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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Un episodio de la historia de una catedral.

 

Había una vez un docto caballero al que le encargaron examinar los archivos de la catedral de Southminster y redactar un informe al respecto. El examen de estos legajos requería bastante tiempo, de modo que juzgó conveniente tomar alojamiento en la ciudad; porque aunque el cuerpo jerárquico de la catedral fue pródigo en sus ofrecimientos de hospitalidad, el señor Lake prefería ser dueño de su tiempo, cosa que a todo el mundo le pareció razonable. Finalmente el deán escribió al señor Lake sugiriéndole que, si aún no había buscado sitio, se pusiese en contacto con el señor Worby, sacristán mayor, que ocupaba una casa vecina a la iglesia, el cual acogería con mucho gusto a un huésped tranquilo por tres o cuatro semanas. Este arreglo era precisamente lo que el señor Lake deseaba. Acordó en seguida las condiciones con el sacristán, y a primeros de diciembre, como un nuevo señor Datchery —se recordó a sí mismo—, nuestro investigador se encontró ocupando un muy confortable aposento en una casa antigua y catedralesca.

Una persona tan familiarizada con la vida y costumbres de las catedrales, y tratado con tan manifiesta consideración por el deán y el cabildo entero de ésta, no podía dejar de inspirar respeto al sacristán mayor. El señor Worby accedió incluso a corregir ciertas explicaciones que solía ofrecer desde hacía años a los grupos de visitantes. El señor Lake, por su parte, encontró en el sacristán un compañero jovial, y al acabar el trabajo de la jornada aprovechaba cualquier ocasión que se le presentaba para disfrutar de su conversación. Una noche, alrededor de las nueve, el señor Worby llamó a la puerta de su huésped.

—Tengo que ir a la catedral, señor Lake —dijo—; y creo que le prometí ofrecerle la oportunidad de ver su aspecto en plena oscuridad. Hoy hace una noche ideal, si le apetece acompañarme.
—Desde luego; le agradezco mucho que se haya acordado, señor Worby. Un momento que coja el abrigo.
—Aquí lo tiene, señor; y aquí traigo otro farol que le aconsejo que lleve para las escaleras; porque no tenemos luna.
—Cualquiera pensaría que somos una nueva edición de Jasper y Durdies, ¿no cree? —dijo Lake mientras cruzaban el atrio; porque había averiguado que el sacristán había leído Edwin Drood.
—Sí, desde luego —dijo el señor Worby con una risa breve—; aunque no sé si deberíamos tomarlo como un cumplido. A veces pienso que tenían extrañas costumbres en esa catedral, ¿no le parece? Maitines con el coro al completo a las siete de la mañana todos los días del año. Eso hoy no sienta bien a las voces de nuestros niños, y me parece que hay un adulto o dos que pedirían aumento de sueldo si tuviera que intervenir el cabildo... en particular los contraltos.
Habían llegado a la puerta sudoeste. Mientras el señor Worby daba una vuelta a la llave, dijo Lake:
—¿Alguna vez se ha quedado alguien encerrado aquí accidentalmente?
—Dos veces. Una fue un marinero borracho; aunque no sé cómo entró. Supongo que se dormiría durante el servicio religioso; pero cuando lo descubrí estaba dando unas voces que amenazaban con derrumbar el techo. ¡Santo Dios, la escandalera que armó! Dijo que era la primera vez en diez años que ponía los pies en una iglesia, y maldito si lo volvía a hacer. La otra vez fue una vieja oveja: una broma de los chicos.

Aunque no lo volvieron a intentar. Bien, señor; vea lo que parecemos: nuestro difunto deán solía traer grupos de cuando en cuando, aunque prefería las noches de luna; y había un verso que les recitaba, referente a una catedral escocesa, creo. Pero no sé. Casi creo que el efecto es mejor cuando está todo a oscuras. Parece que aumenta de tamaño y de altura. Si no le importa quedarse ahora en algún lugar de la nave mientras subo yo al coro a recoger una cosa, verá lo que quiero decir. Así que Lake se quedó esperando apoyado en un pilar. Y observó cómo la luz balanceante se desplazaba a lo largo de la iglesia y subía la escalera del coro, hasta que la ocultó algún tipo de mueble, con lo que sólo pudo ver el resplandor en los pilares y el techo. No habían pasado muchos minutos cuando reapareció Worby en la puerta del coro y agitó la linterna indicando a Lake que se reuniese con él.

-Supongo que es Worby y no una suplantación-, se dijo Lake mientras cruzaba la nave. No hubo ningún percance. Worby le mostró los papeles que había ido a recoger del sitial del deán y le preguntó qué le parecía el espectáculo; Lake coincidió en que era algo que merecía la pena ver.
—Supongo —comentó mientras iban juntos hacia el altar— que estará usted demasiado acostumbrado a andar por aquí de noche para sentirse nervioso... pero seguro que se habrá llevado algún que otro sobresalto al caerse un libro o abrirse sola alguna puerta, ¿no?
—No, señor Lake; no puedo decir que me preocupen mucho los ruidos; al menos hoy por hoy. Mucho más me preocupa descubrir un escape de gas, o que reviente una cañería de la calefacción. Aunque hubo sus más y sus menos hace años. ¿Ha observado aquel sencillo sepulcro-altar? Nosotros decimos que es del siglo XV; no sé si estará usted de acuerdo. Bueno, si no lo ha visto, vaya un momento y échele una mirada, haga el favor.

Estaba en el lado norte del coro, y muy mal colocado: a sólo tres pies del cancel de piedra. Era bastante simple, como había dicho el sacristán, construido con simples losas. Una cruz metálica de regular tamaño en el lado norte —el más próximo al cancel— era el único detalle de interés. Lake estuvo de acuerdo en que no era anterior al periodo gótico.

—Pero —dijo—, a menos que sea el sepulcro de un personaje notable, me perdonará si digo que no me parece especialmente relevante.
—Bueno, no puedo decir que sea la tumba de un personaje destacado de la historia —dijo Worby con una sonrisa seca en la cara—, porque no hay constancia ninguna de quién está enterrado ahí. A pesar de todo, si cuando volvamos a casa dispone de media hora, señor Lake, puedo contarle algo sobre ese sepulcro. Prefiero hacerlo después; aquí hace frío, y no tenemos por qué quedarnos toda la noche.
—Claro que me gustaría oírlo; muchísimo.
—Muy bien, señor, pues lo oirá. Ahora, ¿puedo hacerle una pregunta? —prosiguió mientras caminaban por la nave que flanqueaba el coro—. En nuestra pequeña guía local (y no sólo ahí, sino también en el librito de la serie sobre catedrales que trata de la nuestra) encontrará que pone que esta parte del edificio fue construida antes del siglo XII. Naturalmente, me encantaría aceptar esa opinión, pero... (cuidado con el escalón, señor), pero, le pregunto yo: ¿encuentra en la disposición de la piedra de esta porción de muro —la golpeó con la llave— un sabor a lo que podríamos llamar mampostería sajona? No. Me lo imaginaba. Yo tampoco. Y créame, se lo he dicho con toda claridad a esos señores: al encargado de nuestra biblioteca, y a ese otro que vino de Londres a propósito; si no se lo he dicho cincuenta veces no se lo he dicho ninguna. Pero como si se lo hubiese dicho a esa pared. O sea que ahí tiene; cada cual se aferra a sus opiniones, supongo.

Las reflexiones sobre este aspecto particular de la naturaleza humana ocupó al señor Worby casi hasta el momento en que él y Lake entraron en casa. El fuego del gabinete del señor Lake languidecía de tal modo que el señor Worby sugirió terminar el día en su propio cuarto de estar. Así que unos momentos después los encontramos instalados en dicha habitación. El señor Worby se explayó alargando la historia todo lo que quiso, de manera que no la voy a contar en su orden ni con sus palabras. Poco después de oírla, Lake confió al papel lo esencial, junto con algunos detalles que se le quedaron literalmente grabados en el espíritu; quizá lo más práctico sea que resuma un poco lo consignado por Lake. Parece ser que el señor Worby nació hacia el año 1828. Su padre había estado ligado a la catedral antes que él, lo mismo que su abuelo. Uno o los dos habían cantado en el coro; y de mayores habían trabajado de cantero y carpintero respectivamente en el edificio. El propio Worby, aunque tenía una voz regular tirando para abajo como él mismo decía, había entrado en el coro a los diez años de edad. Fue en 1840 cuando la ola del resurgimiento gótico infectó la catedral de Southminster.

