay nada más fastidioso y aburrido que escuchar cosas conocidas.

-Creo que nos vas a ofrecer algo horroroso y tremendo; así es que, por lo menos, piensa en San Serapio y procura ser lo más breve posible, para que Vincenzo tenga la palabra, pues, según veo, está impaciente por referirnos el cuento que nos prometió.

-¡Calma, calma! -exclamó Vincenzo- Nada mejor para mí que Cipriano tienda un tapiz negro que sirva de fondo a la representación mímico-plástica de mis alegres, pintorescas y saltarinas figuras. Empieza, Cipriano amigo, muéstrate seco, terrorífico, incluso espeluznante, más que el vampírico lord Byron, al que por cierto no he leído.

-El conde Hipólito -comenzó Cipriano- había regresado de sus largos viajes, para hacerse cargo de la rica herencia de su padre. El palacio estaba situado en una de las regiones más bellas y agradables del país, y las rentas que le proporcionaban sus posesiones bastaban para el costoso embellecimiento del mismo.

...Todo lo que el conde había visto a lo largo de sus viajes, lo más bello, atractivo y suntuoso, quería verlo de nuevo levantarse ante sus ojos. Cortesanos y artistas reuníanse en torno a él y acudían a su llamada, de modo que pronto comenzaron las obras del palacio, y el diseño de un amplio parque de gran estilo, en el que se hallarían incluidas iglesia, cementerio y parroquia, formando parte del artístico jardín. El conde dirigía todos los trabajos, pues tenía conocimientos suficientes para ello. Se entregó en cuerpo y alma a estas ocupaciones, de modo que transcurrió un año sin que se le ocurriese (según le aconsejó su anciano tío) dejarse ver a los ojos de las jóvenes, para escoger como esposa a la más bella, a la mejor y a la más noble.

Una mañana que se encontraba sentado ante la mesa de dibujo, proyectando un nuevo edificio, se hizo anunciar una vieja baronesa, lejana pariente de su padre. Hipólito recordó el nombre de la baronesa, y que su padre sentía una indignación intensa contra esta mujer, e incluso que hablaba de ella con repugnancia, y a todas cuantas personas trataban de acercarse a ella les aconsejaba que se alejasen, aunque sin explicar jamás los motivos del peligro. Cuando se le preguntaba al conde, solía decir que había ciertas cosas sobre las que más valía callar que hablar. Con más razón, cuanto que en la residencia corrían turbios rumores de un extraño e insólito proceso criminal, en el que estaba implicada la baronesa, que separada de su marido y expulsada de su alejado lugar de residencia, sólo gracias a la intervención del príncipe se veía libre de encarcelamiento.

Muy molesto se sintió Hipólito por la proximidad de una persona a la que su padre aborrecía, aunque los motivos le fuesen desconocidos. La ley de la hospitalidad, que era privativa de toda esta región, le obligaba a recibir la desagradable visita. Jamás una persona había causado al conde una impresión tan antipática en su apariencia -aunque en realidad no fuese odiosa- como la baronesa.

Al entrar traspasó al conde con una mirada de fuego, luego entornó los párpados y se disculpó de su visita, casi con expresión humilde. Se quejó de que el padre del conde, poseído por extraños prejuicios, a los que le habían inducido sus enemigos maliciosamente, la había odiado hasta la muerte, de modo que, aunque languidecía en la mayor pobreza, y se avergonzaba de su estado, nunca había recibido la menor ayuda. Al fin, como inesperadamente se hubiera visto en posesión de una pequeña suma de dinero, le había sido posible abandonar su residencia y huir hacia un pueblo muy alejado de aquella región. Antes de emprender el viaje no había podido resistir el impulso de conocer al hijo del hombre que le había profesado un odio tan injusto e irreconciliable, aunque a su pesar le reverenciase.

