LOS fenómenos que se desarrollan en el océano, tanto los
de origen físico-químico como biológico, siempre han estimulado la
imaginación de los hombres, y en todas las latitudes y épocas han sido
motivo de las interpretaciones más fantásticas. De allí la
multiplicidad, y a menudo la contradicción de las leyendas y creencias
marinas.
Desde tiempos remotos, el mar ha sido un lugar misterioso,
insondable y desconocido para la humanidad. La historia antigua afirmaba
que la extensión del mar era tan inmensa que llegaba hasta el lejano
país de los muertos, y que estaba habitada por criaturas terroríficas y
monstruosas.
No es mucho lo que conoce la ciencia contemporánea acerca de los
habitantes del océano. La gran diversidad en forma y tamaño de los seres
marinos ha permitido crear toda clase de historias y leyendas sobre
monstruos, las cuales han dado origen a un sinnúmero de fantasías.
La vida en el mar nos depara, aún hoy, sorpresas y narraciones
fantásticas que sólo comienzan a descifrarse mediante la investigación
sistemática del océano.
El hombre siempre ha considerado que la inmensidad del mar está
poblada por una fauna de fantasía. Los "monstruos legendarios" nacen
entonces al calor del temor o de una imaginación desbordada ante tantas
maravillas que los ojos humanos pueden contemplar en el océano.
Como señalan algunos científicos, "los griegos llenaron al
Mare nostrum
de las más variadas criaturas. Monstruos y deidades formaban la más
animada población de las aguas del mar. Nereidas, oceánidas y gorgonas,
en formación con sirenas y tritones, constituyen el brillante desfile,
que da su mayor esplendor a la corte de Poseidón y Anfitrite".
Uno de los mitos griegos más bellos es el de las sirenas, en el
que se conjugan la mujer y el mar, dos elementos que desde tiempos
inmemoriales son motivo de alabanzas y leyendas para el hombre.
Según la mitología griega, las sirenas eran las hijas de Calíope y
de Aqueleo, compañeras de Proserpina y víctimas del furor de Ceres,
quien las transformó precisamente en monstruos marinos en virtud de que
no opusieron resistencia al rapto de aquella. Estas mujeres oceánicas
poseían los más dulces y terribles atributos femeninos: la belleza y la
crueldad, o el amor y la perdición.
Estas mujeres-pez son una constante mitológica de todos los
pueblos marítimos, y su forma ha ido cambiando a lo largo del tiempo.
Para Ovidio, esas desdichadas criaturas que fueron a esconder sus
monstruosos cuerpos en unas rocas situadas entre Capri e Italia eran
aves de plumaje rojizo con cara de virgen. Apolonio de Rodas aseguraba
que tenían busto de mujer y cuerpo de ave marina.
La historia de las sirenas griegas, sin saber cómo, se transformó
en la de pez-mujer u ondina con cola de pescado y esbelto cuerpo
femenino. Tirso de Molina las describe así: "la mitad mujeres y peces la
mitad."
En el gran poema épico
La Odisea, del poeta griego Homero (siglo
IX
a. C.), obra monumental de la antigüedad clásica, se narran las
aventuras de Ulises y sus hombres ante las terribles y maléficas
sirenas, cuyo canto fascinaba a cuantos lo oían. "Aquel que
imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su
esposa ni a sus hijos [...] al ser hechizados por las sirenas con el
sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme
montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo."
Este hechizo fue burlado por Ulises, quien, por consejo de Circe,
tapó con cera los oídos de los remeros, mientras él se hacía atar de
pies y manos del mástil para resistir el efecto fascinador del canto de
las sirenas, quienes, para tentarlo, le ofrecieron el conocimiento de
todas las cosas. Después de haber sido burladas por Ulises, las sirenas
se precipitaron en el mar para convertirse en peñascos. Aún hoy se les
conoce con el nombre de siremusas.
La leyenda de las sirenas se popularizó rápidamente; se extendió por toda Europa
y llegó incluso a territorios muy alejados, como la India, Rusia y Japón, pasando
después a América. Algunas de las historias las representaban crueles, como
la de Ulises, y otras las describían dulces y amorosas, como en el caso de Ondina,
que según el relato apareció en la costa de Francia.
