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Una joven de la época
victoriana es atacada por «el vampiro de Croglin Grange». Sus hermanos
expulsaron al esquelético visitante, pero éste regreso un año después.
Esta vez, los hermanos acabaron con él.
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A primera vista, la creencia en
vampiros parece ser la más descabellada de todas las supersticiones.
Los fantasmas, e incluso los hombres-lobo, parecen relativamente
racionales comparados con la idea de unos cadáveres que abandonan sus
ataúdes por la noche para chupar la sangre de los vivos; sin embargo,
las leyendas en torno al vampirismo han persistido desde tiempos
inmemoriales, y todavía hay quien la sustenta hoy.
El problema que rodea las leyendas y creencias
relacionadas con los vampiros estriba en separar la fantasía -para
algunos eso es todo lo que hay en ellas- de la verdad. A una persona
racional se le puede disculpar el que contemple la búsqueda de «vampiros
auténticos» con un escepticismo más que considerable, puesto que, ¿cómo
pueden existir semejantes criaturas? ¿No serán tan sólo fruto de la
imaginación?
No obstante, hay noticias de que en la Europa
oriental, en el siglo XVIII, el vampirismo había alcanzado unas
proporciones casi epidémicas. La documentación al respecto es tan
detallada, y entre los testigos figuran personas tan dignas de crédito
(como clérigos y médicos), que parece imposible que todas ellas
estuvieran equivocadas. Sin embargo, el escéptico puede alegar aquí que
cabe que los clérigos del siglo XVIII hubieran dicho la verdad, sí, tal
como la veían ellos, pero que esta verdad se hubiera visto
lamentablemente mezclada con el miedo, la superstición y la ignorancia. Y
antes de relegar a los vampiros a la categoría de reliquia del
oscurantismo, tal vez deberíamos considerar la moderna controversia
sobre lo que constituye el estado de la muerte. Si, con los equipos
técnicos más avanzados a nuestra disposición, todavía no podemos
ponernos de acuerdo en cuanto al momento preciso de la muerte, tal vez
no convenga pasar por alto estas noticias sobre los vampiros que nos
llegan con una antigüedad de 200 años.
Según los informes de que se
dispone, Austria, Hungría, Yugoslavia y Rumania (que estaba entonces
dividida en los tres estados separados de Valaquia, Moldavia y
Transilvania) se vieron particularmente infestadas por el vampirismo en
los siglos XVI, XVII y XVIII. Éste constituyó un problema que implicó a
centenares de testigos oculares, pertenecientes a todas las capas de la
sociedad. Un cirujano, llamado para investigar una serie de casos,
escribió: «El vampirismo… se propagó como una pestilencia a través de
Eslavia y Valaquia, causando numerosas muertes y trastornando todo el
país con el temor a los misteriosos visitantes contra los cuales nadie
podía sentirse seguro.»
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Antigua máscara tibetana con las facciones de un demonio. La boca es un receptáculo para sangre humana.
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La mayoría de los casos
descritos en estas regiones y en dicha época presentaban rasgos comunes;
un relato clásico es el que cita a una delegación que salió de Belgrado
en 1732 para investigar el caso del supuesto vampiro que, al parecer,
atacaba sistemáticamente a los miembros de una familia en una aldea
remota. Cuando los funcionarios investigadores llegaron allí -entre
ellos figuraban hombres de tanta importancia como el fiscal público- se
les dijo que un aldeano, que había fallecido tres años antes, había
regresado como vampiro para aterrorizar a su propia familia. Había
matado ya a tres sobrinas y un sobrino desangrándolos por completo, y
hubiera dado muerte a su quinta víctima -otra sobrina, bellísima- de no
haber sido interrumpido en su tarea y obligado a huir en las tinieblas
de la noche.
Los delegados oficiales y los supervivientes de
la aterrorizada familia se reunieron alrededor del «vampiro» al caer la
oscuridad. Cuando abrieron el ataúd, encontraron lo que, según todas
las apariencias exteriores, era un hombre dormido (o tal vez
inconsciente). Debiera haberse descompuesto mucho tiempo antes, pero lo
cierto es que parecía tan rebosante de salud como cualquiera de los que
contemplaban su tumba. Tenía los cabellos y las uñas largas, los ojos
entreabiertos, y su corazón todavía latía. De acuerdo con la norma
tradicional, el corazón del «no muerto» fue atravesado con una barra de
hierro aguzada en un extremo. Brotó una mezcla horrible de líquido
blanco y de lo que parecía ser sangre fresca, pero era preciso terminar
el trabajo y, por tanto, cortaron su cabeza con un hacha y sepultaron
aquellos restos macabros en una fosa llena de cal viva.