Fue el conmovedor tono de verdad con que habló la baronesa, lo que emocionó al conde, cuanto más que lejos de mirar el desagradable semblante de la vieja, hallábase absorta su mirada en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba.

Calló ésta y el conde pareció no darse cuenta: permanecía abstraído. La baronesa pidió que la disculpase, pues al entrar sintióse desconcertada, y se le olvidó presentar a su hija Aurelia. Sólo al oír esto recuperó el conde la palabra, y juró, enrojeciendo totalmente, lo que sumió en la mayor confusión a la adorable joven, que le concediesen enderezar lo que su padre había ejecutado por error, y les suplicó que, conducidas por su propia mano, entrasen en el palacio.

Para confirmar estas palabras tomó la mano de la baronesa, pero la respiración y el habla se le cortaron, al tiempo que un frío enorme le recorría el cuerpo. Sintió que su mano era apresada por unos dedos rígidos, helados como la muerte, y le pareció como si la enorme y huesuda figura de la baronesa -que le contemplaba con ojos sin visión- estuviese envuelta en la espantosa vestimenta de un cadáver.

-¡Oh, Dios mío, qué desgracia está sucediendo en este momento! -gritó Aurelia, y empezó a gemir con una voz tan quejumbrosa, que su pobre madre fue presa de un ataque convulsivo, de cuyo estado, como de costumbre, solía salir unos instantes después, sin necesidad de valerse de ningún medio. Con gran trabajo se desprendió el conde de la baronesa, y como tomase la mano de Aurelia y depositase en ella un ardiente beso, sintió que el dulce deleite del amor y el fuego de la vida retornaban a invadir su ser.

Próximo a la edad madura, sintió el conde, por primera vez, todo el poder de la pasión, de tal modo que le resultó muy difícil esconder sus sentimientos, y como Aurelia le manifestase su agrado de manera ingenua, se encendió en él la esperanza. Apenas pasaron unos cuantos minutos cuando la baronesa despertó de su desmayo, ignorante de lo que había sucedido, y aseguró al conde que estimaba la invitación de permanecer algún tiempo en el palacio, y que olvidaba para siempre todo el mal que su padre le había causado. Así fue como, repentinamente, cambió el hogar del conde, hasta el punto que llegó a pensar que, por un especial favor, el destino le había llevado hasta allí a la persona más ardientemente adorada de todo el universo, para concederle la mayor felicidad de que puede gozar un ser humano.

La conducta de la baronesa fue idéntica, permaneció silenciosa, seria, incluso reservada, y mostró siempre que había ocasión favorable, un dulce talante y hasta una inocente alegría en el fondo de su corazón. El conde, que ya se había habituado al extraño semblante cadavérico y a su figura fantasmal, atribuyó todo esto a su enfermedad, así como la tendencia a una intensa exaltación, de la que daba muestras -según le había dicho su gente- durante los paseos nocturnos que efectuaba por el parque, en dirección al cementerio.

El conde se avergonzó de que los prejuicios de su padre le hubiesen prevenido tanto contra ella y trató de vencer el sentimiento que le sobrecogía, siguiendo los consejos de su buen tío que le indicaba librarse de una relación que tarde o temprano le perjudicaría. Convencido del intenso amor de Aurelia, pidió su mano y figuraos con qué alegría la baronesa aceptó, viéndose transportada de la mayor indigencia al seno de la felicidad. La palidez y aquel aspecto que denotaba un interior extremadamente desasosegado, fue desapareciendo del semblante de Aurelia. La felicidad del amor resplandecía en su mirada y daba a sus mejillas un tono rosado.

La mañana del día que se iba a celebrar la boda, un acontecimiento sobrecogedor vino a contrariar los deseos del conde. Encontraron a la baronesa inerte en el parque, caída en el suelo, con el rostro en tierra, no lejos del camposanto, y la transportaron al palacio, precisamente cuando el conde se levantaba dominado por el sentimiento de su felicidad inminente. Pensó que la baronesa había sido atacada por su acostumbrado mal; sin embargo, fueron vanos todos los medios de que se sirvieron para volverla a la vida. Estaba muerta.