Como se ve, el mito se ha extendido en
el tiempo y en el espacio. La sirena, ambigua deidad del mar, es dueña del horror
de la muerte, pero también de un incansable amor. Muchos hombres del mar tienen
aún la esperanza de encontrar algún día una sirena, a pesar de que la ciencia
haya demostrado la inexistencia de las mismas.
Las sirenas no son los únicos personajes mitológicos marinos con
características humanas, ya que tienen un paralelo simétrico con Tritón,
hijo del dios Poseidón, "el de la cabellera azul" y de la diosa
Anfitrite quienes rodean al dios de los mares y son mitad humanos, mitad
peces, con larga cabellera flotante y gran cola cubierta de escamas.
Los tritones, que han recibido diferentes nombres, como
hombre-pez u hombre marino, gozaban de fama por su sabiduría y dones
adivinatorios, y su labor principal consistía en escoltar a los dioses
marinos más poderosos al tiempo que soplaban sus bellas caracolas.
La leyenda de los tritones, descritos en las obras de Plinio,
Gesner y otros autores, se extendió también por toda Europa, y pasó a la
orilla del Atlántico apareciendo en América, en donde el ambiente era
propicio para darle crédito. Incluso, algunos autores pensaban que esas
leyendas eran patrimonio de las culturas nativas.
La creencia en el hombre-pez y las sirenas se conserva aún entre la gente de
mar que siempre está relatando nuevas historias. Una posible explicación al
respecto desde el punto de vista científico es que estas leyendas pudieron tener
su origen en el aspecto de ciertas focas del Mediterráneo.
*
Además, la imaginación de los griegos dotó a su mitología de otras criaturas
marinas de forma humana, con lo cual aquellos hombres demostraban el gran amor
y respeto que sentían por el océano. Dichas criaturas son las ninfas del mar,
las nereidas y las oceánidas.
Las ninfas del mar, cuyas largas trenzas adornadas con conchas
llegaban hasta sus hermosos y diminutos pies, eran la representación de
un ser marino amable, inspirador de poetas. Las nereidas, 50 hermanas
hijas de Nereo, habitaban el Mar Egeo, cantaban con voz melodiosa y
bailaban alrededor de su padre. A pesar de que eran deidades menores,
los griegos les construyeron altares ante los que depositaban ofrendas.
Las más célebres fueron Anfitrite, Tetis y Galatea. Las oceánidas, hijas
de Océano y Tetis, en número de por lo menos 13 000, tenían semejanza
con las nereidas. Eran alegres, bondadosas y cuidaban a los marinos
durante sus travesías con tanto afecto y dedicación que llegaban a
enamorarse de ellas.
Aristóteles (384-322 a. C.), que puede ser considerado padre de
la historia natural, y en especial de la zoología, y cuyos escritos
constituyen una enciclopedia del saber antiguo que perduró hasta el
Renacimiento —algunos de sus conocimientos son válidos en la
actualidad—, tampoco pudo escapar de la tentación de crear fantasías
sobre la vida en el mar. Pensaba que los corales, a los que llamaron
korallion, que
significa adorno del mar, tenían su origen en una planta marina que
crecía "entre las horrísonas serpientes de la cabeza de Medusa". A las
medusas, animales de cuerpo transparente en forma de sombrilla, las
nombraba pulmones del mar, pues creía que el océano respiraba por medio
de ellos debido a sus rítmicos movimientos natatorios.
Estas leyendas y tradiciones de los griegos permanecieron durante
16 siglos, y cambiaron según las épocas y los países a los que se
extendieron. Algunas de ellas lograron ser aclaradas a partir del
conocimiento que se fue obteniendo acerca de los animales marinos,
aunque ciertas especies siguieron prestándose a confusión.
Los pulpos y calamares, por el aspecto poco grato de su cuerpo blando, sus
brazos viscosos y musculosos provistos de pegajosas ventosas, han dado origen
a numerosas leyendas y fábulas. Así, siguen vigentes hasta nuestros días los
relatos llenos de colorido que hace Víctor Hugo en
Los trabajadores del mar,
o las feroces luchas de los secuaces del capitán Nemo, audaz y enigmático piloto
del
Nautilus, contra el gigantesco pulpo que nos describe Julio Verne
en su novela
20 000 leguas de viaje submarino.