Según otra historia de vampiros, ambientada en
el mismo lugar y en la misma época, un joven soldado húngaro, que se
alojó en una granja de la localidad, se sintió trastornado ante la
reacción de la familia propietaria de la misma cuando una noche, durante
la cena, llegó un anciano y se sentó a comer con ellos. Tocó el hombro
del granjero, y toda la familia dio muestras del más vivo terror. Al día
siguiente explicaron al soldado los motivos de su actitud. Dijeron que
durante aquella noche el granjero había muerto a causa, según ellos, del
anciano que le había rozado; el anciano en cuestión era el padre del
granjero, y llevaba más de diez años muerto. La desconsolada familia
insistió en que no se trataba de un mero fantasma, sino de un vampiro.
Impresionado por lo que había visto y oído, el soldado explicó el caso
al jefe de su regimiento, el cual ordenó que se abriera la tumba del
anciano. El siniestro visitante de la noche anterior yacía allí como si
acabara de morir, pero sus venas contenían sangre «como la de un hombre
vivo». Le fue cortada la cabeza y se dejó que su cadáver descansara, esa
vez para siempre.
Una Cura Mortal
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Entierro de un suicida en 1836. Los suicidas eran sepultados en las encrucijadas, y sobre sus tumbas se clavaban cruces.
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Aunque la lucha contra el
vampirismo variaba en ciertos detalles según los lugares, siempre era
drástica, y no podía ser realizada por personas medrosas. La técnica
favorita consistía en clavar una estaca de madera o de hierro en el
corazón del supuesto vampiro (método también utilizado en Gran Bretaña
para impedir que los espectros de los suicidas vagaran por la noche).
Con frecuencia, el vampiro así tratado despedía un hedor repugnante,
cosa que nada tiene de sorprendente, y en un caso se describió un
cadáver que «se hinchó como una gran sanguijuela a punto de reventar».
Los procesos normales de descomposición, con los que muchos lectores
modernos distan de estar familiarizados, justificarían a la vez el olor
insoportable y esta hinchazón grotesca, pero los campesinos
supersticiosos, aterrorizados como estaban, no se detenían a considerar
este hecho cuando se trataba de eliminar por medios expeditivos al
«vampiro». Otro informe manifiesta que «brotaba en cantidad una sangre
fresca y de color escarlata, por la nariz, la boca y cierta parte del
cuerpo que la decencia impide nombrar». Sin embargo, los que están
familiarizados con los efectos físicos de la muerte -enfermeras,
personal de las empresas funerarias y verdugos, entre otros- saben
perfectamente que estas emisiones no son raras cuando se relajan los
músculos después de la muerte, tanto antes de que se instaure el rigor
mortis como al dejar éste de ejercer sus efectos. Con muy raras
excepciones, los cadáveres se descomponen, pero no todos los cadáveres
no descompuestos son vampiros.
Existen, sin embargo, detalles curiosos que
parecen indicar que ciertos relatos referentes a los vampiros señalan
hechos anormales y que merece la pena investigar. Se ha dicho que uno de
los «no muertos» lloró y gritó con rabia cuando le fue clavada la
estaca. Esto hubiera sido ciertamente notable de haber estado el hombre
verdaderamente muerto, pero no resultaría tan extraño si hubiera sido
enterrado vivo aunque todo pareciera indicar su muerte, es decir, en
estado de catalepsia. Y parece ser que algunas de estas historias han
exagerado el tiempo que llevaba el «vampiro» muerto y enterrado, como
veremos seguidamente.
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dom Calmet, experto vampirólogo del siglo XVIII
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En 1746, el monje francés dom Calmet,
una de las primeras autoridades en vampirismo, trató de mantener una
actitud objetiva en su búsqueda de la verdad. Y esta verdad no siempre
resultaba fácil de discernir bajo el peso de numerosas supersticiones y
de unos relatos más que confusos por parte de los testigos. No obstante,
se vio obligado a admitir:
Se
nos dice que los muertos vuelven desde sus tumbas, que se les oye
hablar, que caminan, que atacan a hombres y animales cuya sangre
arrebatan, haciéndoles enfermar y causando finalmente su muerte. Y la
gente no puede librarse de ellos hasta que exhuman los cadáveres y
atraviesan sus cuerpos con una estaca bien aguzada, o les cortan la
cabeza, les arrancan el corazón, o queman los cadáveres hasta reducirlos
a ceniza. Parece imposible no suscribir la creencia predominante según
la cual estas apariciones proceden en realidad de sus tumbas.