Aurelia no se entregó a los desahogos propios de un intenso dolor, y muda, sin derramar una lágrima, parecía haberse quedado como paralizada después del golpe recibido. El conde, que temía por su amada, con gran cuidado y suavidad se atrevió a recordarle su situación de criatura sola, de modo que ahora más que nunca era necesario aceptar el destino y proceder convenientemente acelerando la ceremonia de la boda que se había diferido a causa de la muerte de la madre. A esto, Aurelia, echándose en los brazos del conde, gritó, al tiempo que derramaba un torrente de lágrimas, con una voz que desgarraba el corazón: Sí, sí, por todos los Santos, por mi bien, sí!. El conde pensó que este vehemente desahogo era debido a la consideración bien amarga de que se encontrase sola, sin patria, y no supiese adonde ir, e incluso a las consideraciones sociales que le impedían permanecer en el palacio.

El conde se ocupó de que una dama honorable le hiciese compañía hasta que el matrimonio se celebró, sin que ningún suceso desgraciado interrumpiese la ceremonia, e Hipólito y Aurelia alcanzaron la cumbre de su felicidad. Mientras todo esto sucedía, Aurelia se había mostrado siempre en un estado de gran excitación. No era el dolor por la pérdida de su madre lo que la desasosegaba, sino una sensación de miedo mortal que parecía atenazarla continuamente.

En mitad de los más dulces transportes amorosos, sentíase sobrecogida de terror, palidecía como una muerta y abrazaba al conde, derramando lágrimas, como si quisiera asegurarse bien de que un poder invisible y enemigo no la llevase a la perdición. Entonces gritaba: ¡No, nunca, nunca!.

Una vez que se encontró casada pareció que el estado de excitación cesaba y que se veía libre del miedo que la sobrecogía. Esto no impidió que el conde adivinase que algún secreto fatídico se escondía en el seno de Aurelia, pero, ciertamente, le pareció inoportuno preguntarle acerca de ello, en tanto que persistiese la excitación, y ella misma se mantuviese callada. Hasta que un día se atrevió a insinuarle la pregunta de cuál era la causa de su desasosiego. Entonces Aurelia afirmó que suponía un inmenso bien para ella desahogar por entero su corazón en su amado esposo. No poco se sorprendió el conde cuando se enteró de que únicamente la fatal conducta de la madre era el motivo del malestar de Aurelia. ¿Hay algo más espantoso -gritó Aurelia- que odiar a la propia madre y tener que aborrecerla? De aquí se deduce que tanto el padre como el tío no estaban dominados por falsos prejuicios y que la baronesa había engañado al conde con una premeditada hipocresía.

Como un signo muy favorable, el conde consideró que la malvada madre se hubiese muerto el mismo día que se iba a celebrar su boda, y no tenía ningún reparo en decirlo. Aurelia, en cambio, dijo que precisamente desde el día de la muerte de su madre se sentía dominada por los más lúgubres y sombríos presentimientos, que no podía evitar sentir un miedo espantoso a que los muertos saliesen de sus tumbas y la arrancasen de los brazos de su amado para llevarla al abismo.

