En
México y en Guatemala, existe la leyenda de los nahuales o wins. Se
trata de historias que van más allá de la mera tradición popular, pues
para una gran cantidad de gente, aún en nuestros tiempos
y en nuestras grandes ciudades, estos seres son reales. Aunque estas
narraciones se mencionan con regularidad en prácticamente todas las
culturas
antiguas, el nahual es un ser mitológico de raíz mexicana.
Su nombre, nacido del náhuatl, significa doble o proyectado. De acuerdo
con la tradición prehispánica, los dioses aztecas, mayas y toltecas
poseían la facultad de adoptar formas animales para interactuar con el
ser humano. Cada dios solía transformarse en uno o dos animales.
Tezcatlipoca, por ejemplo, se aparecía convertido en jaguar o coyote; en
tanto, Huitzilopochtli se manifestaba con apariencia de colibrí.
Además, cada persona, desde su nacimiento, poseía el espíritu de un
animal que se encargaba de protegerlo y aconsejarlo, principalmente
durante el sueño. Estos espíritus también eran llamados nahuales. Sin
embargo, mediante la magia, los brujos y chamanes podían establecer un
fuerte vínculo con su nahual, de modo que sus sentidos se agudizaban
notoriamente. Pero había otro modo de aprovechar al nahual personal.
Quienes se adentraban en el conocimiento de las cosas ocultas, lograban
transformarse en su
animal guía. De este modo, en México se le
conoce como nahual al brujo que tiene la habilidad de transformarse.
Este don, que recibían gracias a sus estudios y pactos con espíritus,
podía ser utilizado para el bien, generalmente al convertirse en una
especie de vínculo con el mundo sobrenatural. Pero también solía ser
usado para otros propósitos, como la maldad. Por ello, a los nahuales
normalmente se les teme. Son muchos los casos que he escuchado. Algunos
antiguos, pero otros, la mayoría, han sucedido en nuestros días, según
las personas que me los han referido. El nahual es mucho más que una
leyenda. Muchos afirman que es tan real que ellos lo han visto con sus
propios ojos. En su libro Las calles de México, el cronista Luis
González Obregón cuenta una historia a la que llama La calle de la mujer
herrada. Dicho suceso aconteció entre los años de 1670 y 1680, en el
número 3 de la Calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo, hoy llamada
Perú, en el centro histórico de la ciudad de México. La casa aún existe,
y es la número 100. En ese lugar vivía un clérigo, quien, pese a sus
votos eclesiásticos, se había amancebado con una “mala mujer”. Cerca de
ahí, en la entonces Calle de las Rejas de Balbanera, un herrero había
levantado su casa y su taller. El herrero resultaba ser gran amigo del
clérigo, además de su compadre. Gracias a este lazo espiritual, se creía
con el deber de aconsejarlo que dejara a aquella mujer, pues sus tratos
carnales con ella constituían un gran pecado. Por supuesto, el clérigo
jamás escuchó razones. En cierta ocasión, avanzada ya la noche, el
herrero escuchó fuertes golpes en su puerta. Temiendo que pudieran ser
ladrones, se levantó de la cama temeroso y preguntó el santo y seña.
Resultó que eran dos negros, quienes aseguraron que llevaban un encargo
de su patrón, aquel clérigo compadre suyo. Le rogaba que le herrara la
mula, pues muy temprano debía hacer un viaje al Santuario de la Virgen
de Guadalupe. El herrero reconoció la mula de su compadre, y aunque de
mala gana, por lo avanzado de la hora, le clavó las cuatro herraduras de
rigor. Al finalizar la tarea, los dos negros se llevaron al animal,
pero dándole tan tremendos golpes, que el buen herrero los reprendió.
