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lunes, 27 de febrero de 2012

Cartas Rosacruces 7


Los HermanosCarta VII
Lo que sigue a continuación son extractos de una carta (oculta) escrita a K. von Eckhartshaussen. La carta es de 1801, y carece de firma.
Para satisfacer tu deseo de obtener noticias acerca del Circulo Interno de los Hermanos, te comunicamos lo siguiente: no preguntes quiénes son las personas que han escrito estas cartas; luzca el valor de los escritos por sus propios méritos. Considera el espíritu con el que están escritas y no meramente las palabras en ellas contenidas. No nos mueve motivo egoísta alguno; es la luz que dentro de nosotros existe lo que nos instiga a obrar. Es esta luz interna la que nos impulsa a escribirte, y nuestras credenciales son las verdades que poseemos, que serán fácilmente reconocidas por todos aquellos para quienes la verdad es todo. Te las comunicaremos en la medida en que seas capaz de recibirlas, y estás en libertad de aceptar o de no aceptar lo que te digamos; porque la Sabiduría Divina no clama por admisión, es una luz que brilla con tranquilidad eterna, y que espera pacientemente el día en que es reconocida y se la admite.
Nuestra comunidad ha existido desde el día primero de la creación [1] y continuará existiendo hasta el último; es la Sociedad de los Hijos de la Luz y sus miembros son aquellos que conocen la luz que brilla en el interior y el exterior de las tinieblas; nosotros conocemos la naturaleza del destino del hombre; nosotros tenemos una escuela en la cual la misma sabiduría Divina es el Maestro, y ella enseña a todos aquellos que desean la verdad, por la verdad misma y no meramente en razón de cualquier beneficio mundano que pueda resultar de su posesión. Los misterios explicados en aquella escuela, se refieren a cada una de las cosas que es posible conocer con respecto a Dios, a la Naturaleza y al Hombre; todos los antiguos sabios han aprendido en nuestra escuela, y ninguno ha aprendido jamas la sabiduría en otro lugar. Entre sus miembros, los hay que son habitantes también de otros mundos distintos de éste. Ellos están esparcidos por el universo entero pero un Espíritu Unico es quien los une, y las diferencias de opiniones entre ellos no existen. Todos estudian un solo libro, y el método de estudio es para todos el mismo.
Nuestra sociedad se halla compuesta de Elegidos, o sea de aquellos que buscan la luz y que son capaces de recibirla, y aquel que posee la mayor receptividad para aquella luz, es nuestro Jefe. Nuestro punto de reunión es conocido intuitivamente por cada miembro, y fácilmente alcanzado por todos, importando bien poco el lugar en donde residan. Está muy cerca, y sin embargo se halla oculto a los ojos del mundo, y nadie puede encontrarlo como no sea un iniciado. Aquellos que están maduros, pueden entrar; aquellos que no lo están, tienen que esperar.
Nuestra orden tiene tres grados. Al primero se llega por el poder de la inspiración divina, al segundo por medio de la iluminación interior y al tercero y más elevado, gracias a la contemplación y la adoración. En nuestra Sociedad no existen ni disputas ni controversias, ni especulaciones, ni sofismas, ni dudas, ni escepticismos, y aquel a quien se le presenta la mejor oportunidad para hacer el bien, es el más feliz entre nosotros. Estamos en posesión de los misterios más grandes, y sin embargo, no somos ninguna Sociedad secreta, porque nuestros secretos son un libro abierto para cada uno que se encuentre en disposición de leer en él. El secreto no es debido a tener nosotros poco deseo de enseñar; débese a la debilidad de aquellos que piden que se les enseñe. Nuestros secretos ni pueden ser comprados por dinero alguno ni pueden ser públicamente demostrados; son comprensibles únicamente por aquellos cuyos corazones son capaces de recibir sabiduría y amor fraternal y en quienes estos poderes han comenzado a despertar. Aquel en quien el fuego sagrado ha comenzado, es feliz y está contento. Él percibe la causa de las miserias humanas y la necesidad inevitable del mal y de los sufrimientos; su visión clara le permite ver el fundamento de todos los sistemas religiosos y reconoce a estos últimos como modificaciones de verdades relativas, que no han entrado todavía en equilibrio gracias a no haber obtenido aún los conocimientos necesarios para ello.
La humanidad vive en un mundo de símbolos, cuya significación no es comprendida todavía por muchos; pero se acerca el día en que el espíritu viviente que encierran estos símbolos, será conocido en general y revelados los sagrados misterios. Perfecto conocimiento de Dios, perfecto conocimiento de la naturaleza y perfecto conocimiento del hombre, son las tres luces que sobre el altar de la verdad iluminan el santuario del templo de la sabiduría
Existe sólo una religión fundamental y una fraternidad universal tan sólo. Formas externas, sistemas y asociaciones religiosas, todo son cáscaras bajo las cuales una porción de la verdad permanece oculta, y estas cosas externas son únicamente verdaderas en la medida en que representan las verdades que en su interior encierran. Son necesarias para todos aquellos que no han obtenido todavía el poder de reconocer la verdad invisible e informe, a menos que un símbolo la represente, y el hacerles comprender poco a poco que la verdad, aunque para ellos invisible, existe, es dar lugar a que en ellos nazca esta creencia que servirá a manera de base desde la cual su fe, o sea su conocimiento espiritual, podrá comenzar a desenvolverse; pero si las formas externas de un sentimiento religioso representan verdades internas que no existen en aquel sistema, entonces no representan más que mojigangas desvergonzadas. Existen tantos errores como formas y teorías existen, porque las teorías pueden ser sólo relativamente ciertas, y siendo infinita la verdad absoluta, no puede ser circunscrita a una forma limitada. Los hombres han tomado equivocadamente la forma por el espíritu, el símbolo por la verdad, y de esta equivocación han brotado errores infinitos. Estos errores no pueden ser corregidos por medio de denuncias, ni con ardientes controversias, ni asumiendo una actitud hostil contra aquellos que viven en el error; las tinieblas no pueden ser desvanecidas combatiéndolas con armas; es la luz quien acaba con ellas, y allí donde entra el saber, cesa la ignorancia.