—Un montón de elementos preciosos desaparecieron entonces, señor —dijo Worby con un suspiro—. Mi padre casi no lo podía creer cuando le dieron la orden de desmontar el coro. El deán que había era el deán Burscough, un recién llegado; y mi padre había estado de aprendiz en una buena ebanistería de la capital y sabía cuándo tenía un buen trabajo delante de los ojos. Fue un sacrilegio, solía decir: todo aquel hermoso revestimiento de roble, en tan buen estado como el día en que lo colocaron, aquellas guirnaldas de hojas y frutas, y los antiguos dorados de los escudos y de los tubos del órgano. Todo fue a parar al almacén de madera: todo menos unas cuantas piezas labradas de la capilla de la Virgen, y la repisa de esta misma chimenea. Bueno, a lo mejor estoy equivocado, pero para mí que desde entonces nuestro coro no es tan bonito como antes. Aunque se descubrieron un montón de cosas sobre la historia de la iglesia, y no cabe duda de que anduviera necesitada de reparación. Muy pocos inviernos después perdimos un pináculo.

El señor Lake expresó su coincidencia con Worby en que necesitaba una restauración, pero confiesa su temor en ese momento de no llegar nunca a la historia propiamente dicha. Temor que probablemente se reflejó en su expresión. Worby se apresuró a tranquilizarle.

—Podría pasarme horas enteras hablando de este asunto, y lo hago cada vez que tengo ocasión. Pero en fin, el deán Burscough estaba obsesionado con el gótico, y nada le acomodaba, sino que debía hacerse todo conforme a eso. Y una mañana, después del servicio religioso, mandó recado a mi padre de que fuese a verle al coro, se quitó las vestiduras de oficiar en la sacristía y fue para allá con un rollo de papel en la mano; el sacristán que había entonces llevó una mesa. Y extendieron el rollo sobre la mesa, sujetándolo con devocionarios, y mi padre que les ayudaba vio que era un dibujo del interior de un coro. Y va y dice el deán (que era un señor con el habla pronta): -Bien, Worby, ¿qué piensas de esto?- -Pues —dice mi padre—, que no tengo el gusto de conocerla. ¿Puede ser la catedral de Hereford, señor?- -No, Worby —dice el deán—; es la catedral de Southminster tal como esperamos verla dentro de no muchos años-. -Por supuesto, señor-, replicó mi padre. Y no dijo más (porque en eso era lo menos parecido al deán). Pero él me contaba que sintió un desmayo por dentro al mirar nuestro coro según yo lo recuerdo, tan cómodo y amueblado, y ver a continuación aquel dibujo frío y odioso, como él lo llamaba, hecho por algún arquitecto de Londres. Bueno, ya vuelvo otra vez. Pero comprenderá lo que quiero decir si echa una ojeada a esta antigua vista —descolgó una lámina de la pared—. Bueno, el caso es que el deán entregó a mi padre la copia de una orden escrita del cabildo por la que tenía que desmontar el coro entero, y dejar su espacio despejado y preparado para la nueva construcción que estaban llevando a cabo en la capital, y que debía empezar en cuanto reuniese una cuadrilla de obreros. Ahora, señor, si observa la lámina verá dónde estaba el púlpito. Quiero que se fije en eso, por favor.

Se veía bastante bien: una estructura de madera inusitadamente grande con un tornavoz en forma de cúpula, situada en el extremo este de los sitiales del lado norte del coro, frente al trono del obispo. Worby explicó que durante la reforma los servicios se celebraron en la nave, y que los miembros del coro, que ya contaban con unas vacaciones anticipadas, se quedaron frustrados; y en cuanto al organista, se hizo sospechoso de haber averiado a propósito los mecanismos del órgano que habían traído alquilado de Londres a un precio considerable. Los trabajos de desguace empezaron por la reja del coro y la galería del órgano, y siguieron poco a poco hacia el este, dejando al descubierto, como contó Worby, multitud de detalles interesantes de la obra anterior. Durante este tiempo, lógicamente, los miembros del cabildo pululaban sin parar por el coro y alrededores, y no tardó en hacérsele evidente al viejo Worby —que no podía por menos de oír retazos de conversaciones— que, por lo que se refiere a los canónigos más viejos al menos, había habido bastante oposición antes de que se aprobara la política que ahora se estaba llevando a cabo. Unos murmuraban que iban a coger una pulmonía en los sitiales, al no haber una pantalla que les protegiera de las corrientes de aire; otros se quejaban de que estaban expuestos a la vista de los que estuviesen en las naves que flanqueaban el coro; sobre todo durante el sermón, decían, en que les resultaba un alivio atender en una postura que podía ser mal interpretada. La mayor resistencia, empero, vino del más viejo, que hasta el último momento se estuvo oponiendo a que quitaran el púlpito. «No debería tocarlo, señor deán —le dijo con gran énfasis una mañana, cuando estaban los dos ante dicha estructura—; no sabe el daño que puede ocasionar». «¿Daño? No es una obra de especial mérito, canónigo». «No me llame canónigo —dijo el anciano con sequedad—. Durante treinta años he sido el doctor Ayloff, y le agradecería, señor deán, que tuviera la bondad de seguir llamándome así. En cuanto al púlpito (desde el que llevo predicando treinta años, aunque no voy a hacer hincapié en eso), lo único que digo es que hace mal quitándolo». «Pero ¿qué sentido tiene conservarlo, mi querido doctor, cuando vamos a instalar un coro de un estilo totalmente diferente? ¿Qué razones puede darme, aparte de su aspecto?» «¡Razones! ¡Razones! —dijo el doctor Ayloff—. Si ustedes los jóvenes (permítame llamarle así con el debido respeto) atendieran a razones, en vez de pedirlas a cada paso, mejor nos iría. Pero en fin, yo ya he dicho lo que tenía que decir».

El anciano se alejó cojeando; y, como quedó probado, no volvió a pisar la catedral. La estación —un verano de mucho calor— se volvió malsana de repente, y el doctor Ayloff fue uno de los primeros en caer debido a una afección de los músculos del tórax que se lo llevó dolorosamente por la noche. Y en muchos servicios religiosos, el número de adultos y niños del coro fue enormemente reducido.

Entretanto, habían suprimido el púlpito. De hecho, el tornavoz (parte del cual aún existe como mesa en un cenador del jardín del palacio) fue desmontado una hora o dos después de las protestas del doctor Ayloff. La eliminación del pie —operación no exenta de complicaciones— dejó al descubierto, con gran júbilo de los partidarios de la reforma, un sepulcro-altar: el sepulcro sobre el que Worby llamó la atención de Lake esa misma noche. Se hicieron inútiles esfuerzos de investigación para tratar de identificar al ocupante, al que hasta hoy no ha sido posible atribuirle nombre. Este sepulcro había sido tapado cuidadosamente con el pie del púlpito, por lo que su escaso ornamento no había sufrido deterioro; sólo en su lado norte tenía lo que parecía un pequeño desperfecto: una grieta entre las dos losas que formaban una de sus paredes laterales.

Era de unas dos o tres pulgadas de ancho. Palmer, el albañil, recibió orden de taparla a la semana siguiente, aprovechando que tenía que hacer otros trabajos en esa parte del coro. La estación era verdaderamente agobiante. Ya fuera porque la iglesia se había construido en un lugar que en otro tiempo había sido pantanoso, como se decía, o por alguna otra razón, los que vivían en su inmediata vecindad, muchos de ellos, disfrutaban en agosto y septiembre de muy pocos días soleados y noches serenas. Para varias personas mayores —entre otras el doctor Ayloff, como hemos visto—, el verano resultó fatal; pero incluso entre los jóvenes, fueron pocos los que se libraron de guardar cama unas semanas, o al menos de una sensación de opresión, acompañada de pesadillas repugnantes. Poco a poco fue cobrando consistencia una sospecha —que se convirtió en convicción— de que las reformas de la catedral tenían algo que ver con el asunto. La viuda de un antiguo sacristán, pensionada del cabildo de Southminster, empezó a tener una serie de sueños, que contaba a sus amigas, en los que al anochecer salía una figura de un portillo que había en el lado sur del crucero, recorría el atrio sin rozar siquiera el suelo, cada noche en una dirección distinta, desaparecía en casa tras casa, y regresaba cuando empezaba a clarear. La anciana no conseguía distinguir nada, sino sólo que era una figura que se movía: aunque le daba la impresión de que al llegar a la iglesia, lo que sucedía al final de cada sueño, volvía la cabeza. Y entonces, no sabía por qué, le parecía ver que tenía los ojos rojos. Worby recordaba haber oído contar este sueño a la anciana en un té en casa del escribano del cabildo. Worby comentó que tal vez su repetición podía interpretarse como anuncio de una inminente enfermedad. En todo caso, la anciana bajó a la tumba antes de que acabara septiembre.

