domingo, 3 de junio de 2012

El Dios murcielago Maya

También se le llama Tzinagan, que quiere decir murciélago o zotz.
Está muy bien representado, con un pectoral maravilloso que simboliza el alma, el hombre causal, el hombre verdadero, el hombre real.
El pectoral hacia arriba, que llega a conectarse con los oídos, nos indica que el hombre verdadero debe aprender a escuchar al Verbo, a la Palabra, al Logos. La figura nos dice que es un deiduso, un Verbo encarnado.
Las gónadas están muy bien formadas, indicando claramente que el poder está en el sexo. En lugar de un falo aparece un rostro, como para recordar que el hombre causal se forma con el mercurio -que es el alma metálica del esperma sagrado- y que el hombre verdadero es, precisamente, el resultado de la transmutación sexual.
El dios Murciélago tiene poder sobre la vida y sobre la muerte. Está parado sobre un piedra que, aunque no es cúbica del todo, nos da a entender el trabajo para adquirir la piedra filosofal. El dios Murciélago es un deiduso, un ángel de la muerte que vive en el plano causal. Lo encontramos dibujado en estelas, códices y vasijas mayas, con la librea del dios del aire.
En Chiapas existe el pueblo de Tzinacatlán, habitado por Tactziles (gentes del murciélago de la familia maya) y en el valle de Toluca el pueblo de Tzinacantepec.
En el Popol Vuh el murciélago es un ángel que bajó del cielo a decapitar a los primeros hombres mayas hechos de madera, el murciélago celeste que aconsejó lo que debían hacer Ixabalanque y Hunab Ku para salir victoriosos de la prueba de la caverna del dios Murciélago.
Los templos nahuas en forma de herradura estaban dedicados al culto del dios Murciélago, sus altares eran de oro puro y orientados al Este.
Los Maestros nahuas lo invocaban para pedirle curación para sus discípulos o para sus amigos profanos, pues el dios Murciélago tiene poderes sobre la vida y la muerte.
A la invocación asistían solamente los iniciados, los cuales en el interior del templo formaban cadena, alternando en ella hombres y mujeres sin tocarse las manos ni el cuerpo. Los extremos de la cadena comenzaban a ambos lados del altar y todos permanecían sentados en cuclillas, con la espalda contra la pared.
Ponían en el altar flores recién cortadas y a sus lados, sobre dos pequeñas columnas talladas en basalto, sendos braseros de barro pintados de rojo, símbolo de la vida y la muerte. En los braseros ardían leños de ciprés (símbolo de la inmortalidad) cuyo aroma se mezclaba con el del sahumerio de Copalli, resinas olorosas y blancos caracoles marinos molidos.
El Maestro vestía la librea del dios del aire y maxtlatl alrededor de la cintura. De frente, levantando las manos con las palmas extendidas, vocalizaba tres veces el Mantram ISIS, dividido en dos largas sílabas, así:
IIIIIIIIIIIIIIIIIISSSSSSSSSS
IIIIIIIIIIIIIIIIIISSSSSSSSSS
Después, con un cuchillo de obsidiana con empuñadura de jade y oro, bendecía a los concurrentes y en silencio hacía la invocación ritual: Señor de la vida y la muerte, te invoco para que bajes a sanar todas nuestras dolencias.
Silencio imponente, sólo interrumpido por el crepitar del sahumerio. De súbito, batir de alas y un aroma a rosas y nardos que se extendía por todo el templo. De los braseros salía una flama que quería alcanzar el cielo y el Maestro y los asistentes se postraban hasta poner sus frentes en el suelo.
El dios Murciélago bajaba ataviado con la librea del dios del aire o en forma de búho, a las pruebas funerales del arcano 13. Trece escalones tenían las escalinatas de entrada a los templos y trece mechones tiene en la barba el Anciano de los Días.
