Astarté es la diosa
madre fenicia, la estrella de la tarde, y se la representa habitualmente
desnuda. Su animal simbólico es la esfinge, y se la muestra
frecuentemente sentada en un trono flanqueada por una pareja de
esfinges. A veces lleva una corona hecha de cuernos de vaca enmarcando
un disco solar, igual que Hathor, la diosa madre egipcia. Astarté
está llena de pasión, seducción y abandono sexual. Es lujuriosa, y sus
seguidores muy a menudo se complacen en ritos orgiásticos. Sus templos
más importantes estaban en Tiro, Cartago y Chipre, y se la menciona en
la Biblia como la diosa sidonia, ya que los reyes de Sidón eran sus
sacerdotes. Aparece
de distintas maneras como esposa de Baal y también de El. Como esposa de
Baal, dios de la lluvia, es la feroz Anat; también toma forma de
Athirat, dama del mar, como esposa del gran dios padre El. Como Anat,
Astarté salvó a Baal cuando este fue asesinado por el dios de la muerte.
Mot. Ella descendió a los infiernos y atacó brutalmente a Mot hasta que
lo mató, usando una hoz y una pala para desmembrarlo, fuego para
secarlo y un molino para pulverizarlo. Al final, dispersó sus cenizas en
los campos para que los pájaros las comieran. De esta manera, cambió el
destino de su esposo. Astaroth, el "archiduque de los infiernos"
según la mitología cristiana, recibe su nombre
de una terrible confusión ancestral que se
pierde en lo más temprano de la humanidad.
En la Edad Media, al ser elaborada toda una
jerarquía mitológica de demonios, se echó mano
de los nombres de las antiguas divinidades de
culturas diversas. Por ejemplo Baal, se
transformó en Belcebú, Seth en Set, etcétera.
En el caso de Astaroth, todo pareciera indicar
que le dieron el nombre de una antigua divinidad
femenina.
En la Vulgata de "san" Jerónimo se tradujo
Astharoth como el plural de Astharthe (Astarté)
ya que en la segunda mitad del segundo capítulo
de Jueces, al hacer referencias sobre las múltiples
representaciones de la diosa Astarté, se emplea
Ástharoth' para indicar el plural de 'Astharthe'.
Esta confusión parece estar presente en la cabeza de
Sebastián de Micaelis (principal creador de la
mitología de demonios en el cristianismo) quien
se refiere a Astaroth como el "gran duque de los
infiernos". El Rey Jacobo de Inglaterra, en su versión
personal de la Biblia suprime a Astarté de este pasaje
del libro de los Jueces (v13) reemplazándola por Astaroth.
Es así, como gracias a los fanáticos supersticiosos
de la Edad Media, un "demonio" lleva el nombre de una de
las divinidades femeninas más importantes del mundo antiguo
afín a casi todas la culturas de aquella época: Astarté.
La Diosa Astarté.
Antropólogos e historiadores afirman que Astarté es la
continuidad de 'La Gran Diosa' del paleolítico, pasando
por Asera (Ashera o Asora) en la edad de bronce nombre genérico
otorgado a una pluralidad de divinidades femeninas presentes
en las cosmogonías de diversos pueblos de la antigüedad; asociado
por ejemplo a divinidades femeninas como Gaia, Gea, Rea
entre otras divinidades de la edad de bronce.
El la edad de hierro, es cuando aparece presente en casi todas
las culturas antiguas, relacionada con los cultos a la fertilidad
siendo afín a todas las culturas. Por ejemplo Astarté es Ashtart
entre los fenicios, Istar para los babilonios, Astar para los
abisinios, Athar o Ataret al sur de la península arábiga, Inanna
entre los sumerios, Demeter entre los griegos. De hecho, si
prestamos atención en la similitud fonética que guardan estos
nombres podemos preguntarnos si proceden de algún origen etimológico
en común.
Algunos lingüistas creen que el origen común para este nombre
parece provenir de la relación de esta divinidad con el planeta
Venus, dado el carácter femenino y relacionado con la fecundidad
con el que se relaciona a este astro. Aunque también aparece la
relación etimológica de algún ancestro común en el sánscrito que
signifique 'estrella' (no olvidemos que Venus es el LUCERO DE LA
MAÑANA, al cual se le consideraba una estrella).
En la etimología antigua, se encuentran ancestros comunes en el
acadio y en el etrusco.
<En acadio DAs-tar-tú (también Astártu).
En etrusco Uni-Astre (según las tablillas de Pyrgi)>>*
Y en la etimología moderna la cual puede relacionarla con el
planeta Venus esta la similitud fonética entre 'Istar' y 'estrella'
pasando por esther en hebreo, stella en latín y en italiano, y star
en inglés.
Algunos arqueólogos e historiadores afirman que incluso Astarté
puede ser la evolución del antiquísimo culto a la reina Semiramis.
Quien tras su muerte, fue divinizada y su culto muy extendido entre
los antiguos pueblos mesopotámicos.
La leyenda de Semiramis
La leyenda que diviniza a Semramis desde su nacimiento dice que esta
fue hija de la divinidad anfibia Derceto (también llamada Atargatis)
la cual se hizo enemiga de Afrodita, y esta, en castigo hizo que se
enamorara de un joven sirio con el que procreó una hija. Llena de
vergüenza, Derceto asesinó a su amante y abandonó a la bebé en una
montaña. Oculta entre arbustos de acacia, la pequeña fue alimentada
por palomas, hasta que un campesino llamado Simas la descubrió.
De hecho etimológicamente 'Semiramis' significa "la traída por
las palomas". Semiramis creció destacando por su inteligencia y
su belleza a tal grado que el rey Onnes, (Oannes o Menon)
lugarteniente del gobernador Nino de Siria, pidió su mano y se casó
con ella.
Semiramis, demostró una gran habilidad como estratega, e incluso jugó
un papel determinante en la batalla por la toma de Bactres, a lado
del rey Onnes. A partir de esta hazaña, Nino se fijó en Semiramis y
la hizo su esposa tras mandar asesinar a Onnes. Semiramis vengó
la muerte de su primer esposo y se deshizo de Nino[1] Asumiendo
el gobierno de toda Asiria. Su habilidad militar la llevó a conquistar
infinidad de ciudades Asia, Media, Persia, Armenia y Arabia, que habían
logrado librarse del yugo de Nino. Tras estas victorias, Semiramis
mandó a reedificar la ciudad de Babilonia, a cual la dotó de sus
famosos jardines colgantes y la dotó de su máximo esplendor haciéndola
la capital para su imperio.
Después de afianzar el Imperio y sus antiguos dominios; comenzaron sus
famosas campañas y expediciones en las que sometió a Egipto y Libia,
a las cuales incorporo a su reino el cual hacia oriente se extendía
hasta las orillas del Indo. Semiramis gobernó durante cuarenta gloriosos
años; y según la tradición, un día antes de ascender al cielo en forma de
paloma, renunció al Imperio en favor de su hijo Ninias.
Astarté en la Biblia.
El nombre de Astarté aparece registrado en la Biblia, en la cual
se le identifica como consorte o contraparte femenina de Baal (el
archinémesis del dios hebreo, hasta antes de que introdujeran
una divinidad del mal en la mitología judeo-cristiana; entiéndase
Satán, Diablo, Demonio, etc...). Y como resulta evidente, esta es
denigrada por los misóginos autores israelitas identificándola con
la prostitución, excesos carnales, lujuria, y demás aberraciones
que se les imputan a TODAS LAS DIVINIDADES FEMENINAS que aparecen en
la Biblia.
El culto a Astarté fue tan importante en la edad antigua, que incluso
fe venerada por los mismos israelitas (ver Jueces, 1ro de Samuel, 1ro
de Reyes) e incluso el mismo rey Salomón el Sabio le rindió culto.
De hecho el culto de Astarté entre los israelitas, fue tan fuerte, que
llegó incluso al interior del templo de éstos (2da de Reyes 23:4-7).
Incluso, entre los más altos grados del mormonismo, aparece la figura
de Ashtar Serán, una divinidad de un sistema galáctico lejano, el cual
puede ser vinculado por su parecido fonético, a esta lista de divinidades.
O quizás, quizás se trate de la misma...
Pero, esas,
esas si son
"Cosas Raras"
☠Dom Drako-Konstantyno ╬ ╬
POR EL IMPERIO DEL LAS "COSAS RARAS"
http://drako-konztantyno.blogspot.com
*Cita tomada de Wikipedia.
1. Las versiones divergen entre si Nino mandó a matar a Onnes,
o si éste cometió suicidio al enterarse de los intereses de Nino.
Hay quienes afirman que la misma Semiramis fue quien lo mató.
En otras versiones se afirma que era Semiramis quien perseguía sus
intereses particulares.
El canal de documentales Discovery Channel ha provocado un gran
revuelo con la presentación de un reportaje en el que da "una imagen
tremendamente convincente de la existencia de sirenas, lo que parecen, y
por qué han permanecido ocultas ... hasta ahora".
El programa comienza con imágenes de pinturas prehistóricas. Después,
mezcla hechos reales y fenómenos no explicados con la historia de dos
científicos, que cuentan que encontraron los restos de una criatura
marina nunca identificada hasta ahora y describe cómo las sirenas pueden
haber evolucionado del árbol genealógico humano primitivo.
Segun La cadena que saco si no mal recordamos otro de licantropos y como se relacionan su manada cosa que no estaba muy lejos de la realidad, pero el video inicio cuando en 2004 varias ballenas llegaron a la costa y un supuesto niño fue testigo y tomo con su celular al humanoide.Después este supuesto equipo encontro que y eso es verdad varios peces coincidia eran eridos con lanzas creadas con huesos, y otra que desde la guerra mundial la marina usa explosiones sonares para atacar naves enemigas, pero que parecia alguien abria sus cajas en el fondo del mar para dañar el arma militar.