Con todo, no es ésta una
afirmación que soporte un examen minucioso. El relato de dom Calmet no
es el de un testigo ocular, y su susceptibilidad ante la «creencia
predominante» de su época hubiera podido convertirle en un cazador de
brujas, un nazi o cualquier otro tipo de fanático sin la menor exigencia
intelectual.
Sin embargo, el gran filósofo francés Jean Jacques Rousseau
fue mucho más allá al afirmar audazmente: «Si hubo alguna vez en el
mundo un hecho garantizado y probado, es el de los vampiros. No falta
nada: informes oficiales, testimonios de personas de alta categoría, de
cirujanos, de religiosos y de jueces; las pruebas judiciales son
abrumadoras.»
Con todo el debido respeto a un gran hombre,
Rousseau muestra mayor fe en las «personas de alta categoría» que en los
vampiros. Y no es verdad -al menos en su declaración- que «no falte
nada»; ciertamente abundan las pruebas a favor, pero Rousseau no podía
tratar con tanta ligereza el tema del vampirismo.
La Superstición Predominante
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Montague Summers. Muerto en 1948, creía firmemente en los malignos rasgos sobrenaturales que caracterizan al vampiro.
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El clérigo británico Montague Summers,
autor de textos sobre ocultismo, erró por el otro extremo, el del
escepticismo, al asegurar que «en Rumania encontramos reunidas,
alrededor del vampiro, casi todas las creencias y supersticiones que
prevalecen en toda la Europa oriental».
Pero a finales del siglo XX se encuentran
todavía personas que creen en los vampiros como seres reales y
sobrenaturales. El reverendo Neil Smith, conocido
exorcista de Hampstead, en Londres, cree que incluso en la populosa
capital existen vampiros. Según él, son mitad animal y mitad ser humano,
y absolutamente malignos. Descarta la idea de que los ataques de los
vampiros sean todos «fruto de la mente» de la supuesta víctima, y cita
lo que para él constituye una prueba indiscutible de su existencia, pues
asegura haber intervenido personalmente en varios casos de vampirismo.
Una víctima le enseñó «las marcas en sus muñecas, que aparecían la noche
en que le era extraída sangre, marcas casi iguales que las realizadas
por los arañazos de un animal». Niega con vehemencia que estas marcas
pudieran haber sido infligidas por la misma víctima, y cita otro ejemplo
de un hombre en Sudamérica, que presentaba un fenómeno similar, «como
si un animal le hubiera atacado y chupado la sangre».
Y desde luego, no sólo los vampiros atacan a
los seres humanos. A juzgar por un número creciente de pruebas, también
lo hacen los poltergeists, los humanoides y otros fenómenos semejantes.
Tal vez los vampiros sean «reales» en el sentido de que proceden de otro
tiempo o lugar, de otra dimensión; tal vez sean en parte carne y en
parte materialización. Sabemos tan poco acerca de lo paranormal, que
literalmente cualquier cosa puede resultar posible. No obstante, unos
cuantos rasgos característicos, relacionados con la sed de sangre que
anima al vampiro, pueden aclarar algunos puntos.
Desde tiempos inmemoriales, el consumo ritual
de sangre ha sido, en todo sacrificio, el elemento vital para conseguir
energías y propiciar a los dioses. Para que un ser viva debe tener
sangre, y la mente primitiva establecía una ecuación según la cual a más
sangre correspondía más vitalidad. Los aztecas vertían sangre humana en
las bocas de sus ídolos para apaciguarlos, en tanto que los rajás
indios bebían sangre de las cabezas recién decapitadas a fin de hacerse
con fuerzas superiores. Los antiguos chinos se comían los cerebros de
los muertos más reverenciados para obtener sabiduría, y en la misma
época vigilaban el cadáver antes de darle sepultura, para evitar que un
perro o un gato se aproximara a él y lo mordiera, cosa que, según ellos
creían, convertía al difunto en vampiro.
Los romanos, pese a sus excesos en otros
aspectos, se horrorizaban al oír las historias según las cuales los
cristianos, como parte de su culto, comían carne y bebían sangre. De
hecho, parece probable que una ínfima minoría de los primitivos
cristianos, al confundir la naturaleza simbólica de la comunión con el
pan y el vino, hubiesen recurrido al canibalismo. Pero beber sangre, por
más que pueda antojársenos un acto repulsivo, es algo muy diferente del
vampirismo sobrenatural, y todo ello parece hallarse a años luz de
nuestro «ilustrado» mundo moderno. Con todo, en fecha tan reciente como
1973, y en un escenario absolutamente insólito para tales
manifestaciones, el temor atávico al vampiro provocó la muerte de un
hombre.