Dentro del recinto donde se levantaba el templo mayor de Tenochtitlán, existió un templo circular dedicado al sol. Entre las cámaras secretas de este templo de misterios existió el Tzinacalli (casa del murciélago). Espacioso salón con aspecto interior de sombría caverna, donde tenían lugar los rituales de iniciación para alcanzar los altos grados de Caballero Ocelotl (tigre) y Caballero Cuauhcoatl (águila).
Sobre el dintel de la pequeña puerta, disimulada en el muro interior del fondo de la caverna, la cual daba paso al templo, colgaba un espejo grande de obsidiana y, frente a esa pequeña puerta, ardía en el suelo una hoguera de leña de pino.
El candidato era llevado al Tzinacalli, donde era dejado hasta altas horas de la noche. Se le había indicado que caminara a través de la oscuridad hacia la luz de una hoguera y que frente a ella hablara al guardián del umbral: Soy un hijo de la gran luz. Tinieblas apártense de mí.
Sobre la cabeza del candidato los murciélagos comenzaban a chillar y revolotear. La leña de pino se iba apagando poco a poco, sólo quedaba de ella el rescoldo, cuyo fuego se reflejaba en el espejo.
De repente, ruidoso batir de alas, un alarido aterrador y una sombra, con alas de murciélago y forma humana con alas de murciélago y maxtlatl alrededor de la cintura, emergía de la oscuridad y con su pesada espada amenazaba con decapitar al intrépido invasor de sus dominios.
¡Ay! del candidato que retrocedía aterrado! Una puerta, que hasta entonces había permanecido hábilmente disimulada en la roca, se abría en silencio y en el quicio aparecía un extraño señalando el camino del mundo de los profanos de donde el candidato había venido.
Pero si el candidato tenía la presencia de ánimo suficiente y resistía impávido la embestida de Comazotz, el dios de los murciélagos; la pequeña puerta, oculta frente a él, se abría suavemente y un Maestro se adelantaba a su encuentro para descubrir, oculta entre las sombras de la caverna, la esfinge del candidato modelada en papel de ámate, la cual era incinerada mientras los demás Maestros daban al candidato la bienvenida y lo invitaban a entrar al templo.
Este ritual simboliza la muerte de las pasiones de la personalidad del iniciado, en su paso de las sombras a la luz. A través de las pruebas de la ordalía a que eran sometidos los candidatos a iniciados en los antiguos misterios, el alma animal de éstos se retrataba a veces como murciélago, porque, como el murciélago, el alma de ellos estaba ciega y privada de poder, por falta de luz espiritual, de sol.
Como vampiros, los depravados y avaros se arrojan sobre sus presas para devorar las substancias vivas que hay en ellas. Y después, deambulando perezosamente, regresan a las sombrías cavernas de los sentidos, donde se ocultan de la luz del día como todos los que viven en las sombras de la ignorancia, la desesperación y el mal.
El mundo de la ignorancia está gobernado por el temor, el odio, la codicia y la lujuria. En sus sombrías cavernas vagan los hombres y mujeres que sólo se mueven al vaivén de sus pasiones
Sólo cuando el hombre realiza las verdades espirituales de la vida, escapa de ese subterráneo, de esa maldita caverna de murciélagos donde Comazotz, que muchas veces mata sólo con su presencia, permanece oculto acechando a sus víctimas. El sol de la verdad se levanta en el hombre, ilumina su mundo, cuando éste eleva su mente desde la oscuridad de la ignorancia y el egoísmo hacia la luz del altruismo y la sabiduría. Símbolo de ese estado de conciencia en el hombre son los ojos de águila, que sobre los tarsos de los pies de Coatlicue, tratan de ver hacia el infinito. 
El culto al dios Murciélago en Mesoamérica