Como siempre pasa los cientificos que salen en el video sacaron huesos de un craneo, una mano y una cola. Salio la terioa del simio del agua que si lo meditamos no es una locura, pues muchas especies de mamiferos regresaron al mar aun hoy dia, como los lobos que evoluciono en la orca.
Como es de esperar a los cientificos aparece un gobierno secreto que les roba las pruebas y solo tiene su reputacion dudosa para dar testimonio y nada mas y un sonido del que hablaremos mas adelante.
Eso era un documental que Discovery chanel saco y quedo su reputacion en duda..pero es todo verdad o mentira?
Lo primero que veremos ens que dicho sonido extraño si existe
Entre ballenas gigantes y el Cthulhu de H.P. Lovecraft
Hace unos días hablábamos en el blog de “el ronquido de Taos”, un extraño sonido sin identificar en el desierto de Nuevo México. Hoy tratamos otro tema similar, el “Bloop” o “Slow Down”, otro sonido hasta ahora sin fuente conocida que fue grabado en el fondo oceánico del Pacífico Sur en el verano de 1997.
El que fue bautizado como Bloop, fue registrado por una serie de
micrófonos submarinos, en algunas ocasiones distantes entre sí por más
de 5000 kilómetros de distancia, que fueron usados durante la guerra
fría por Estados Unidos para detectar el tráfico de submarinos rusos en
el Pacífico Sur.
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En el verano de 1997, pese a que la guerra fría ya se había dado por
finalizada, los hidrófonos continuaban siendo usados por NOAA (National
Oceanic and Atmospheric Administration) y fue cuando tras una revisión
de los registros se encontraron con una serie de sonidos de ultra-baja
frecuencia lentos y decrecientes con frecuencias que duraban unos 7
minutos.
El origen del sonido se ubicó entre las coordenadas 50° S 100° W y 15°S 115°W pero ha día de hoy su fuente emisora continúa siendo todo un misterio.
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Ubicación del sonido
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Se ha postulado que el sonido podría provenir de un animal, ya fuere
de una especie desconocida de pulpo o calamar gigantesco, o de una nueva
especie de ballena gigante aún más grande que la ballena azul. Sin
embargo, no existe entre los cefalópodos conocidos ninguno cuya
fisiología le permita producir este tipo de sonido (cavidades rellenas
de gas en especial), y un cetáceo más grande que la ballena azul debería
subir a la superficie para respirar, con la posibilidad de ser
observado.
Hasta el presente no ha habido explicación del origen del sonido. Los
esfuerzos posteriores para investigarlo han sido infructuosos, ya que
no se ha vuelto a oír desde 1997.
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El Cthulhu de H.P. Lovecraft
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El punto de origen del Bloop, resulta relativamente cercano a la situación de la ficticia ciudad sumergida de R’lyeh, la cual forma parte de la mitología de H.P. Lovecraft, con obras como La llamada de Cthulhu (1926). Esto ha llevado a muchos de sus seguidores a establecer relaciones entre este fenómeno y la bestia llamada Cthulhu.En
la mitología lovecraftiana el antiguo y enorme Cthulhu fue encerrado en
esta mítica ciudad. Las deidades lovecraftianas, para comunicarse entre
ellas, producirían unos sonidos de frecuencias ultrabajas.
otra cosa que debemos considerar es que lo que expone el documental sobre lanzas hechas con huesos no es broma a la costa de todo el mundo llegan restos asi pero la gente desconoce que es o le da importancia, y lo mas importante es verdad que si sigues la ruta de migracion de ballenas lo mas seguro es que junto a ellas estes migrando estos tritones los cuales el gobierno quiere negar existan como con muchas cosas en el mundo, de hecho el gobierno niega todo pero todo investiga y esto es global, no te preguntas que horriblñe verdad esconde? o por que no quiere se sepa existio un tiempo antes del tiempo?
Ante la ola de preguntas sobre la existencia de sirenas, a raíz de un documental de Discovery Channel , la National Ocean Service (NOS), dependiente del Gobierno de los Estados Unidos (EE.UU.), tuvo que hacer una aclaración.
"Las sirenas son solo criaturas de mar legendarias",
dijo a través de un comunicado el organismo encargado de analizar
respuestas ante "cambios climáticos y riesgos naturales como huracanes y
tsunamis".
Según recoge Infobae.com, la NOS habría recibido
varias cartas de ciudadanos acerca de la existencia potencial de estas
criaturas mitológicas poco después de la difusión en mayo, en la cadena
de televisión Animal Planet de Discovery Channel, del documental Sirenas: El cuerpo hallado.
La
producción resultó tan convincente que las interrogantes no se hicieron
esperar, ante lo cual, la organización respondió que "ninguna prueba de
un humanoide acuático fue descubierta”, aunque no aportaron ninguna
evidencia que negara la existencia de estas mujeres con cola de pez.
El desmentido
de la National Ocean Service se produjo un mes después de que los
Centros Federales para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC)
declararan que no había pruebas tangibles de que existan zombis.
"Los
CDC no están al tanto de la existencia de un virus o una enfermedad
susceptible de revivir a los muertos", dijo un vocero al diario The
Huffington Post, en respuesta a los viejos temores populares que se
despertaron tras una serie de ataques caníbales en los Estados Unidos ocurridos en los últimos meses.
Pero lo curioso es que los avistamientos de sirenas han pasado toda la vida en el mundo y sobre los zombies pese a que no es el tema si han pasado ataques reales hoy dia de canibalismo.
Es mas el documental expone otra cuestion real que no se puede negar, los delfines....pues estos animales son listos, suponen una relacion entre estos tritones y los delfines, lo sobresaliente pese a las negaciones del gobierno es quien enseño a los delfines como expone el documental a trabajar con pescadores de lugares remotos, trane el pescado, dejan las rede slos atrapen por que saben los soltaran y daran parte del botin de peces...parece una locura un animal se deje atrapar pero asi es delfin y hombre trabajando juntos por la comida..quien les enseño a los delfines?
¿El motivo de este inusual aviso? La difusión de un exitoso documental en la cadena de televisión Animal Planet de Discovery Channel,
'Sirenas: El cuerpo hallado', donde se da a entender que estas
criaturas mitológicas podrían existir y que se han mantenido ocultas
hasta ahora.
"El documental muestra un panorama muy convincente acerca de la
existencia de sirenas, a lo que podrían parecerse, y por qué se habrían
mantenido ocultas hasta ahora", ha indicado Discovery Channel en un
comunicado, según informa la cadena CNN.
El texto de la Administración Oceánica tampoco es un desmentido
taxativo y, de hecho, lanza una pregunta al aire: "¿Por qué, entonces, ocupa el inconsciente colectivo de casi todos los pueblos marineros? Ésa es una pregunta que es mejor dejar a los historiadores, filósofos y antropólogos".
En el comunicado, se añade que las sirenas -mitad humanos, mitad peces- son criaturas legendarias del mar
que han ocupado las culturas marítimas desde tiempos inmemoriales. De
hecho, el escritor griego Homero ya habló de ellas en la Odisea.
En el antiguo Lejano Oriente, las sirenas eran las esposas de los poderosos dragones marinos, y servían de mensajeras de confianza entre sus cónyuges y los emperadores en la tierra, prosigue el comunicado.
El texto también recuerda que las míticas figuras femeninas aparecieron por primera vez en las pinturas rupestres en el Paleolítico tardío
(Edad de Piedra), periodo de hace unos 30.000 años, cuando los hombres
modernos ganaron el dominio sobre la tierra y, presumiblemente,
comenzaron a navegar por los mares.
Si recordamos que a Lovecraft se le tachaba de loco, es curioso sea el primero que hablara sobre extraños reinos olvidados y bajo el mar, donde dioses terribles aun duermen..una historia es la siguiente y pensemos eran sueños de un loco o revelaciones de loq ue vendra?
LA SOMBRA SOBRE INNSMOUTH
HOWARD PHILLIP LOVECRAFT
I
Durante el invierno de 1927-28, los agentes del Gobierno Federal
realizaron una extraña y secreta investigación sobre ciertas instalaciones del
antiguo puerto marítimo de Innsmouth, en Massachusetts. El público se enteró
de ello en febrero, porque fue entonces cuando se llevaron a cabo redadas y
numerosos arrestos, seguidos del incendio y la voladura sistemáticos -efectuados
con las precauciones convenientes- de una gran cantidad de casas ruinosas, carcomidas,
supuestamente deshabitadas, que se alzaban a lo largo del abandonado barrio
del muelle. Las personas poco curiosas no prestarían atención a este suceso,
y lo consideraron sin duda como un episodio más de la larga lucha contra el
licor. En cambio, a los más perspicaces les sorprendió el extraordinario número
de detenciones, el desacostumbrado despliegue de fuerza pública que se empleó
para llevarlas a cabo, y el silencio que impusieron las autoridades en torno
a los detenidos. No hubo juicio, ni se llegó a saber tampoco de qué se les acusaba;
ni siquiera fue visto posteriormente ninguno de los detenidos en las cárceles
ordinarias del país. Se hicieron declaraciones imprecisas acerca de enfermedades
y campos de concentración, y más tarde se habló de evasiones en varias prisiones
navales y militares, pero nada positivo se reveló.
La misma ciudad de Innsmouth se había quedado casi despoblada. Sólo ahora
empiezan a manifestarse en ella algunas señales de lento renacer. Las quejas
formuladas por numerosas organizaciones liberales fueron acalladas tras
largas deliberaciones secretas; los representantes de dichas sociedades
efectuaron algunos viajes a ciertos campos y prisiones, y como consecuencia,
tales organizaciones perdieron repentinamente todo interés por la cuestión.