En muchas leyendas de los pueblos marinos
y pescadores figura el pulpo como uno de los más importantes y tenebrosos personajes.
Su extraño aspecto ha despertado cierta antipatía y repulsión, no exentos de
respeto y temor. Son muchas las narraciones sobre pulpos colosales que arrastran
a los abismos del mar, ayudados por sus potentes brazos, navíos y bergantines
de los que no queda rastro alguno.
Durante siglos se creyó en la existencia del
kraken,
calamar o pulpo gigante, de una milla o más de longitud. Se dice que
cuando asomaban sus lomos a la superficie del mar, parecían más unas
islas que seres vivientes. Se cuenta también que con sus largos brazos
podían aprisionar a los navíos para engullirlos.
Esta leyenda llegó a influir en el naturalista sueco Linneo,
creador de la taxonomía científica, quien en una de las primeras
ediciones de su obra
Systema naturae, en la que clasifica a los animales, describe a un calamar de enormes proporciones con el nombre de
Sepia micromicrocosmus, basándose en las historias que le contaron los fantasiosos hombres de mar.
Los mitos forjados en torno a la presencia de pulpos colosales en
el mar tenían sus bases en el considerable tamaño que algunas especies
de cefalópodos alcanzan, y sobre todo en la existencia real de ciertos
calamares gigantes, como el
Architeuthis, que vive en la costa
atlántica de Norteamérica, en una extensa zona que abarca de las
Bermudas a Terranova, y que ocasionalmente es arrastrado por las
tormentas hasta las costas de Europa.
Esos calamares fueron desconocidos por los científicos durante siglos; sólo
se sabía de ellos por los relatos de los pescadores, quienes solían encontrar
trozos de tentáculos de hasta 10 metros de longitud en el estómago de los cachalotes
o en las orillas de las playas. No fue sino hasta el periodo de 1871 a 1876
cuando una veintena de
Architeuthis aparecieron en la playa de Thimble
Tickle, en Terranova, lo que permitió que el naturalista Addison Verril los
estudiara. El mayor de ellos medía, desde el extremo de la cola hasta la boca,
de 8 a 10 metros. Sus brazos alcanzaban casi 20 metros de largo y tenía el grosor
del cuerpo de un hombre. Estaba dotado de poderosas ventosas, la circunferencia
de su cuerpo medía 2 metros y su peso se calculó en varias toneladas.
Figura 22. Pulpo hundiendo un barco.
Los científicos han comprobado que estos grandes cefalópodos
habitan las partes más profundas del océano y que sólo por accidente
alcanzan la superficie. Se encuentran repartidos en diversas regiones
oceánicas, muy separadas unas de otras, y parece que son un alimento muy
apreciado por los cachalotes, con los que libran titánicas batallas.
Las marcas en forma de disco encontradas en los lomos de algunos
cachalotes constituyen la evidencia de estas luchas. Así pues, se sabe
que los calamares succionan el pigmento de la piel de estos animales.
Indudablemente, fueron la fuerza y dimensiones de estas especies
lo que hizo pensar que, si alguna de ellas llegaba a aferrarse al casco
de un bergantín de tres palos, era capaz de hacerlo zozobrar.
Muchos navegantes, sorprendidos por los violentos movimientos de
los grandes calamares, que excepcionalmente se debaten en la superficie
del mar, llegaron a creer que los tentáculos que veían eran serpientes
marinas, ilusión posible a cierta distancia, sobre todo con la
imaginación un poco exaltada.
No es posible hablar de monstruos marinos sin mencionar a las
"serpientes del mar" y a los "dragones" que, según las creencias,
habitaban las oquedades y las cavernas costeras, haciendo más peligrosas
las rompientes del oleaje. Los relatos sobre estos fantásticos animales
se repiten desde tiempo inmemorial, e incluso han sido tomados en
cuenta por algunos naturalistas de renombre.