En este siglo presente, que acaba de comenzar, aparecerá la luz.. Cosas ocultas durante siglos serán conocidas, muchos velos serán descorridos, y será revelada la verdad que existe en la forma y más allá de ella; la humanidad como un todo se acercará más a Dios. No podemos decirte ahora por qué tendrá lugar esto en este siglo; nos limitaremos únicamente a decir que para cada una de las cosas existe su tiempo y su lugar correspondiente, y que todas las cosas en el Universo se hallan reguladas por una ley divina de orden y de armonía. Primero vino el símbolo que contenía la verdad, vino después la explicación del símbolo, y después de esto, la verdad misma será recibida y conocida; no de otra manera a un árbol se le ve y se le percibe después que de la semilla ha brotado, siendo la semilla el símbolo en el cual su entero carácter permanecía sintetizado. Nuestro deber es prestar ayuda al nacimiento de la verdad, y abrir las cáscaras en las cuales la verdad se halla contenida, reavivando en todas partes los jeroglíficos muertos. Hacemos nosotros esto, no por nuestro propio poder, sino gracias al poder de la Luz, que obra en nosotros a manera de instrumento.
Nosotros no pertenecemos a secta alguna, no tenemos otra ambición que satisfacer, no deseamos ser conocidos, ni somos de aquellos a quienes disgusta el presente estado de cosas en el mundo y que desean gobernar para imponer sobre la humanidad sus opiniones. No existe persona ni partido alguno que influya sobre nosotros, ni esperamos premio personal por nuestros trabajos. Poseemos una Luz, que nos permite conocer los misterios más profundos de la Naturaleza, y un Fuego poseemos que es el que nos alimenta, y por medio del cual podemos obrar sobre todas cuantas cosas en la naturaleza existen. Poseemos las claves para todos los secretos, y el conocimiento del lazo que une nuestro planeta con los otros mundos. Nuestra ciencia es una Ciencia Universal, porque abraza el universo entero, y su historia comienza con el día primero de la creación. Estamos en posesión de todos los antiguos libros de sabiduría. Todo en la naturaleza se halla sujeto a nuestra voluntad, porque nuestra voluntad es una con la del Espíritu Universal, que es la potencia motriz del universo entero, y el origen eterno de toda vida. No necesitamos de informe alguno, ya sea de hombres, ya sea de libros, porque tenemos el poder de percibir todo cuanto existe, y el de leer en el libro de la naturaleza, libro en el cual no existen errores. En nuestra escuela se enseña todo, porque la Luz que ha producido todas las cosas es nuestro Maestro.
Podemos hablarte de lo más maravilloso que conocemos nosotros, lo cual está tan por completo fuera del alcance aun del filósofo más erudito de nuestros tiempos como lo está el Sol de la Tierra; pero que está tan cercano a nosotros como lo está la luz del espíritu del cual emana; pero no es nuestra intención el excitar tu curiosidad. Deseamos crear dentro de ti la sed de sabiduría y el hambre de amor fraternal, a fin de que puedas abrir tus ojos a la luz, y contemplar por ti mismo la verdad divina. No nos corresponde a nosotros el acercarnos a ti y abrir tu entendimiento; es el poder de la verdad misma el que entra en el corazón; es el desposado divino del alma quien llama a la puerta, y muchos son los que no lo quieren admitir porque se encuentran sumidos en las ilusiones de la existencia externa.
¿Deseas llegar a ser un miembro de nuestra Sociedad? Si es así, penetra en tu corazón. ¿Deseas conocer a los Hermanos? Si es así, aprende a conocer a la divinidad manifestándose por si misma dentro de tu propia alma. Busca dentro de ti aquello que es perfecto, inmortal y no está sujeto a cambio alguno, y cuando lo hayas encontrado, habrás entrado en nuestra Sociedad y nos conocerás a nosotros. En nuestro círculo no pueden admitirse imperfecciones de ningún género, y antes de que puedas entrar en él tienes que arrojar de ti todas las imperfecciones de tu naturaleza. Los elementos corruptibles de tu interior deben ser consumidos por el fuego del Amor Divino. Debes ser bautizado con el agua de la verdad, y estar revestido de una sustancia incorruptible que es producida por pensamientos puros. El interno sensorium debe ser abierto a la percepción de las verdades espirituales, e iluminada la mente por la sabiduría divina. Entonces se desarrollarán dentro de tu propia alma grandes poderes, ahora para ti desconocidos, y podrás entonces vencer el mal. Tu entero ser será restaurado y transformado en un ser de luz, y tu cuerpo servirá de mansión para el espíritu divino.
Preguntas tú, ¿cuáles son nuestras doctrinas? No tenemos ninguna para proclamar, porque cualquiera que sea la que presentemos, no puede ser para ti más que una opinión dudosa, durante tanto tiempo como carezcas del conocimiento de ti mismo. Este conocimiento tiene que ser obtenido por medio de la instrucción externa y debe ir desarrollándose dentro de ti mismo. Interroga al espíritu divino en tu interior, abre tus sentidos internos a la comprensión de lo que dice, y contestará a tus preguntas. Todo cuanto podemos hacer es darte algunas teorías para que las consideres y examines. No para que las creas meramente porque proceden de nosotros, sin examinarlas antes y quedar de ellas satisfecho, sino para que puedan servirte a manera de jalones y señales durante tus excursiones por el laberinto del examen propio.
Una de las proposiciones que deseamos someter a tu consideración es que la humanidad, como un todo, no será feliz de un modo permanente hasta que haya absorbido el espíritu de la sabiduría divina y del amor fraternal. Cuando esto tenga lugar, las coronas de los que rigen el mundo serán razón pura y no adulterada, sus cetros serán amor; serán ungidos con poder para libertar a los pueblos de la superstición y de las tinieblas, y las condiciones externas de la humanidad mejorarán después de que haya tenido lugar el perfeccionamiento interno. La pobreza, el crimen y la enfermedad desaparecerán entonces.