Más difíciles de disuadir fueron los periodistas; pero finalmente, acabaron
por colaborar con el Gobierno. Sélo un periódico -un diario sensacionalista
y de escaso prestigio por esta razón- hizo referencia a cierto submarino
capaz de grandes inmersiones que torpedeó los abismos de la mar, justo detrás
del Arrecife del Diablo. Esta información, recogida casualmente en una taberna
marinera, parecía un tanto fantástica ya que el arrecife, negro y plano,
queda por lo menos a milla y media del puerto de Innsmouth. Los campesinos
de los alrededores y las gentes de los pueblos vecinos lo comentaron mucho,
pero se mostraron extremadamente reservados con la gente de fuera. Llevaban
casi un siglo hablando entre ellos de la moribunda y medio desierta ciudad
de Innsmouth y lo que acababa de suceder no había sido más tremendo ni espantoso
que lo que se comentaba en voz baja desde mucho años antes. Habían sucedido
cosas que les enseñaron a ser reservados, de modo que era inútil intentar
sonsacarles. Además, sabían poca cosa en realidad, porqué la presencia de
unos saladares extensos y despoblados dificultaba mucho la llegada a Innsmouth
por tierra firme, y los habitantes de los pueblos vecinos se mantenían alejados.
Pero yo voy a transgredir la ley de silencio impuesta en torno a esta cuestión.
Estoy convencido de que los resultados obtenidos son tan concluyentes que,
aparte un sobresalto de repugnancia, mis revelaciones sobre lo que hallaron
los horrorizados agentes que irrumpieron en Innsmouth no pueden causar ningún
daño. Por otra parte, el asunto podría tener más de una explicación. Tampoco
sé exactamente hasta qué punto me han contado toda la verdad, pero tengo
muchas razones para no desear indagar más a fondo, ya que el caso, y el
recuerdo de lo que pasó, me obliga a tomar severas medidas. Fui yo quien,
a primera hora de la mañana del 16 de julio de 1927, huyó frenéticamente
de Innsmouth, y quien suplicó horrorizado al Gobierno que abriese una investigación
y actuase en consecuencia, petición que dio origen a todo el episodio relatado.
Yo estaba firmemente resuelto a permanecer callado mientras el asunto estuviera
reciente en la memoria de todos, pero ahora que ya ha pasado el tiempo y
el público ha perdido interés y curiosidad, tengo un extraordinario deseo
de contar, en voz muy baja, las horas escasas y terribles que pasé en aquel
puerto de tan siniestra reputación, sobre el que se cierne una sombra blasfema
y mortal. El mero hecho de contarlo me ayudará a recobrar la confianza en
mis facultades, a convencerme de que no fui simplemente la primera víctima
de una pesadilla colectiva. Me servirá además para decidirme a mirar de
frente cierto paso terrible que aún tengo que dar. Nunca había oído hablar
de Innsmouth hasta la víspera del día en que lo vi por primera y -hasta
ahora- última vez. Celebraba mi mayoría de edad dando la vuelta a Nueva
Inglaterra -turismo, antigüedades, interés genealógico- y había planeado
ir directamente desde el antiguo pueblo de Newburyport a Arkham, de donde
provenía la familia de mi padre. No tenía coche y viajaba en tren, en trolebús
o en coches de línea, buscando siempre el itinerario más barato. En Newburyport
me dijeron que para ir a Arkham debía tomar el tren. Y fue en el despacho
de billetes de la estación donde, al vacilar ante el elevado precio del
billete, oí hablar por vez primera de Innsmouth. El empleado, hombre corpulento
de rostro sagaz y un acento que no era de la región, consideró con simpatía
mis esfuerzos por ahorrar y me sugirió una solución que hasta entonces nadie
me había propuesto. -Creo que podría coger el autobús viejo -dijo después
de cierta vacilación- aunque por aquí nadie suele cogerlo. Pasa por Innsmouth...
Puede que haya oído usted hablar del pueblo ese... A la gente no le gusta.
El conductor es de allí, un tal Joe Sargent, y nunca coge viajeros de aquí
ni de Arkham. No me explico de qué vive esa empresa. El precio del billete
debe ser bastante barato, pero nunca lleva más de dos o tres personas...
y todas de Innsmouth. Sale de la Plaza, delante de la Droguería Hammond,
a las diez de la mañana y a las siete de la tarde, a no ser que hayan cambiado
de horario últimamente. Parece una cafetera rusa... Jamás me he metido dentro
de ese trasto. Esta fue la primera noticia del siniestro pueblo de Innsmouth.
Cualquier referencia a un pueblo que no viniera en los mapas ordinarios
o no estuviera registrado en las guías actuales de viajes me habría interesado,
pero además, la extraña manera que tuvo e! empleado de mencionarlo acabó
de suscitar en mi ánimo una verdadera curiosidad. Pensé que un pueblo capaz
de inspirar tal aversión entre los vecinos debía de ser curioso y digno
de atención turística. Puesto que estaba antes de llegar a Arkham, me detendría
en él... Así que pedí al empleado que me informase un poco más. Cautamente,
y con aire de saber más de lo que decía, exclamó: -¿Innsmouth? Sí, es un
pueblo bastante raro. Está en la desembocadura de Manuxet. Era casi una
ciudad, un puerto relativamente importante, antes de la guerra de 1812,
pero se ha arruinado durante los últimos cien años o por ahí. Ya no pasa
ni el ferrocarril... Hace años que se dejó abandonada la línea que lo unía
con Rowley. »Debe haber más casas vacías que habitantes, y no hay comercio
ni industria, excepto la pesca y las nasas. La gente prefiere venir aquí
o a Arkham o a Ipswich para hacer sus negocios. Años atrás había algunas
fábricas, pero ahora no queda más que una refinería de oro que además se
pasa largas temporadas sin funcionar. »Sin embargo, esa refinería fue un
buen negocio en sus tiempos, y el viejo Marsh, el dueño, debe de ser más
rico que Creso. Es un viejo maniático y extravagante que no sale de su casa
para nada. Dicen que ha contraído una enfermedad de la piel o que le ha
salido alguna deformidad, y no se deja ver. Es nieto del capitán Obed Marsh,
que fue el fundador del negocio. Parece que su madre era extranjera, dicen
que procedía de los Mares del Sur; así que se armó la gorda cuando se casó
con una muchacha de Ipswich, hace cincuenta años. A la gente de por aquí
no le gustan los de Innsmouth, y si alguno lleva sangre de Innsmouth procura
siempre ocultarlo. Pero a mi modo de ver, los hijos y los nietos de Marsh
tienen un aspecto normal. Me los señalaron una vez que pasaron por aquí…
Y ahora que lo pienso, parece que los hijos mayores no vienen últimamente.
Al viejo no lo he llegado a ver nunca. »¿Que por qué las cosas andan tan
mal en Innsmouth? Bueno, muchacho, no debe preocuparse usted de lo que se
oye por ahí, Les cuesta empezar, pero en cuanto dicen dos palabras seguidas,
ya no paran. Se han pasado los últimos cien años chismorreando sobre lo
que pasa en Innsmouth, y me figuro que están más asustados que otra cosa.
Algunas historias que se cuentan son de risa. Por ejemplo, dicen que el
viejo capitán Marsh negociaba con el diablo y sacaba trasgos del infierno
para traérselos a vivir a Innsmouth, y también que celebraban una especie
de culto satánico y sacrificios espantosos, cerca de los muelles, y que
lo descubrieron allá por el año 1845 más o menos... Pero yo soy de Panton,
Vermont, y no me trago esas historias. »Tenía usted que oír lo que cuentan
los viejos del arrecife de la costa... El Arrecife del Diablo lo llaman.
En muchas ocasiones sobresale por encima de las olas, y cuando no, aparece
a flor de agua, pero ni siquiera se puede decir que sea una isla. Según
cuentan, se ve a veces una legión entera de demonios en ese arrecife, desparramados
por allí o saliendo y entrando de unas cuevas que hay en la parte alta de
la roca. Es una peña abrupta y desigual, a bastante más de una milla de
la costa. Ultimamente los marineros solían desviarse bastante para evitarla.
»Los marineros que no procedían de Innsmouth, se entiende. Una de las cosas
que tenían contra el capitán Marsh era que, al parecer, atracaba allí algunas
veces por la noche, cuando la marca lo permitía, Puede que atracara, porque
la roca es interesante, y hasta es posible que fuese en busca de algún tesoro
pirata; pero lo que decían es que negociaba con los demonios de allí. Para
mí, la pura realidad es que fue el capitán quien verdaderamente le dio fama
de siniestro al arrecife. »Eso fue antes de la epidemia de 1846, en que
murió más de la mitad de la población de Innsmouth. No se llegó a explicar
completamente qué fue lo que pasó, pero seguro que se trataba de alguna
enfermedad exótica, traída de China o de alguna parte, por mar. Debió de
ser terrible; hubo desórdenes por culpa de eso, y pasaron cosas horribles
que no creo que hayan llegado a trascender fuera del pueblo. El caso es
que con eso se arruinó para siempre. No volvió a repetirse la hecatombe,
pero ahora apenas vivirán allí trescientas o cuatrocientas personas. »Pero
lo único que hay en el fondo de la actitud de la gente es un simple prejuicio
racial... y no lo censuro. Siento aversión por la gente de Innsmouth y no
me gustaría ir a ese pueblo por nada del mundo. Me figuro que usted tendrá
idea -aunque ya veo por su acento que es occidental- de la cantidad de barcos
nuestros, de Nueva Inglaterra, que acostumbran a tocar los puertos extraños
de Africa, de Asia, de los Mares del Sur y de cualquier parte, y la de gente
rara que a veces se traen para acá. Habrá oído hablar seguramente del hombre
de Salem que regresó después casado con una china, y puede que sepa también
que todavía queda un puñado de isleños procedentes de Fidji, por ahí por
Cape Cod. »Bueno, algo de eso debe haber detrás de la gente de Innsmouth.