Aurelia recordaba (según refería) los tiempos de su niñez, cómo una mañana, cuando acababa de despertarse, oyó un tumulto espantoso en la casa. Las puertas se abrían y cerraban, se oían voces extrañas. Cuando finalmente se hizo la calma, la doncella tomó a Aurelia de la mano y la llevó a una gran estancia donde estaban muchos hombres reunidos, y en el centro de la habitación sobre una gran mesa yacía un hombre que jugaba a menudo con Aurelia, que le daba golosinas, y al que solía llamar papá. Extendió las manos hacia él y quiso besarle. Los labios que en otro tiempo estaban cálidos ahora estaban helados, y Aurelia, sin saber por qué, prorrumpió en sollozos. La doncella la condujo a una casa desconocida, donde estuvo durante mucho tiempo, hasta que apareció una señora y se la llevó en un coche. Era su madre que la trasladó a la Corte. Aurelia debía tener ya dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa, al que ésta recibió con alegría, denotando la confianza e intimidad de un amigo querido desde hace tiempo. Cada vez venía más a menudo, y cada vez era más evidente que su casa se transformaba y ponía en mejores condiciones. En lugar de vivir como en una cabaña y vestirse con pobres vestidos y alimentarse mal, ahora vivían en la parte más bella de la ciudad, ostentaban lujosos vestidos y comían y bebían con el desconocido, que diariamente se sentaba a la mesa y participaba en todas las diversiones públicas que se ofrecían en la Corte. Únicamente Aurelia permanecía ajena a las mejoras de su madre, que, evidentemente, se debían al extranjero. Se encerraba en su cuarto cuando la baronesa departía con el desconocido y permanecía tan insensible como antes.

El desconocido, aunque era ya casi de cuarenta años, tenía un aspecto fresco y juvenil, poseía una gran figura y su semblante podía considerarse varonil. No obstante, le resultaba desagradable a Aurelia porque, a menudo, su conducta le parecía vulgar, torpe y plebeya.

Las miradas que empezó a dirigir a Aurelia le causaron inquietud y espanto, incluso un temor que ella misma no sabía explicar. Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en dar alguna explicación a Aurelia acerca del desconocido. Ahora mencionó su nombre a Aurelia, añadiendo que el barón era muy rico y un pariente lejano. Alabó su figura, sus rasgos, y terminó preguntando a Aurelia que qué le parecía. Aurelia no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un terror indecible y luego la regañó acusándola de ser necia. Poco después, la baronesa se conducía más amablemente que nunca con Aurelia. Le regaló hermosos vestidos y ricos adornos que estaban de moda, y la dejó participar en las diversiones públicas. El desconocido trataba de ganarse el favor de Aurelia, de tal modo que se hacía todavía más odioso. Fue fatal para su tierno espíritu que la casualidad le deparase ser testigo de todo esto, lo que motivó que sintiese un odio tremendo hacia el desconocido y la corrompida madre. Como pocos días después el desconocido, medio embriagado, la estrechase en sus brazos, de modo que no dejase lugar a dudas de sus aviesas intenciones, la desesperación diole fuerzas varoniles, de forma que le propinó tal empujón al desconocido que lo tiró de espaldas, tuvo que huir y se encerró en su cuarto.

La baronesa explicó a Aurelia fríamente y con firmeza que el desconocido mantenía la casa y que no tenía el menor deseo de volver a la antigua indigencia, y que, por consiguiente, eran vanos e inútiles los melindres. Aurelia debía ceder a los deseos del desconocido, que amenazaba abandonarlas. En vez de compadecerse de las súplicas desgarradoras de Aurelia, de sus ardientes lágrimas, la vieja comenzó a proferir amenazas y a burlarse de ella, agregando que estas relaciones le proporcionarían el mayor placer de la vida, así como toda clase de comodidades, y dio muestras de un desaforado aborrecimiento hacia los sentimientos virtuosos, por lo que Aurelia quedó aterrada. Viose perdida, de modo que la única salvación posible le pareció una rápida huida.

Aurelia se había hecho con una llave de la casa, y envolviendo algunas cosas indispensables para su fuga, se deslizó a medianoche, cuando vio a su madre profundamente dormida, hasta el vestíbulo iluminado débilmente. Con sumo cuidado trataba de salir, cuando la puerta de la casa chocó violentamente y retumbó a través de la escalera. En medio del vestíbulo, haciendo frente a Aurelia, apareció la baronesa vestida con una bata sucia y vieja, con el pecho y los brazos descubiertos, el pelo gris despeinado, moviéndose airada. Y detrás de ella el desconocido, que gritaba y chillaba: ¡Espera, condenado Satanás, bruja endemoniada, que me las vas a pagar!, y arrastrándola por los pelos, empezó a golpearla de un modo brutal en mitad del cuerpo, envuelto como estaba en su gruesa bata.