El hecho sucedió en Stoke-on-Trent
(Staffordshire, Inglaterra) en el corazón del «distrito de las
cerámicas», una localidad en otro tiempo pródiga en actividades
comerciales y escándalos de nuevos ricos, pero que actualmente se
distingue tan sólo por una grandeza decadente y una sensación de inútil
despilfarro. Por consiguiente, la hilera de lóbregas casas de estilo
gótico, conocidas como «The Villas», no parece fuera de lugar en este
paisaje melancólico. Pero lo que sucedió en la casa número 3 no puede
considerarse en absoluto como un hecho natural.
Demetrious Myicura murió allí
en circunstancias tan extrañas como espeluznantes. Poco se sabía acerca
del difunto, excepto que era un inmigrante polaco que había llegado a
aquella región 25 años antes, y que desde entonces había trabajado allí.
Un buen día no compareció en su puesto de
trabajo, y nadie le vio durante varios días; preocupados, los vecinos
avisaron a la policía. John Pye, un policía joven e
inteligente, realizó una investigación. Al parecer, Myicura sentía una
extraña aversión a la electricidad, ya que en su habitación habían sido
eliminadas todas las bombillas. Utilizando su linterna de bolsillo, John
Pye examinó el lugar. En el suelo había periódicos esparcidos por
doquier, así como una vieja sartén debajo de la cama en la que yacía el
muerto, semicubierto por un montón de ropas viejas y mantas
deshilachadas. Completamente vestido, con una mano debajo de la cabeza y
la otra reposando sobre su cintura, daba toda la impresión de estar
durmiendo, excepto por el hecho de que su boca estaba completamente
abierta, lo que confería a su rostro una expresión de horror.
Circunstancias Sospechosas
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Demetrious Myicura, muerto en 1973, al parecer obsesionado por ahuyentar a los «vampiros».
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El informe del forense indicó
que el hombre se había asfixiado al atragantarse con una cebolla en
vinagreta. Por otra parte, no tiene nada de raro que la policía y los
vecinos encuentren muertas a personas solitarias, algo excéntricas, que
viven en un ambiente misérrimo. El incidente hubiera podido pasar
prácticamente desapercibido de no haber intrigado a John Pye un par de
detalles en aquella habitación caótica, detalles que ni siquiera valía
la pena mencionar en los primeros momentos, porque no parecían guardar
relación alguna con el fallecimiento del desdichado.
En primer lugar, la habitación había sido
generosamente espolvoreada de sal. Entre las piernas de Myicura había
una bolsa llena de este producto, y otra detrás de su nuca. Había
también sal mezclada con orina en varios recipientes distribuidos por
toda la habitación y un cuenco colocado boca abajo sobre la repisa de la
ventana ocultaba una mezcla de excrementos… y ajo.
Estos curiosos y desagradables detalles
recordaron a Pye algo que había oído o leído en alguna parte, y de
pronto se le ocurrió lo que podían significar. Fue a la biblioteca y
consultó La historia natural del vampiro de Anthony Master
(1972). Sus sospechas se vieron confirmadas: la sal, la orina y el ajo
constituían los elementos de un ritual antiquísimo para protegerse
contra los vampiros.
Persuadió al juez de instrucción para que se
examinara de nuevo la «cebolla en vinagreta», y resultó que, como John
Pye había sospechado, se trataba en realidad de un diente de ajo.
Myicura debía de haber sufrido terribles agonías de horror en su
habitación, tan aterrorizado por los vampiros que llegaba incluso a
dormir con un diente de ajo en la boca, y fue este «dispositivo
protector» lo que finalmente le causó la muerte por asfixia.
Las obsesiones, especialmente entre las
personas solitarias, adoptan formas diversas, y es evidente que ese
hombre padecía la obsesión de los vampiros. Procedía de la Europa
oriental, donde el miedo a los «no muertos» todavía es corriente; vivía
solo, y bien cabe la posibilidad de que su mente estuviera
desequilibrada.
Pero, aunque nadie sabrá nunca si estas
abominables criaturas fueron alucinaciones o proyecciones de su mente, o
bien la fantasía de un enfermo, el terror que inspiraban era real. Por
tanto, no es erróneo decir que finalmente fueron los vampiros quienes
acabaron con él.
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