Otra proposición es que una de las causas por las que no son los hombres más espirituales e inteligentes, se debe a la grosería y densidad de las partículas materiales que componen sus cuerpos, que impiden la libre acción del elemento espiritual en ellos contenido, y que cuanto más groseramente vivan, y cuanto más se dejen dominar por los placeres sensuales, animales y semianimales, tanto menos serán capaces de lanzarse en pensamiento a las regiones superiores del mundo ideal y de percibir las eternas realidades del espíritu. Mira las formas humanas que por las calles encuentras; repletas de carne llena de impurezas animales y con el sello de la intemperancia y de la sensualidad impresos en sus rostros, y pregúntate a ti mismo, si están o no adaptadas para las manifestaciones internas de la sabiduría divina.
También decimos nosotros que espíritu es sustancia, realidad. Sus atributos son: indestructibilidad, impenetrabilidad y duración. Materia es una agregación, que produce la ilusión de la forma; es divisible, penetrable, corruptible, y está sujeta a cambios continuos. El reino espiritual es un mundo indestructible actualmente existente, cuyo centro es el Cristo (el Logos) y sus habitantes son poderes conscientes e inteligentes; el mundo físico es un mundo de ilusiones, que no contiene verdad absoluta alguna. Cada una de las cosas existentes dentro del mundo externo son sólo relativas y fenoménicas; es este mundo, por decirlo así, la pintura sombría del mundo interno y real, producida por la luz del espíritu viviente que obra en el interior y en el exterior de la materia animada.
La inteligencia inferior del hombre toma sus ideas prestadas del reino siempre inestable de lo sensual, y hállase, por lo tanto, sujeta a un cambio continuo; la inteligencia espiritual del hombre, o sea su intuición, es un atributo del espíritu, y por lo tanto inmutable y divina. Cuanto más etéreas, refinadas y movibles sean las partículas que el organismo físico del hombre constituyen, con tanta mayor facilidad penetrará en ellas la luz divina de la inteligencia y la sabiduría espiritual.
Un sistema racional de educación tiene que fundarse en un conocimiento de la constitución física, psíquica y espiritual del hombre, y será únicamente posible el día en que sea conocida por completo la entera constitución del hombre, y no meramente el aspecto material de la misma, sino además su aspecto espiritual. El aspecto externo de la constitución humana puede ser estudiado valiéndose de métodos externos, pero el conocimiento de su organismo invisible puede sólo ser obtenido por medio de la introspección y del estudio de sí mismo. El más importante consejo que tenemos para darte es, por lo tanto;
APRENDE A CONOCER TU PROPIO YO
Las proposiciones anteriores son suficientes para que las medites y examines a la luz del espíritu, hasta que recibas más enseñanzas.

NOTAS:
Se dice que aquellos Hijos de Manu, Nacidos de la Mente que no procrearon, y cuya misión fue instruir a la humanidad, formaron la primera Sociedad Oculta, y que todos los Adeptos, desde entonces, trazan su descendencia a uno y a otro de los Hijos de la Mente del Primer Señor.

Cartas Rosacruces 6


Experiencias PersonalesCarta VI
Existen en la naturaleza misterios innumerables que desea el hombre descubrir. La creencia de que existen ciertas sociedades en posesión de secretos determinados que podrían, si quisiesen, comunicar a otras personas que no han llegado al grado de desarrollo espiritual de los que las constituyen es una creencia errónea. El hombre que cree que el verdadero saber puede ser obtenido por medio de favores, en lugar de por desarrollo espiritual, cesa de esforzarse en lograr su propia evolución y se une a sociedades secretas o a iglesias, esperando con ello obtener algo que no se merece; pero siempre el final es para él un desencanto.
En el verano de 1787, estando yo sentado en uno de los bancos de los jardines cercanos al castillo de Burg en Munich, y pensando profundamente acerca de lo anterior, vi a un extranjero de aspecto digno e imponente, bien vestido, sin la menor clase de pretensiones, paseándose por una de las calles del jardín. Algo había en él que atrajo mi atención; quizás fue la tranquilidad suprema de su alma que se reflejaba en sus ojos. Su cabello era gris, pero su mirada era tan bondadosa que, cuando pasó por delante de mí, instintivamente llevé la mano al sombrero, saludándome él también de un modo muy amable. Me sentí impulsado a seguirle y a hablarle, pero no teniendo la menor excusa para hacerlo, me contuve, y el extranjero desapareció.
Al día siguiente, y poco más o menos a la misma hora, volví al mismo sitio, esperando encontrar de nuevo al extranjero. Estaba allí, sentado en un banco y leyendo un libro; no me atreví a interrumpirle. Paseé durante un rato por el jardín, y cuando volví el extranjero ya no estaba. Sin embargo, había dejado encima del banco un libro pequeño, que me apresuré a coger, esperando poder tener la oportunidad de devolvérselo, y con ello una ocasión para conocerle. Miré el libro, pero no pude leerlo, pues estaba escrito en caracteres caldeos. Sólo una breve sentencia, que figuraba en la página del título, estaba escrita en latín, la cual pude leer, y decía: "Aquel que se levanta temprano en busca de la sabiduría, no tendrá que ir muy lejos para encontrarla, porque la encontrará sentada frente a su puerta". Los caracteres en que estaba impreso el libro eran muy hermosos, de un rojo muy brillante, y la encuadernación del libro era de un azul magnífico.
El papel era finísimo, blanco, y parecía emitir todos los colores del arco iris, a manera del nácar. Un olor exquisito penetraba cada una de las hojas de aquel libro, y tenía también un cierre de oro.
