La Bella y la Bestia es uno de los cuentos folklóricos
más inciertos. Ha circulado durante siglos sin cambios significativos,
aunque con discrepancias que sirven para apuntalar aquello que en una
región resulta irrelevante, y en otra se vuelve esencial.
La primera versión pertenece a Giovanni Francesco Straparola, y fue publicada en una antología de nombre cándido: Le piacevoli notti, es decir, Las noches agradables, en 1550. Más de un siglo después, en 1697, Charles Perrault integró una versión tosca de La Bella y la Bestia en su colección Cuentos de mamá ganso (Contes de ma mere l’oye). Pero la degradación absoluta llegó con Madame d'Aulnoy y su cuento La oveja (Le Mouton), quien junto a Giambattista Basile finalmente demolieron el pasado mitológico del relato.
Sobre estos cimientos se publicó una olvidada noveleta de Gabrielle-Suzanne Barbot, editada en 1740, que sirvió para construir la actual versión de La Bella y la Bestia que todos conocemos. El mérito de su popularidad pertenece a la aristócrata francesa Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont. Exiliada en Inglaterra, comenzó a trabajar como profesora, y, en paralelo, a organizar una antología de relatos folklóricos europeos. Utilizando la antología de Barbot, nuestra noble y aristocrática traductora publicó un cuento que eliminaba por completo el trasfondo genealógico de La Bella y la Bestia,
tomando únicamente los elementos centrales del original, y omitiendo
los orígenes escabrosos que dan como resultado la transformación del
caballero en Bestia; detalles que, para la época, podían sonar un
tanto... subversivos.
Lo mágico quedó excluido de La Bella y la Bestia,
en consecuencia, lo mítico desapareció como barrido por un viento
súbito y voraz. Todo lo siniestro fue cubierto por una crónica directa,
sobria, sin adornos ni estridencias. Lo legendario pasó por el tamiz de
lo racional, y el sentido primigenio del relato folklórico
se vio mutilado de sus premisas fundamentales. Los pobres y los
desdichados se convirtieron en reyes y princesas, los pastores en
caballeros, los magos en sacerdotes, lo mágico en banal.
Antes de continuar se impone un resumen de La Bella y la Bestia
tal como ha llegado a nuestros días. A causa de una total falta de
interés en esta versión nos proponemos dar un resumen taquigráfico.
Un mercader tiene tres hijas. Dos de ellas eran odiosas, pero la menor, que por su aspecto delicado llamaron Bella, era la encarnación de la bondad. El mercader pierde su fortuna, y con ella los pretendientes de sus hijas. Pero Bella
continúa recibiendo ofertas como de costumbre. Cierto día, el mercader
se embarca en un viaje de negocios, y les pregunta a sus hijas qué
desean recibir como regalo: las hermanas odiosas piden ricos vestidos,
mientras que Bella sólo le solicita una rosa.
El
viaje termina en desastre. Perdido, el mercader se refugia en un
castillo aparentemente abandonado. En el jardín de entrada encuentra un
rosal. Se acuerda de Bella y
arranca una rosa. Una vez dentro del castillo se encuentra con una
criatura abominable, un ser bestial que habla como un hombre educado y
le recrimina al mercader su actitud ofensiva. El anciano suplica que
desea volver a ver a sus hijas. La Bestia le concede el deseo, pero lo obliga a jurar que regresará, o bien enviará a alguien para reemplazarlo.
Al regresar, Bella se ofrece a ir al castillo ya que fue su deseo el que hizo que su padre arranque la rosa, incitando de este modo la ira de la Bestia.
Bella llega al castillo. La Bestia perdona a su padre, pero le pide a la joven que se quede una temporada con él. Eventualmente, la Bestia se enamora, pero Bella se mantiene indiferente. Cierto día llegan noticias sobre la enfermedad del mercader. Bella le solicita a la Bestia
que la deje partir, pero éste se niega. Luego de unos días, el engendro
reflexiona y le permite volver con la condición de que regrese en una
semana. Ya en la aldea, las hermanas odiosas planean una estratagema
para que la joven se quede más de siete días. Lo logran, haciendo que Bella rompa su promesa. Cuando ésta retorna al castillo encuentra a la Bestia
agonizando de tristeza. El monstruo muere, y la muchacha, comprendiendo
que fue su falta la que causó el desastre, besa el cadaver deforme y le
dice que lo ama y que desea casarse con él
La Bestia resucita y se transforma en un príncipe. Luego explica, a grosso modo, que una bruja lo ha transformado en monstruo hasta que una mujer hermosa quiera casarse con él
Hasta aquí, la versión "oficial". Ahora repasemos la verdadera historia de La Bella y la Bestia...