Muy de mañana, el herrero salió a ver a su compadre, pues quería saber
el motivo de la urgencia. Grande fue su sorpresa al hallar al clérigo
aún en cama. Le recriminó que lo hubiera despertado a media noche, y que
si tanta era su prisa, por qué se hallaba aún en traje de dormir. El
clérigo escuchó atento la historia, y le explicó que él no había enviado
a ningún criado, que seguramente se trataba de una broma que alguien
quiso jugarle al herrero. Al llegar a esta conclusión, ambos comenzaron
a reír, y trataron de despertar a la mujer del clérigo para contarle la
travesura que habían sufrido. Primero le hablaron con voz baja, después
el tono comenzó a subir e incluso la movieron. Pero la mujer estaba
quieta, perfectamente muerta. Al destaparla, ambos miraron con horror:
los pies y las manos de la mujer tenían clavadas las cuatro herraduras
que el herrero había colocado en las pezuñas del animal. Su cuerpo
mostraba golpes por todos lados: los golpes que los dos negros habían
propinado tan cruelmente a la mula la noche anterior. Otras muchas
historias me han contado; todas ellas, ocurridas en nuestros días. He
aquí las más interesantes. Un pintor de brocha gorda me refirió una
anécdota, ocurrida en su pueblo de origen, situado en el Estado de
México. Ahí, afirmó, tenía un grupo de amigos, con quienes solía pasar
el tiempo. Los fines de semana, habían adoptado la costumbre de irse al
fondo de una barranca a tomar y platicar. Una noche, cuando se
encontraban en aquel lugar, sentados alrededor de una fogata, comenzaron
a escuchar ruidos extraños. Ninguno dijo nada. De pronto, un remolino
surgió de la nada y los envolvió con tanta furia que los sacudía entre
la tierra y los elevaba varios metros. Aunque no recuerda cuánto tiempo
pasó, al finalizar se estrellaron contra el suelo. Voltearon a verse.
Estaban todos, menos uno. En su lugar, se encontraba un perro que los
miraba con ojos atentos y divertidos. El perro de pronto esbozó una gran
sonrisa y comenzó a reír. Ninguno se esperó. Salieron huyendo a toda
prisa. Al día siguiente, dos de aquellos amigos caminaban por las calles
del lugar, mientras platicaban del suceso. En eso estaban cuando
escucharon la voz de aquel amigo suyo que había desaparecido después del
remolino. “¡Adiós, cuñado!”. Voltearon pero no encontraron a nadie.
Siguieron caminando y escucharon otra vez la misma voz y la misma frase.
“¡Adiós, cuñado!”. Esta vez, al voltear, miraron al perro de la noche
anterior. Se le quedaron viendo fijamente, y el perro se echó a reír.
“No se asusten, que soy yo…”. Pero no lo dejaron acabar de hablar.
Salieron corriendo, esta vez más asustados que nunca. Pasaron algunos
días y los amigos volvieron a encontrarse. Le preguntaron a aquel
extraño amigo suyo de qué se trataba todo. Él les dijo: “no tengan
miedo, soy yo, a veces me convierto, y cuando eso pasa se aparece el
remolino de aire. Yo no les voy a hacer nada, pero si se llegan a
encontrar con alguien más como yo, saquen las monedas que traigan en la
bolsa y aviéntenlas al suelo; con eso rompen el hechizo”. Esto se les
quedó muy grabado, sobre todo una noche, cuando el miedo se les había
pasado y agarraron confianza de volver a ir a la
barranca. Entre la
plática y las cervezas, y estando todo en calma, de pronto vieron
desaparecer a aquel amigo suyo. No les dio tiempo de levantarse.
Enseguida vino el remolino que los levantó y los revolcó por todos
lados. Uno de ellos recordó la manera de romper el encantamiento; metió
la mano en su bolsa, agarró un puño de monedas y las aventó al suelo.
Todos cayeron, atraídos por la gravedad. Al mirar a su amigo, ya
convertido en perro, lo encontraron en medio del remolino, siendo
azotado una y otra vez, mientras con voz de súplica les decía: “ya, ya,
recojan las monedas…”. El mismo pintor me contó otra historia, sucedida
también en su pueblo. Otros dos amigos suyos regresaban de una noche de
parranda. Era muy de madrugada, y en medio del campo se toparon con una
mula. Una mula muy grande y muy bella que ninguno conocía. Tan atractivo
era el animal que decidieron llevárselo. Al montarse, y la mula sentir
el peso de los dos, comenzó a correr sin parar y sin que ellos pudieran
hacer algo para detenerla. Al llegar a una cerca, el animal se detuvo de
golpe y ambos se estamparon. Al levantarse y sacudir la cabeza para
recuperar la ubicación, voltearon, y en lugar de la mula, descubrieron a
un anciano al que conocían muy bien. El viejo estaba desnudo,
respirando con dificultad, y con palabras entrecortadas les dijo: “Ah,
muchachos, ¡cómo pesan!”. Por supuesto salieron corriendo hasta estar
muy lejos.