Durante tres días consecutivos fui a aquel lugar a las doce, con la esperanza de encontrar allí al extranjero, pero fue en vano. Por fin hice la descripción del personaje a uno de los guardas, y logré saber que se le veía con frecuencia a las cuatro de la mañana paseando por la orilla del Isar, cerca de una pequeña cascada, en un sitio llamado Prater. Fui allí al día siguiente, y quedé sorprendido al verle leer otro libro pequeño parecido al que yo había encontrado. Me acerqué a él y ofrecí devolverle el libro, explicándole cómo había llegado a mis manos, pero me rogó que lo aceptase en su nombre, y que lo considerase como un regalo de un amigo desconocido. Le dije que no podía leer su contenido, excepto el primer verso de la página primera, a lo cual contestó que todo cuanto decía el libro se refería a lo que aquella sentencia expresaba. Entonces le pedí que me explicase el contenido del libro.
Paseamos un rato por la orilla, y el extranjero me dijo muchas cosas importantes acerca de las leyes de la naturaleza. Había viajado mucho y poseía un verdadero tesoro de experiencias.
Cuando el sol comenzó a salir, dijo: "Voy a hacerle ver a usted algo curioso". Sacó entonces del bolsillo un frasco pequeño y vertió en el agua unas pocas gotas del líquido que contenía e inmediatamente las aguas del río comenzaron a brillar con todos los colores del arco iris, hasta una distancia de más de treinta pies de la orilla. Algunos trabajadores de las inmediaciones se acercaron y se admiraron del fenómeno. Uno de ellos estaba enfermo de reumatismo. El extranjero le dio algún dinero y ciertos consejos, y le dijo que si los seguía, en tres días estaría bueno. El obrero le dio las gracias; pero el extranjero le contestó: "No me des a mí las gracias, dalas al poder omnipotente del bien".
Entramos en la ciudad, y el extranjero me dejó, citándome para el día siguiente, pero sin decirme ni su nombre ni el lugar de su residencia. Le encontré de nuevo al día siguiente, y supe por él cosas de un género tal que sobrepasaron por completo todo cuanto podía figurarme. Hablamos acerca de los misterios de la naturaleza, y siempre que él hablaba de la magnitud y grandeza de la creación, parecía estar penetrado de un fuego sobrenatural.
Me sentía algo confuso y deprimido ante su sabiduría superior, y me maravillaba el pensar cómo podía haber adquirido sus conocimientos. El extranjero leyendo mis pensamientos, dijo
-Veo que no acaba de decidirse usted respecto a la especie de ser humano en la que clasificarme; pero yo le aseguro a usted que no pertenezco a ninguna sociedad secreta, aunque los secretos de todas las sociedades semejantes son bien conocidos por mí. Ahora tengo varias cosas que hacer; pero mañana le daré más explicaciones.
-¿Tiene V. negocios? -exclamé yo- ¿Desempeña V. algún cargo público?
-Querido amigo -contestó el extranjero-, el que es bueno siempre encuentra en qué ocuparse, y el hacer el bien es el más alto empleo que puede desempeñar el hombre y al cual puede aspirar.
Con esto me dejó, y no le vi más durante cuatro días; pero al quinto me llamó por mi nombre, a las cuatro de la mañana, por la ventana de mi cuarto, y me invitó a dar un paseo con él. Me levanté, me vestí, y salimos. Me dijo entonces algunas cosas acerca de su vida pasada, y entre ellas, que cuando tenía veinticinco años había trabado conocimiento con un extranjero que le había enseñado muchas cosas y regalado un manuscrito que contenía enseñanzas notables. Me enseñó este manuscrito, y lo leímos juntos. Lo siguiente constituyen algunos extractos del mismo.
Nuevas Ruinas descubiertas del Templo de Salomón: "Así como la imagen de un objeto puede ser vista en el agua, del mismo modo los corazones de los hombres pueden ser vistos por el sabio; Dios te bendice, hijo mío, y te permite publicar lo que yo digo, para que con ello las gentes puedan recibir beneficios".
Filiam Vitis (Hijo de la Vid): "Uno de los Hermanos me ha enseñado el sendero hacia los misterios de la naturaleza; pero las ilusiones que flotan a los lados del camino han llamado mi atención durante largo tiempo, y durante el mismo he permanecido detenido; pero por fin me convencí de la inutilidad de semejantes ilusiones, y he abierto mi corazón de nuevo a los cálidos rayos dispensadores de vida del amor divino, del gran sol espiritual. Entonces es cuando he reconocido la verdad de que la posesión de la sabiduría divina sobrepasa la posesión de todo lo demás; y que aquello a lo cual los hombres llaman saber, es nada, y que nada es el hombre a menos que se convierta en un instrumento de la sabiduría divina. La divina sabiduría es desconocida para el sabio del mundo; pero algunas personas existen que la conocen. Océanos existen en el país en el cual viven los sabios y aquel que constituye la residencia de los hijos del error, y hasta que los hombres hayan acostumbrado sus ojos a la radiación de la luz divina no será descubierta la región en la que aquellos viven. En su país es donde el templo de la sabiduría existe, en el cual hay una inscripción que dice ‘Este templo es sagrado, por la contemplación de las divinas manifestaciones de Dios en la naturaleza’. Sin verdad no existe sabiduría, ni verdad sin bondad. La bondad se encuentra raras veces en el mundo, y por lo tanto, así las verdades como la llamada sabiduría del mundo no son con frecuencia más que locuras.