En el México prehispánico, el culto al dios Murciélago comenzó hacia 500 a.C. y en muchos lugares de Mesoamérica hay numerosas representaciones de él en esculturas de piedra, urnas de cerámica, pinturas y códices. Asimismo, la imagen del murciélago –animal que se asociaba con la oscuridad, la tierra y la muerte, y con ritos de decapitación– dio nombre a varias poblaciones y periodos calendáricos.

Entre los zapotecos, el dios Murciélago estaba relacionado con la fertilidad y con el dios del maíz. Pectoral. Preclásico Tardío. Monte Albán, Oaxaca. MNA.
Foto: Rafael Doniz
La figura del murciélago tiene una negra fama. En la antigua Europa los murciélagos eran considerados como el espíritu de los muertos malditos, seres nocturnos que salían de las tumbas en las que se pudrían los cadáveres y succionaban la sangre de los vivos dormidos. A estos malhechores nocturnos los artistas de la Edad Media los representaron en forma de diablo o de murciélago. En el arte medieval se le consideró a este último como un demonio de la lujuria, que agotaba la savia de vida del cuerpo humano y consumía la fuente de la gracia que permitía la supervivencia del alma. El murciélago estaba en estrecha relación con las acciones de los genios nocturnos del mal.
En América, en cambio, el culto al dios Murciélago en el México prehispánico se remonta al menos a 500 a.C. y sus representaciones abundan en esculturas de piedra, urnas de cerámica, pinturas, códices o topónimos. La imagen de este animal sirvió para dar nombre a poblaciones y periodos calendáricos. Debe recordarse que por oposición a las ideas de luz, cielo y vida, hay dioses del mundo subterráneo, asociados con la noche, la tierra y la muerte. En este inframundo los aztecas colocaban la morada de los desaparecidos, el Mictlan, el lugar en que reinaba Mictlantecuhtli, señor de los muertos. El murciélago, junto con la araña, el búho y el alacrán, se asociaba por lo general a la oscuridad, la tierra y la muerte (Caso, 1985, p. 175).

EL MURCIELAGO EN LA RELIGIÓN Y LA HISTORIA
En Mesoamérica abundan las representaciones de este animal, que recibe diferentes nombres según las distintas lenguas: tzinacan, náhuatl; zotz, maya; bigidiri beela, bigidiri zinia, “mariposa de carne”, zapoteco; ticuchi léhle, mixteco; thut, huasteco; nitsoasts, pame del norte; ntsúats, pame del sur; tsat’s, otomí (estas últimas lenguas de la Sierra Gorda); tsoats, otomipame (Bartholomew concluye que esta acepción es un préstamo maya).
Según cuenta un mito, tzinacan nace del semen y la sangre derramados por Quetzalcóatl en uno de sus autosacrificios. Es enviado entonces a que muerda el órgano genital de la diosa Xochiquétzal, y una vez que se lo arranca, lo entrega a los dioses, quienes lo lavan, y de esa agua nacen flores olorosas. Luego lo llevan al inframundo y ahí Mictlantecuhtli, señor de los muertos, lo vuelve a lavar y de esa agua nace el cempoalxóchitl, flor de los muertos.

Decapitación
El murciélago es “el animal que despedaza y desgarra, que arranca cabezas”, según Eduard Seler en su interpretación del Códice Borgia, y es uno de los “demonios” animales en que abunda el panteón mesoamericano. En el Códice Vaticano B está representado con cabezas en las “manos”. Los códices mayas lo muestran sosteniendo en una mano el cuchillo de los sacrificios, mientras que en la otra tiene a la víctima. El murciélago era considerado como un ser del inframundo (camazot, “murciélago-muerte”) entre los mayas quichés, asociado
a la decapitación. Asimismo, en una estela de Izapa, Chiapas, aparece en el tocado de un decapitador. Por sus características, el animal llamó la atención de los antiguos mayas por ser el único mamífero cuya estructura altamente especializada le permite volar; así, lo escogieron para combinarlo con el signo de la inmolación, con lo cual se le relaciona con el sacrificio humano o al menos con una ofrenda que conlleva el concepto de derramar sangre. 




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