El
mercader no existe. Sólo existen tres hermanas. Dos de ellas, brujas y
hechiceras que obligan a su hermana menor a servirles como mucama y
realizar tareas que la prudencia exige omitir. La joven es atada todas
las noches para que contemple aquello que nunca tendrá: libertad.
Cierto
día, un pordiosero leproso se asoma por la ventana y vé a la joven
envuelta por nudos, sogas y cadenas; y le pide si puede darle algo de
comer. Sabiendo que sus hermanas la castigarán, Bella
igualmente accede a que el hombre pase y se sirva lo que necesite, sin
siquiera pedirle a cambio que afloje las ligaduras que la retienen
prisionera. El hombre ingresa por la ventana y sacia su apetito con un
gran pedazo de queso. Luego se retira sin decir palabra. Las hermanas
regresan, y al ver el faltante de comida acusan a Bella de ladrona. La encadenan al sótano y la azotan con brutalidad, provocándole una muerte atroz.
El leproso vuelve al día siguiente, se asoma por la ventana, pero Bella
ya no está. Le pide entonces a las hermanas si pueden darle algo para
comer, pero éstas no sólo se niegan, sino que insultan al pobre hombre.
Entonces el leproso, de rostro deformado, una verdadera "Bestia", les
revela que, en realidad, es hijo de un acaudalado noble. Las hermanas le
ofrecen pan, y el hombre ingresa en la casa. Una vez saciado su
apetito, les confiesa que su padre no es rico, y que él mismo no es otra
cosa que la Muerte encarnada, una entidad fugitiva que ha tomado
posesión del cadáver de un leproso, ya que al inframundo llegó la
noticia de una mujer tan desdichada que la Muerte le resultaría, en
definitiva, una bendición.
La Muerte entonces desgarra los
jirones putrefactos de sus ropas, toma a las hermanas del cabello y
frota sus rostros horrorizados sobre su pecho cubierto de pústulas y
excrecencias fétidas.
Acto seguido, el leproso se echa a morir
junto al cadáver de Bella. Previamente, lleva a las hermanas al sótano y
las ata para que contemplen aquello que no tendrán: una muerte
pacífica.
El romance está ausente de la versión original, sin
embargo, temas como la hospitalidad, la cortesía, la reducción de la
mujer a un estado servil, están intensamente presentes. Será que algunas
Bestias no ocultan príncipes ni acaudalados caballeros, sino hombres cuya única riqueza era la esperanza de una muerte piadosa; y Bellas
que reflejan una hermosura que no se traduce en facciones simétricas y
siluetas voluptiosas, sino en bondad y comprensión por el dolor ajeno.
De todos los cuentos populares de que nos ha legado la Edad Media, y aún más atrás, el de Caperucita Roja
es que ha sufrido las mutilaciones más severas de parte de
comentadores, recopiladores y, por supuesto, el gélido y abstruso Walt
Disney.
El cuento, hasta
la escena en donde el lobo se viste con las ropas de la abuela, es más o
menos el mismo que conocían los niños medievales. Las diferencias se
dan a partir de este punto. Pero primero repasemos un poco de historia.
El primer recopilador en rescatar el cuento de Caperucita Roja fue Charles Perrault, que lo incluyó en su antología de historias populares en 1697. Al contrario de lo que sucede con otros cuentos tradicionales, como La Bella Durmiente o Hansel y Gretel, Caperucita Roja no era un cuento
muy extendido en Europa. Es más, se lo conocía en un ámbito bastante
cerrado, que iba desde el norte de los Alpes a la región de Loira. En
1812 los hermanos Grimm
reescribieron la historia, especialmente el final, y ésa es la versión
que se conoce hoy en día; una versión, dicho sea de paso, muy diferente
de la Caperucita Roja real.