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sábado, 16 de junio de 2012
domingo, 10 de junio de 2012
Hombres lobo en tiempos Prehispanicos
Teorías ocultistas sobre el origen de la raza humana sugieren que el
hombre debe haber evolucionado pasando por diferentes formas minerales,
vegetales y animales antes de alcanzar su estado actual. Esta es una
forma primitiva para explicar el origen de las criaturas mitad hombre,
mitad animal.
México es conocido, entre otras cosas, por sus shamanes, hechiceros y
curanderos (médicos de la tribu), a veces llamados Nahuales o Naguales.
Todos los pueblos y ciudades en México tienen al menos un Nahual.
La palabra azteca para Nahual es Nahualli , que significa lo que es
mi vestidura o piel , y se refiere a la habilidad del Nahual de
transformarse en una criatura mitad hombre, mitad animal (lobo, jaguar,
lince, toro, águila, coyote…). Ese vocablo también se refiere a la
nigromancia, ocultismo y malicia.
Para los pueblos prehispánicos, el nahualli era uno de los hechiceros
llamados tlatlacatecolo, literalmente “hombres búhos”, lo cual indica
que sólo aparecía de noche.
Antes del apogeo de las grandes civilizaciones prehispánicas como la
Azteca o la Maya, los indígenas Yakis, Tarahumaras y Seris que vivían al
norte de México y el sur de los Estados Unidos (cerca del 900 d.C.)
tenían nahuales. Estas civilizaciones se hallaban asentadas en parte de
lo que hoy son los estados americanos de California, Nuevo México y
Texas, y los estados mexicanos de Chihuahua, Baja California, Sonora y
Sinaloa. Ellos creían que si un hombre puede llegar a conocer su
espíritu primitivo o nahual, entonces lo podía usar para curar a la
gente y practicar la magia. Muchos dibujos primitivos en viejas cuevas
muestran a personas como hombres-lobo.
En el Imperio Azteca los nahuales eran protegidos por Tezcatlipoca,
el dios azteca de la guerra y el sacrificio. La leyenda contaba que un
nahual podía desprenderse de su piel y transformarse en una de estas
criaturas. Muchos cazadores aztecas y colonizadores decían que durante
la noche habían matado a un animal y al amanecer el cadáver se había
transformado en el de un hombre.
La Metamorfosis
El nahual deja su forma humana por un tiempo determinado, para
adquirir la de un animal elegido. Existen varias versiones de cómo se
logra esta metamorfosis:
- Una asegura que el brujo simplemente desaparece y se encarna en el
animal, a voluntad. El chamán afirma ser capaz de incorporar su
conciencia al cuerpo de un animal ya existente. Sea de una forma u otra,
hay una afinidad psíquica, una especie de parentela del alma entre el
chamán y el animal en el que se transforma.
- Otra dice que se “fragmenta”, para lo cual se desprende, de modo
deliberado, de parte de su cuerpo (los ojos, las piernas, un brazo o,
incluso, los intestinos), de este modo si se quiere acabar con un Nahual
el mejor método es seguirle y observar donde realiza su transformación,
robarle la parte del cuerpo de la que se desprendió ya que de este modo
le será imposible volver a su forma origianl y al amanecer morirá.
- Otra más afirma que el cuerpo dormido del brujo permanece en su
casa, mientras su espíritu vaga en la figura de animal. En este caso,
para evitar que alguien toque su cuerpo dormido, el nagual debe dar
siete volteretas.
¿Ser Maligno?
EL Nahual sólo puede transformarse durante la noche y ataca a
nuestros hijos con hechizos infernales, dicen las personas desde la
época de la Colonia (1500-1800 d.C.) hasta el día de hoy. La Santa
Inquisición (el tribunal católico castigaba judíos, brujas, y quien no
fuera católico) persiguió a los nahuales durante mucho tiempo. Pero la
gente creía en su poder y a veces los protegían, especialmente en las
comunidades indígenas.
En la región de los Tuxtlas, la creencia en los nahuales está muy
arraigada. Se asegura que hay personas que pueden transformarse en aves y
que tienen el poder de volar. Salen en días de luna llena y se
metamorfosean en tecolotes, tapacaminos y guajolotes (nombre que se le
aplica a diversas aves locales). Si alguien observa que un ave se posa
en su casa varios días consecutivos, puede inferir que no se trata de un
ave común y corriente, sino de un nahual que busca un mal para uno de
los habitantes de esa casa.