"Estamos nosotros libres de preocupaciones, y con los brazos abiertos recibimos a cada uno de los que a nosotros vienen y que llevan en sí mismas el sello de la divinidad. A nadie preguntamos si es cristiano, pagano o judío; todo cuanto exigimos de un hombre es que se mantenga fiel a su humanidad. El amor es el lazo de unión entre nosotros, y nuestro trabajo es en pro del bien de la humanidad. Por nuestras obras nos conocemos unos a otros, y aquel que goza de la más elevada sabiduría es el que obtiene el grado más elevado. Ningún hombre puede recibir más de lo que merece. El amor divino y la ciencia, a cada uno se dan en proporción a su capacidad para amar y saber. La fraternidad de los sabios es unión para la eternidad en lo absoluto, y la luz del sol de la verdad eterna ilumina su templo. La luz del sol calienta el cristal en el cual penetra; si se le separa de la luz, se enfría. Del mismo modo, la mente del hombre penetrada por el amor divino obtiene sabiduría; pero si se aparta de la verdad, la sabiduría se desvanece. Las sociedades secretas y sectarias han perdido la verdad, y la sabiduría ha desaparecido de entre las mismas. No aman ellas al hombre más que en proporción a como pertenece a su partido y sirve para sus intereses sectarios; ellas emplean símbolos y formas cuya significación no comprenden. De hijos de la luz se han convertido en hijos de las tinieblas, el templo de Salomón que sus antepasados estaban construyendo, está ahora destruido y no existe en él piedra sobre piedra; la mayor confusión reina ahora en sus doctrinas. Las columnas del templo han caído, y el lugar que ocupaba el santuario lo ocupan serpientes venenosas. Si deseas saber si lo que yo digo es o no la verdad, empuña la antorcha de la razón y entra en las tinieblas; contempla las acciones de las sociedades sectarias cometidas durante el pasado y el presente, y sólo verás egoísmo, superstición, crueldad y asesinato.
"El número de seres humanos que viven sumidos en las tinieblas es de millones, pero el número de los sabios es muy corto. Viven ellos en diferentes partes del mundo, a gran distancia unos de otros, y sin embargo se hallan inseparablemente unidos en el espíritu. Hablan ellos diferentes lenguas, y sin embargo, cada uno de ellos entiende a los otros, porque la lengua del sabio es espiritual. Son ellos quienes se oponen a las tinieblas, y ninguno que esté mal dispuesto puede aproximarse a su luz, pues sus tinieblas mismas lo destruirán. Para los hombres son ellos desconocidos, y sin embargo, día llegará en que la obra que ha necesitado algunos siglos para ser llevada a cabo por los malvados, será en un momento destruida por ellos como por un impulso del dedo de Dios.
"No busques la luz en las tinieblas, ni en los corazones de los malvados la sabiduría; si te acercas a la verdadera luz la conocerás, porque iluminará tu alma."
Estas notas son algunos extractos del manuscrito. Contenía muchas noticias acerca de los Hermanos de la Cruz y de la Rosa de Oro. No me está permitido decir todo cuanto aprendí en el mismo; pero en resumen, del manuscrito se desprende que los verdaderos rosacruces son una sociedad espiritual por completo, y que nada tienen que ver absolutamente con cualquiera de las sociedades secretas conocidas en el mundo. La verdad es que no se les puede considerar como una sociedad en el sentido aceptado de la palabra, puesto que no constituyen una corporación organizada, ni tienen leyes, ni reglas, ni ceremonias, ni cargos, ni reuniones, ni ninguna de las muchas formas que configuran la vida de las sociedades secretas. Es un cierto grado de sabiduría, cuya obtención es lo que hace de un hombre un rosacruz, y el que llega a aquella sabiduría, es un iniciado ya. Él es entonces un rosacruz, porque comprende prácticamente el misterio de la rosa y de la cruz. Este misterio se refiere a la ley de la evolución de la Vida, y su conocimiento práctico no puede ser comprendido sólo por medios teóricos, especulativos o intelectuales. Inútil es el meditar acerca de cuestiones místicas que se hallan más allá de nuestro horizonte mental; inútil es el intentar penetrar en los misterios espirituales antes de que nos hayamos espiritualizado. El conocimiento práctico, supone práctica, y sólo puede ser adquirido por medio de la práctica. Para obtener poder espiritual es necesario practicar las virtudes espirituales de Fe, Esperanza y Caridad; la única manera de llegar a ser sabio es cumplir durante la vida con los deberes de uno mismo. El amar a Dios en toda la humanidad, cumpliendo con el deber, constituye la sabiduría humana suprema, y de ésta únicamente puede brotar la Sabiduría Divina. A medida que en los hombres el amor y la inteligencia aumentan, la fuerza del poder espiritual que a sus corazones eleva en energía aumenta también, y sus horizontes mentales se ensanchan. Lenta y casi imperceptiblemente ábrense los sentidos internos, y los hombres van adquiriendo mayor capacidad receptiva, y cada paso hacia lo alto concede a la visión más ancho campo.
Dignas de lástima son aquellas sectas y sociedades que intentan obtener el conocimiento de las verdades espirituales por medio de la especulación filosófica sin la práctica de la verdad. Inútiles son las ceremonias si sólo se celebran exteriormente, sin comprender su significado oculto. Una ceremonia externa no tiene significación alguna, a menos que sea la expresión de un proceso interno que está teniendo lugar en el alma; de no ser así, la ceremonia es tan sólo una ilusión y una vergüenza. Si el procedimiento interno se verifica, el significado del símbolo externo será comprendido fácilmente. El hecho de que la significación de los símbolos no sea comprendida, y que se haya convertido en origen de disputas y diferencia de opiniones entre las distintas sectas demuestra la pérdida del poder interno y que todas aquellas sectas únicamente poseen la forma muerta exterior.
La base en que la religión de sectas y sociedades secretas se funda es el amor y la admiración egoísta del yo. Si bien algunas personas generosas y antiegoístas pueden encontrarse entre las sectas y las sociedades secretas, sin embargo, el verdadero sectario sólo espera obtener beneficios para sí mismo. Para sí mismo y por su propia salvación es sólo por lo que ruega y reza, y si lleva a cabo alguna buena acción es con el objeto de obtener algún premio.
Por lo tanto, vemos al cristianismo dividido en algunos centenares de sociedades, sectas y religiones diferentes, muchas de las cuales se odian y procuran perjudicarse unas a otras, mirándose mutuamente con desprecio. Y vemos al clero de todos los países tratando de obtener poder político y de promover sus intereses egoístas o el interés egoísta de su Iglesia. Han perdido de vista al Dios Universal de la Humanidad, y han colocado al dios del yo en su lugar. Pretenden ellos estar en posesión de poderes divinos que no tienen, y sea cual fuere el poder que poseen, lo emplean para obtener beneficios materiales para su Iglesia.