No resulta asombroso que los hermanos Grimm hayan modificado el relato original, lo extraño es que para ello se hayan basado en una oscura obra de Ludwig Tieck llamada: Vida y muerte de la pequeña Caperucita Roja (Leben und Tod des kleinen Rotkäppchen); tragedia que incluye la presencia del leñador, ausente en el cuento popular.
Tal vez para no ahuyentar a los temerosos padres de inicios del siglo XIX, los hermanos Grimm eliminaron de cuajo todos los elementos eróticos del cuento y plantaron un final feliz, además de barrer con todo lo que no sostenga la pureza e inocencia de Caperucita. El resumen: el final del cuento en la versión de Jabob y Wilhelm Grimm
se salvan absolutamente todos, salvo el lobo, claro; cuyas tripas son
abiertas por el hábil leñador, devolviendo a la abuela a su rutina
diaria.
Vayamos a un análisis del cuento.
Según la clasificación de Aarne-Thompson sobre cuentos folklóricos, Caperucita Roja entra en la categoría 333, esto es, cuentos que presentan un oponente sobrenatural. Es importante que borremos de nuestra mente la idea de que los cuentos populares servían como advertencia a los niños sobre los peligros del bosque, para eso bastaba una buena reprimenda. Los relatos folklóricos
tienen otra función, mucho más importante para los pueblos de lo que
los pueblos han sabido comprender. Según lo vemos hoy en día, el
protagonista de Caperucita Roja es, claramente, Caperucita Roja,
pero esto no es así. El error, si cabe llamarlo así, es a la
insistencia de Disney por lograr la empatía de los niños con la
historia. Escencialmente, Caperucita Roja
es un personaje importante, un disparador por el cual se sucede la
verdadera tragedia, pero de ningún modo es el único. Incluso hay
versiones muy antiguas en las que se la menciona de paso, como aquel cuento tradicional de Italia llamado La finta nona, es decir, La falsa abuela, en cuyo caso la joven Caperucita es un elemento casi decorativo.
La verdadera historia de Caperucita Roja sostiene dos elementos centrales:
1) El tabú del canibalismo.
2) El rescoldo de la vieja religión nórdica.
Caperucita Roja, Rotkäppchen, Little Red Cap, Le Petit Chaperon Rouge, Little Red Riding Hood,
son variables de este disparador. Si tuviésemos acceso a alguna
extravagante máquina del tiempo, y pudiésemos atestiguar de primera mano
la narración de Caperucita Roja, oiríamos un cuento completamente diferente
al que conocemos. Allí, el lobo engulliría a la anciana, tal como hoy,
pero dejaría sobre la mesa un jugoso banquete hecho con la carne y la
sangre de la abuela, que la inocente Caperucita
devoraría vorazmente, acaso intuyendo su origen ilícito. Luego, vestido
con las ropas de la occisa, y tras de un diálogo con muchísimas
variantes, el lobo pasaría de degustar la carne temblorosa de Caperucita;
momento en el que un cazador, que oye los gritos desgarradores de la
joven, ingresa en la estancia, mata al lobo y le abre el estómado con un
cuchillo, devolviendo a la joven al mundo de los vivos.
Ahora bien, este morir y renacer de Caperucita Roja nos habla sobre algo muy antiguo en la raza humana: el rito de iniciación.
Caperucita
en el bosque, en la casa y en el estómago del lobo, son símbolos de las
tres fases de la iniciación a la adultez; por el cual una niña abandona
su casa -madre, comunidad, civilización-, recorre un terreno salvaje
-el bosque-, se enfrenta con lo más siniestro del corazón humano
-canibalismo, antropofagia-, y derrota al peor de los enemigos en el
vientre del lobo -la muerte-.
Pero además de señalar estos tópicos arquetípicos, Caperucita Roja también simboliza el despertar de la sexualidad.