En los mares de todo el mundo, desde el ártico hasta el trópico,
se ha hablado de la existencia de esas serpientes. Tales versiones
provienen desde la antigua Grecia y Roma, y sería un error pensar que,
en la actualidad, la gente ya no cree en esos monstruos.
Olaüs Magnus, obispo de Bergen en 1600, cuenta en una de sus
obras que, según los marinos que navegaban en aguas de Noruega, entre
las rocas y en las cavernas de la costa vivía una serpiente de 70 metros
de largo y 10 metros de grosor; dotada de una larga melena, de ojos
como llamas, y cubierta por afiladas escamas de color negruzco.
Acostumbraba, decían, perseguir a las embarcaciones, y se elevaba como
una columna para barrer con los marineros de cubierta y devorarlos.
Una versión más reciente es la de Erik Pontopiddan, de la
Universidad de Copenhague, quien asegura haber visto en 1752 a una
serpiente de 20 a 30 metros de longitud, negra y lisa, tan gruesa como
el cuerpo de un hombre y provista de una especie de crin en la cabeza.
Estos mitos han llegado a interesar de tal forma a ciertos
naturalistas que, incluso, han discutido seriamente la posibilidad de
que ese hipotético animal exista.
No es de extrañarse, por consiguiente, que los zoólogos
comenzaran a tomar en serio la existencia de estos animales, a los que
clasificaron aun con el nombre científico de
Megophias megophias. Oudemans, en 1892, publicó en Londres un singular libro que reúne 162 relatos de supuestas apariciones del discutido
Megophias ocurridas entre 1522 y 1890.
Se dice que la tripulación del yate
Valhalla encontró, el año de 1905, una serpiente de mar cuya silueta fue dibujada. El último reporte relacionado con hallazgos de
Megophias fue hecho en 1925, en aguas de Australia, por el naturalista Jaillard.
Quizá la leyenda contemporánea más famosa sea la del monstruo de
Loch Ness, llamado cariñosamente Nessie, que supuestamente vive en el
Lago de Ness, al norte de Escocia. Se considera que es un Plesiosauro,
reptil acuático que vivió durante el Jurásico Temprano y que
aparentemente habita en las profundidades del lago.
El primer reporte sobre su supuesta existencia data del año 565, y
hasta 1969 fue observado 251 veces, habiéndose hecho descripciones
detalladas de él, pero siempre con base en fotografías muy borrosas, que
bien podrían ser de algún otro animal. A la fecha se han realizado
numerosas expediciones, sin haberse obtenido pruebas concluyentes sobre
su existencia.
Por otra parte, hay referencias sobre supuestos unicornios que eran tan corpulentos
como una ballena; de acuerdo con las leyendas, cuando se encolerizaban podían
perforar el casco de una embarcación.
Figura 23. Monstruo escocés de Loch Ness.
La única especie que parece unicornio es el narval macho, de la
familia de los cetáceos, pues uno de sus dientes, de duro marfil, crece
tanto que le sale de la boca.
Actualmente se han descubierto restos de serpientes prehistóricas
en los depósitos de los mares del terciario primitivo de África (en
Egipto), Europa y América del Norte. No se han obtenido esqueletos
completos, sino sólo vértebras cuyo tamaño ha permitido estimar que esas
especies medían más o menos 12 metros de longitud. Los paleontólogos no
han podido comprobar que las serpientes de los mares primitivos hayan
alcanzado los extraordinarios tamaños mencionados con anterioridad.
En efecto, en los mares viven serpientes, pero éstas son
semejantes en forma y dimensión a las que habitan en los continentes,
con la única diferencia de que su cola está comprimida lateralmente, por
lo que pueden utilizarla como remo. Estos animales abundan en el Océano
Índico, en las costas orientales en África, específicamente en el
litoral de Madagascar, y en diversas áreas del Pacífico tropical. Su
veneno es muy tóxico, pero su mordedura es poco dolorosa.
Algunos peces, por la forma y características de su cuerpo,
también han sido inspiradores de diversas leyendas, como los hipocampos o
caballitos de mar, que dieron origen a la creencia de que el carro de
Neptuno era arrastrado por caballos con dos patas y cola de pez.