Así vemos que el divino principio de verdad es prostituido todos los días y a todas horas en las iglesias, que son tan sólo mercados para los que las ocupan. El templo del alma hállase todavía ocupado por mercaderes, y de él permanece todavía excluido el espíritu de Cristo.
Cristo, la Luz Universal del Logos Manifestado, la Vida y la Verdad, está en todas partes y no puede ser encerrado ni en una Iglesia ni en una Sociedad Secreta. Su Iglesia es el Universo, y sus altares el corazón de cada ser humano en el cual su luz es admitida. El seguidor verdadero de Cristo no conoce yo alguno, y no sabe lo que es un deseo egoísta. No se preocupa por el bienestar de más iglesias que por el de aquella que es lo suficientemente ancha para contener a la humanidad entera, sin tener en cuenta ni diferencias ni opiniones. Se preocupa muy poco de su salvación personal, y mucho menos espera obtenerla a costa de otra persona. Sintiéndose él mismo sumido en el amor inmortal, sabe que él es ya inmortal en aquel principio; sabiendo que su ego individual tiene sus raíces en la conciencia eterna de Dios, bien poco se preocupa de aquel yo personal que no es más que una ilusión hija del contacto del espíritu eterno con la materia. El verdadero seguidor de la Luz no posee más voluntad, pensamiento o deseo que aquello que el Espíritu Universal quiere, piensa o desea por medio de él. Poner el yo de uno en situación receptiva para la luz divina, ejecutar lo que su voluntad indica, y convertirse así en un instrumento por medio del cual pueda Dios manifestar su divino poder sobre la tierra es el único medio de obtener la ciencia espiritual y de convertirse en un Hermano de la Cruz y de la Rosa de Oro.

Cartas Rosacruces 5


Los Adeptos Carta V
En la contestación a mi carta última, has manifestado la opinión de que el exponente de espiritualidad (significando intelectualidad y moralidad combinadas) exigido por nuestro sistema de filosofía es en exceso elevado para que el hombre pueda alcanzarlo, y dudas tú si alguien ha llegado alguna vez a él. Permite que te diga que muchos de aquellos a quienes la Iglesia cristiana llama santos, y otros muchos que no han pertenecido jamás a aquella Iglesia y a quienes se acostumbra llamar "paganos", han obtenido aquel estado, y por lo tanto han alcanzado poderes espirituales que les han permitido llevar a cabo cosas bien extraordinarias, llamadas milagros.
Si examinas la historia de las vidas de los santos, encontrarás en ellas una gran cantidad de cosas grotescas, fabulosas y falsas, puesto que aquellos que escriben las leyendas conocen bien poco o nada acerca de las leyes misteriosas de la naturaleza; ellos han registrado fenómenos que han tenido lugar, o que por lo menos se cree que han sucedido; pero no pueden ellos explicar las causas que les han dado origen, y han inventado las explicaciones que les han parecido más probables o creíbles, según su manera de pensar. Pero entre todos estos escombros, encontrarás una gran parte de verdad, lo cual viene a demostrar que aun la misma inteligencia de personas sin ilustración puede ser iluminada por la sabiduría divina, si aquellas personas viven pura y santamente. Verás cómo en muchas ocasiones, frailes y monjas, pobres e ignorantes, y según el mundo, sin instrucción, alcanzaron una sabiduría tal, siendo consultados por papas y reyes en asuntos importantes, y cómo muchos de ellos lograron el poder de abandonar sus cuerpos físicos para visitar lugares distantes en sus cuerpos espirituales, formados por la sustancia del pensamiento, y llegaron hasta a aparecer en forma material en puntos remotos. Las ocurrencias de esta especie han sido tan numerosas que, si leemos sus relaciones, cesarán de parecer extraordinarias, y será de todo punto innecesario el mencionar estos casos, puesto que todos ellos son ya bien conocidos. En la Vida de Santa Catalina de Sena en la de San Francisco Javier y en muchos otros libros encontrarás la descripción de semejantes incidentes. La historia profana rebosa también de narraciones referentes a hombres y mujeres extraordinarios, y me limitaré a recordarte la historia de Juana de Arco, que poseyó dones espirituales, y la de Jacobo Boheme, el zapatero ignorante, al cual la sabiduría divina iluminaba.
Dudamos de si puede existir nada más absurdo que el intentar argüir y disputar acerca de semejantes cosas con un escéptico o materialista que niega que sean posibles. El intentarlo equivaldría a disputar acerca de la existencia de la luz con un ciego de nacimiento, ni puede ningún tribunal de ciegos fallar acerca de si la luz existe o no existe. Sin embargo, ha existido y todavía existe, y podemos darles a los ciegos una idea de la misma, pero no podemos probársela científicamente, durante tanto tiempo como permanezcan ciegos a la razón y a la lógica.
En muchos puntos del mundo han sido las gentes degradadas hasta un punto tal por la "civilización moderna" que ha llegado a ser para ellos completamente incomprensible el que una persona pueda verificar acto alguno, sea el que fuera, excepto con el objeto de ganar dinero, obtener comodidades o por afición al lujo; el único móvil de su vida es el hacerse ricos, comer, beber, dormir y volver a comer, y gozar de todo el confort de la vida externa. Sin embargo, semejantes personas no son felices; viven en un estado de fiebre y excitación continuas, corriendo siempre tras de sombras que desaparecen en cuanto se acercan, o que crean deseos más violentos hacia otras sombras, si son asimiladas y absorbidas.
Pero afortunadamente, existen todavía otros en quienes la centella divina de espiritualidad no ha sido velada por la humareda del materialismo, y algunos existen en quienes esta centella se ha convertido en una llama, gracias al soplo del Espíritu Santo, emitiendo una luz que ilumina sus inteligencias y que hasta penetra sus cuerpos físicos de un modo tal que aun un observador superficial puede ver que el carácter de estas personas es extraordinario.