Su vestimenta roja atestigua los inicios de la madurez sexual, y el
lobo, antropomorfizado para suavizar los efectos devastadores de este
tránsito, es, quizás, un símbolo del sexo salvaje, de la sexualidad en
estado primitivo, mientras que el cazador, en cambio, representa el sexo
dentro de la civilización, es decir, dentro de un matrimonio funcional a
la sociedad; cuyo fin último es procrear, y no la liberación ociosa de
los instintos.
Estas interpretaciones psicológicas y antropológicas son rigurosamente ciertas, pero detrás de Caperucita Roja
se esconde un motivo acaso más trascendental, y que excede las
consideraciones regionales sobre el sexo y la adultez. Si volviésemos a
montarnos en aquella imaginaria máquina del tiempo, y retrocediésemos
aún más, dejando atrás la Edad Media, veríamos que la historia de Caperucita Roja conserva elementos de la religión nórdica, disimulados pero perfectamente reconocibles para el estudioso -y amante- de la mitología nórdica.
La transición en el vientre de un animal
es un motivo clásico. Lo vemos incluso en la historia bíblica de Jonás y
la ballena. El vientre es, como hemos dicho, un ámbito de transición,
pero doblemente simbólico, ya que todos provenimos de un vientre y hacia
allí iremos -la tumba, vientre del mundo-. Ser tragado por un animal es
un regreso a la vida intrauterina, vida perfecta e idealizada, pero con
un sentido nuevo, alegórico, quizás, por el cual este nuevo vientre
nutre un despertar completamente distinto. La vida en el vientre salvaje
nos propone un estado latente, por el cual el individuo emergerá
cambiado. Ya no será el mismo, así como Caperucita Roja, que emerge del vientre del lobo convertida en mujer.
En la narración norsa de Þrymskviða vemos que el gigante Þrym se roba el martillo de Thor, llamado Mjolnir, por cuyo rescate pide la mano de la diosa Freyja
(cuyo nombre se conserva en la palabra viernes Friday, o Freyja's day).
Thor, escandalizado, urde una estratagema: se viste con el traje
nupcial de Freyja y engaña al gigante. El diálogo entre Thor y Þryms es
textualmente idéntico al de Caperucita con el lobo, lo cual arroja una luz difusa sobre la verdadera identidad genital de la muchacha.
Yendo aún más atrás, atravesando las oscuras mareas del tiempo, podríamos decir que el cuento de Caperucita Roja conserva, además, elementos del mito solar.
La abuela representa el ocaso, la luz moribunda del crepúsculo devorada
por la oscuridad de la noche -el lobo-, y la joven simboliza la luz del
alba, que emerge del vientre lobuno como el sol que desgarra los velos
de la noche. Mitológicamente hablando, el lobo sería nada menos que Skoll, aquel lobo descomunal de la tradición norsa, cuyo destino es devorar al sol en la batalla del Ragnarok, o bien Fenrir, ese lobo con fauces de hierro que cae en el apocalipsis bajo el martillo implacable de Thor.
Es curioso como la mitología
se diluye en la tradición popular, se pierde y renace bajo una nueva
concepción. Un lobo gigantesco se torna en licántropo mezquino, el Dios
del Martillo, rápido para la cólera y la amistad, se vuelve un cazador
furtivo en los bosques de Francia, y el mundo nuevo, regenerado, libre
del acoso de demonios y gigantes del hielo, muta en las delicadas y
ambiguas formas de una muchacha, que, como la luz rojiza del alba, orna
su cabeza con el color del cielo naciente.
Todos conocemos la historia de Hansel y Gretel.
Ha sido reproducida, en mayor o menor medida, en casi todas las
literaturas, de modo que sólo repasaremos la versión conocida,
sumergiéndonos luego en la verdadera historia de Hansel y Gretel.
El cuento de Hansel y Gretel, amén de algunas variaciones locales, es el siguiente:
Hansel y Gretel
eran hijos de un leñador. La familia era tan pobre que la madre
convence al padre de abandonar a los niños en el bosque, ya que no
tenían cómo alimentarlos. Los dejan en el bosque, pero Hansel marca con piedras el camino a casa. Regresan, y al día siguiente el padre los lleva aún ás lejos, pero Hansel, lúcido, vuelve a marcar el camino. El tercer día el leñador los lleva al corazón mismo del bosque. Hansel
marca el camino, esta vez con migas de pan, pero rápidamente advierte
que los pájaros se las han comido. Los hermanos pasan dos días
deambulando por el bosque, hasta que encuentran una casa construida con
azúcar, caramelo y pan de jengibre. Comienzan a devorar los muros.
