Mostrando entradas con la etiqueta Charles Nodier. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Charles Nodier. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Carolina.



 





Una joven de dieciocho años, llamada Carolina, inspiró la más violenta pasión a un hombre de edad madura, y como a los cincuenta uno es, según se dice, más enamoradizo que a los veinte -aunque con muchos menos medios para complacer-, el herrumbroso pretendiente asediaba sin cesar a Carolina, que estaba lejos de corresponder a sus sentimientos. Pero esta muchacha cometió el más imperdonable de los errores: ponerle en ridículo y atormentarle, cuando debería haberse contentado con alejarse de él con frialdad y decencia. Al cabo de tres años de perseverancia por una parte y de malos tratos por la otra, el infortunado amante sucumbió a una enfermedad de la que aquel funesto amor fue en gran parte el origen.

Sintiendo cercano su fin, solicitó, como último deseo, que Carolina se dignase al menos ir a recibir su eterno adiós. La joven rechazó tajantemente este ruego. Una de sus amigas, que estaba presente, le dijo amablemente que haría bien en conceder este triste consuelo a un infeliz que moría por y para ella. Sus consejos fueron inútiles. Vinieron por segunda vez a hacerle el mismo ruego, añadiendo que el enfermo solicitaba ver a Carolina más por el interés de ella que por el suyo propio. Pero este segundo mensaje no corrió mejor suerte que el primero.

La amiga de Carolina, indignada por esta dureza hacia un moribundo, la acució con más energía y le reprochó su coquetería y malos procedimientos hacia un hombre a quien al menos podía ofrecer un instante de piedad como expiación. Carolina, cansada de tales impertinencias, consintió finalmente de muy mala gana y dijo: -Vamos, llévame a casa de tu protegido: pero sólo estaremos un momento, te lo advierto, no me gustan ni los moribundos ni los muertos.

Las dos amigas partieron finalmente. El moribundo, al ver entrar a Carolina, hizo un último esfuerzo y tomó la palabra con voz apagada:

-Ya no hay tiempo, señorita, -dijo- me habéis negado con crueldad la dicha de veros cuando os lo he rogado: sólo deseaba perdonaros mi muerte. A partir de ahora me veréis más a menudo que en el pasado. Recordad solamente que habéis tardado tres años en llevarme dolorosamente a la tumba... Adiós, señorita... Hasta esta noche.

Al acabar de decir estas palabras, que le costó un trabajo infinito pronunciar, expiró.

Carolina, presa del horror, huyó precipitadamente. Su amiga usó todos los medios posibles para calmar su extrema agitación. Carolina le suplicó que pasara la noche con ella. Dispusieron otra cama en la misma habitación, dejaron los candelabros encendidos, y las dos amigas, como no podían dormir, estuvieron mucho tiempo hablando entre ellas. De repente, hacia la medianoche, las luces se apagaron por sí solas. Carolina exclama con terror:

-¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí!

Su amiga, que sólo oye ahogados suspiros, seguidos de un profundo silencio, reúne sus fuerzas y llama arrebatadamente; acude la gente de la casa, intentan encender los candelabros, pero es inútil. Al cabo de un cuarto de hora, que transcurre en medio de mortales angustias, suena el reloj. Carolina lanza un profundo suspiro, como alguien que sale de un largo sopor. Las velas se encienden solas; la gente de la casa se retira, y Carolina, con una voz agonizante, dice:

-¡Ah! ¡Por fin se ha ido!
-¿Lo has visto entonces?
-Sí, y estoy totalmente segura de que cumplirá sus amenazas.
-¡Y qué! ¿Te ha hablado?
-Esto es lo que acabo de oír: durante tres años vendré todas las noches a pasar un cuarto de hora con vos. Por lo demás, estad tranquila, no os haré ningún daño; limito mi venganza a obligaros a ver cada noche a aquel a quien habéis llevado a la tumba a causa de vuestra imprudente conducta.

La amiga, que no sentía mucha curiosidad por ver repetirse la misma escena, se negó a pasar las noches siguientes con Carolina, quien le reprochó que la abandonase a un vampiro.

Las visitas nocturnas continuaron. Carolina, bella, rica, dueña de sus acciones, y con veintiún años, quiso casarse con la esperanza de alejar al fantasma; pero el rumor de las apariciones hizo desistir a los pretendientes. Sólo uno, un gascón, llamado Señor de Forbignac, se presentó y se ofreció como esposo. La necesidad le obligó a aceptar; pero al día siguiente de las bodas (sin que llegara a saberse cómo había transcurrido la noche) el gascón desapareció con la dote y muchas joyas que no formaban parte de ella.

La amiga de Carolina, sensible a tantas desgracias, acudió junto a ella, la consoló lo mejor que pudo y la llevó a un lugar donde concluyó tristemente su penitencia. Pasados los tres años, su vampiro le anunció al fin que ya no le vería más; y cumplió su palabra. Una lección tan severa suavizó su carácter. La muerte del Señor de Forbignac, que tuvo la honestidad de no volver, dejó libre a Carolina para que pudiera casarse de nuevo, y esta vez encontró un esposo que la hizo totalmente feliz.