El interés suscitado por la restauración de esta gran iglesia no se circunscribió a su propio condado. Un día de ese verano visitó el lugar un miembro de la Sociedad de Anticuarios de cierta celebridad. Su misión era redactar un informe sobre los descubrimientos realizados para la Sociedad de Anticuarios. Su mujer, que le acompañaba, se encargó de hacer una serie de dibujos ilustrativos para unirlos a dicho informe; empleó toda la mañana en trazar un boceto general del coro, y la tarde la dedicó a los detalles. Primero dibujó el sepulcro-altar recién descubierto, y al terminar dijo a su marido que se fijara en la belleza de un ornamento romboidal de la reja que se alzaba justo detrás y que, como el sepulcro, había estado oculto por el púlpito.

Naturalmente, dijo, tenía que dibujarlo. Así que se sentó en el sepulcro y atacó con toda meticulosidad un trabajo que la tuvo absorta hasta que se quedó sin luz. Su marido, entretanto, había terminado su tarea de medir y describir, por lo que decidieron que era hora de regresar al hotel.

—Ayúdame a sacudirme la falda, Frank —dijo la dama—. Seguro que la tengo toda manchada de polvo.
El marido obedeció deferente; pero un momento después comentó:
—Seguramente le tienes mucho apego a este vestido, cariño, pero creo que ha conocido tiempos mejores: se te ha ido un buen trozo.
—¿Que se me ha ido? ¿Adónde? —dijo ella.
—Adónde no lo sé, pero te falta abajo en el borde; aquí detrás.

La dama tiró impulsivamente de la falda hacia adelante para verla, y se quedó horrorizada al descubrir una mella que se adentraba en la falda; era, dijo, como si se la hubiera arrancado un perro. Fuera lo que fuese, el vestido había quedado inservible para gran disgusto suyo; y aunque miraron por todas partes, no lograron encontrar el trozo que faltaba. Eran muchas las maneras en que había podido pasarle este percance, porque el coro estaba lleno de tablas viejas con clavos asomando. Al final, la única explicación que se les ocurrió era que se había enganchado la falda en uno de esos clavos, y que los obreros, que habían estado por allí todo el día, se habían llevado las tablas donde debió de quedar prendido el trozo de tela.

Fue más o menos por entonces, pensaba Worby, cuando su perrito empezó a ponerse inquieto cada vez que se acercaba la hora de dejarlo encerrado en el cobertizo del patio de atrás (porque su madre no consentía que durmiese en la casa). Una noche, dijo, al ir a cogerlo para sacarlo, el animalito le miró «como un cristiano, y agitó la... mano, iba a decir. Bueno, ya sabe cómo se comportan a veces los perros, y al final me lo metí debajo del abrigo, y lo subí así escondido a mi cuarto; y me temo que en esto engañé a mi madre. Desde entonces, el perro actuó con todo el ingenio del mundo, escondiéndose debajo de la cama cuando faltaba media hora o más para subir a acostarme; lo hacíamos de tal manera que mi madre nunca nos descubrió». Naturalmente, Worby se alegraba de tener la compañía del perro; sobre todo cuando empezó la molestia que aún se recuerda en Southminster como «los gritos».

—Noche tras noche —dijo Worby—, el perro aquel adivinaba lo que iba a pasar: agachaba la cabeza, se iba a la chita callando, y se ovillaba en la cama pegadito a mí sin parar de temblar: y cuando empezaban los gritos le entraba como un frenesí, y me metía la cabeza en el sobaco. Yo me ponía casi igual. Lo oíamos seis o siete veces nada más; y cuando el perro volvía a sacar la cabeza era señal de que había terminado. ¿Que cómo era, señor? Bueno, yo sólo he oído una vez una cosa parecida: estaba yo jugando casualmente en el atrio, cuando se cruzaron dos canónigos y se dieron los buenos días.
«¿Ha dormido bien esta noche?», dice uno; el otro era el señor Lyall. «No podría decir que sí —dice el señor Lyall—; demasiado Isaías treinta y cuatro catorce para mi gusto». «Isaías treinta y cuatro catorce —dice el señor Henslow—. ¿Qué es eso?» «¿Y se considera usted lector de la Biblia? —dice el señor Lyall (debo advertirle que el señor Henslow era del grupo que llamaban de Simeón: muy parecido a lo que podríamos llamar el partido evangélico)—. Ande y vaya a consultarlo». Quise yo también saber a qué se refería y corrí a casa, cogí mi propia Biblia, y allí estaba: «El sátiro llamará a gritos a su compañero». Vaya, pensé, entonces es esto lo que hemos estado oyendo estas noches pasadas. Y le aseguro que me hizo mirar por encima del hombro alguna vez. Naturalmente, pregunté a mis padres qué podían ser aquellas voces, pero los dos dijeron que probablemente eran gatos; aunque estuvieron muy secos, y les noté nerviosos. Palabra que eran unos gritos... como de hambre, como si llamasen a alguien que no quisiera acudir. Si alguna vez he sentido de veras necesidad de compañía, ha sido esperando a que empezasen de nuevo. Creo que hubo unos cuantos que se apostaron dos o tres noches en distintos puntos del claustro para vigilar; aunque permaneciendo todos juntos y lo más cerca posible de la calle, de modo que no descubrieron nada.

Bueno, y verá lo que pasó a la noche siguiente: otro chico (ahora lleva una tienda de comestibles en la capital, como su padre antes que él) y yo subimos al coro al terminar el servicio religioso de la mañana, y oímos que el albañil, el viejo Palmer, le estaba echando la bronca a alguno de sus peones. Así que subimos un poco más, porque sabíamos que tenía malas pulgas y podía ser divertido. Por lo visto Palmer le había dicho que tapara la grieta del viejo sepulcro. Y allí estaba el hombre, diciendo que había hecho el trabajo lo mejor que sabía; y Palmer le gritaba como un poseso. "¿A eso llamas tú un trabajo? —dice—. Si tuviera que darte lo que vale debería echarte a patadas ¿Para qué te crees que te pago un jornal? ¿Qué crees que puedo decirles al deán y al cabildo entero cuando vengan, como vendrán en cualquier momento, y vean cómo has puesto de yeso todo el suelo y la chapuza que has hecho en la grieta?" "Bueno, jefe, yo lo he hecho lo mejor que he podido —dice el hombre—; de cómo ha podido caerse sé lo mismo que usted. Lo que he hecho es rellenar el agujero —dice—. No tengo ni idea de cómo se ha caído hacia afuera, dice.

¿Caerse hacia fuera? —dice el viejo Palmer—, ¡pero si no hay ni pegote de yeso al pie de las losas! Querrás decir salir despedido", —y cogió un poco de yeso, y yo también, que se había quedado pegado en la reja, a tres o cuatro pies del sepulcro. Aún no se había secado. El viejo Palmer lo miró con curiosidad, y a continuación se vuelve hacia nosotros y dice—: "A ver, chicos, ¿habéis andado jugando vosotros aquí?" "No —digo yo—; yo no, señor Palmer; hasta ahora mismo no hemos estado aquí ninguno de los dos". Y mientras yo decía esto el otro chico, Evans, se inclinó a mirar por la raja; y le oí aspirar de repente, al tiempo que se echaba atrás; y va y dice: "Creo que ahí dentro hay algo. He visto brillar algo". "¡Eh, anda ya! —dice el viejo Palmer—. Bueno, no puedo estarme aquí con los brazos cruzados. Tú, William, trae más yeso y tapa eso ahora mismo; si no, vamos a tener bronca.", dice.