Las mantarrayas, peces muy conocidos, son inconfundibles debido a
que su cabeza, tronco y primer par de aletas constituyen una sola
unidad, de aspecto romboidal aplastado. En ambos lados de la cabeza
llevan un par de prolongaciones, a manera de cuernos, y en la región
posterior poseen una cola en forma de látigo, que es muy flexible y
termina en punta. Se les ha llamado diablos de mar, y posiblemente son
las especies que Aldovrandi nombró, en el siglo XVI, dragones de mar.
El diablo de mar siempre ha causado gran temor entre los
habitantes de las costas, y hasta se afirma que ataca fieramente al
hombre, aunque esto no es cierto. En la actualidad, las mantarrayas son
comúnmente atrapadas por las redes de los barcos arrastreros.
Algunos pescadores venden "peces diablo" a los turistas. Sin embargo, no se
trata de mantarrayas, sino de una especie perteneciente a la familia de éstas
llamada pez guitarra, a la cual le cortan el cuerpo y la cola de tal modo que
aparenta la figura de un diablo.
Las historias sobre los tiburones son numerosas.
A estos animales siempre se les ha considerado peligrosos para el hombre, pues
son muy voraces y poseen una poderosa dentadura. Sin embargo, según estudios
recientes, los tiburones sólo atacan al hombre cuando se encuentran excitados
o hambrientos, lo cual sucede pocas veces, ya que en el mar encuentran gran
cantidad de presas para su alimentación.
Dos tiburones que por su aspecto y tamaño han llamado la atención
son el tiburón elefante, que mide de 15 a 16 metros y vive en los mares
nórdicos, y el tiburón ballena, que puede alcanzar de 17 a 20 metros y
habita en todos los mares tropicales, en especial en las costas del
Pacífico mexicano.
El tiburón ballena es un caso singular para los científicos, pues
su tamaño compite con el de los cetáceos. Hasta mediados del presente
siglo sólo se habían capturado 76 ejemplares de estos tiburones, cuya
piel de manchas blancas los hacen fácilmente reconocibles.
En algunos lugares lo nombran tigre de mar, pero en realidad no
es tan terrible. En sus mandíbulas tienen 6 000 dientes distribuidos en
varias hileras, los cuales son pequeños y resultan inadecuados para
atacar presas de gran tamaño. El alimento de este tiburón consta de
crustáceos pelágicos, pececillos, medusas e infinidad de seres diminutos
del plancton.
Las ballenas, las orcas y los cachalotes, animales enormes del
grupo de los mamíferos, están perfectamente adaptados a la vida
acuática, al grado de que mueren si se exponen durante determinado
tiempo a la superficie, a pesar de su respiración pulmonar. Sobre estas
especies también se han creado leyendas. Las ballenas, principalmente,
han estimulado la imaginación humana, ya que su longitud de 30 metros y
su peso de 160 toneladas infunden temor.
Las partes más profundas del océano nos reservan muchas
sorpresas, pues, como se ha dicho ya, albergan una curiosa fauna. En las
profundidades viven los animales más raros de cuantos pueblan la
Tierra. Por ejemplo, las dragas y redes de arrastre han sacado seres
vivos que testimonian procesos ocurridos hace millones de años.
En 1938, frente a la costa de Sudáfrica, fueron atrapados con redes los especímenes
vivos de un pez que se creía extinguido, el coelacanto, considerado
el animal superior más antiguo del mundo que vive en la actualidad. Se le atribuye
una antigüedad de 300 millones de años; su cuerpo está cubierto de escamas azules
y tiene aletas lobuladas unidas al cuerpo por una especie de pedúnculo, por
lo que parece poseer cuatro miembros.
Los fenómenos físico-químicos que suceden en el océano, como las
mareas, corrientes, oleajes y remolinos, y en la atmósfera, como los
eclipses, relámpagos, vientos y tempestades, han originado una serie de
creencias fantásticas provocadas por la imaginación del hombre. Estas
leyendas y fantasías, nacidas de un hecho observado primero y deformado
después, han sido aclaradas por la ciencia.