El lugar siempre estuvo separado del resto de la comarca por marismas y
riachuelos, y no podemos estar seguros de lo que pasaba en realidad, pero
está bastante claro que el viejo capitán Marsh debió traerse a casa a unos
tipos extraños, cuando tenía sus tres barcos en actividad, allá por los
años veinte o treinta. Ciertamente, la gente de Innsmouth posee unos rasgos
extraños; hoy en día... no sé cómo explicarlo, pero es una cosa que te pone
la carne de gallina. Lo notará usted un poco en Sargent, si coge el autobús.
Algunos tienen la cabeza estrecha y rara, con la nariz chata y aplastada;
y tienen también unos ojos fijos que parece que nunca parpadean, y una piel
que no es como la piel normal que tenemos los demás; es áspera y costrosa,
y a los lados del cuello la tienen arrugada o como replegada. Se quedan
calvos muy jóvenes, también. Los más viejos son los que peor aspecto tienen...
Bueno, en realidad creo que no he visto nunca a un tipo de ésos verdaderamente
viejo. ¡Me figuro que se morirán de mirarse en el espejo! Los animales les
tienen aversión... Solían tener muchos problemas con los caballos, antes
de aparecer el automóvil. »Nadie de por aquí, ni de Arkham ni de Ipswich,
quieren tratos con ellos. Por lo demás, se comportan con sequedad cuando
vienen al pueblo o cuando alguien intenta pescar en sus caladeros. Lo raro
es el tamaño del pescado que sacan siempre en las aguas del puerto, si no
hay nada más por allí cerca... ¡Pero intente pescar usted en este sitio
y verá lo que tardan en echarlo! Antes solían venir en tren... Después,
cuando la compañía abandonó el ramal, se daban una caminata para tomarlo
en Rowley... Ahora viajan en autobús. »Sí, hay un hotel en Innsmouth; se
llama Gilman House, pero me parece que no es gran cosa. Yo le aconsejaría
que no se quedara. Es mejor que pase la noche aquí y mañana por la mañana
coge el autobús de las diez; luego puede salir de allí a las ocho de la
tarde, en el que va a Arkham. Hubo un inspector de Hacienda que paró en
el Gilman hará unos dos años, y sacó de allí un sinfín de impresiones desagradables.
Parece que tienen una multitud de gentes extrañas en ese hotel, porque el
buen hombre no paró de oír en las otras habitaciones unas voces que le producían
escalofríos. Decía que hablaban en un idioma extranjero, pero lo peor era
una voz extraña que hablaba de cuando en cuando. Le sonaba tan poco humana
-como un chapoteo, decía él- que no se atrevió ni a desnudarse para meterse
en la cama. Total: que pasó la noche en vela y apagó la luz a las primeras
luces de la madrugada. Las conversaciones duraron casi toda la noche. »Lo
que más le chocó al hombre ese -Casey se llamaba-, era la forma con que
le miraba la gente de Innsmouth; parecían talmente como policías vigilándole.
La refinería Marsh le pareció bastante rara... Se trata de una vieja fábrica
situada a orillas del Manuxet, en su desembocadura. Lo que contó estaba
de acuerdo con ]o que yo sabía ya. Libros mal llevados, ninguna cuenta clara,
y el negocio no se veía por ninguna parte. Además, ha habido siempre cierto
misterio sobre la forma como los Marsh obtienen el oro que refinan. Nunca
se ha visto que hicieran muchas compras de oro, pero hasta hace unos años
enviaban por barco cantidades enormes de lingotes. »Se solía hablar de ciertas
joyas extrañas que los marineros v los trabajadores de la refinería vendían
en secreto, o que llevaban a veces las mujeres de la familia Marsh. Se decía
que el capitán Obed conseguía el personal de su empresa en los puertos tropicales;
parece que sus barcos zarpaban llenos de abalorios y baratijas, como si
fueran a establecer tratos con los nativos. Otros pensaban -y lo piensan
todavía- que había encontrado un antiguo escondrijo de piratas en el Arrecife
del Diablo. Pero lo extraño es que el viejo capitán murió hace sesenta años,
y desde la Guerra Civil no ha salido de Innsmouth ni un solo barco de gran
calado. Y a pesar de todo los Marsh siguen comprando baratijas para salvajes,
sobre todo cuentas de vidrio y chucherías, según me han contado. A lo mejor
es que a los de Innsmouth les gusta adornarse con eso... Bien sabe Dios
que han estado a punto de caer al mismo nivel que los caníbales de los Mares
del Sur y los salvajes de Guinea. »La plaga del cuarenta y seis debió de
llevarse lo mejor del pueblo. En todo caso los únicos que vienen de allí
son gentes sospechosas; y los Marsh y los demás ricachos son tan sospechosos
como ellos. Como le digo, no serán más de cuatrocientos en todo el pueblo,
a pesar de lo grande que es. Son lo que en el Sur llaman 'blancos desarrapados',
o sea, tipos huraños y disimulados, llenos de secretos y misterios. Cogen
mucho pescado y marisco, y lo exportan en camiones. Es anormal la cantidad
de toneladas de pescado que sacan de ese trozo de costa. »Nadie ha podido
averiguar lo que hacen en ese pueblo. Las escuelas oficiales del Estado
y las oficinas del censo de población se han estrellado una y otra vez con
ellos. Puede apostar a que las visitas de inspección no son bien recibidas
en Innsmouth. Yo personalmente he oído de más de un encargado de negocios
del Gobierno que ha desaparecido allí. Se ha hablado mucho también de uno
que se volvió loco y ahora está en el sanatorio. Sin duda le dieron un susto
tremendo a ese pobre hombre. »Por eso no pasaría yo la noche allí, en su
lugar. Nunca he estado en el pueblo ese ni me apetece ir, pero me figuro
que visitarlo de día no supone riesgo alguno... A pesar de todo, la gente
de por aquí le aconsejaría que no lo hiciera. Si está usted haciendo turismo
y buscando cosas antiguas, Innsmouth es un lugar que le interesará.» Después
de lo que me contó el buen hombre aquel, me pasé casi toda la tarde en la
Biblioteca Pública de Newburyport, buscando datos sobre Innsmouth. Luego
pregunté a las gentes de las tiendas, del restaurante, incluso en el parque
de bomberos, pero pude comprobar que era más difícil de lo que había predicho
el empleado de la estación sacarles algo en limpio. Por lo demás, no disponía
de tiempo para vencer su instintivo recelo. Me pareció que desconfiaban
por alguna razón, como si fuera sospechoso todo aquel que se interesara
demasiado por Innsmouth. En la Y.M.C.A. (Young Men’s Christian Association,
es decir, Asociación Cristiana de Jóvenes.) donde me había hospedado, el
sacerdote trató de disuadirme pintándome ese pueblo como un lugar malsano
y decadente. En la biblioteca, muchos adoptaron esa misma actitud. Era evidente
que a los ojos de las personas de formación Innsmouth era meramente un caso
exagerado de degeneración cívica. Los manuales de historia del Condado de
Essex que me sirvieron en la biblioteca decían bien poco: que el pueblo
se fundó en 1643, que era célebre por sus astilleros, antes de la Revolución,
y que llegó a gozar de gran prosperidad naval a principios del siglo XIX;
más tarde, se convirtió en centro industrial de segundo orden, gracias al
aprovechamiento de las aguas del Manuxet como fuente de energía. Se referían
muy veladamente a la epidemia y a los desórdenes de 1846, como si constituyesen
un descrédito para todo el condado. También se decía poca cosa de su proceso
de decadencia, aunque el capítulo final era bien elocuente. Después de la
Guerra Civil, toda la vida industrial de la localidad quedó reducida a la
Marsh Refining Company, y el mercado de lingotes de oro constituía tan sólo
un pequeño residuo de lo que había sido su comercio, aparte la eterna pesca.
Pero la pesca se pagaba cada día menos, a medida que bajaba el precio de
la mercancía debido a la competencia de las grandes empresas, aunque nunca
hubo escasez de pescado alrededor del puerto de Innsmouth. Los extranjeros
se asentaban raramente por allí. Se decía que lo había intentado cierto
número de polacos y portugueses, pero que fueron expulsados de una manera
singularmente enérgica. Lo más interesante de todo era una breve nota referente
a ciertas joyas vagamente asociadas a la localidad de Innsmouth. Evidentemente,
el caso había impresionado a toda la región, ya que el libro hacía referencia
a determinadas piezas que se hallaban en el Museo de la Universidad del
Miskatonic, de Arkham, y en el salón de exhibiciones de la Sociedad de Estudios
Históricos de Newburyport. Las descripciones fragmentarias de tales joyas
eran escuetas y frías, pero me causaron una impresión difícil de definir.
Todo aquello me resultaba tan singular y excitante, que no se me iba de
la cabeza, y a pesar de la hora avanzada, decidí acercarme a ver la pieza
que se conservaba en la localidad. Por lo visto era un objeto grande, de
extrañas proporciones, muy parecido a una tiara. El bibliotecario me dio
una nota de presentación para el conservador de la sociedad. El conservador
resultó ser una tal Anna Tilton, soltera, que vivía allí cerca, Tras una
breve explicación, la anciana se mostró muy amable y me sirvió de guía.