Conque se fue el peón, y Palmer también, y nos quedamos nosotros dos. Y le digo entonces a Evans: "¿De verdad has visto algo?" "Sí —dice él—; de verdad". Y le digo yo: "Vamos a meter lo que sea para hacer que se mueva". Intentamos meter varios trozos de madera que había por el suelo, pero eran todos demasiado grandes. Entonces Evans cogió una partitura que llevaba, una antífona o un oficio, no recuerdo ya qué era, la enrolló muy apretada y la metió por la grieta; hurgó dos o tres veces, pero no pasó nada. "Déjame a mí", dije, y probé una vez. Tampoco pasó nada. Entonces, no sé por qué, me incliné por el lado opuesto a la grieta, me metí dos dedos en la boca y pegué un silbido (ya sabe cómo es),y al pronto me pareció oír que se agitaba algo dentro; y le digo a Evans: "Vámonos —digo—; esto no me gusta.". "Ah, no —dice él—; déjame la hoja"; y la cogió y la volvió a hundir en la grieta. Y creo que no he visto en mi vida palidecer a nadie como palideció él. "Worby —dice—; se ha enganchado, o algo la está sujetando".

Dale un tirón, o suéltala —digo yo—. Venga; y vámonos de aquí". Conque dio un buen tirón, y la sacó. Al menos casi toda; porque le faltaba la punta. Se la habían arrancado.

Evans miró la partitura un segundo, la soltó con una especie de gruñido, y echamos a correr. Una vez fuera dice Evans: "¿Te has fijado en la punta?" "No —digo yo—; sólo he visto que estaba rota". "Sí, estaba rota —dice él—; y también mojada;¡y negra!" Bueno; en parte por el miedo que teníamos, y en parte porque la partitura iba a hacer falta un día o dos después y sabíamos que íbamos a recibir una buena regañina del organista, no dijimos nada a nadie; y supongo que los obreros la barrieron al limpiar el suelo. Pero Evans, si me lo hubiese preguntado usted ese mismo día, siguió empeñado en que el papel tenía mojado y negro el extremo del trozo arrancado.

Después de eso los chicos evitaron el coro, de manera que Worby no estaba seguro de cuál fue el resultado de la nueva reparación del sepulcro que hizo el albañil. Sólo dedujo, por retazos de conversación que le llegaron de los obreros que andaban por el coro, que habían tenido dificultades, y que el capataz —o sea el señor Palmer— había tenido que echar una mano. Poco más tarde vio casualmente al propio señor Palmer llamando a la puerta de la residencia del deán, y que le abría el mayordomo. Un día después más o menos, por un comentario que su padre hizo en el desayuno, comprendió que había que hacer algo no previsto en la catedral después del servicio religioso de la mañana. «Y me gustaría que fuera hoy —añadió su padre—; no veo por qué hay que correr riesgos». «Padre —digo yo—, ¿qué tiene que hacer mañana en la catedral?» Y se volvió hacia mí furioso como no le había visto en mi vida (él, que era un hombre pacífico por lo general). «Muchacho —dice—, no quiero que andes escuchando lo que hablan las personas mayores y superiores; es de mala educación y no está bien.

Lo que yo haga o no haga mañana en la catedral no es asunto tuyo: y como te vea haraganeando por allí mañana después del trabajo, te mandaré a casa con una buena tunda. Ahora estás avisado». Naturalmente dije que lo sentía mucho; y naturalmente también, me fui a hacer planes con Evans. Sabíamos que había una escalera en el rincón del crucero por donde se puede subir al triforio, y en aquel entonces la puerta de esa escalera estaba siempre abierta; incluso sabíamos que la llave estaba normalmente debajo de una estera que había allí cerca. Así que decidimos que nos pondríamos a guardar las partituras y demás, a la mañana siguiente, mientras el resto de los chicos se iba, y después subiríamos en secreto al triforio para ver desde allí qué hacían.

—Bueno, esa misma noche dormía yo como un tronco, como duermen los chicos, cuando de pronto me despertó el perro metiéndose en la cama. Y pensé: ahora vas a ver; porque parecía más asustado de lo normal. Conque así fue: a los pocos momentos empezaron los gritos aquellos. No puedo explicarle cómo eran. Además, sonaron cerca; más de lo que los había oído hasta entonces; y cosa curiosa, señor Lake: ya sabe usted el eco que hay en este claustro, sobre todo si se pone uno al lado de aquí. Bueno, pues los gritos no producían eco ninguno. Aunque como digo, esa noche sonaban horriblemente cerca. Y encima de lo que me sobresaltaron, aún me llevé otro susto; porque oí que se movía algo fuera en el pasillo. Pensé que estaba perdido; pero noté que el perro parecía animarse un poco, y a continuación alguien susurró al otro lado de la puerta, y casi me eché a reír, porque reconocí las voces de mis padres, que habían saltado de la cama al oír los gritos. «¿Qué es eso?», dice mi madre. «¡Chist!, no lo sé —dice mi padre, como con excitación—; vas a despertar al niño. Espero que no haya oído nada».

El saber que ellos estaban en el pasillo me dio valor; así que bajé de la cama y fui a mirar por el ventanuco de mi habitación (que da al claustro); pero el perro se escurrió hasta los pies de la cama, y se asomó. Al principio no conseguí ver nada. Después, justo abajo en la sombra, al pie de un contrafuerte, distinguí lo que siempre he dicho que eran dos manchas rojas (de un rojo apagado), no como las luces de una lámpara, sino que apenas destacaban del negro de las sombras. No bien acababa de descubrirlas, cuando observé que no éramos los únicos a los que habían sacado de la cama; porque veo que se ilumina una ventana de una casa de la izquierda, y que se mueve la luz. Sólo volví la cabeza un momento a mirar; y cuando quise localizar otra vez las dos manchas rojas de la sombra habían desaparecido; y por mucho que me fijé y me concentré, no descubrí ni rastro de ellas. Y entonces me llevé el último susto de la noche: algo chocó contra mi pierna desnuda... pero no pasaba nada; era el perro que había abandonado la cama y daba saltitos a mi alrededor con gran alborozo, aunque sin dar un solo ladrido.

Y el verle así me devolvió el ánimo, otra vez lo volví a la cama ¡y dormimos de un tirón el resto de la noche!

A la mañana siguiente le confesé a mi madre que había tenido al perro en mi cuarto; y me sorprendió, después de todas sus advertencias, la tranquilidad con que se lo tomó. "¿Ah, sí? —dice—; bueno, en justo castigo deberías quedarte sin desayunar, por haberlo hecho a mis espaldas; pero no me parece muy grave. Aunque la próxima vez me pides permiso, ¿me oyes?" Poco después le conté a mi padre que había oído otra vez a los gatos."¿A los gatos?", dice; y miró a mi madre. Y mi madre tosió y dijo: "¡Ah, sí, los gatos! Creo que yo también los he oído".

Ésa fue una mañana rara; todo parecía salir mal: el organista tuvo que quedarse en la cama, y el canónigo menor se olvidó de que era día decimonoveno y estuvo esperando el Venite; poco después el sustituto, que era un menor, atacó el canto de vísperas, y los niños decanos se reían de tal manera que no podían cantar; y cuando llegaron a la antífona al solo le entró una risa tonta. A continuación se dio cuenta de que le salía sangre de la nariz, y me pasó el libro a mí; yo, que ni había ensayado el versículo, ni mucho menos tenía dotes de cantor. Bueno, las cosas se pusieron feas hace cincuenta años; y recuerdo que me gané un pellizco del contratenor, que estaba detrás de mí.

Mal que bien, terminamos como pudimos, y ni los pequeños ni los mayores esperamos a ver si el canónigo en residencia (que era el señor Henslow) venía a la sacristía a ponernos un castigo; aunque creo que no fue: él mismo había leído una homilía equivocada por primera vez en su vida, y lo sabía. Bueno, el caso es que subimos Evans y yo secretamente al triforio sin ninguna dificultad, como le he dicho, y al llegar arriba nos tumbamos en un lugar desde donde podíamos asomar la cabeza justo encima del viejo sepulcro; y no bien lo habíamos hecho, oímos al sacristán cerrar primero las puertas de hierro del pórtico, después echar la llave a la puerta sudoeste, y después a la del crucero, por lo que comprendimos que iban a hacer algo y querían mantener alejado al público durante un rato.