La baronesa empezó a gritar. Aurelia, casi desvanecida, pidió auxilio, asomándose a la ventana abierta. Dio la casualidad que precisamente pasaba por allí una patrulla de guardias, que entraron al instante en la casa: ¡Cogedle! -gritaba la baronesa a los guardias, retorciéndose de rabia y de dolor- ¡Cogedle y agarradle bien! ¡Miradle la espalda!

En cuanto la baronesa pronunció su nombre, el jefe de la patrulla exclamó jubilosamente: ¡Al fin te cogimos, Urian!", y con esto le agarraron y le llevaron consigo, no obstante resistirse. A pesar de todo lo sucedido, la baronesa se había percatado de las intenciones de Aurelia. De momento se conformó con agarrarla violentamente del brazo, arrojarla al interior de su cuarto y cerrarlo bien, sin decir palabra. A la mañana siguiente, la baronesa salió y regresó muy tarde por la noche, mientras Aurelia permanecía en su cuarto encerrada como en una prisión, sin ver ni oír a nadie, de modo que pasó el día sin que tomase comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. A menudo la miraba la baronesa con ojos encendidos de ira, y parecía como si quisiera tomar una decisión, hasta que un día encontró una carta, cuyo contenido pareció llenarla de alegría: Odiosa criatura -dijo la baronesa a Aurelia-, eres culpable de todo, aunque te perdono, y lo único que deseo es que no te alcance la espantosa maldición que este malvado ha descargado sobre ti. Luego de decir esto se mostró muy amable, y Aurelia, ahora que ya aquel hombre se había alejado, no volvió a pensar más en la huida, por lo que le fue concedida mayor libertad.

Pasado ya algún tiempo, un día que Aurelia estaba sentada sola en su cuarto, oyó un gran tumulto en la calle. La doncella salió y volvió diciendo que era el hijo del verdugo que iba detenido, después de ser marcado por robo y asesinato, y que al ser conducido a la cárcel se había escapado de entre las manos de los guardianes. Aurelia vaciló, asomándose a la ventana, dominada por temerosos presentimientos; no se había engañado, era el desconocido que, rodeado de numerosos guardianes, iba subido en una carreta. Le conducían camino de la ejecución de la condena y de la expiación de sus faltas. Casi estuvo a punto de desmayarse en su sillón, cuando la espantosa y salvaje mirada del hombre se cruzó con la suya, al tiempo que con gestos amenazadores levantaba el puño cerrado hacia su ventana.

Era costumbre de la baronesa estar siempre fuera de casa, aunque regresaba para hablar con Aurelia y hacer consideraciones acerca de su destino y de las amenazas que se cernían sobre ella, presagiando una vida muy triste. Por medio de la doncella que había entrado a su servicio el día después del suceso de aquella noche, y a la que habían tenido al corriente de las relaciones de la baronesa con aquel pícaro, se enteró Aurelia de que todos los de la casa compadecían a la baronesa por haber sido engañada tan vilmente por un delincuente tan despreciable.

Bien sabía Aurelia que la cosa era de otro modo, y le parecía imposible que los guardias que poco antes habían detenido a este hombre en casa de la baronesa no supieran de sobra la buena amistad de la baronesa con el hijo del verdugo, ya que al apresarle, la baronesa había proferido su nombre y había hecho alusión a la marca de su espalda, que era la señal de su crimen. De aquí que, incluso, la misma doncella a veces expresase con ambigüedad lo que se decía por todas partes, y que insinuase que los jueces estaban haciendo averiguaciones, de forma que hasta la honorable baronesa estuviese a punto de sufrir arresto, debido a las extrañas declaraciones del malvado hijo del verdugo.