Por lo anterior, el océano es una fuente de controversia: así
como impone temor, también ejerce una atracción apasionante. Toda
persona que ha tenido la oportunidad de hacer contacto con él, ya sea
desde la orilla, a bordo de una embarcación o sumergiéndose, seguramente
ha experimentado las dos sensaciones.
Tales sensaciones han sido interpretadas de diferente manera por
los habitantes de los distintos lugares del planeta. A los nórdicos, el
mar les sugería nuevas leyendas, las cuales significaban un reto que
debían afrontar con valor, pues para los vikingos la bravura era una
virtud religiosa. La principal aliada de aquellos hombres era la fuerza
de las olas y de las tempestades, que los ayudaba a transportarse a
donde quisieran; también representaba a sus antepasados, cuyo origen se
remontaba al principio de la humanidad. En cambio, a los meridionales,
esta fuerza les provocaba asombro cuando surcaban el mar, y los hacía
regresar pronto a sus puertos para resguardarse de los peligros.
Sin embargo, el espíritu aventurero del hombre fue venciendo
estas supersticiones. Los grandes navegantes, que podían ser
comerciantes, piratas, exploradores, conquistadores o científicos, han
constribuido, a través del tiempo, a tratar de aclarar esta serie de
ideas fantásticas, como la de Hércules, quien declaró que el estrecho de
Gibraltar era infranqueable, después de haber construido sus columnas a
ambos lados. Lo cierto es que la navegación resulta dificultosa en
dicho lugar, sobre todo por la combinación de las fuerzas de las
corrientes —que van hacia el sur—, con los vientos —que soplan desde el
noreste—. El Mediterráneo fue descrito en la Antigüedad como un mar
tenebroso" lleno de peligros y fantasmas, lo que hacía dudar a los
marinos cuando se aprestaban a iniciar sus travesías.
Uno de los fenómenos físico-químicos en torno al cual se han
forjado historias, y que seguramente originó una de las primeras
preguntas que el hombre se hizo, es la salinidad del agua del mar.
Algunos filósofos, como Teofrastro (371-264 a. C.), filósofo griego cuyo
nombre significa "el de la palabra divina", trataron de explicarla, e
imaginaron que posiblemente se debía a que en las profundidades existían
montañas de sal.
Aristóteles explicó así ese fenómeno: "El Sol arranca al fondo
del mar intensas exhalaciones que queman y cuecen cuando salen a la
superficie del agua; esto es lo que produce su salinidad." Basándose en
ello dedujo que, posiblemente, en el fondo del océano el agua era dulce,
lo que hizo que otros pensadores, siglos después, sostuvieran que
algunos buceadores habían sacado vasos llenos de agua dulce de las
profundidades.
La existencia de las corrientes marinas fue explicada en relatos
fantásticos durante mucho tiempo, hasta que el conquistador español Juan
Ponce de León descubre en 1513 la corriente del Golfo de México llamada
Gulf Stream. Benjamin Franklin, científico e inventor norteamericano, la incorporó al dominio de la hidrografía, siglos después.
En algunas partes del planeta, las corrientes se combinan dando
origen a los remolinos. En ello se basan leyendas como la de Caribdis y
Escila, que relata La
Odisea: Eran dos grandes rocas errantes,
entre las cuales se estrellaban las olas de Anfitrite; los navegantes,
cuando huían de una, caían en la otra. De aquí nació la expresión "salió
de Escila para caer en Caribdis".
En estas rocas, pues, naufragó Ulises, quien perdió marinos y
embarcación. En la actualidad, se sabe que la corriente y los remolinos
del estrecho de Mesina, donde se sitúa este relato, no son tan
peligrosos, y que navegando con cuidado pueden ser sorteados.
Además de esas historias que tuvieran como escenario las costas,
existen otras no menos interesantes y fantásticas de mar adentro, como
la de la Atlántida y el misterioso caso del triángulo de las Bermudas.
Según la leyenda que inspiró el
Critias y el Timeo de
Platón, la Atlántida era una isla situada al oeste del Mediterráneo, más
extensa que Libia y Asia Menor reunidas, donde habitaban los atlantes,
quienes conocían muy bien la navegación. Se dice que esta isla contaba
con un suelo tan fértil que producía manzanas de oro, y que en ella
vivieron o transitaron las ninfas, Atlas, Hércules, Perseo, las amazonas
y los titanes.