Charles Nodier (1780-1844) 



 

domingo, 3 de junio de 2012

La monja sangrante.

Un fantasma frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco de mayo, a una hora precisa de la mañana, el fantasma salía de su asilo.

Era una monja cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida. Descendía así la escalera, atravesaba los patios, salía por la puerta principal, que oportunamente dejaban abierta, y desaparecía. La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnes, a quien amaba locamente.

Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnes conocía acabadamente la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle:

-Dentro de cinco días -le dijo ella- la monja sangrienta debe dar su paseo. Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a cierta distancia... -Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.

El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana.

Las luces se apagan, cesan los ruidos, suena el reloj; el portero, siguiendo la antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este, recorre una parte del castillo, desciende... Raymond divisa a Agnès, reconoce el vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos. La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.

Agnes no decía ni una palabra.

Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron vanamente de retenerlos fueron derribados. En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche desbocado se rompe... Raymond cae sin sentido.

A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la vida. Él les habla de Agnes, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg.

Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.

Sin embargo, el día pasa; el cansancio y el agotamiento le procuran el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento cercano le despierta. Un secreto horror se apodera de él, se le erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama durante toda una hora.

El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:

-Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida. -Salió enseguida, y la puerta se cerró tras ella.

Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.

La noche siguiente, el fantasma de la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por nadie más.

Entretanto, Raymond averiguó que Agnes había salido demasiado tarde y le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de Agnes, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.

Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer el fantasma de la monja. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo.

Pedía un poco de tierra para su cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver.

Charles Nodier (1780-1844)

 

El vampiro Harppe.

Un hombre, que se llamaba Harppe, ordenó a su mujer que le enterrase, después de morir, delante de la puerta de la cocina, a fin de que pudiera ver mejor lo que ocurría en la casa. La mujer cumplió fielmente lo que le había ordenado; y después de la muerte de Harppe, se le vio a menudo por la vecindad: mataba a los obreros y molestaba de tal modo a los vecinos que nadie osaba habitar las casas que rodeaban la suya.

Un hombre, llamado Olaüs Pa, fue lo bastante atrevido para atacar a este espectro: le asestó una lanzada y dejó el arma en la herida. El espectro desapareció y, al día siguiente, Olaüs abrió la tumba del muerto. Encontró la lanza en el cuerpo de Harppe, en el mismo lugar donde había golpeado al fantasma. El cadáver no estaba corrupto. Le sacaron del féretro, le quemaron, arrojaron sus cenizas al mar y quedaron libres de sus apariciones.

Charles Nodier (1780-1844)

 

Vampiros de Hungría

Un soldado húngaro estaba alojado en casa de un campesino de la frontera, y un día, cuando comía con él, vio entrar a un desconocido que se sentó en la mesa junto a ellos. El campesino y su familia parecieron muy asustados por esta visita, y el soldado, que ignoraba lo que significaba aquello, no sabía qué pensar del pavor de estas buenas personas. Pero al día siguiente, cuando encontraron muerto en la cama al dueño de la casa, el soldado supo que se trataba del padre de su hospedero, muerto y enterrado desde hacía diez años, que había venido a sentarse a la mesa al lado de su hijo, y de esta forma le había anunciado y causado la muerte.

El militar informó a su regimiento de este suceso. Los generales enviaron a un capitán, un cirujano, un auditor y algunos oficiales para comprobar el hecho.

La gente de la casa y los habitantes del pueblo declararon que el padre del campesino había vuelto para provocar la muerte de su hijo, y que todo lo que el soldado había visto y contado era totalmente cierto. En consecuencia, mandaron desenterrar el cuerpo del vampiro. Lo encontraron en el estado de un hombre que acaba de expirar y con la sangre todavía caliente; entonces le cortaron la cabeza y le depositaron de nuevo en la tumba. Después de esta primera expedición, los oficiales fueron informados de que otro hombre, muerto hacía más de treinta años, solía aparecerse, y que ya se había presentado tres veces en su casa a la hora de la comida. La primera vez había mordido el cuello de su propio hermano y le había sacado mucha sangre; la segunda, había hecho lo mismo a uno de sus hijos; un criado había recibido el mismo trato la tercera vez.

Estas tres personas habían muerto a consecuencia de ello. Este fantasma desnaturalizado fue desenterrado también; lo encontraron tan lleno de sangre como el primer vampiro.

Le hundieron una gran estaca en la cabeza y lo cubrieron de tierra. Cuando la comisión creía que ya se había librado de los vampiros, por todas partes se presentaron denuncias contra un tercer vampiro que, muerto dieciséis años atrás, había matado y devorado a dos de sus hijos.

Este tercer vampiro fue quemado y considerado el más culpable. Después de estas ejecuciones, los oficiales dejaron pueblo totalmente en calma y libre de aparecidos que bebían la sangre de sus hijos y amigos.

Charles Nodier (1780-1844)