Entonces entraron el deán y el canónigo por su puerta norte, y seguidamente vi a mi padre y al viejo Palmer, con un par de los mejores peones. Palmer estuvo hablando un momento con el deán en el centro del coro; traía una cuerda y sus dos hombres iban con palancas. Todos parecían algo nerviosos. Estuvieron hablando, y finalmente oí que decía el deán: "Bueno, no puedo estarme aquí perdiendo el tiempo, Palmer. Si cree que esto tranquilizará a la gente de Southminster le doy permiso; pero le voy a decir una cosa: jamás en toda mi vida he oído una tontería igual a un hombre con sentido práctico como sé que es usted. ¿No está de acuerdo, Henslow?" Según pude oír, el señor Henslow dijo algo así como: "Bueno, bueno, señor deán; ¿no se nos ha dicho que no debemos juzgar a los demás?" Y el deán dio una especie de resoplido, fue derecho al sepulcro y se situó detrás de él, de espaldas al cancel, y los demás se acercaron precavidamente. Henslow se quedó en el lado sur y se rascó la barbilla. Entonces alzó la voz el deán: "Palmer —dice—, ¿qué será más fácil, quitar la losa de encima, o una de las laterales?"

El viejo Palmer y sus hombres inspeccionaron sin mucho convencimiento el borde de la losa de encima, y tantearon las paredes sur, este y oeste, todas menos la norte. Henslow dijo que era mejor intentar quitar las losas de la cara sur, porque había más luz y más espacio para moverse. Entonces mi padre, que había estado observándoles, fue al lado norte, se arrodilló, dio unos golpecitos junto a la grieta, se levantó, se sacudió la rodilla, y dijo al deán: "Perdone, señor deán, pero creo que si el señor Palmer prueba con esa losa verá cómo se desprende con facilidad. Creo que un hombre solo podría quitarla haciendo palanca en esa grieta".

—¡Ah, gracias, Worby! —dice el deán—. Es una buena idea. Palmer; dígale a uno de sus hombres que lo intente, ¿quiere?
Se acercó un peón, metió la barra e hizo fuerza; y justo en el instante en que todos estaban inclinados, y nosotros dos con la cabeza asomada por el borde del triforio, sonó un estrépito espantoso en el extremo oeste del coro, como si se precipitara escaleras abajo un montón de vigas. Bueno, no le puedo contar en un minuto todo lo que ocurrió. Desde luego la conmoción fue terrible. Oí caer la losa para atrás, el ruido de la barra al dar en el suelo, y al deán que exclamaba: "¡Válgame Dios!"

Cuando volví a asomarme vi al deán caído en el suelo, a los peones que salían del coro despavoridos, a Henslow que se inclinaba a ayudar a levantarse al deán, a Palmer que intentaba detener a sus hombres (según dijo después), y a mi padre sentado en el peldaño del altar con la cara entre las manos. El deán estaba muy enfadado. "Me gustaría que me dijera adónde va, Henslow —dice—. No entiendo por qué salen todos corriendo al oír caerse unos palos"; y no le convenció todo lo que dijo Henslow, sobre que él sólo iba a ponerse al otro lado del sepulcro.

Entonces regresó Palmer e informó de que no había visto nada que explicara el estrépito ni había nada que se hubiera caído; y cuando el deán acabó de tocarse aquí y allá, se congregaron alrededor (salvo mi padre, que siguió sentado donde estaba), y alguien encendió un cabo de vela y miraron el interior del sepulcro. "No hay nada — dice el deán—; ¿qué les había dicho? ¡Un momento! Aquí hay algo. ¿Qué es esto? Un trozo de partitura y un trozo de tela... Parece parte de un vestido. Las dos cosas son modernas; no tienen el menor interés. A ver si la próxima vez siguen el consejo de una persona instruida... o algo por el estilo, y se marchó, cojeando un poco, por la puerta norte. Aunque en el momento de salir le gritó irritado a Palmer por qué había dejado abierta la puerta. Y dijo Palmer alzando la voz: "Lo siento mucho, señor"; pero se encogió de hombros. Y dice Henslow: "Creo que el deán se equivoca. He cerrado con llave al entrar; pero está un poco alterado". Entonces dice Palmer: "Bueno, ¿dónde está Worby?" Y al verle sentado en el peldaño se acercaron a él. Mi padre se estaba recobrando, al parecer, y se secaba la frente; y Palmer le ayudó a levantarse, cosa que me alegró ver.

Estaban a demasiada distancia para que pudiese oír lo que decían, pero mi padre señaló hacia la puerta norte de la nave lateral, y Palmer y Henslow miraron muy sorprendidos y asustados. Poco después, mi padre y Henslow abandonaron la iglesia, y los demás se apresuraron a colocar la losa otra vez y sellarla con yeso. Cuando el reloj dio las doce, volvieron a abrir la catedral, y mi compañero y yo nos dimos prisa en volver a casa. Yo me moría de curiosidad por saber qué había causado a mi padre aquel desmayo, así que cuando llegué y le encontré sentado en su silla tomando un vasito de licor, y a mi madre de pie mirándole con inquietud, no pude contenerme y le confesé dónde había estado. Pero no pareció sentarle mal; o al menos no se enfadó. "Así que estabas allí, ¿eh? Bueno; ¿lo has visto?" "Lo he visto todo, padre —dije—; menos lo del ruido". "¿Has visto lo que ha derribado al deán —dice—, lo que ha salido del monumento? ¿Lo has visto? ¿No?, menos mal". "¿Qué era, padre?", dije. "Vamos, has tenido que verlo —dice él—. ¿De verdad que no? ¿Una monstruosidad del tamaño de un hombre, toda cubierta de pelo, con unos ojos muy grandes?"

Eso fue todo lo que le pude sacar en aquel momento; más tarde parecía como avergonzado de haberse asustado, y solía darme excusas cuando le preguntaba sobre el particular. Pero años después, siendo yo ya mayor, hablamos más de una vez de eso, y siempre dijo lo mismo. "Era negro —decía—; como una masa de pelos, con dos piernas; y la luz se reflejaba en sus ojos". En fin, señor Lake; ésta es la historia de ese sepulcro. No se la contamos a los visitantes, y le agradecería que no hiciese uso de ella, al menos hasta que yo cierre los ojos. No sé si el señor Evans piensa igual, si le pregunta.

Así era, efectivamente. Pero han pasado más de veinte años, y hace tiempo que crece la hierba sobre Worby y Evans; de modo que el señor Lake no tuvo ningún reparo en darme a conocer sus notas —tomadas en 1890—. Iban acompañadas de un boceto del sepulcro, y una copia de la breve inscripción que tenía la cruz metálica colocada por encargo del doctor Lyall en el centro de la cara norte; estaba tomada del la Vulgata, Isaías XXXIV, y sólo tiene tres palabras:
IBI CUBAVIT LAMIA.

Montague Rhodes James (1862-1936) 





sábado, 1 de diciembre de 2012

Conde Magnus.

De qué modo llegaron a mis manos los documentos que me han servido para tejer una historia coherente es algo que el lector averiguará al final. Sin embargo, es preciso que estos extractos vayan precedidos de una aclaración sobre la forma en que obran en mi poder.

Consisten en una serie de textos compilados para un libro de viajes, literatura de moda en el siglo XIX, durante los años cuarenta y cincuenta. Un buen ejemplo es el Diario de una estancia en Jutlandia y las islas danesas, de Horace Marryat. Por lo general estos libros hablaban de alguna región poco conocida; ilustrados con xilografías, y daban información sobre alojamientos y medios de comunicación como esperamos encontrar hoy en cualquier guía turística, y consistían en entrevistas con hombres cultos, posaderos ocurrentes y campesinos parlanchines; gente abierta en una palabra. La idea era compilar material para un libro así.

Su autor es un tal señor Wraxall. Lo que sé de él procede de los datos que aportan sus escritos, de los que infiero que era un hombre de mediana edad, posición acomodada, y solo. Por lo visto carecía de residencia fija en Inglaterra y era asiduo de hoteles y posadas. Es probable que abrigara la idea de establecerse en un futuro que jamás llegó para él; y creo también que muy posiblemente el incendio del Panthecnicon de principios de los setenta destruyó gran cantidad de material que habría arrojado abundante luz sobre sus antecedentes, porque alude una o dos veces a las pertenencias que guardaba almacenadas en ese establecimiento. Parece ser, además, que el señor Wraxall había publicado un libro a propósito de unas vacaciones que había pasado una vez en Bretaña. Salvo eso, no sé nada más de tal libro, porque después de buscarlo activamente en las bibliografías he llegado al convencimiento de que debió de sacarlo a la luz de manera anónima o bajo seudónimo.