Diariamente la bruja que vive en
la casa saca un dedo por la ventana para comprobar que los niños han
engordado, ya que su propósito es comérselos, pero Hansel, astuto, la hace palpar un hueso que ha encontrado. Hastiada, la bruja los hace ingresar a la casa con la promesa de una gran comida. Le pide a Gretel que observe si el horno está lo suficientemente caliente. La niña advierte la trampa, y mediante una estratagema hacen que la bruja
caiga dentro del horno, donde queda atrapada y muere. Los niños
regresan a casa, no sin antes llevarse los tesoros de la vieja, donde se
les informa que su madre ha muerto. Se quedan con el padre y, gracias a
los tesoros robados, ya no pasan hambre.
Esta es la estructura de la historia conocida de Hansel y Gretel. Ahora pasemos a la historia real.
El cuento de Hansel y Gretel proviene de tierras germanas. Fue recopilado por los hermanos Grimm y publicado en 1812. Para mayores datos técnicos, fue clasificada como Clase 327 en el sistema Aarne-Thompson.
La historia de Hansel y Gretel pertenece un un grupo muy peculiar de cuentos populares de la edad media.
En primer lugar, mantiene los elementos de iniciación de casi todos los
pueblos indo-europeos, que indican el pasaje a la madurez mediante una
incursión a lo salvaje, que en algunos casos duraba meses, e incluso
años. La estudiosa del folklore medieval Maria Tatar observa algunas similitudes entre los horrores del Tercer Reich y la trama de Hansel y Gretel,
señalando que el abandono de los niños por parte de los padres es una
especie de Solución Final, y que la incineración de la bruja, que en el cuento original conserva todos los estereotipos del judío, es una prefiguración del genocidio en los campos de concentración.
Menos
ominosa, Tatar sugiere luego que los pájaros representan los aspectos
salvajes de la naturaleza, la cual se asegura la permanencia de los
niños en sus dominios comiéndose el camino de migas trazado por Hansel. Los niños, por otro lado, no tienen reparos en saquear las riquezas de la bruja,
ya que la adquisición de tesoros y la posterior remisión a la autoridad
era una muestra clara de madurez. Por otro lado, la madre de los niños,
a menudo suavizada bajo la figura de madrastra, está vinculada a la bruja, o bien es la bruja,
ya que la muerte de ambas se produce al mismo tiempo, hecho que no es
casual, como nada que sobrevive durante siglos en una narración.
Ahora bien, todos estos interesantes estudios parten de la versión de los hermanos Grimm, la cual conserva muchísimos elementos y olvida otros, tal vez poco adecuados para el niño victoriano. Hoy sabemos que el cuento, tal y como lo presentan los hermanos Grimm, es una variante desinfectada, inocua, de los horrores arquetípicos del original. La verdadera historia de Hansel y Gretel
nos habla de las duras condiciones medievales, donde el hambre y la
falta de recursos hacían del infanticidio un horror habitual.
Si alguien nos preguntase si Hansel y Gretel es un cuento para niños
no dudaríamos en responder: "si". Ahora bien, ¿pensaríamos lo mismo si
ese mismo alguien nos preguntase si una historia sobre abandono
parental, infanticidio y canibalismo, es un cuento para niños?
La pregunta, por cierto, capciosa, elude las cuestiones fundamentales del cuento popular, a menudo esterilizado para el consumo masivo. En primer lugar, los oyentes del cuento de Hansel y Gretel
no era niños, sino adultos, muchos de los cuales podían identificarse
con la dura decisión de los padres al abandonar a los hermanos. Pero ni
siquiera esta identificación logra penetrar en el misterio del cuento,
que yace en lo profundo de la psiquis colectiva, pues todos los
análisis caen sobre un error fundamental: creer en el narrador.