El museo de la sociedad era notable en verdad, pero mi estado de ánimo era
tal, que no tuve ojos más que para el raro objeto que relumbraba en la vitrina
del rincón, bajo el foco de luz eléctrica. No fue mi sensibilidad estética
lo que me hizo abrir literalmente la boca ante el sobrenatural esplendor
de aquella portentosa fantasía que descansaba sobre un cojín de terciopelo
rojo. Incluso ahora sería incapaz de describirlo con precisión, aunque no
cabía duda de que era una tiara, como decía la inscripción que había leído.
Su parte delantera era muy elevada, y su contorno ancho y curiosamente irregular,
como si hubiera sido diseñada para una cabeza caprichosamente elíptica.
Parecía de oro, aunque poseía una misteriosa brillantez que hacía pensar
en una aleación con otro metal de igual belleza y difícilmente identificable.
Su estado de conservación era casi perfecto. Me podría haber pasado horas
enteras estudiando los sorprendentes y enigmáticos adornos -unos, simplemente
geométricos, otros, sencillos motivos marinos-, cincelados o moldeados con
maravillosa habilidad. Cuanto más la miraba, más fascinado me sentía, y
en esta fascinación encontraba algo inquietante e inexplicable. Al principio
pensé que era una extraña calidad artística lo que me desasosegaba. Todos
los objetos de arte que había visto anteriormente pertenecían a algún estilo
o a alguna tradición nacional o racial conocida, o a alguna de esas tendencias
modernas que rompen con toda tradición. Pero aquella tiara no estaba en
ninguno de los dos casos. Denotaba claramente una técnica muy definida,
de gran madurez y perfección, aunque totalmente distinta de cualquier otra,
oriental u occidental, antigua o moderna. Jamás había visto algo parecido.
Era como si aquella preciosa obra de artesanía perteneciese a otro planeta.
Pero no tardé en darme cuenta de que mi turbación se debía a otra causa,
quizá igualmente poderosa, esto es, a sus extraños motivos ornamentales
que sugerían desconocidas fórmulas matemáticas y secretos remotos hundidos
en inimaginables abismos del tiempo y del espacio. La naturaleza representada
en los relieves, invariablemente acuática, resultaba casi siniestra. Había
unos monstruos fabulosos, extravagantes y malignos, unos seres mitad peces
y mitad batracios que me obsesionaban hasta el extremo de despertar en mí
una especie de pseudo-recuerdos. Era como si yo mismo tuviera de ellos una
vaga memoria, remota y terrible, que emanase de las células secretas donde
duermen nuestras imágenes ancestrales más espantosas. Me daba la impresión
de que cada rasgo de aquellos horrendos peces-ranas desbordaba la última
quintaesencia de una maldad inhumana y desconocida. En curioso contraste
con el aspecto de la tiara, estaba su breve y sórdida historia. Según me
contó miss Tilton, en 1873 cierto individuo de Innsmouth, borracho, la había
empeñado por una suma ridícula poco antes de morir en una riña, en una tienda
de State Street. La Sociedad de Estudios Históricos la adquirió directamente
del prestamista, y desde el primer momento la colocó en uno de los lugares
más destacados de su salón, con una etiqueta en la que se indicaba que probablemente
provenía de la India oriental o de Indochina, aunque ambas suposiciones
eran francamente problemáticas. Miss Tilton, comparando todas las hipótesis
posibles sobre el origen de la tiara y su presencia en Nueva Inglaterra,
se sentía inclinada a creer que había formado parte de algún tesoro pirata
descubierto por el viejo capitán Obed Marsh. A favor de esta suposición
estaba el hecho de que los Marsh, al enterarse del paradero de la joya,
habían intentado adquirirla ofreciendo una suma elevadísima que todavía
mantenían pese a la firme determinación de la sociedad de no vender. Mientras
la amable señora me acompañaba hasta la puerta, me aclaró que su hipótesis
sobre el origen pirata de la fortuna de los Marsh estaba muy extendida entre
los intelectuales de la región. Ella nunca había estado en Innsmouth, pero
sentía aversión hacia sus habitantes, según dijo, a causa de su degeneración
moral y cultural. Incluso me aseguró que los rumores existentes acerca de
cierto culto satanista practicado en Innsmouth encontraba apoyo en el hecho
de que hubieran ganado allí numerosos adeptos determinados ritos secretos
que habían terminado por absorber a todas las iglesias ortodoxas. Esos ritos
eran practicados por la llamada «Orden Esotérica de Dagon», y se trataba
sin duda de alguna religión pagana y degenerada de origen oriental que había
sido importada, al parecer, en una época en que la pesca había escaseado.
Era lógico, en cierto modo, que las gentes sencillas la hubiesen aceptado,
ya que de pronto, a partir de su instauración, la pesca había vuelto a ser
próspera y abundante. La «Orden» no tardó en alcanzar una gran preponderancia
en el pueblo, sustituyendo por completo a la francmasonería e instalándose
incluso en la antigua logia masónica de New Church Green. Todo esto, según
la piadosa miss Tilton, constituía un argumento decisivo para rehuir la
diabólica y mísera ciudad de Innsmouth. A mí en cambio me despertó un enorme
interés por visitarla. A la curiosidad arquitectónica e histórica que sentía
se sumaba ahora un entusiasmo antropológico, de tal modo que, en mi reducida
habitación de la Y.M.C.A. sólo pude conciliar el sueño cuando ya empezaba
a clarear. II A la mañana siguiente, poco antes de la diez, cogí la maleta
y me situé ante la Droguería Hammond, en la Plaza del Mercado, a esperar
el autobús de Innsmouth. Cuando ya faltaba poco para llegar, observé que
los paseantes se alejaban de la parada. El empleado de la estación no había
exagerado la repugnancia que sentían en la localidad por los habitantes
de Innsmouth. Al poco tiempo apareció, retemblando por State Street, un
coche de línea bastante viejo, pintado de verde sucio. Dio la vuelta y frenó
al lado de donde yo estaba. En seguida me di cuenta de que era el que yo
esperaba. Encima del parabrisas se adivinaba el casi ilegible cartel: Arkham-Innsmouth-Newb...port.
Sólo venían tres pasajeros, tres hombres más bien jóvenes, morenos, mal
vestidos y de semblante hosco. Cuando el vehículo se detuvo, bajaron los
tres y, con paso torpe y desmañado, echaron a andar en silencio por State
Street, casi de manera furtiva. El conductor bajó también del coche y le
vi desaparecer en el interior de la droguería. «Este debe ser el tal Joe
Sargent que mencionó el empleado de la estación», pensé, y antes de reparar
en ningún detalle, sentí que me embargaba como una oleada de instintiva
aversión, tan incontenible como inexplicable. De pronto, me pareció muy
natural que la gente de la localidad no deseara subir a semejante autobús
ni visitar la población donde vivía aquella chusma. Cuando volvió a salir
de la droguería, me fijé más en él y traté de descubrir el motivo por el
que me había causado tan mala impresión. Era un hombre flaco, de hombros
caídos y uno setenta de estatura o tal vez menos. Llevaba un traje azul
raído y una deshilachada gorra de golf. Debía tener unos treinta y cinco
años, aunque las dos arrugas que le surcaban el cuello a ambos lados le
hacían parecer más viejo, si no se fijaba uno en su rostro inexpresivo y
apagado. Tenía la cabeza estrecha y unos ojos saltones de color azul claro
que no pestañeaban; su barbilla y su frente eran deprimidas, y tenía unas
orejas más bien rudimentarias y atrofiadas. Sus labios eran grandes y abultados;
sus mejillas, cubiertas de poros abiertos y de costras, daban la sensación
de carecer casi totalmente de barba, aparte algunos pelos amarillos tan
irregularmente repartidos por la cara, que junto con las rugosidades de
la piel, más que otra cosa parecían calvas producidas por alguna enfermedad.
Sus manos enormes, surcadas de venas, eran de un increíble gris azulado;
tenía los dedos sorprendentemente cortos y desproporcionados, como encogidos
hacia adentro de sus tremendas palmas. Al dirigirse hacia el autobús, noté
su forma de bamboleante de andar. Sus pies eran igualmente desmesurados,
y cuanto más se los miraba, más difícil me parecía que pudiera encontrar
zapatos a su medida. La mugre que llevaba encima lo hacía más repugnante
aún, Sin duda trabajaba o haraganeaba por los muelles pesqueros, a juzgar
por el olor que traía consigo. Era imposible averiguar qué mezcla de sangres
habría en sus venas. Sus rasgos no parecían asiáticos, polinesios ni negroides,
pero evidentemente eran extranjeros. Sin embargo, más que una característica
racial, aquellos rasgos me parecían una degeneración biológica. Me quedé
cortado de pronto, al darme cuenta de que no había ningún otro pasajero
en el autobús. No me gustó la idea de viajar solo con semejante conductor.
Pero se acercaba la hora de salida, y tuve que decidirme. Subí al coche,
le tendí un dólar y dije escuetamente: «Innsmouth». Me miró con sorpresa
durante un segundo, mientras me devolvía cuarenta centavos, pero no dijo
nada. Me senté detrás de él, junto a una ventanilla, para poder contemplar
la costa durante el viaje. Por fin arrancó el cacharro de una sacudida y
pronto dejó atrás los viejos edificios de State Street, retemblando estrepitosamente
y soltando un humo espeso por el tubo de escape. Me dio la impresión de
que la gente que pasaba por la acera evitaba mirar al autobús... o al menos,
disimulaba. Luego doblamos a la izquierda por High Street y el camino se
hizo más suave. Cruzamos por delante de unos edificios majestuosos que databan
de los primeros tiempos de la República y luego dejamos atrás varias casas
de campo de estilo colonial, más antiguas aún. Después de atravesar Lower
Green y Parker River, salimos finalmente a una zona costera larga y monótona.