En cuanto a su carácter, no es difícil formarse una opinión. Debió de ser un hombre inteligente y culto. Parece que estuvo a punto de entrar en el consejo de gobierno de su Colegio de Oxford, el de Brasenose, según deduzco del calendario. Su principal defecto fue una excesiva curiosidad; un defecto quizá positivo en un viajero, pero que éste en concreto pagó bastante caro al final. Estaba elaborando el esquema de otro libro sobre la que resultó ser su última expedición. Escandinavia, una región no tan conocida por los ingleses hace cuarenta años, le había parecido un campo interesante. Debió de topar con unos cuantos libros antiguos de historia o memorias de Suecia, y se le ocurrió que había materia para una descripción del viaje por Suecia, entremezclado con episodios de la historia de alguna gran familia sueca. Así que se proveyó de cartas de presentación para personas importantes en Suecia, y partió a principios del verano de 1863.

No hace falta que hable de sus viajes por el norte ni de su estancia en Estocolmo. Sí debo decir que cierto savant residente le puso tras la pista de una importante colección de documentos familiares pertenecientes a los propietarios de una antigua mansión de Vestergothland y le consiguió un permiso para examinarlos. Llamaremos a dicha mansión Rábäck (pronunciado algo así como Roebeck), aunque no es ése su nombre. De los edificios de su género, es uno de los mejores de toda la comarca, y el grabado de 1694 que lo reproduce en Suecia antigua et moderna, de Dahlenberg, lo muestra prácticamente tal como el turista puede verlo hoy. Se construyó poco después de 1600, y en términos generales es muy semejante a las casas inglesas de ese período en lo que respecta a materiales -ladrillo rojo y de piedra-. El hombre que mandó construir esta mansión era vástago de la gran casa de De la Gardie, y sus descendientes aún son dueños de ella. De la Gardie es el apellido con que les voy a designar cuando tenga que hablar de ellos.

Acogieron al señor Wraxall con gran amabilidad y cortesía, y le insistieron en que se alojara en la casa durante sus investigaciones. Pero prefiriendo la independencia, y desconfiando de su capacidad para conversar en sueco, se instaló en la posada del pueblo. Este arreglo suponía hacer andando todos los días, contando la ida y la vuelta, algo menos de una milla hasta la mansión, que se alzaba en un parque y la rodeaban -diríamos que ocultaban- unos cuantos árboles añosos y corpulentos. Cerca de ella encontrabas el jardín vallado, y a continuación una apretada arboleda que bordea uno de esos lagos de que está salpicado el país. Después venía el muro que cerraba la propiedad, y ascendías a un empinado monte, y en la cima estaba la iglesia cercada de árboles altos y oscuros: era un edificio singular para unos ojos ingleses. La nave central y las laterales eran bajas, y estaban ocupadas con bancos y galerías. En la galería oeste se alzaba un órgano antiguo, de colores alegres y tubos plateados. El techo había sido decorado por un artista del siglo XVII con un extraño y horrendo juicio final lleno de llamas pálidas, ciudades que se derrumbaban, barcos ardiendo, almas llorando y demonios marrones y sonrientes. Del techo colgaban coronas de latón; el púlpito era como una casa de muñecas, y estaba cubierto de pequeños querubines y santos en madera policromada; adosado al atril del predicador había un estante con tres ampolletas. Cosas así pueden verse hoy en muchas iglesias suecas, pero lo que distinguía a ésta era un añadido al edificio original.

Adosado al extremo este de la nave norte, el dueño de la mansión había erigido un mausoleo para él y su familia. Consistía en un edificio octogonal alargado, iluminada por una serie de ventanas ovaladas, y con el techo en cúpula, coronado por una especie de calabaza que se prolongaba hacia arriba en espiral, forma que les gustaba enormemente a los arquitectos suecos. La cubierta era de cobre y estaba pintada de negro, mientras que los muros eran blancos. Este mausoleo carecía de acceso desde la iglesia; tenía su pórtico y escalinata en la fachada norte. Pasado el cementerio que rodea la iglesia arranca el camino del pueblo, y en sólo tres o cuatro minutos se llega a la puerta de la posada.

El primer día de estancia en Rábäck, el señor Wraxall encontró la iglesia abierta, y tomó notas del interior que acabo de resumir. No pudo entrar en el mausoleo. Observó, mirando por el ojo de la cerradura, que tenía bellas imágenes de mármol, sarcófagos de cobre y abundantes ornamentos heráldicos, cosa que le puso muy ansioso en pasar un buen rato inspeccionando. Los papeles que examinó resultaron ser del tipo que quería incluir en su libro. Había correspondencia familiar, diarios y libros de los primeros dueños, todo guardado y escrito con letra clara, lleno de detalles curiosos. El primer De la Gardie aparecía en ellos como un hombre fuerte e inteligente. Poco después de construida la mansión hubo un período de agitación en la comarca, los campesinos se habían levantado y habían atacado varios castillos causando algún estrago. El dueño de Rábäck tuvo un papel destacado en la represión de la revuelta, y se hacía referencia a la ejecución de los cabecillas y a diversos castigos infligidos con mano implacable.

El retrato de este tal Magnus de la Gardie era de los mejores que había en la casa, y el señor Wraxall lo estudió con interés. No da una descripción detallada de él, pero intuyo que el rostro debió de causarle impresión más por su fuerza que por su belleza; de hecho, dice que el conde Magnus era un hombre fenomenalmente repugnante.

Ese día el señor Wraxall cenó con la familia y regresó andando ya tarde, aunque aún no era de noche.
Recordar preguntarle al sacristán -escribe- si puede dejarme entrar en el mausoleo junto a la iglesia. Está claro que él sí puede porque le he visto esta noche delante de la puerta.

Encuentro que al día siguiente, por la mañana temprano, el señor Wraxall tuvo una conversación con el posadero. Al principio me sorprendió que la consignara con detalle, pero en seguida me di cuenta de que los papeles que tenía ante mí eran, inicialmente al menos, material para el libro que pensaba escribir, y que iba a ser de esas obras que admiten la inclusión de entrevistas. Su propósito, dice, era averiguar si subsistía alguna noticia oral del conde Magnus de la Gardie en el escenario donde desplegó sus actividades, y si gozaba o no de la estima popular. Averiguó que el conde no era querido. Si sus colonos llegaban tarde al trabajo se les ataba al potro, o eran azotados en el patio de la mansión. Hubo uno o dos casos de dueños de tierra que adentraron su linde en los dominios del señor, y cuyas casas habían ardido de manera misteriosa una noche de invierno con toda la familia dentro. Pero lo que parecía tener más impresionado al posadero -porque volvió sobre ello más de una vez- era que había tomado parte en la Peregrinación Negra, de la que se había traído algo o a alguien.

Naturalmente, me preguntaréis -como hizo el señor Wraxall- qué es eso de la Peregrinación Negra; pero vuestra curiosidad tendrá que quedar insatisfecha, como quedó la del señor Wraxall. El posadero eludió darle explicaciones, o responderle siquiera; y al requerirse su presencia en otra parte, se apresuró a marcharse con evidente alivio, asomando la cabeza por la puerta unos minutos después para decir que tenía que salir para Skara y que no estaría de vuelta hasta la noche. Así que el señor Wraxall tuvo que acudir un poco frustrado a su trabajo diario en la mansión. Los papeles que tenía entre manos en ese momento dieron muy pronto otro curso a sus pensamientos, ya que se trataba de la correspondencia entre Sophia Albertina, de Estocolmo, y su prima casada Ulrica Leonora, de Rábäck, durante los años 1705-1710. Las cartas eran de excepcional interés, dada la luz que arrojaban sobre la cultura de ese período en Suecia, como puede confirmar cualquiera que las haya leído en el Boletín de Manuscritos Históricos de Suecia, donde se publicaron en su totalidad.

Por la tarde había terminado con ellas, y tras devolver las cajas donde se guardaban a su sitio en la estantería, procedió a bajar algunos de los volúmenes para decidir a cuál se dedicaría al día siguiente. El anaquel con el que había dado estaba ocupado en su mayor parte por una colección de libros de contabilidad, con la letra del primer conde Magnus. Uno de ellos, no era de cuentas, sino de alquimia, escrito con otra letra del siglo XVI. Como no está familiarizado con la jerga alquímica, el señor Wraxall dedica un tiempo que habría podido ahorrarse a desentrañar los títulos y preámbulos de diversos tratados: el libro del Fénix, el libro de las Treinta Palabras, el libro del Sapo, el libro de Miriam, el Turba philosophorum y otros; y seguidamente expresa con gran entusiasmo su alegría al descubrir hacia la mitad del libro, en una hoja originalmente en blanco, cierto escrito del propio conde Magnus titulado. Liber nigrae peregrinationis. Es cierto que eran sólo unas líneas, pero bastaban para demostrar que el posadero se había referido esa mañana a una creencia al menos tan antigua como el propio conde Magnus, y que probablemente éste compartía. He aquí la traducción del escrito:

...Si alguien quiere obtener una vida larga, si quiere asegurarse un mensajero fiel y ver la sangre de sus enemigos, debe ir primero a la ciudad de Chorazin, y rendir allí homenaje al príncipe... -aquí había raspada una palabra borrada, de manera Wraxall la sustituyó por aeris (del aire). Pero no había más texto: sólo una línea en latín:

Qui ere reliqua hujus materiei inter secretiora.
Ver el resto de esta materia entre las cosas más secretas.