Los hemanos No son abandonados a su suerte y No existe una bruja. En estas dos aseveraciones reside la resistencia del cuento
y su proliferación en distintos países. Siguiendo el razonamiento de un
estudioso anónimo, podríamos seccionar la historia en los siguientes
términos.
El hambre lo domina todo, se adueña de la voluntad
más férrea y pervierte todo lo que consideramos humano y civilizado,
pero nunca estigmatiza el futuro. Es decir, el Hambre nos obliga a
realizar las mayores atrocidades, pero siempre tiene en cuenta el
futuro, el día después. De este modo, los acongojados padres de Hansel y Gretel
no los abandonan a su suerte, sino que los separan simplemente porque
siendo sus padres no podrían comérselos. Iniciarlos en la madurez los
libra de sus responsabilidades como padres. En su concepción, ya no son
"niños", y, por lo tanto, el canibalismo es perfectamente aplicable en
condiciones de extrema necesidad. Dejarlos en manos del bosque es, en
primer lugar, aceptar que no son niños. En consecuencia, ellos ya no son
padres, pero la culpa subyace como un ente inclaudicable, impidiéndoles
actuar deliberadamente. Es aquí en donde entra a jugar el "disfraz" de
bruja, un remedo carnavalesco que oculta la verdadera identidad del
asesino: la propia madre de Hansel y Gretel.
No deja de ser curioso que sea Gretel,
hasta entonces un personaje más bien secundario, quien resuelva el
misterio y decida aplicar una suerte de justicia generacional sobre la
madre. Hansel siempre se muestra lúcido, astuto, salvo cuando debe enfrentarse a la bruja,
es decir, su madre. Y es que el hombre puede caer en muchas miserias,
en miles de circunstancias horribles y ominosas, pero difícilmente se
resista al pedido de su madre, casi como si devolver la hospitalidad
uterina fuese una imposición genética. Gretel,
en cambio, piensa con la imaginación. No razona lógicamente, sino con
el corazón; y eso es lo que salva a los hermanos del fuego y el
canibalismo.
Hay un ejercicio muy sencillo para comprender la verdadera historia de Hansel y Gretel. Refieran el cuento
a un niño de cinco años o menos, y luego pregúntenle su opinión. Lo
primero que dirá es, con más o menos detalles: "La madre es mala". Su
mente se detendrá en el abandono, y el episodio de la bruja será una cuestión menor, anecdótica. Y es que si la madre es mala, deja de ser madre, deja, en la mente infantil, de encarnar el ideal de madre, por lo que la resolusión de Gretel queda prolijamente justificada.
Hansel y Gretel
son reflejos de una situación tan espeluznante como cotidiana en las
aldeas medievales, y ambos, gracias a un artístico juego de espejos,
llegan hasta los oídos de nuestros niños como un presagio de lo que fue,
o de lo que podría ser, si las circunstancias fuesen las adecuadas.
La Bella Durmiente es uno de esos
cuentos populares que todos conocemos... o tal vez no.
Primero tracemos un
resumen del cuento, y luego entremos en detalles:
Una
Reina da a luz una niña. El Rey anuncia una gran fiesta. Siete hadas
son convocadas para ser madrinas de la niña. En agradecimiento por el
honor (y por los regalos del rey) las hadas le entregan a la niña siete
dones.
1: Ser la más bella de todas las mujeres.
2: Tener la bondad de un ángel.
3: La gracia de las gacelas.
4: Bailar con perfección.
5: Cantar como las aves.
6: Tocar con maestría todos los instrumentos.
7: Una gran inteligencia.
De pronto, una hada maléfica entra en el recinto. Furiosa por no haber sido invitada a la fiesta, maldice a la niña diciendo:
-¡El día de tu cumpleaños número quince te pincharás con una aguja y morirás!
Una de las hadas buenas dice:
-La niña no morirá, dormirá cien años y un príncipe la despertará.
Pasa
el tiempo. Cuando la niña cumple quince años encuentra a una anciana
cosiendo en una habitación del castillo; es el hada maligna que mediante
esta estratagema logra que la joven se pinche el dedo con una aguja, y
duerma. El Rey, abatido, manda a llamar al hada buena, que dice:
-Para
que vuestro dolor no sea inmenso; y para que la princesa no se
encuentre sola, dormirán todos, y no despertarán hasta que termine su
largo sueño.