De nuevo se dio cuenta la pobre Aurelia de la situación tan lamentable en que se hallaba su madre, y no comprendió cómo podría después de aquel horroroso acontecimiento permanecer un instante más en la residencia. Finalmente, viose obligada a abandonar el lugar, donde se sentía rodeada de un justificado desprecio, y a dirigirse a una región alejada de allí. El viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos referido.

Aurelia se sintió extremadamente feliz, libre de las tremendas preocupaciones que tenía, pero he aquí que quedó aterrada cuando al expresarle su madre el favor divino que le concedía este sentimiento de bienaventuranza, ésta, echando llamas por los ojos, gritó con voz destemplada: ¡Tú eres la causa de mi desgracia, desventurada criatura, pero ya verás, toda tu soñada felicidad será destruida por el espíritu vengador, cuando me sobrecoja la muerte. En medio de las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás..., y aquí se detuvo Aurelia, se apoyó en el pecho del conde y le suplicó que le permitiese callar lo que la baronesa había proferido en su furor demencial. Hallábase destrozada, pues creía firmemente que se cumplirían las amenazas de los malos espíritus que poseían a su madre.

El conde consoló a su esposa lo mejor que pudo. Hubo de confesarse a sí mismo, cuando estuvo tranquilo, que el profundo aborrecimiento de la baronesa, aunque hubiese fallecido, arrojaba una negra sombra sobre la vida, que le había parecido tan clara.

Poco tiempo después se notó un marcado cambio en Aurelia. Como la palidez mortal de su semblante y la mirada extenuada denotase enfermedad, pareció como si Aurelia ocultase un nuevo secreto en el interior de su ser, que se mostrase inquieto, inseguro y temeroso. Huía incluso hasta de su marido, se encerraba en su cuarto, buscaba los lugares más apartados del parque, y cuando se la veía, sus ojos llorosos y los consumidos rasgos de su semblante denotaban que sufría una pena profunda. En vano el conde se esforzaba por conocer los motivos del estado de su esposa. Del enorme desconsuelo en el que finalmente se sumió, la sacó un famoso médico, al insinuar que la gran irritabilidad de la condesa, a juzgar por los síntomas, posiblemente denotaba un cambio de estado, que haría la dicha del matrimonio. Este mismo médico se permitió, como se sentase a la mesa del conde y de la condesa, toda clase de alusiones al supuesto estado en que se hallaba la condesa.

La condesa parecía indiferente a todo lo que escuchaba, aunque de pronto prestó gran atención, cuando el médico comenzó a hablar de los caprichos tan raros que a veces tenían las mujeres que estaban en estado, y a los que se entregaban sin tener en consideración la salud y la conveniencia del niño.

La condesa abrumó al médico con preguntas, y éste no se cansó de responder a todas ellas, refiriendo casos asombrosamente curiosos y divertidos de su propia experiencia: También -repuso- hay ejemplos de caprichos anormales, que llevan a las mujeres a realizar hechos espantosos. Así la mujer de un herrero sintió tal deseo de la carne de su marido, que no paró hasta que un día que éste llegó embriagado, se abalanzó sobre él con un cuchillo grande y le acuchilló de manera tan cruel que pocas horas después entregaba el espíritu.

Apenas hubo pronunciado el médico estas palabras, la condesa se desmayaba en la silla donde estaba sentada, y con gran trabajo pudo ser salvada de los ataques de nervios que sufrió a continuación. El médico se percató de que había sido muy imprudente al mencionar en presencia de una mujer tan débil y nerviosa aquel terrible suceso.