Es innegable que esto arrojaba una luz siniestra sobre los gustos y creencias del conde; pero para el señor Wraxall la idea de que a su poder hubiera podido añadir la alquimia, y a la alquimia algo así como la magia, no contribuyó sino a hacérselo más pintoresco; y cuando, tras contemplar su retrato en el vestíbulo, emprendió el regreso a la posada, lo hizo absorto en el conde Magnus. No tenía ojos para ver a su alrededor, ni percibía las fragancias vespertinas del bosque, ni la luz del crepúsculo en el lago; y cuando de repente volvió en sí, se quedó asombrado al descubrir que se hallaba ya ante la reja del cementerio. Su mirada se detuvo en el mausoleo.

-¡Ah, estás ahí, conde Magnus! -dijo- ¡Cómo me gustaría verte!

Como les ocurre a muchos hombres solitarios -escribe-, tengo el hábito de hablar solo en voz alta; y a diferencia de las partículas griegas y latinas, no espero respuesta. Desde luego, y quizá por fortuna en este caso, no hubo ninguna voz ni nada digno de tener en cuenta: lo único que pasó fue que a la mujer que limpiaba la iglesia se le cayó al suelo algo metálico, supongo, y el ruido me sobresaltó. El conde Magnus, creo, duerme profundamente.

Esa misma noche, el posadero, que había oído decir al señor Wraxall que quería ver al cura ó diácono (como suelen llamarlo en Suecia), le presentó a dicho personaje en el bar de la posada. Al punto quedó acordada para el día siguiente una visita al panteón de De la Gardie, y siguió una pequeña charla general. Al señor Wraxall -recordando que una de las funciones de los diáconos escandinavos es instruir a los que van a recibir la confirmación- se le ocurrió refrescar su propia memoria sobre una cuestión bíblica.

-¿Podría decirme algo -dijo- sobre Chorazin?
El diácono pareció sobresaltarse, pero le explicó de buen grado cómo ese pueblo fue denunciado una vez.
-Seguramente, -dijo el señor Wraxall- hoy no quedarán de él más que ruinas.
-Eso espero. -replicó el diácono- Nuestros viejos sacerdotes dicen que el Anticristo nacerá allí; y hay rumores...
-¿Y qué cuentan esos rumores? -preguntó el señor Wraxall.
-Rumores, iba a decir, que he olvidado -dijo el diácono, y poco después se despidió.

El posadero se quedó solo y a merced del señor Wraxall.

-Herr Nielsen, -dijo- he averiguado algo sobre la Peregrinación Negra, así que puede contarme lo que sepa. ¿Qué trajo consigo el conde a su regresó?

Puede que los suecos sean lentos en contestar, o puede que el posadero fuera una excepción, no sé; pero el señor Wraxall anota que se le quedó mirando al menos un minuto antes de abrir la boca. Luego se acercó a su huésped y, tras un esfuerzo considerable, dijo:

-Señor Wraxall, voy a contarle esa historia, pero nada más: ninguna más. Así que no me pregunte nada cuando termine: en tiempos de mi abuelo (o sea, hace noventa y dos años), dijeron dos hombres: El conde ha muerto; se acabaron las preocupaciones. Esta noche cazaremos a placer en su bosque; el gran bosque que cubre el monte, que ha visto usted detrás de Rabäck. Bien, pues los que les oyeron les dijeron: No vayáis; seguro que si vais os encontraréis con alguien que no debería andar; con alguien que debería reposar, no andar. Pero los dos hombres se echaron a reír. No había guardabosques que vigilasen, porque nadie quería cazar allí, y la familia no estaba en la casa, de modo que podían hacer lo que quisieran.

Fueron al bosque esa noche. Mi abuelo estaba sentado aquí, en esta sala. Era verano, y con la ventana abierta podía ver el bosque, y oírlo. Estaba con dos o tres parroquianos, escuchando. Al principio todos estaban en silencio; después oyeron a alguien (ya sabe la distancia que hay) gritar como si le arrancaran el alma. Los que estaban aquí se horrorizaron, y permanecieron así al menos tres cuartos de hora. Después oyeron a alguien a sólo unas trescientas anas: le oyeron reír a carcajadas; no era ninguno de los que habían ido a cazar, y lo cierto es que nadie de los presentes aquí se atrevió a decir que fuera una risa humana. Poco después oyeron cerrarse una enorme puerta.

Esa madrugada, cuando salió el sol, fueron todos al cura, y le dijeron:
-Padre, vístase y venga a enterrar a Anders Bjórnsen y Hans Thorbjorn.

Como comprenderá, estaban seguros de que habían muerto. Así que fueron al bosque. Mi abuelo jamás lo olvidó; contaba que iban muertos de miedo. El cura, también, estaba blanco como el papel. Después de escucharles comentó:

-He oído un alarido en mitad de la noche, y después he oído una risa. Si no consigo olvidar eso, no podré volver a dormir.

Fueron, pues, al bosque, y encontraron a esos hombres en la linde. Hans Thórbjorn estaba de pie, con la espalda contra un árbol, y no paraba de empujar con las manos el vacío que tenía delante. Así que no había muerto. Lo llevaron a Nykjoping; pero murió antes del invierno; estuvo empujando con las manos hasta el final. También encontraron a Anders Bjornsen; pero estaba muerto. De él le puedo decir esto: había sido un hombre guapo, pero ahora no tenía rostro; le habían succionado la carne, dejándole los huesos. Mi abuelo no lo olvidó. Cargaron a Anders Bjórnsen, le echaron un trapo sobre la cabeza, abrió la marcha el cura, y se pusieron a cantar el salmo de difuntos lo mejor que sabían. Y cuando iban por el final del primer versículo, tropezó uno de ellos, el que llevaba la cabeza de la camilla, por lo que los otros se volvieron, vieron que los ojos de Anders Bjórnsen miraban fijamente porque no tenían párpados que los cerrasen. No podían soportarlo. Así que el cura volvió a echarle el lienzo encima, mandó traer una azada, y allí mismo le enterraron.

El señor Wraxall consigna al día siguiente, poco después de desayunar, pasó el diácono a recogerle, y le llevó a la iglesia y al mausoleo. Observó que la llave del mausoleo colgaba de un clavo juntó al púlpito, y se le ocurrió que, como al parecer no cerraban la puerta de la iglesia, no le sería difícil efectuar una segunda y más reservada visita a los monumentos. No dejó de encontrar imponente el edificio al entrar. Los monumentos, en su mayoría erigidos en los siglos XVII y XVIII, eran dignos aunque recargados, y abundaban los epitafios y los blasones. El espacio central de la estancia lo ocupaban tres sarcófagos de cobre cubiertos de ornamentos. Dos de ellos tenían, como es frecuente en Suecia y en Dinamarca, una gran cruz metálica en la tapa. El tercero, del conde Magnus, al parecer, en vez de cruz tenía grabada una efigie de tamaño natural, y alrededor varias franjas que representaban diversas escenas. Una era una batalla, con un cañón escupiendo humo, plazas amuralladas y tropas de piqueros. Otra representaba una ejecución. En una tercera, entre árboles, había un hombre corriendo con todas sus fuerzas, el pelo flotante y los brazos extendidos. Tras él iba una figura extraña; era difícil determinar si el artista había pretendido representar a un hombre y no había sabido darle la semejanza necesaria, o si la había hecho todo lo monstruosa que parecía. Dada la destreza con que estaba trazado el resto de la escena, el señor Wraxall se inclinaba por esta segunda posibilidad. Era una figura grotesca, envuelta en un ropaje con caperuza que arrastraba por el suelo. La extremidad de la figura que asomaba no tenía forma de brazo; el señor Wraxall la compara al tentáculo de un pulpo. Y añade: Al ver esto me dije: Evidentemente se trata de alguna representación alegórica; un demonio persiguiendo a un alma acosada. Quizá sea el origen de la historia del conde Magnus y su misterioso compañero. Veamos cómo está representado el montero: sin duda será un demonio tocando el cuerno.