Personas semejantes existen en distintas partes del mundo, y constituyen una Fraternidad, cuya existencia es conocida sólo por muy pocos, ni es de desear que cualesquiera detalles acerca de esta Fraternidad sean conocidos públicamente, puesto que semejantes noticias no harían más que excitar la envidia y la cólera del ignorante y del malvado y poner en actividad una fuerza que ningún daño causaría a los Adeptos, pero sí a aquellas voluntades perversas que contra los Adeptos se levantaran.
Sin embargo, como tú deseas conocer la verdad, no por curiosidad frívola, sino por el deseo de seguir el camino de la misma, me es permitido darte las noticias siguientes [1]:
Los Hermanos de quienes hablamos, viven desconocidos para el mundo; la historia nada sabe acerca de los mismos, y sin embargo, son ellos los más grandes de entre toda la humanidad. Los monumentos que en honor de los conquistadores del mundo han sido erigidos se habrán convertido en polvo; reinos y tronos habrán desaparecido, pero estos elegidos vivirán todavía. Llegará un tiempo en el que el mundo quedará convencido de la indignidad de las ilusiones externas, y empezará a estimar sólo aquello que es digno de ser apreciado; entonces será conocida la existencia de los Hermanos y se apreciará su sabiduría. Los nombres de los grandes de la tierra están escritos en el polvo, los nombres de estos Hijos de la Luz inscritos están en el Templo de la Eternidad. Yo te haré conocer a estos Hermanos, y podrás tú convertirte en uno de ellos.
Estos Hermanos están iniciados en los misterios de la religión, pero no vayas a comprenderme mal, ni a suponer que pertenecen ellos a alguna sociedad secreta exterior, como las que acostumbran a profanar lo que es sagrado, por la verificación de ceremonias externas, y cuyos miembros se llaman a si mismos Iniciados. ¡No! Unicamente el espíritu de Dios es quien puede iniciar al hombre en la Sabiduría Divina e iluminar su inteligencia. Unicamente el hombre puede guiar al hombre al altar donde arde el fuego divino, el segundo debe llegar a él por sí mismo; si desea ser iniciado, debe por sí mismo hacerse digno de obtener dones espirituales, él mismo debe beber en la fuente, que para todos existe, y de la cual nadie es excluido más que aquellos que a sí mismos se excluyan.
Mientras los ateos, materialistas y escépticos de nuestra civilización moderna falsean la palabra "filosofía", con objeto de preconizar como sabiduría divina las elucubraciones de sus propios cerebros, estos Hermanos viven tranquilamente bajo la influencia de una luz más elevada, y construyen un templo para el eterno espíritu, un templo que continuará existiendo después de que más de un mundo haya perecido. Su trabajo consiste en cultivar los poderes del alma; ni el torbellino del mundo externo ni sus ilusiones les afectan; leen las letras vivientes de Dios en el libro misterioso de la naturaleza; ellos reconocen y gozan de las armonías divinas del universo. Mientras los sabios del mundo procuran reducir a su propio nivel intelectual y moral todo lo que es sagrado y exaltado, estos Hermanos se elevan al plano de la luz divina y encuentran en él todo cuanto en la naturaleza es bueno, verdadero y bello. Son ellos los que no se limitan a creer meramente, sino que conocen la verdad por contemplación espiritual o Fe, y sus obras hállense en armonía con su Fe, porque ellos obran bien por amor al bien y porque saben qué es el bien.
No creen que pueda un hombre convertirse en un verdadero cristiano por la mera profesión de una cierta creencia, o por unirse a una Iglesia cristiana en el sentido literal de la palabra. Convertirse en un verdadero cristiano significa convertirse en un Cristo, elevarse por encima de la esfera de la personalidad e incluir y poseer en el seno del yo propio y divino de uno mismo todo cuanto existe en los cielos o sobre la tierra. Es un estado que se halla fuera de la concepción de aquel que no lo ha alcanzado; significa una condición en la cual uno es actual y conscientemente un templo en donde la Trinidad Divina, con todo su poder, reside. Unicamente en esta luz o principio al cual nosotros llamamos Cristo, y al cual otras naciones conocen con otros nombres, podemos encontrar nosotros la verdad. Entra en aquella luz, y aprenderás a conocer a los Hermanos que en la misma viven. En aquel santuario residen todos los poderes y los llamados medios sobrenaturales, por cuyo medio la humanidad puede recibir la energía necesaria para que quede restablecido el lazo, en la actualidad quebrantado, que en épocas remotas unía al hombre con la fuente divina de la cual procede. Si los hombres conociesen tan sólo la dignidad de sus propias almas y las posibilidades de los poderes que latentes en las mismas permanecen, el deseo tan sólo de encontrar sus propios egos les llenaría de temor respetuoso.
Sólo existe un Dios, una verdad, una ciencia y un camino para llegar a ella; a este camino se le da el nombre de religión, y por lo tanto, sólo existe una religión práctica, aunque existan mil teorías diferentes. Todo cuanto se necesita para obtener un conocimiento de Dios está contenido en la naturaleza. Todas cuantas verdades la religión de verdad puede enseñar han existido desde el principio del mundo y existirán hasta que el mundo concluya. En todas y cada una de las naciones de este planeta ha brillado siempre la luz en las tinieblas, a pesar de que las tinieblas no la han comprendido. En algunos puntos esta luz ha sido muy brillante, en otros menos, en proporción a la facultad receptiva del pueblo y a la pureza de su voluntad. Siempre que ha encontrado una receptividad grande ha aparecido con gran resplandor y ha sido percibida en un estado mayor de concentración según la capacidad de los hombres para percibirla. La verdad es universal y no puede ser monopolizada por hombre alguno, ni por ninguna colectividad de hombres; los misterios más augustos de la religión, tales como la Trinidad, la caída o diferenciación de la mónada humana, su Redención por amor, etc., se encuentran tanto en los antiguos sistemas religiosos como en los modernos. El conocimiento de los mismos es el conocimiento del universo; en otras palabras, es la Ciencia Universal, una ciencia que es infinitamente superior a todas las ciencias materiales del mundo, cada una de las cuales entra todo lo más en algún detalle ínfimo de la existencia, pero que deja a las grandes verdades universales, en las que toda existencia se funda, fuera de consideración, y hasta trata quizá semejantes conocimientos con desprecio, porque sus ojos están cerrados a la luz del espíritu.