Un nahual puede tener varios espíritus que lo protejan, a la manera
de los indios norteamericanos. Básicamente todos los ritos de las
civilizaciones americanas se parecen.
La leyenda de los Nahuales tiene partes oscuras, perdidas en el
pasado, en la mágica cosmología mexicana y difiere muchisimo dependiendo
de las fuentes pues se basan en leyendas locales que se adecuan a la
región donde se cuente.
En lo que respecta a su relación con la sobrenaturaleza, hay que
destacar que los animales eran seres muy cercanos a los dioses.
Numerosas eran las deidades que se vinculaban de alguna u otra forma con
los animales, ya fuera porque el dios era un animal (como Xólotl, el
dios perro), por su nombre (como Quetzalcóatl- serpiente emplumada- o
Huitzilopochtli -colibrí de la izquierda-), por sus atavíos zoomorfos o
porque se creía que el numen tenía la capacidad de manifestarse como un
animal. Además de ser muy próximos a las deidades del panteón
mesoamericano, muchos animales tiene un papel preponderante en los
mitos, tanto en los de creación del mundo, como los que explican la
llegada de algún elemento a la vida humana, como el fuego.

lunes, 28 de mayo de 2012
LOS NAHUALES EN MÉXICO
En México, existe la leyenda de los nahuales. Se trata de historias
que van más allá de la mera tradición popular, pues para una gran
cantidad de gente, aún en nuestros tiempos y en nuestras grandes
ciudades, estos seres son reales.
Aunque estas narraciones se mencionan con regularidad en
prácticamente todas las culturas antiguas, el nahual es un ser
mitológico de raíz mexicana. Su nombre, nacido del náhuatl, significa
doble o proyectado.
De acuerdo con la tradición prehispánica, los dioses aztecas, mayas y
toltecas poseían la facultad de adoptar formas animales para
interactuar con el ser humano. Cada dios solía transformarse en uno o
dos animales. Tezcatlipoca, por ejemplo, se aparecía convertido en
jaguar o coyote; en tanto, Huitzilopochtli se manifestaba con apariencia
de colibrí.
Además, cada persona, desde su nacimiento, poseía el espíritu de un
animal que se encargaba de protegerlo y aconsejarlo, principalmente
durante el sueño. Estos espíritus también eran llamados nahuales.
Sin embargo, mediante la magia, los brujos y chamanes podían
establecer un fuerte vínculo con su nahual, de modo que sus sentidos se
agudizaban notoriamente. Pero había otro modo de aprovechar al nahual
personal. Quienes se adentraban en el conocimiento de las cosas ocultas,
lograban transformarse en su animal guía. De este modo, en México se le
conoce como nahual al brujo que tiene la habilidad de transformarse.
Este don, que recibían gracias a sus estudios y pactos con espíritus,
podía ser utilizado para el bien, generalmente al convertirse en una
especie de vínculo con el mundo sobrenatural. Pero también solía ser
usado para otros propósitos, como la maldad. Por ello, a los nahuales
normalmente se les teme.
Son muchos los casos que he escuchado. Algunos antiguos, pero otros,
la mayoría, han sucedido en nuestros días, según las personas que me los
han referido. El nahual es mucho más que una leyenda. Muchos afirman
que es tan real que ellos lo han visto con sus propios ojos.
En su libro Las calles de México, el cronista Luis González Obregón
cuenta una historia a la que llama La calle de la mujer herrada.
Dicho suceso aconteció entre los años de 1670 y 1680, en el número 3
de la Calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo, hoy llamada Perú, en el
centro histórico de la ciudad de México. La casa aún existe, y es la
número 100.
En ese lugar vivía un clérigo, quien, pese a sus votos eclesiásticos, se había amancebado con una “mala mujer”.
Cerca de ahí, en la entonces Calle de las Rejas de Balbanera, un
herrero había levantado su casa y su taller. El herrero resultaba ser
gran amigo del clérigo, además de su compadre. Gracias a este lazo
espiritual, se creía con el deber de aconsejarlo que dejara a aquella
mujer, pues sus tratos carnales con ella constituían un gran pecado. Por
supuesto, el clérigo jamás escuchó razones.
NAHUALES
En
México, existe la leyenda de los nahuales. Se trata de historias que
van más allá de la mera tradición popular, pues para una gran cantidad
de gente, aún en nuestros tiempos y en nuestras grandes ciudades, estos
seres son reales.