Era un día de calor y de sol. El paisaje de arena, de juncales, de maleza
desmedrada, se hacía cada vez más desolado a medida que avanzábamos. A nuestro
lado se extendía el agua azul y la raya arenosa de Plum Island. Después
de desviarnos de la carretera general que seguía a Rowley e Ipswich, tomamos
un camino que siguió bordeando el litoral. No se veían casas, y según estaba
el firme de la carretera, el tráfico por aquel paraje debía de ser muy escaso.
Los negros postes del teléfono sostenían tan sólo dos cables. De cuando
en cuando, cruzábamos unos decrépitos puentes de madera tendidos sobre pequeñas
rías que, cuando la marca estaba alta, contribuían a aislar aún más la región.
De cuando en cuando se veían tocones ennegrecidos y cimientos de vallas
desmoronadas que emergían de la arena. Recordé que en uno de los libros
de historia que había manejado se decía que, anteriormente, aquella había
sido una comarca fértil y muy poblada. El cambio sobrevino al parecer a
raíz de la epidemia que había asolado la ciudad de Innsmouth en 1846, pero
la gente lo había achacado a ciertos poderes malignos y ocultos. De hecho,
el mal radicaba en la absurda tala de toda la arboleda cercana a la playa,
que había privado al suelo de su mejor protección contra la arena que ahora
lo invadía todo. Finalmente, perdimos de vista Plum Island y apareció la
inmensa extensión del Atlántico a nuestra izquierda. El estrecho camino
comenzó a subir por una cuesta pronunciada. Experimenté una sensación extraña
al ver la cima solitaria que se elevaba ante nosotros, donde el camino,
herido de surcos, se encontraba con el cielo. Era como si el autobús fuera
a continuar su ascensión abandonando la tierra para fundirse con el misterio
ignorado de un más allá invisible. El olor a mar nos llegaba cargado de
aromas presagiosos. La espalda encorvada y rígida del conductor y su cráneo
grotesco se me antojaban cada vez más repugnantes. Por detrás tenía la cabeza
casi tan despoblada de pelo como su cara. Apenas le crecían unas pocas hebras
amarillentas en su piel rugosa y grisácea. Coronamos la cuesta. Desde arriba
se podía contemplar toda la extensión del valle donde el Manuxet desembocaba
en el mar, justo al norte de una larga muralla de acantilados que culmina
en Kingston Head y tuerce después hacia Cape Ann. En la bruma lejana del
horizonte se alcanzaba a distinguir el perfil confuso del promontorio donde
se alzaba aquel caserón antiguo del que tantas leyendas se habían contado.
Pero de momento, toda mi atención se centró en el panorama inmediato que
se abría ante mí: habíamos llegado frente al tenebroso pueblo de Innsmouth.
Era un núcleo urbano muy extenso, de casas apretadas, pero carente de signos
de vida. Apenas si salía un hilo de humo de toda la maraña de chimeneas.
Tres elevados campanarios descollaban rígidos y leprosos contra el azul
de la mar. A uno de ellos se le había desmoronado el capitel. Los otros
dos mostraban los negros agujeros donde antaño estuvieran las esferas de
sus relojes. La inmensa marca de techumbres inclinadas y buhardillas puntiagudas
formaban un paisaje desolador. A medida que avanzábamos carretera abajo,
descubrí que muchos de los tejados estaban totalmente hundidos. Había algunas
casas grandes de estilo georgiano, con tejados de cuatro aguas, cúpulas
y galerías acristaladas. La mayoría de ellas estaban lejos de la mar, y
una o dos vi que todavía se conservaban en buen estado. En el espacio que
había entre unas y otras, se veía la línea herrumbrosa del ferrocarril abandonado,
invadida de yerba, bordeada por los postes del telégrafo sin cables ya,
y las huellas borrosas de los viejos caminos de carro que iban a Rowley
y a Ipswich. El abandono y la ruina se hacían más evidentes en el barrio
marinero, junto a los muelles. Sin embargo, en su mismo centro se alzaba
la blanca torre de un edificio de ladrillo muy bien conservado, que parecía
como una pequeña fábrica. El puerto, invadido por los bancos de arena, estaba
protegido por un antiguo espigón de piedra, sobre el que se distinguían
las menudas figuras de algunos pescadores sentados. En la punta del espigón
se veían los cimientos circulares de un faro derruido. En el puerto se había
formado una lengua de arena sobre la cual había unas chozas miserables,
algunos botes amarrados y unas cuantas nasas diseminadas. El único sitio
en que parecía haber profundidad era donde el río, una vez pasado el edificio
de la torre blanca, daba la vuelta hacia el sur y vertía sus aguas en el
océano, al otro lado del espigón. Los muelles de embarque estaban podridos
de un extremo a otro. Los más ruinosos eran los de la parte sur. Y allá
lejos, mar adentro, pese a la marca alta, pude distinguir una raya larga
y negra que apenas afloraba del agua y que al instante ejerció sobre mí
una atracción singular y maligna. Era, sin duda alguna, el Arrecife del
Diablo. Por un momento, mientras lo contemplaba, tuve la sorprendente sensación
de que me estaban haciendo señas desde allá, lo que me produjo un inmenso
malestar. No encontramos a nadie por el camino. Empezamos a cruzar por delante
de una serie de granjas desiertas y desoladas. Después vinieron unas pocas
casas habitadas, cuyas ventanas estaban tapadas con harapos. En los estercoleros
se amontonaban las conchas y el pescado estropeado. Algunos individuos trabajaban
con aire ausente en sus jardines yermos y sacaban almejas en la orilla,
siempre en medio de un penetrante olor a pescado. Unos grupos de niños sucios
y de cara simiesca jugaban en los portales invadidos por la yerba. Había
algo en aquella gente que resultaba más inquietante aún que los lúgubres
edificios. Casi todos tenían los mismos rasgos faciales y los mismos gestos,
cosa que producía una repugnancia instintiva e irremediable. Por un instante
me pareció que aquellos rasgos me recordaban algún cuadro visto anteriormente,
en circunstancias excepcionalmente horribles. Pero este pseudo-recuerdo
fue muy fugaz. Al llegar el autobús a la zona llana donde se alzaba el pueblo
comencé a oír el murmullo monótono de una cascada en medio de un silencio
impresionante. Las casas, desconchadas y torcidas, se fueron arrimando unas
a otras, alineándose a ambos lados de la carretera, y ésta se convirtió
en calle. En algunos sitios se veía el pavimento adoquinado y restos de
las aceras de baldosa que en otro tiempo habían existido. Todas las casas
estaban aparentemente desiertas. De cuando en cuando, entre las paredes
maestras, se abría el vacío de algún edificio derrumbado. En todas partes
reinaba un olor nauseabundo e insoportable de pescado. No tardaron en comenzar
los cruces y las bocacalles. Las calles que salían a la izquierda en dirección
de la costa estaban desempedradas, llenas de suciedad y de inmundicias.
Aún no había visto a nadie en el pueblo, pero al fin se veían algunos signos
de vida: cortinas en algunas ventanas, un cascado automóvil detenido junto
al bordillo... El pavimento y las aceras se iban perfilando cada vez más
y, aunque casi todas las casas eran bastante viejas -edificios de madera
y ladrillo de principios del siglo XIX- se veía que todavía estaban en condiciones.
Fascinado por el interés de cuanto veía, me olvidé del olor repugnante y
de la sensación opresiva que había experimentado al principio. Pero no había
de llegar yo a mi punto de destino sin recibir otra impresión tremendamente
desagradable. El autobús desembocó en una especie de plaza flanqueada por
dos iglesias, en cuyo centro había un círculo de césped pelado y seco. En
la calle que salía a la derecha se alzaba un edificio con columnas. La fachada,
pintada de blanco en tiempos atrás, estaba ahora gris y desconchada. Las
letras doradas y negras del frontis estaban tan borrosas que me costó bastante
descifrar la inscripción: «Orden Esotérica de Dagon». Se trataba, pues,
de la antigua logia masónica, actualmente consagrada a un culto degradante.
Mientras me esforzaba por descifrar dicha inscripción, sonaron los sordos
tañidos de una campana rajada que vinieron a distraer mi atención. Entonces
me volví rápidamente y miré al otro lado de la plaza. Los toques de campana
provenían de una iglesia de piedra, de falso estilo gótico, que parecía
mucho más antigua que el resto de los edificios de Innsmouth. Tenía a un
lado una torre cuadrada, achaparrada, cuya cripta de cerradas ventanas era
desproporcionadamente alta. El reloj de la torre carecía de manillas, pero
sabía que aquellos golpes sordos correspondían a las once. Y de repente,
todas mis reflexiones se esfumaron ante la inesperada aparición de una figura
tan horrenda, que me estremecí aun sin haber tenido tiempo de verla bien.
La puerta de la cripta estaba abierta y formaba un rectángulo de oscuridad.
Y al mirar casualmente, cruzó ese rectángulo algo que provocó en mí una
fugaz impresión de pesadilla. Era un ser vivo, el primer ser vivo, aparte
el conductor, que veía dentro del casco urbano. De haber tenido los nervios
más tranquilos, probablemente no habría encontrado nada aterrador en ello,
porque un momento después me daba cuenta de que se trataba tan sólo de un
sacerdote. Ciertamente vestía una extraña indumentaria, adoptada tal vez
cuando la Orden de Dagon había decidido modificar el ritual de las iglesias
locales. Creo que lo primero que me llamó la atención, lo que me llenó de
aquel repentino horror, fue la alta tiara que llevaba. Se trataba de una
reproducción exacta de la que miss Tilton me había mostrado la noche anterior.