Pero, como descubrió a continuación, sólo encontró la forma de un hombre envuelto en una capa en lo alto de un cerro, apoyado en un bastón, observando la persecución con un interés que el grabador había tratado de expresar en la actitud.

El señor Wraxall observó los sólidos candados de acero que cerraban el sarcófago. Uno de ellos había desprendido. Acto seguido, no queriendo entretener más al diácono ni quitar más tiempo a su propio trabajó, continuó su camino hacia la mansión.

Es curioso cómo -anota-, cuando uno hace un trayecto familiar se abisma en sus pensamientos al extremo de perder la noción de lo que le rodea. Esta noche es la segunda vez que no me he dado cuenta a dónde me dirigía (es verdad que había planeado hacer una visita secreta al mausoleo para copiar los epitafios), cuando de repente he vuelto en mí, por así decir, y me he sorprendido abriendo la reja del cementerio y, creo murmurando algo así cómo: ¿Estás despierto, conde Magnus? ¿Duermes, conde Magnus?; y algo más que no recuerdo. Creó que llevaba un rato comportándome de esta manera insensata.

Encontró la llave del mausoleo, y copió la mayor parte de lo que quería; de hecho, estuvo allí hasta que empezó a quedarse sin luz.

Creó que me equivoqué -escribe- al decir que había uno de los candados del sarcófago del conde en el suelo; esta noche he visto que hay dos. Los he recogido y los he puesto en el alféizar de la ventana después de intentar cerrarlos en vano. El tercero sigue firme, y aunque supongo que es de resorte, no sé cómo se abre. De haberlo sabido creo que habría cometido la osadía de abrir el sarcófago. Es extraño el interés que se me ha despertado por la personalidad de este antiguo noble, me temo que algo feroz y siniestro.

El día siguiente resultó ser el último en que el señor Wraxall iba a visitar Rábäck. Recibió cartas que le informaban de ciertas inversiones y que hacían aconsejable su regreso a Inglaterra; había terminado su trabajo con los documentos, y el viaje era lento. Así que decidió despedirse, añadir unos toques finales a las notas, y partir. Estos toques finales le ocuparon más de lo calculado. La hospitalaria familia insistió en que se quedase a comer -comían a las tres-, y eran cerca de las seis y media cuando traspuso la reja de hierro de Rábäck. Se fue demorando a cada paso en su camino junto al lago, dispuesto a saturarse de impresiones del lugar. Y al llegar al cementerio, en lo alto del monte, se detuvo unos minutos a contemplar la ilimitada perspectiva de bosque, desde sus pies a la lejanía, totalmente oscuro bajo un cielo verde líquido. Cuando se volvió finalmente para reanudar la marcha, se le ocurrió que debía despedirse del conde Magnus cómo había hecho del resto de la familia de De la Gardie.

La iglesia estaba a sólo veinte yardas, y sabía en dónde colgaba la llave del mausoleo. Un momento después estaba ante el gran ataúd de cobre, y como de costumbre, hablando consigo mismo en voz alta: Quizá fuiste algo bribón en tus tiempos, Magnus -decía-; de todos modos, me habría gustado conocerte; o mejor dicho...

En ese instante -cuenta-, sentí un golpe en el pie. Lo retiré instintivamente, y algo pesado cayó en el pavimento. Era el tercero y último de los candados que mantenía cerrado el sarcófago. Me incliné a recogerlo, y -el Cielo es testigo- antes de incorporarme sonó un chirrido de bisagras metálicas, y vi con absoluta claridad que se levantaba la tapa. Quizá tuve una reacción cobarde, pero por nada del mundo habría permanecido allí un segundo más. Salí del terrible edificio en menos de lo que tardo en escribir estas palabras... casi con la misma celeridad con que hubiera podido decirlas; y lo que aún me asusta más: no pude echar la llave a la cerradura. Sentado aquí en mi habitación, mientras consigno estos hechos (aún no hace veinte minutos de todo esto), me pregunto si continuó el chirrido metálico. Sólo sé que hubo algo más que me alarmó aparte de lo que he dicho, aunque no consigo precisar si se trataba de un ruido o de una visión. ¿Qué he hecho?

¡Pobre señor Wraxall! Al día siguiente emprendió el regreso y llegó a Inglaterra sin novedad. Sin embargo, como deduzco del cambio de letra y sus anotaciones incoherentes, era un hombre psíquicamente destrozado. Uno de los varios cuadernos que me han llegado, con anotaciones suyas, proporciona, no una clave, pero sí una especie de indicio sobre su estado. Gran parte del viaje lo hizo en trasbordador, y encuentro no menos de seis penosos esfuerzos por enumerar y describir a sus compañeros de viaje. Son del siguiente tenor:

24. Sacerdote del pueblo de Skáne. Usual chaqueta negra y sombrero flexible negro.
25. Viajante de comercio que viene de Estocolmo y se dirige a Trollháttan.
26. Individuo con capa negra, sombrero de ala ancha, muy anticuado.

Esta última anotación está subrayada; y añade el siguiente comentario: Tal vez sea idéntico al número trece. Aún no le he visto la cara. Respecto al número trece he averiguado que es un sacerdote romano con sotana.

El resultado de la cuenta es siempre el mismo: de los veintiocho pasajeros que cita, uno es siempre un hombre con una capa larga y sombrero ancho y otro una figura baja con capucha oscura. Por otro lado, comenta que a las comidas sólo asisten veintiséis; falta siempre el hombre de la capa, y desde luego nunca está allí el individuo bajo. Al llegar a Inglaterra parece que el señor Wraxall desembarcó en Harwich, y que decidió ponerse fuera del alcance de cierta persona o personas que no especifica, pero que evidentemente había llegado a creer que le seguían. Así que tomó un vehículo -un coche cerrado-, ya que no se fiaba del ferrocarril, y se dirigió a campo abierto al pueblo de Belchamp St. Paul. Eran alrededor de las nueve de una noche de luna de agosto cuando llegó. Iba mirando por la ventanilla cómo desfilaban veloces los campos y los arbolados. De repente llegaron a una encrucijada, en una de las esquinas había dos figuras de pie, inmóviles; las dos embozadas en ropas oscuras; la más alta llevaba sombrero, la más baja una caperuza. No le dio tiempo a verles la cara, ni los personajes hicieron gesto alguno que él pudiese reconocer. Sin embargo, el caballo se espantó y emprendió el galope, mientras el señor Wraxall se echaba hacia atrás en su asiento presa del pánico. Los había visto anteriormente.

Llegado a Belchamp St Paul, fue lo bastante afortunado para encontrar un alojamiento amueblado y decoroso, y las siguientes veinticuatro horas las vivió, relativamente hablando, en paz. Sus últimas notas las escribió ese día. Son demasiado inconexas y exclamatorias para incluirlas aquí; pero su sustancia es bastante clara.

Espera la visita de sus perseguidores -no sabe cuándo ni cómo-, y su grito constante es: ¿Qué he hecho?, y ¿Acaso no hay esperanza? Sabe que los médicos le declararían loco, que la policía se reiría de él. El sacerdote está ausente del pueblo. ¿Qué puede hacer, sino cerrar la puerta con llave y encomendarse a Dios?

La gente de Belchamp St Paul aún recordaba el año pasado cómo un señor desconocido llegó un atardecer de agosto, hace años, y le encontraron muerto al segundo día por la mañana, y hubo una investigación; los miembros del jurado que vieron el cuerpo se marearon al ver el cadáver, y ninguno quiso contar qué había visto; y el veredicto fue designio divino, y cómo las personas que vivían en la casa la dejaron esa misma semana y se fueron del lugar. Pero creo que ignoran que se haya arrojado nunca ninguna luz sobre ese misterio. Y ocurre que el año pasado, esa casa vino a parar a mis manos como parte de un legado. Llevaba desocupada desde 1863, y no parecía haber esperanza alguna de alquilarla; de modo que la mandé derribar. Entonces aparecieron los papeles que acabo de resumir en una alacena olvidada bajo la ventana del mejor dormitorio.

M.R. James (1862-1936)