Todos duermen una siesta descomunal. Un bosque
mágico cubre el castillo. Pasan cien años y un príncipe pasa por el
lugar. Su caballo se niega a avanzar. Como por arte de magia, vé el
castillo e ingresa. Encuentra a la princesa y, excitado por su belleza,
la besa suavemente y la joven despierta, así como el resto de los
durmientes. Al día siguiente comienzan las fiestas por el casamiento
entre la princesa y su salvador.
La verdadera historia de la Bella Durmiente:Antes de ser un
cuento de hadas,
la Bella Durmiente fue un
cuento popular medieval, heredero de un pasado aún más oscuro y grandioso. En 1697, Charles Perrault lo publicó como:
La Bella Durmiente del bosque (Belle au Bois Dormant). Años después, y tras profundas investigaciones folklóricas, los hermanos Grimm volvieron a publicar la historia, esta vez en Alemania, bajo el título:
Bella Durmiente (Dornröschen).
Estas son las versiones que circulan normalmente, y sobre las que se construyó el imaginario del
cuento -incluido
Disney y su inagotable capacidad de aniquilar monumentos tradicionales-. Son similares en casi todo, salvo en el número de hadas. Los hermanos Grimm suavizaron la historia para darle el encanto de la sencillez, Perrault, en cambio, aprovecha el
cuento
para despotricar contra la mujer y dar rienda suelta a su machismo. Por
ejemplo, insiste en que el príncipe se burla de las ropas antiguas de
la princesa, e incluye a la inteligencia como uno de los dones ofrecidos
por las hadas, como si ésta sólo pudiese existir sobrenaturalmente en
la mujer. Luego se ceba en la madre del príncipe, una especie de ogro
insaciable que intenta devorar a los hijos de la joven pareja. Los Grimm, mucho más sutiles, eliminan la entrega del don de la inteligencia, y aclaran en varias ocasiones que la princesa ya lo poseía.
Lo cierto es que, a pesar de los esfuerzos de los hermanos Grimm para no mostrarse machistas, la
versión medieval de la Bella Durmiente nos habla de una princesa bastante estúpida. Leída fuera de un contexto mitológico, la
maldición del hada
sólo es entendible en términos de profunda misoginia. Supongamos que
alguien nos envía una maldición análoga, es decir, que dentro de un
tiempo caeremos en un sueño de un siglo luego de pincharnos con una
aguja. Lo más razonable es que nos mantengamos alejados de tales
herramientas textiles, pero esto no sucede en el
cuento.
Incluso el rey, hombre sabio y prudente, queda escandalizado ante la
profecía, a la que considera perfectamente realizable. Vale señalar que
en la edad media, y mucho más acá, la mujer estaba íntimamente
relacionada con la confección y mantenimiento de las ropas, por lo que
siempre había una aguja a mano para ellas. En este sentido el temor del
rey es doblemente insólito, pues sabe que su hija, como mujer, está
obligada a las tareas textiles, pero jamás se le ocurre que las
abandone, hecho que la dejaría a salvo de la maldición.
Pronto
veremos que todas estas anécdotas han sobrevivido por el simple hecho
de que poseen un fuerte arraigo mitológico. No están allí en vano, ni su
utilidad es meramente narrativa; están allí porque son el único vínculo
con la
verdadera historia de la Bella Durmiente.Viajemos
desde las alcobas de las niñas románticas y victorianas, y, por qué no,
de las jovencitas de nuestro tiempo, y volemos hacia el pasado remoto
de Europa Occidental. Atravesemos la
edad media, a la que imaginamos cubierta por una nube sombría (e igualmente brillante), pasemos sobre el
Beowulf, monumento inglés a la antiquísima
mitología
de aquel país, perdida para siempre, dejemos atrás al primer merovingio
y a todos los reyes del continente; sigamos hacia atrás, lejos en el
tiempo, mucho antes de que el Galileo ascienda al madero; sumerjámonos
en una oscuridad arcaica, cuando los Señores del Valhalla aún eran
temidos y adorados por las tribus indoeuropeas; entonces si, allí
encontraremos la razón de que un
cuento aparentemente imbécil sobreviva en nuestra era; iluminando la esencia escondida de la
Bella Durmiente.