Sin duda fue esta coincidencia la que desató mi imaginación y me hizo ver
algo siniestro en el rostro vislumbrado y en el atavío de aquella silueta
que cruzó pesadamente el umbral de la puerta. Un segundo después resolví
que no había ninguna razón para sentir ese horror que parecía nacer como
un recuerdo maligno y olvidado. ¿No era natural que el misterioso ritual
del lugar hubiese hecho adoptar a sus ministros ciertos ornamentos sacerdotales
que resultasen especialmente familiares a la comunidad… por haber sido hallados
en un tesoro, por ejemplo? Unos poquísimos jóvenes de aspecto repelente
se dejaron ver por las aceras. Se trataba de individuos aislados o de silenciosos
grupos de dos o tres. En la planta baja de los edificios había algunas tiendas
pequeñas de rótulos sucios y despintados. Vi también en las calles uno o
dos camiones aparcados. El ruido de la caída del agua se fue haciendo intenso,
hasta que apareció ante nosotros la profunda garganta del río, sobre la
cual se extendía un ancho puente de hierro que desembocaba en un plaza amplia.
Al pasar por el puente, miré a uno y otro lado, y observé que había unas
cuantas fábricas en las márgenes cubiertas de maleza, así como en la parte
baja del camino. Allá lejos, por debajo del puente, el agua era muy abundante.
A mi derecha, río arriba, se veían dos poderosos saltos de agua, y otro
por lo menos río abajo, a la izquierda. El ruido era ensordecedor desde
el puente. Luego dimos la vuelta a una plaza espaciosa al otro lado del
río, y paramos a la derecha, delante de un caserón alto, pintado de amarillo
y coronado por una cúpula. Sobre la puerta, un letrero medio borrado proclamaba
que aquello era Gilman House. Me alegré de bajar del autobús. Inmediatamente
después, procedí a consignar mi maleta en el sórdido vestíbulo del hotel.
Sólo había una persona a la vista, un hombre de edad, que carecía de lo
que yo había dado en llamar «pinta de Innsmouth». Decidí no hacer preguntas
indiscretas; recordaba las cosas raras que se contaban de este hotel. Así
que salí a dar una vuelta por la plaza. El autobús se había ido ya. Me entretuve
en inspeccionar el sitio. A un lado, la plaza daba a un solar pedregoso
tras el cual se extendía el río. Al otro extremo había un semicírculo de
edificios de ladrillo con tejados oblicuos que seguramente databan de 1800.
De allí se abrían varias calles en abanico. Por la noche, habida cuenta
de la escasez de farolas, estas calles tendrían una iluminación bastante
pobre. Pensé con alivio en mi proyecto de marcharme de allí antes del anochecer.
Los edificios se conservaban todos en bastante buenas condiciones y albergaban
quizá una docena de establecimientos comerciales de lo más corriente: una
sucursal de una gran cadena de tiendas de comestibles, un restaurante de
aspecto triste, una droguería, un almacén de pescado al por mayor y, en
el extremo de la plaza, no lejos del río, las oficinas de la única industria
del pueblo, las Refinerías Marsh. Habría unas diez personas por allí, y
cuatro o cinco automóviles y camiones aparcados junto a la acera. Evidentemente,
se trataba del centro comercial de Innsmouth. Hacia oriente se podían ver
los azules parpadeos del puerto, sobre los que se alzaban las ruinas de
tres antiguos campanarios, muy bellos en su lúgubre desolación. Cerca de
la orilla, al otro lado del río, se veía sobresalir una torre blanca por
detrás de un edificio que debía ser la refinería Marsh. Después de pensarlo
un rato, decidí empezar mis indagaciones en la tienda de comestibles. Tratándose
de una sucursal, era probable que sus dependientes no fueran de Innsmouth,
como así resultó. En efecto, el único empleado era un muchacho de unos diecisiete
años cuyo aspecto franco y simpático prometía abundante información. Daba
la impresión de que estaba deseoso de charlar, y no tardé en descubrir que
no le gustaba el pueblo, ni su olor a pescado, ni sus furtivos habitantes.
Para él era un alivio poder hablar con cualquier forastero. Era de Arkham
y vivía con una familia que procedía de Ipswich. Siempre que podía, hacía
una escapada para visitar a su familia. A ésta no le gustaba que trabajase
en Innsmouth, pero la empresa lo había destinado allí y él no deseaba dejar
el empleo. Dijo que en Innsmouth no había biblioteca pública ni cámara de
comercio, pero que no me sería difícil orientarme por las calles. Seguramente
encontraría monumentos de interés. Donde yo me había apeado era Federal
Street. De aquí nacía en dirección a poniente una serie de calles residenciales
-Broad, Washington, Lafayette y Adams-. y al otro lado estaba el miserable
barrio marinero. En ese barrio -cuya arteria era Main Street- encontraría
unas viejas iglesias muy bellas de estilo georgiano, completamente abandonadas.
Sería conveniente que yo no llamara demasiado la atención por aquellas inmediaciones,
especialmente al norte del río, ya que el vecindario era gente hosca y mal
encarada. Incluso se decía que algunos forasteros habían llegado a desaparecer.
Ciertos lugares eran prácticamente territorio prohibido, según había aprendido
a costa de disgustos. Por ejemplo, no era aconsejable rondar por los alrededores
de la refinería Marsh, ni por las proximidades de cualquiera de los templos
que aún se hallaban abiertos al culto ni por delante del edificio de la
Orden de Dagon situado en New Church Green. Los cultos que se practicaban
eran muy extraños. Todos ellos habían sido enérgicamente desautorizados
por sus respectivas iglesias de fuera de Innsmouth. Las sectas locales,
aun cuando conservaban sus primitivos nombres, practicaban las más extrañas
ceremonias y utilizaban unas vestiduras sacerdotales sumamente raras. Sus
credos heréticos y misteriosos hacían alusión a ciertas metamorfosis prodigiosas,
a consecuencia de las cuales se obtenía la inmortalidad material en este
mundo. El pastor del muchacho, el doctor Wallace, de Arkham, le había instado
a que no frecuentara ninguna iglesia de Innsmouth. En cuanto a la gente,
él apenas sabía nada. Eran huidizos; se les veía raramente y vivían como
los animales en sus madrigueras, de modo que resultaba muy difícil imaginarse
a qué se dedicaban, aparte la eterna pesca. A juzgar por las cantidades
de licor clandestino que consumían, se debían de pasar la mayor parte del
día en estado de embriaguez. Parecían unidos por una especie de misteriosa
camaradería, y sentían un gran desprecio por el resto del mundo, como si
fueran ellos los elegidos para otra vida mejor. Su aspecto -en particular
aquellos ojos fijos e imperturbables que no pestañeaban jamás- era lo que
más le repelía de ellos. Después, sus voces roncas de acento inhumano. Era
lo más desagradable del mundo oírles cantar por la noche en la iglesia,
en especial durante sus grandes festividades -que ellos denominaban re-nacimientos-,
celebradas dos veces al año, el 30 de abril y el 31 de octubre. Eran muy
aficionados al agua, y siempre estaban nadando en el río y en el puerto.
Las competiciones hasta el lejano Arrecife del Diablo eran muy frecuentes,
y viéndoles, daba la sensación de que todos estaban en condiciones de participar
en esta dura prueba deportiva. Pensándolo bien, uno se daba cuenta de que
las únicas personas que aparecían en público eran jóvenes. Incluso entre
éstos, a los mayores se les notaban ya ciertos signo de degeneración. Era
muy raro encontrar adultos sin rastro de desviación biológica alguna, como
el viejo empleado del hotel, y uno se preguntaba qué ocurría con los viejos.
¿No sería tal vez la «pinta de Innsmouth» un extraño fenómeno patológico
que les iba minando el organismo a medida que transcurrían los años? Naturalmente,
sólo una grave enfermedad podía acarrear tales y tan grandes modificaciones
anatómicas en las personas que alcanzaban la madurez… modificaciones tan
profundas, que incluso llegaban a afectar a la forma del cráneo. En ese
caso, la cosa ya no sería tan desconcertante, puesto que se trataría de
una enfermedad. De todas formas, el muchacho me dio a entender que era muy
difícil sacar conclusiones concretas sobre el asunto, ya que jamás se llegaba
a conocer personalmente a los viejos del lugar, por mucho que viviese uno
entre ellos. Dijo además que estaba convencido de que había individuos más
repugnantes que los que se veían por la calle, pero que los encerraban en
determinados lugares. Se oían cosas la mar de raras. Decían que las casas
del puerto se comunicaban entre sí mediante una serie de subterráneos secretos,
y que el barrio era un auténtico vivero de monstruos deformes. Era imposible
saber qué clase de sangre les corría por las venas, si es que les corría
alguna. Cuando llegaba al pueblo algún enviado del Gobierno o alguna personalidad,
solían ocultar a los tipos más señaladamente repulsivos. Añadió que era
inútil preguntarles nada sobre el lugar. El único capaz de hablar era un
viejo que vivía en el asilo de la salida del pueblo, y que solía pasear
por las calles próximas al parque de bomberos. Este venerable personaje,
Zadok Allen, tenía noventa y seis años y estaba algo tocado de la cabeza,
además de ser el borrachín del pueblo. Era un individuo huidizo y extraño
que siempre miraba de soslayo como si temiese algo. Estando sereno, no se
le podía sacar una palabra del cuerpo. Sin embargo, era incapaz de rechazar
cualquier invitación y, una vez bebido, contaba las historias más asombrosas
del mundo. De todos modos, pocos datos útiles podría sacar de él, ya que
no decía más que disparates, cosas prodigiosas y horrores imposibles, propios
de una mente desequilibrada. Nadie le creía, pero a los de Innsmouth no
les gustaba verle beber y charlar con extraños. No era prudente que le vieran
a uno haciéndole preguntas. Probablemente, las descabelladas habladurías
que corrían por ahí provenían de él. Es cierto que algunos habitantes de
Innsmouth que procedían de otras localidades afirmaban haber visto escenas
horribles, pero las aterradoras historias del viejo Zadok, unidas a la deformidad
de los habitantes, eran suficientes para provocar todo tipo de supersticiones
y fantasías. Ninguno de los forasteros que vivían en el pueblo se atrevía
a salir de noche. Se decía que era peligroso. Además, las calles estaban
siempre oscuras. Por lo que se refiere al comercio, la abundancia de pescado
era casi increíble; de todos modos, en Innsmouth se obtenía menos beneficio
cada día. Los precios bajaban continuamente y la competencia aumentaba.