Sin embargo, pareció que aquella crisis había ejercido un influjo bienhechor en el ánimo de la condesa, pues se tranquilizó, aunque como de nuevo volviese a enmudecer y a convertirse en una extraña criatura solitaria, con un fuego intenso que brotaba de sus ojos, adquiriendo la palidez mortal de antes, el conde nuevamente volvió a sentir pena e inquietud acerca del estado de su esposa. Lo más raro de él, era que la condesa no tomaba ningún alimento, y sobre todo que demostraba tal asco a la comida, especialmente a la carne, que más de una vez se alejó de la mesa dando las más vivas muestras de aborrecimiento. El médico se sintió incapaz de curarla, pues ni las más fuertes y cariñosas súplicas del conde, ni nada en el mundo podía hacer que la condesa tomase ninguna medicina.

Como transcurriesen semanas y meses sin que la condesa probase bocado, y pareciese que un insondable secreto consumía su vida, el médico supuso que había algo raro, más allá de los límites de la ciencia humana. Abandonó el palacio con un pretexto cualquiera, y el conde pudo darse cuenta de que la enfermedad de la condesa parecía muy sospechosa al acreditado médico, y denotaba que la enfermedad estaba muy arraigada, sin que hubiese medio de curarla. Hay que suponerse en qué estado de ánimo quedó el conde, no satisfecho con esta explicación.

Justamente por esta época un viejo y fiel servidor tuvo ocasión de descubrir al conde que la condesa abandonaba el palacio todas las noches y regresaba al romper el alba. El conde se quedó helado. Ahora es cuando se dio cuenta de que desde hacía bastante tiempo, a eso de la medianoche, le sobrecogía un sueño muy pesado, que atribuía a algún narcótico que la condesa le administraba para poder abandonar sin ser vista el dormitorio que compartía con él.

Los más negros presentimientos sobrecogieron su alma; pensó en la diabólica madre, cuyo espíritu quizá revivía ahora en la hija, en alguna relación ilícita y adulterina, y hasta en el malvado hijo del verdugo. A la noche siguiente iba a desvelársele el espantoso secreto, único motivo del estado misterioso en que se hallaba su esposa.

La condesa acostumbraba ella misma a preparar el té que tomaba el conde y luego se alejaba. Aquel día decidió el conde no probar una gota, y como leyese en la cama, según tenía por costumbre, no sintió el sueño que le sobrecogía a medianoche como otras veces. No obstante se acostó sobre los cojines, e hizo como si durmiese. Suavemente, con gran cuidado, abandonó la condesa el lecho, se aproximó a la cama del conde e iluminó su rostro, deslizándose de la alcoba sin hacer ruido.

El corazón le latía al conde violentamente, se levantó, echóse un manto y siguió a su esposa. Era una noche de luna clara, de modo que, no obstante lo veloz de su paso, se podía ver perfectamente a la condesa Aurelia, envuelta su figura en una túnica blanca. La condesa se dirigió a través del parque hacia el cementerio y desapareció tras el muro.

Rápidamente, corrió el conde tras ella, atravesó la puerta del muro del cementerio, que halló abierta. Al resplandor clarísimo de la luna vio un círculo de espantosas figuras fantasmales. Viejas mujeres semidesnudas, con el cabello desmelenado, hallábanse arrodilladas en el suelo, y se inclinaban sobre el cadáver de un hombre, que devoraban con voracidad de lobo. ¡Aurelia hallábase entre ellas! Impelido por un horror salvaje, el conde salió corriendo irreflexivamente, como preso de un espanto mortal, por el pavor del infierno, y cruzó los senderos del parque, hasta que, bañado en sudor, al amanecer encontróse ante la puerta del palacio. Instintivamente, sin meditar lo que hacía, subió corriendo las escaleras, y atravesó las habitaciones hasta llegar a la alcoba. La condesa yacía, al parecer entregada a un dulce y tranquilo sueño. El conde trató de convencerse de que sólo había sido una pesadilla o una visión engañosa que le había angustiado, ya que era sabedor del paseo nocturno, del cual daba trazas su manto, mojado por el rocío de la mañana.