Nuestro vínculo con aquella época oscura es la Saga Volsunga
(Völsungasaga),
escrita en Islandia en el siglo XIII sobre historias que preceden el
auge romano, y que se remontan, tal vez, al 800 a.C, cuando se produjo
la llamada Völkerwanderung
(migración de pueblos);
época de cambios y exilios, donde civilizaciones enteras migraron a lo
largo y ancho de Europa. Entre otras narraciones notables, la Saga Volsunga cuenta la historia de Sigurd (Sigurðr) y Brunilda (Brynhildr), cuyos cimientos son incluso anteriores a las migraciones, en una época tan antigua como el año 1000 a.C.
Brunilda era una
Valkiria,
esto es, una semidiosa que recogía a los héroes muertos en el campo de
batalla, escoltándolos a los amplios salones del Valhalla. Ella es, a
todas luces, la mujer en estado salvaje, honorable y terrible a la vez.
Su silueta ambigua protagonizará épicas nórdicas como
Nibelungenlied, e inspiraría a Richard Wagner en su obra capital:
El anillo de los Nibelungos (Der Ring des Nibelungen). La Saga Volsunga cuenta que Odín, el gran dios nórdico, le ordena a Brunilda
que decida sobre el destino de una batalla entre dos reyes, Agnar y
Hjalmgunnar. Ella decide por Agnar, y Odín, enfurecido por no haberse
inclinado por su favorito, Hjalmgunnar, la condena a un
sueño eterno, es decir, a dejar de lado su condición de diosa y vivir en el mundo espeso de los sentidos. En otras palabras, Odín condena a Brunilda a vivir como una mujer mortal, y la encarcela en el monte Hindarfjall, oculto en los Alpes. Para ello la clava al duro suelo de una caverna utilizando
agujas de fuego.
Sigurd, un caballero de noble estirpe, descubre la entrada a una oscura caverna en aquel monte, y la describe como un
castillo de roca
rodeado por un bosque espeso. Allí encuentra a Brunilda,
presa de un sueño tan profundo que, en un principio, nuestro héroe la
considera muerta; aunque sabe que no lo está. Su rey, Gunnar, le ha
contado la tragedia de Brunilda, y lo ha enviado en una misión suicida, conseguir la mano de esta Valkiria caída. Para ello, Sigurd se disfraza con las ropas de Gunnar, ya que Brunilda
solo se casará con quien pueda derrotarla en combate singular. El joven
la despierta con un beso en la mejilla, detalle que algunos señalan
como metafórico, sosteniendo que aquel beso fue, en realidad, un roce
con el filo de su espada; y se entrelazan en un combate feroz.
Sigurd vence. Brunilda
se entrega mansamente a su destino, pero antes de volver deben pasar la
noche en la cueva, ya que una fuerte tormenta golpea los flancos de
Hindarfjall. Yacen juntos, pero Sigurd coloca su espada entre ambos, para que sus cuerpos no se toquen. Él se mantiene fiel a su promesa al rey; pero Brunilda,
encandilada por la fuerza del joven, intenta acariciarlo y se corta un
dedo con la espada, cuya manufactura era tan perfecta que su punta era
tan diminuta y afilada como la
punta de un alfiler.Reconocer
estos jirones mitológicos no es sencillo, tampoco es particularmente
necesario para disfrutar de una buena historia; pero su peso es el que
decide la inmortalidad de un
cuento popular. Quizás no sepamos el por qué, ni el cómo ni el cuándo, pero todos los
cuentos
que aún entretienen a nuestros niños poseen un pasado asombroso, algo
que entra por los oídos pero que florece en el incosciente, que se
ramifica en la vasta herencia psicológica de los pueblos, ajeno a los
avatares del cine y los cambios, inmóvil, como el sueño de algunas
princesas, fijo, como la mirada aguda de los príncipes que vagan por
bosques ya olvidados.