De acuerdo con la misma leyenda, aquella isla desapareció de repente durante
un terrible cataclismo que la sumergió en un día y una noche, cuando se separaron
los peñones del Estrecho de Gibraltar para dar paso a las aguas del Mediterráneo.
Se ha especulado que esto pudo haber ocurrido en el año 6000 a. c.
Figura 25. El triángulo de las Bermudas.
Esta concepción antigua sobre la Atlántida difiere de
la interpretación actual, que admite la posible existencia de la isla —situándola
en un tiempo prehistórico—, aunque señala que se trataba de un continente
que pudo haber unido a África con América.
Según algunos científicos, la Atlántida era una fabulosa isla o
una montaña que desapareció bajo el agua a causa de un terremoto
prehistórico. Otros expertos sobre el tema consideran que esa tierra no
existió, pues aseguran que sólo fue una historia inventada por Platón.
Sin embargo, esta leyenda ha inquietado a la humanidad durante diez
siglos, y sobre ella se han escrito más o menos 30 000 libros. Incluso,
muchos aventureros han realizado travesías marítimas con la intención de
encontrar la Atlántida para extraer los supuestos tesoros que hay en
ella.
Además de estos relatos de la Antigüedad, en nuestros días se
comenta con mucha frecuencia uno de los hechos más enigmáticos
relacionados con el mar: el Triángulo de las Bermudas, que ha sido
abordado de manera poco seria en varios trabajos literarios y
cinematográficos. Durante más de 30 años, los fenómenos que ocurren en
esa zona provocaron la desaparición de numerosos barcos y aviones.
El Triángulo de las Bermudas es una delimitación imaginaria
situada frente a la costa atlántica suroriental de los Estados Unidos.
Se extiende desde las Bermudas, por el norte, hasta el sur de la
Florida; va por el este hasta un punto situado a través de las Bahamas,
más allá de Puerto Rico, y luego regresa a las Bermudas. Los vértices
del triángulo son las Bermudas, Miami y San Juan de Puerto Rico.
En esta zona han ocurrido hechos inquietantes y casi increíbles
que, por lo tanto, entraron al catálogo de los misterios no resueltos
del mundo. Más de cien barcos y veinte aviones han desaparecido en esa
zona, en medio de una atmósfera transparente. La mayor parte de las
desapariciones han sucedido desde 1945, y en los últimos treinta años se
han perdido allí más de mil vidas humanas.
Este enigma despertó la curiosidad e interés de los científicos
de varias partes del mundo, quienes iniciaron una serie de estudios
sobre las corrientes marinas a diferentes profundidades, la temperatura y
salinidad de las aguas y sobre la topografía del fondo, para aclarar el
misterio.
En 1978 se organizó un grupo internacional de expertos encabezado
por científicos soviéticos y norteamericanos para trabajar en el área,
con base en un ambicioso programa conjunto llamado Polymode. Sin
embargo, hasta la fecha sólo han logrado elaborar hipótesis, que a veces
resultan contradictorias entre sí.
Algunos autores consideran que las ondas infrasónicas son las
causantes de los trastornos tanto en los barcos y aviones como en los
pasajeros. Otros achacan estos problemas a fenómenos de magma y
magnetismo, los cuales podrían alterar compases, girocompases y toda
clase de instrumentos eléctricos y electrónicos que sirven a los aviones
y barcos para la navegación.
Ciertos investigadores sostienen que, para explicar el Triángulo
de las Bermudas, se tienen que remontar al origen y estructuración de la
Tierra, la cual, según ellos, se formó a raíz de una aglomeración de
asteroides que giraban en torno a un centro de gravedad. De esta
aglomeración surgió pues el planeta, que según esos investigadores era
semejante a un gigantesco cristal que estaba compuesto por 20
triángulos. Entonces, se supone que en el lugar donde se unen los
vértices de los triángulos suelen presentarse fenómenos atmosféricos
específicos. De acuerdo con la teoría en cuestión, una de estas uniones
coincide con el Triángulo de las Bermudas, y otras con algunas áreas
donde también han desaparecido barcos y aviones.