Sin esperar a que la condesa despertase, se vistió y montó en su caballo. La carrera que dio a lo largo de aquella hermosa mañana a través de los arbustos aromáticos, de los que parecía saludarle el alegre canto de los pájaros que despertaban al día, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y sereno regresó al palacio.

Como ambos, el conde y la condesa, se sentasen solos a la mesa, y como de costumbre ésta tratase de salir de la estancia a la vista de la carne guisada, dando muestras del mayor asco, se le hizo evidente al conde, en toda su crudeza, la verdad de lo que había contemplado la noche anterior. Poseído del mayor furor se levantó de un salto y gritó con voz terrible: ¡Maldito aborto del infierno, ya sé por qué aborreces el alimento de los hombres, te cebas en las tumbas, mujer diabólica!.

Apenas había proferido estas palabras, la condesa, dando alaridos, se abalanzó sobre él con la furia de una hiena y le mordió en el pecho. El conde dio un empujón a la rabiosa mujer y la tiró al suelo, donde entregó su espíritu en medio de las convulsiones más espantosas. El conde enloqueció.

E.T.A. Hoffmann (1776-1822) 






sábado, 1 de diciembre de 2012

ojos

Primero fue la vaga sospecha de que otra cosa, y no el viento, moldeaba formas extrañas en las cortinas. Un demente hubiese jurado que aquel trazo de seda se apoyaba sobre una figura invisible, acariciando sus contornos femeninos, haciendo de las cortinas una media forma de mujer, espectral y arrebatadora.

Ahora, cuando pienso en aquella noche, me río de mi ignorancia. No fue el viento quien esculpió su fisionomía, ni la luna quien dibujó el mármol de su piel.

Apareció precedida por una inquietud sorda. Débiles atisbos de un terror arcaico fueron barridos a medida que sus ojos cobraron consistencia. Surgió entre los pliegues de la seda; caminando altiva, torciendo la realidad con el movimiento de sus caderas. Avanzó en silencio hasta mi lecho, silenciosa, fugitiva.

La belleza puede ser motivo de desaliento, de profunda desolación, y así me sentí en su presencia. Todas las líneas de su cuerpo habían sido cinceladas, urdidas en la noche del tiempo, cuando por el mundo se arrastraban seres sin nombre; olvidados por los sabios pero evocados diariamente por los niños que temen aquello que respira, implacable, en la oscuridad de sus cuartos.

La figura siguió avanzando. Sus pasos etéreos parecían flotar sobre el suelo. Contemplé su cabello: ráfagas de penumbra derramándose sobre un cuello blanco e interminable. Sus labios parecían los pétalos suaves de alguna flor ignota; apenas entreabiertos, prometiendo un dulce paraíso de tortuosa delectación. Detrás, el resplandor apagado de unos dientes luctuosos, que bajo la luz incierta de la luna brillaron como pequeñas dagas hechas de hielo.

Y los ojos. ¡Los ojos! Me abandoné en aquellos pozos oscuros mientras la figura acomodaba sus caderas sobre mi cuerpo. Reposó su piel helada sobre mi y comenzó su danza. Sus manos me recorrían desgarrándome el pecho. Acompañé sus movimientos torpemente a medida que el ritual crecía. Espasmos circulares fueron ardiendo sobre ambos. Sus piernas se cerraron sobre mis flancos, y permaneció inmóvil, escrutando mis ojos, mi alma, mi deseo furioso de aniquilarme bajo sus caricias; mientras me quemaba en su interior.

Entonces dejó caer su cuerpo sobre el mío, cubriéndome con su piel fría. Besó delicadamente mi cuello, saboreando la promesa, la anticipación de un placer infinitamente mayor.

Mañana.

Si aquella voz sonó en mi mente o vibró en aire, no lo sé. El día arde en el horizonte, y un crepúsculo rojo baña las últimas nubes del poniente. Escribo estas líneas desde mi lecho, pues sospecho que mañana mis ojos ya no contemplarán el día.