Aunque
estas narraciones se mencionan con regularidad en prácticamente todas
las culturas antiguas, el nahual es un ser mitológico de raíz mexicana.
Su nombre, nacido del náhuatl, significa doble o proyectado.
De
acuerdo con la tradición prehispánica, los dioses aztecas, mayas y
toltecas poseían la facultad de adoptar formas animales para interactuar
con el ser humano. Cada dios solía transformarse en uno o dos animales.
Tezcatlipoca, por ejemplo, se aparecía convertido en jaguar o coyote;
en tanto, Huitzilopochtli se manifestaba con apariencia de colibrí.
Además,
cada persona, desde su nacimiento, poseía el espíritu de un animal que
se encargaba de protegerlo y aconsejarlo, principalmente durante el
sueño. Estos espíritus también eran llamados nahuales.
Sin
embargo, mediante la magia, los brujos y chamanes podían establecer un
fuerte vínculo con su nahual, de modo que sus sentidos se agudizaban
notoriamente. Pero había otro modo de aprovechar al nahual personal.
Quienes se adentraban en el conocimiento de las cosas ocultas, lograban
transformarse en su animal guía. De este modo, en México se le conoce
como nahual al brujo que tiene la habilidad de transformarse.
Este
don, que recibían gracias a sus estudios y pactos con espíritus, podía
ser utilizado para el bien, generalmente al convertirse en una especie
de vínculo con el mundo sobrenatural. Pero también solía ser usado para
otros propósitos, como la maldad. Por ello, a los nahuales normalmente
se les teme.
Son
muchos los casos que he escuchado. Algunos antiguos, pero otros, la
mayoría, han sucedido en nuestros días, según las personas que me los
han referido. El nahual es mucho más que una leyenda. Muchos afirman que
es tan real que ellos lo han visto con sus propios ojos.
En su libro Las calles de México, el cronista Luis González Obregón cuenta una historia a la que llama La calle de la mujer herrada.
Dicho
suceso aconteció entre los años de 1670 y 1680, en el número 3 de la
Calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo, hoy llamada Perú, en el
centro histórico de la ciudad de México. La casa aún existe, y es la
número 100.
En ese lugar vivía un clérigo, quien, pese a sus votos eclesiásticos, se había amancebado con una “mala mujer”.
Cerca
de ahí, en la entonces Calle de las Rejas de Balbanera, un herrero
había levantado su casa y su taller. El herrero resultaba ser gran amigo
del clérigo, además de su compadre. Gracias a este lazo espiritual, se
creía con el deber de aconsejarlo que dejara a aquella mujer, pues sus
tratos carnales con ella constituían un gran pecado. Por supuesto, el
clérigo jamás escuchó razones.
En
cierta ocasión, avanzada ya la noche, el herrero escuchó fuertes golpes
en su puerta. Temiendo que pudieran ser ladrones, se levantó de la cama
temeroso y preguntó el santo y seña. Resultó que eran dos negros,
quienes aseguraron que llevaban un encargo de su patrón, aquel clérigo
compadre suyo.
Le
rogaba que le herrara la mula, pues muy temprano debía hacer un viaje
al Santuario de la Virgen de Guadalupe. El herrero reconoció la mula de
su compadre, y aunque de mala gana, por lo avanzado de la hora, le clavó
las cuatro herraduras de rigor. Al finalizar la tarea, los dos negros
se llevaron al animal, pero dándole tan tremendos golpes, que el buen
herrero los reprendió.
Muy
de mañana, el herrero salió a ver a su compadre, pues quería saber el
motivo de la urgencia. Grande fue su sorpresa al hallar al clérigo aún
en cama. Le recriminó que lo hubiera despertado a media noche, y que si
tanta era su prisa, por qué se hallaba aún en traje de dormir. El
clérigo escuchó atento la historia, y le explicó que él no había enviado
a ningún criado, que seguramente se trataba de una broma que alguien
quiso jugarle al herrero.
Al
llegar a esta conclusión, ambos comenzaron a reír, y trataron de
despertar a la mujer del clérigo para contarle la travesura que habían
sufrido.
Primero
le hablaron con voz baja, después el tono comenzó a subir e incluso la
movieron. Pero la mujer estaba quieta, perfectamente muerta. Al
destaparla, ambos miraron con horror: los pies y las manos de la mujer
tenían clavadas las cuatro herraduras que el herrero había colocado en
las pezuñas del animal. Su cuerpo mostraba golpes por todos lados: los
golpes que los dos negros habían propinado tan cruelmente a la mula la
noche anterior.