Las cosas externas pueden ser examinadas con la luz externa; las especulaciones intelectuales requieren la luz de la inteligencia, pero la luz del espíritu es indispensable para la percepción de las verdades espirituales, y una luz intelectual sin la iluminación espiritual conducirá a los hombres al error. Aquellos que deseen conocer verdades espirituales, deben buscar la luz en el interior de sí mismos, y no esperar que la obtendrán por ninguna especie de formas o ceremonias externas; únicamente, cuando dentro de sí mismos hayan encontrado a Cristo, serán dignos del nombre de cristiano [2].
Esta era la religión práctica, la ciencia y el saber de los sabios antiguos largo tiempo antes de que la palabra cristianismo fuese conocida; era también la religión práctica de los primitivos cristianos, que eran gentes iluminadas espiritualmente y verdaderos seguidores de Cristo. Sólo a medida que el cristianismo se hizo popular y, por consiguiente, comprendió erróneamente el sistema de religión, las interpretaciones falsas han suplantado a las verdaderas doctrinas, y los símbolos sagrados han perdido su significación verdadera. Organizaciones eclesiásticas y sociedades secretas se han apropiado las formas y alegorías exteriores; fraudes eclesiásticos y misticismo han usurpado el trono de la religión y de la verdad. Los hombres han destronado a Dios, y se han colocado ellos mismos en el trono. La ciencia de semejantes hombres no es sabiduría; sus experiencias prácticas hállanse limitadas por sus sensaciones corpóreas; su lógica hállase fundada en argumentos que son fundamentalmente falsos, jamás han conocido ellos las relaciones existentes entre el Infinito Espíritu y el hombre finito; ellos se arrogan poderes divinos, que no poseen, induciendo así a los hombres a que busquen en ellos la luz, la cual puede únicamente encontrarse en el interior de uno mismo; ellos engañan al hombre con esperanzas falsas, y aletargándolo en una falsa seguridad, lo conducen a la perdición.
Un tal estado de cosas es la consecuencia necesaria del poder exterior que las modernas iglesias han alcanzado. Demuestra la historia que según una iglesia ha aumentado en poder externo, ha disminuido su poder interno. Ya no puede decir por más tiempo: "No poseo ni oro ni plata", y tampoco a los enfermos "Levántate y anda".
A menos que a los antiguos sistemas se les infunda una nueva vida, su decadencia es segura. Su disolución es sólo en exceso aparente en el desarrollo universal de las perniciosas supersticiones del materialismo, escepticismo y libertinaje. No puede a la religión infundírsele una vida nueva, dando fuerza al poder externo y autoridad material al clero; debe serle infundida en su centro mismo. El poder central que da vida a todas las cosas y que a todas las pone en movimiento, es el Amor, y sólo estando penetrada por el amor su religión puede ser fuerte y duradera; una religión fundada en el amor universal de la humanidad contendría los elementos de una religión universal.
A menos que el principio de amor sea prácticamente reconocido por la Iglesia no se desarrollará en su seno Cristo alguno, ni adeptos ni guías espirituales verdaderos, y los poderes espirituales que los clérigos pretenden poseer existirán tan sólo en su imaginación. Cese el clero de distintas denominaciones de excitar el espíritu de intolerancia, desista de invitar al pueblo a la guerra y a la sangre, a disputas y querellas. Reconozcan que todos los hombres, pertenezcan a la nación que pertenezcan, y profesen la religión que profesen, tienen un solo origen común, y que un solo destino colectivo es el que les espera, y que todos ellos son fundamentalmente uno, diferenciándose meramente en sus condiciones externas. Entonces, cuando se piense más en el interés de la humanidad que en los intereses temporales de las iglesias, entonces la verdadera iglesia recobrará su poder interno; entonces se encontrarán de nuevo en la Iglesia adeptos, Cristos y santos, otra vez se obtendrán dones espirituales, y hechos milagrosos se llevarán a cabo, los cuales serán más a propósito para convencer a la humanidad que todas las especulaciones teológicas acerca de que más allá del reino sensible de la ilusión material, existe un poder más elevado, universal y divino, y que, a aquellos que están en posesión del mismo, además de darles derecho de llamarse a sí mismos divinos, les hace realmente divinos y les permite llevar a efecto actos divinos.
La verdadera religión consiste en el reconocimiento de Dios, pero Dios no puede ser reconocido más que por medio de su manifestación, y aunque toda la naturaleza es una manifestación de Dios, sin embargo, el grado más alto de esta manifestación es la divinidad en el hambre. El hacer a todos los hombres divinos es el objetivo final de la religión, y el reconocer a la Divinidad universal (Cristo) en todos es el medio para lograr aquel fin. El reconocimiento de Dios significa el reconocimiento del universal principio de amor divino. Aquel que reconozca plenamente este principio, no meramente en la teoría sino en la práctica, le serán abiertos sus sentidos internos, y su mente será iluminada por la Sabiduría Espiritual y Divina. Cuando todos los hombres hayan llegado a aquel estado, entonces la luz divina del espirito iluminará al mundo y será reconocida del mismo modo que la luz del sol es universalmente vista. Entonces el saber sustituirá a la opinión, la fe a la nueva creencia, y el amor universal dominará en lugar del amor personal. Entonces serán reconocidas en la naturaleza y en el hombre la majestad del Dios universal y la armonía de sus leyes. Y en las joyas que adornan al trono del Eterno, joyas que conocen los Adeptos, se verá resplandecer la Luz del Espíritu.
                                                                                            
NOTAS:
La carta original de donde se ha extractado lo que sigue, fue escrita por Karl von Eckhartshaussen, en Munich, el año 1792.
En alemán un Cristo, significa un cristiano, y también uno que es una encarnación del principio Cristo; ambas palabras son idénticas y ninguna diferencia se hace entre un cristiano y un Cristo.