Por último, se cree que los fenómenos en el Triángulo de las
Bermudas tienen relación con una poderosa corriente que parte de la
superficie del océano y llega hasta el fondo. Dicha corriente, que es
producida por el movimiento de olas ocasionadas a su vez por la acción
de los vientos del norte, se localiza en la costa de Puerto Rico.
Este conjunto de hipótesis llevará posiblemente a establecer
algún día la explicación científica del misterio que rodea al Triángulo
de las Bermudas.
Algunas de las leyendas de la mitología hablan de las acciones
divinas de dioses y semidioses que supuestamente gobernaban los
fenómenos oceánicos. El hombre siempre ha sentido la necesidad, ante lo
desconocido, de creer en algún ser sobrenatural que lo protege, y de
esta manera ha tratado de explicar el origen de sus aciertos y
desventuras. Estas inseguridades, presentes de diversas maneras durante
la evolución de las distintas culturas, se han expresado como creencias
religiosas, mitos y supersticiones.
Hechos tales como que el mar se encrespe durante la tempestad o
que el viento se niegue a soplar, o que un navío se hunda o navegue en
calma chicha, han sido atribuidos a los dioses, los cuales pueden ser
crueles o amables o estar acompañados de gran cantidad de santos. De esa
manera, los navegantes escogen a sus patronos, a quienes imploran, con
la oración y la ofrenda, favores y protección.
La mitología escandinava da cuenta de un hábil navegante llamado
Odin, quien era el dios protector de la valentía. Los relatos hacen
intervenir con frecuencia a esta deidad en la vida de los vikingos.
Homero consideraba que el dios Océano era el padre de los dioses,
lo que daría a los marinos una posición privilegiada. Entre los dioses
grecorromanos relacionados con el mar destacan Neptuno, Anfitrite y
Afrodita, esta última poseedora de un doble papel: diosa del amor y
protectora de la navegación.
En la Edad Media y el Renacimiento, el dios de los cristianos se
impuso en las creencias de los marinos. Se dice que los santos que lo
acompañan proporcionan ayuda en los casos difíciles; por ejemplo, San
Telmo auxiliaba a los navegantes en caso de grandes tempestades,
permitiéndoles llegar a puerto.
Los marinos griegos del siglo
XVII invocaban a San Nicolás durante
las tempestade
s, y cuando iniciaban sus travesías siempre llevaban
30 panes para este patrono. Otros santos los protegían contra los monstruos
del mar o contra la acción de las tormentas, como Santa Bárbara, quien los cuidaba
del rayo y de la ballena.
Las culturas americanas también sintieron necesidad de ofrecer
tributo a sus dioses, a quienes les daban diferentes nombres y les
atribuían distintos poderes.
En el México prehispánico, la cultura azteca, la más floreciente
de todas, veneraba a una serie de deidades relacionadas con el mar y la
pesca, según informaciones que quedaron registradas en las crónicas y en
los códices. Entre estos dioses destaca Tláloc, al cual imaginaban
poderoso y consideraban engendrador del agua. A su compañera
Chalchiuhcueye se le daban varios nombres muy expresivos que
significaban, unos, los diversos elementos que producen las aguas, y
otros, los diferentes visos y colores que forman las mismas con su
movimiento. Ella tenía gran poder sobre las aguas del mar y de los ríos.
Los pescadores aztecas veneraban a un dios protector, Opochtli, a
quien creían inventor de las redes y demás instrumentos para pescar.
Conforme aumenta el conocimiento sobre el mar y sus habitantes,
van cambiando las creencias del hombre respecto a las manifestaciones
divinas del océano.
Como se ha podido ver a lo largo de estos ejemplos, el océano y sus maravillas
han permitido que la imaginación y creencias humanas se explayen ilimitadamente,
que el hombre pueda apreciar el mar en toda su belleza y esplendor y hacer suya
esta frase: "¡Cuántos misterios encierra el océano y, sin embargo, el hombre
no duda en lanzarse al mar abierto!"