Otras muchas historias me han contado; todas ellas, ocurridas en nuestros días. He aquí las más interesantes.
Un
pintor de brocha gorda me refirió una anécdota, ocurrida en su pueblo
de origen, situado en el Estado de México. Ahí, afirmó, tenía un grupo
de amigos, con quienes solía pasar el tiempo. Los fines de semana,
habían adoptado la costumbre de irse al fondo de una barranca a tomar y
platicar.
Una
noche, cuando se encontraban en aquel lugar, sentados alrededor de una
fogata, comenzaron a escuchar ruidos extraños. Ninguno dijo nada. De
pronto, un remolino surgió de la nada y los envolvió con tanta furia que
los sacudía entre la tierra y los elevaba varios metros. Aunque no
recuerda cuánto tiempo pasó, al finalizar se estrellaron contra el
suelo. Voltearon a verse. Estaban todos, menos uno. En su lugar, se
encontraba un perro que los miraba con ojos atentos y divertidos. El
perro de pronto esbozó una gran sonrisa y comenzó a reír. Ninguno se
esperó. Salieron huyendo a toda prisa.
Al
día siguiente, dos de aquellos amigos caminaban por las calles del
lugar, mientras platicaban del suceso. En eso estaban cuando escucharon
la voz de aquel amigo suyo que había desaparecido después del remolino.
“¡Adiós, cuñado!”. Voltearon pero no encontraron a nadie. Siguieron
caminando y escucharon otra vez la misma voz y la misma frase. “¡Adiós,
cuñado!”. Esta vez, al voltear, miraron al perro de la noche anterior.
Se le quedaron viendo fijamente, y el perro se echó a reír. “No se
asusten, que soy yo…”. Pero no lo dejaron acabar de hablar. Salieron
corriendo, esta vez más asustados que nunca.
Pasaron
algunos días y los amigos volvieron a encontrarse. Le preguntaron a
aquel extraño amigo suyo de qué se trataba todo. Él les dijo: “no tengan
miedo, soy yo, a veces me convierto, y cuando eso pasa se aparece el
remolino de aire. Yo no les voy a hacer nada, pero si se llegan a
encontrar con alguien más como yo, saquen las monedas que traigan en la
bolsa y aviéntenlas al suelo; con eso rompen el hechizo”.
Esto
se les quedó muy grabado, sobre todo una noche, cuando el miedo se les
había pasado y agarraron confianza de volver a ir a la barranca. Entre
la plática y las cervezas, y estando todo en calma, de pronto vieron
desaparecer a aquel amigo suyo. No les dio tiempo de levantarse.
Enseguida vino el remolino que los levantó y los revolcó por todos
lados. Uno de ellos recordó la manera de romper el encantamiento; metió
la mano en su bolsa, agarró un puño de monedas y las aventó al suelo.
Todos
cayeron, atraídos por la gravedad. Al mirar a su amigo, ya convertido
en perro, lo encontraron en medio del remolino, siendo azotado una y
otra vez, mientras con voz de súplica les decía: “ya, ya, recojan las
monedas…”.
El mismo pintor me contó otra historia, sucedida también en su pueblo.
Otros
dos amigos suyos regresaban de una noche de parranda. Era muy de
madrugada, y en medio del campo se toparon con una mula. Una mula muy
grande y muy bella que ninguno conocía. Tan atractivo era el animal que
decidieron llevárselo. Al montarse, y la mula sentir el peso de los dos,
comenzó a correr sin parar y sin que ellos pudieran hacer algo para
detenerla. Al llegar a una cerca, el animal se detuvo de golpe y ambos
se estamparon. Al levantarse y sacudir la cabeza para recuperar la
ubicación, voltearon, y en lugar de la mula, descubrieron a un anciano
al que conocían muy bien. El viejo estaba desnudo, respirando con
dificultad, y con palabras entrecortadas les dijo: “Ah, muchachos, ¡cómo
pesan!”. Por supuesto salieron corriendo hasta estar muy lejos.
Una
tercera historia del pintor: en sus tiempos de juventud, tanto él como
su mejor amigo solían visitar a dos hermosas muchachas quienes vivían en
un pueblo vecino. Un pueblo, en su decir, con mala fama, pues se creía
que estaba repleto de brujos malos.
Cierta
noche, al regresar, montados ambos en una misma moto, sintieron deseos
de detenerse y orinar. Dejaron la motocicleta encendida, para que su luz
iluminara el camino unos metros más allá. En eso estaban cuando
sintieron que algo pasó volando muy cerca de sus cabezas. Voltearon
hacia arriba y sólo descubrieron dos sombras muy grandes que daban
vueltas. De pronto, las sombras bajaron en picada, y en medio de grandes
risas, reconocieron las voces. Pero más aún: reconocieron los rostros:
se trataba de las dos jóvenes a quienes ellos pretendían. Ambas
muchachas, convertidas en aves enormes de plumaje oscuro. Nunca
regresaron por aquellos rumbos.
Esta
otra historia les sucedió a dos de mis tíos abuelos, en el estado de
Durango. Eran jóvenes cuando las primeras películas comenzaron a
proyectarse. El cine era una novedad que nadie podía perderse. Hacia
allá se dirigieron. En el camino, se encontraron con la mujer más bella
que podían imaginar: piel blanquísima, rostro perfecto y cabello largo,
negro y reluciente. La invitaron a ver la película y ella aceptó de
buena gana.
Al
llegar, la sentaron en medio. Aprovechando la oscuridad, comenzaron a
besarla por turnos, ignorando que en realidad estaban pasándose la
saliva el uno al otro. Esto no importaba. Aquella joven tan
excelentemente hermosa lo valía.
Al
finalizar la función, la invitaron a ir a otro sitio. Ella aceptó,
también de buena gana. En el camino, y ya de noche, aquella mujer se
detuvo en un farol para arreglarse la media. Subió su pierna para
apoyarla, y ambos descubrieron la pantorrilla mejor formada que hubieran
visto. Siguieron mirándola: su cintura, su cadera, aquellas piernas
escondidas bajo el vestido limpio y amplio, su cabellera como una larga
noche en vela… estaban encantados con su conquista, así que cuando ella
volteó esperaban encontrar un rostro hermosísimo y vivo. Pero no fue lo
que descubrieron. En vez en eso, de entre la negra cabellera surgió una
cara de caballo que les sonreía.
Estas
historias se repiten prácticamente en cada pueblo, en cada barrio.
Viejos que se transforman en perro, en zorro o en coyote para robarse
las gallinas y el maíz; mujeres hermosísimas con cara de mula o de
caballo; hombres jóvenes que hacen pacto con el diablo y amanecen con
marcas de manos negras sobre su cuerpo, como si se tratara de profundas
quemaduras; después de estos pactos, adquieren la habilidad de
transformarse en animales que deambulan robando, asustando, persiguiendo
a todo aquel a quien se encuentren caminando a altas horas de la noche.
Quienes
los han visto, juran que no es una leyenda. Los describen como enormes
animales, todos muy vistosos, que miran con ojos enfurecidos por el
fuego, o que hablan y se ríen burlonamente. Mi bisabuelo afirmaba que
una noche, mientras regresaba montando su caballo, un enorme cerdo se le
atravesó. El horrendo animal atacaba a su montura, pues en lugar de
orejas presumía un par de cuernos. Mi bisabuelo, charro de Jalisco, tomó
su 45 y le disparó repetidas veces al marrano. Según decía, lo único
que se veía era el fogonazo de su arma, pero no emitía ruido alguno.
Incluso cuando le descargó el revólver, el cerdo continuaba atacando a
su caballo sin mostrar herida alguna.
Algo
similar le sucedió al abuelo de una amiga, en el estado de Hidalgo. A
mitad de la noche, cuando regresaba de sus faenas montado en su caballo,
se topó de frente con un inmenso borrego, tan grande y tan sobrado de
carnes, que no podía creerlo. El animal, lejos de asustarse, embistió al
jinete, quien no tuvo problemas para lazarlo por el cuello, arrastrarlo
y colgarlo de un árbol. Ahí quedó aquel borrego, entre movimientos de
agonía. A la mañana siguiente, cuando el abuelo de mi amiga regresó a
buscar al borrego, y pensando en la sabrosa barbacoa que cocinaría, el
miedo lo invadió. Lo que halló no fue al borrego muerto, sino a una
anciana ahorcada, luciendo en el cuello la reata con que, una noche
antes, la había atrapado.
Leyenda para algunos, realidad para muchos más, los nahuales forman parte del folclor mexicano que se transmite de boca en boca.
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