Como es natural, el verdadero negocio del pueblo era la refinería, cuyas
oficinas estaban en la plaza, unos portales más allá. El viejo Marsh nunca
se dejaba ver. A veces se veía pasar su automóvil con las cortinillas echadas.
Corría toda suerte de rumores acerca de la transformación que había sufrido
el viejo Marsh. En sus tiempos había sido siempre muy atildado y se decía
que vestía aún una elegante levita de tiempos del rey Eduardo, aunque se
la habían tenido que adaptar a ciertas deformidades. Al principio dirigían
sus hijos la oficina de la plaza, pero últimamente se habían retirado de
la vida pública, dejando el peso del negocio a la generación más joven.
Tanto ellos como sus hermanas habían sufrido un cambio muy extraño, especialmente
los mayores, y se decía que estaban muy mal de salud. Por lo visto, una
de las hijas de Marsh era verdaderamente horrible. Según se decía, parecía
un reptil. Iba siempre ataviada con una gran cantidad de joyas fantásticas;
hasta llevaba una tiara del mismo estilo que la del museo, por lo que me
dijo el muchacho. El mismo se la había visto en la cabeza más de una vez.
Sin duda provenía de algún tesoro escondido por los piratas o los demonios.
Los curas -o los pastores, o como se les llamase a esos extraños sacerdotes-
usaban también tiaras de ese tipo. Pero rara vez se les veía. Me confesó
que él no había visto más que una, la de la muchacha, aunque corría el rumor
de que existían varias en la ciudad. Además de los Marsh, había otras tres
familias de elevada posición: los Waite, los Gilman y los Eliot. Todas eran
gente retraída. Vivían en casas inmensas, a lo largo de Washington Street.
Se decía que con ellos vivían secuestrados ciertos familiares que sufrían
también horribles deformaciones y cuyo fallecimiento había sido certificado
oficialmente. Como en muchas calles habían desaparecido los rótulos, el
muchacho me dibujó un plano rudimentario pero bien detallado del pueblo,
para que pudiera orientarme. Después de examinarlo un momento, consideré
que me iba a servir de gran ayuda. Le di las gracias y me lo guardé en el
bolsillo, No me gustaba la idea de ir a comer al restaurante que había visto,
así que le compré un poco de queso y galletas para tomar un bocado más adelante.
El programa que me había trazado consistía en deambular por las calles principales,
hablar con alguien que no fuese de allí si tenía ocasión de ello, y coger
el autobús de las ocho para Arkham. A primera vista se notaba que el pueblo
era un caso extremado de decadencia colectiva. En fin, yo no soy sociólogo,
de manera que limité mis observaciones a la arquitectura. Empecé a buen
paso mi recorrido sistemático por las sórdidas calles de Innsmouth. Después
de cruzar el puente, me desvié hacia el fragor de los saltos de agua que
había río abajo. Pasé junto a la refinería Marsh, de la que no salía ruido
alguno ni se notaba la menor actividad. El edificio estaba situado junto
al río, cerca del puente y de una confluencia de calles que debió de ser
el primitivo centro comercial del pueblo, desplazado después por la actual
Plaza Mayor. Volví a cruzar la garganta por el puente de Main Street, y
desemboqué en un paraje tremendamente desolado. Los montones de cascote
y los tejados fundidos formaban una línea mellada y fantástica que se recortaba
contra el cielo. Por encima, severo y decapitado, destacaba el campanario
de una antigua iglesia. En Main Street había algunas casas habitadas al
parecer, pero sus puertas y ventanas estaban cerradas con tablas clavadas.
Más abajo, unos edificios ruinosos y abandonados abrían sus ventanas como
negras órbitas vacías sobre las calles empedradas. Algunos de aquellos edificios
se inclinaban peligrosamente a causa de los hundimientos del suelo. Reinaba
un silencio imponente. Tuve que armarme de valor para atravesar aquel lugar
en dirección al puerto. Ciertamente, la impresión sobrecogedora que produce
una casa desierta aumenta cuando el número de casas se multiplica hasta
formar una ciudad de completa desolación. El interminable espectáculo de
callejones desiertos y fachadas miserables, la infinidad de cuchitriles
oscuros, vacíos, abandonados a las telarañas y a la carcoma, provocan un
temor que ninguna filosofía puede disipar. En Fish Street estaba todo tan
desierto como en la arteria principal, aunque ofrecía un aspecto diferente.
Había muchos almacenes, construidos de piedra y ladrillo, que todavía se
conservaban en buen estado. Water Street era casi idéntica, salvo que tenía
enormes espacios despejados en el lado de la mar, donde antes hubo muelles
y embarcaderos, hoy hundidos. No se veía un alma, a excepción de los escasos
pescadores del lejano espigón. Sólo se oían los blandos lametones de las
olas en el puerto, y el rumor lejano de los saltos del Manuxet. Una creciente
inquietud se iba apoderando de mí. Volví la cabeza y miré hacia atrás furtivamente.
Luego atravesé el vacilante puente de Water Street. El otro, el de Fish
Street, estaba en ruinas según el plano. Al otro lado del río encontré indicios
de cierta actividad: manufacturas de preparación y embalaje del pescado,
algunas chimeneas humeantes, techumbres reparadas, ruidos indeterminados
y unos pocos individuos que caminaban bamboleantes por los callejones mal
empedrados. No obstante, este barrio resultaba aún más deprimente que la
desolación del distrito sur. Las gentes aquí tenían más acentuada su deformidad
que las del centro. Varias veces me recordaron, de manera confusa, algo
tremendo y grotesco que no conseguí identificar. Evidentemente, la proporción
de sangre extranjera era en éstos mayor que en los de los demás barrios,
a no ser que la «pinta de Innsmouth» fuese una enfermedad, en cuyo caso
debía estar causando estragos en este sector. De cuando en cuando también
se oían crujidos, carreras presurosas, ruidos extraños y roncos que me hicieron
pensar, no sin cierto nerviosismo, en los pasadizos ocultos que había mencionado
el muchacho de la tienda. Y de pronto, me di cuenta de que aún no les había
escuchado pronunciar una sola palabra, y que deseaba con toda mi alma que
no llegara ese momento. Me estremecía con sólo imaginar el sonido de sus
voces. Después de detenerme a contemplar las dos iglesias -hermosas, aunque
ya en ruinas- de Main y de Church Street, apreté el paso para salir cuanto
antes de aquel inmundo barrio marinero. A continuación, mi objetivo debería
haber sido lógicamente el templo de New Church Green, pero sin saber bien
por qué, no me atreví a pasar otra vez por delante de aquella iglesia, en
cuya cripta había vislumbrado la fugaz silueta de aquel extraño sacerdote
con tiara. Además, el muchacho de la tienda me había advertido que las iglesias,
lo mismo que el local de la Orden da Dagon, no eran lugares aconsejables
para forasteros. Por consiguiente, continué por Main Street hasta Martin
Street, luego tomé la dirección opuesta a la mar; crucé Federal Street por
arriba de Green Street, y me interné en el arruinado barrio aristócrata:
Broad, Washington, Lafayette y Adams Street. Aunque sus avenidas, majestuosas
y antiguas, tenían un pésimo pavimento, conservaban aún una magnífica arboleda
y no habían perdido totalmente su primitiva dignidad. Los edificios, unos
tras otros, llamaban la atención. La mayoría eran casas decrépitas, rodeadas
de jardincillos totalmente abandonados. De cuando en cuando se veía alguna
vivienda habitada. En Washington Street había una fila de cuatro o cinco
edificios muy bien conservados, con sus jardines impecables. Pensé que el
más suntuoso de todos -rodeado de parterres inmensos que se extendían a
todo lo largo de la calle, hasta Lafayette Street-, debía de ser la casa
del viejo Marsh, el infortunado propietario de la refinería. En ninguna
de estas calles encontré alma viviente. Me extrañaba la completa ausencia
de perros y gatos en Innsmouth. Otra cosa que me chocó fue que, incluso
en las mejores mansiones, las ventanas de los áticos y del tercer piso permanecían
firmemente cerradas y clavadas con tablas. El disimulo y el misterio parecían
generales en esta extraña ciudad de silencio y de muerte. Por otra parte,
no podía sustraerme a la sensación de que en todo momento me vigilaban unos
ojos ocultos, taimados y fijos que no parpadeaban jamás. Me sacudió un escalofrío
al oír los tres toques de la campana cascada. Demasiado bien recordaba la
iglesia de donde provenían esos tañidos. Siguiendo por Washington Street
hacia el río, fui a parar a una zona que antiguamente debió de ser industriosa
y comercial. Frente a mí se alzaban las ruinas de una factoría, otros edificios
en el mismo estado, y los restos de una estación de ferrocarril. Más allá,
el antiguo puente ferroviario cruzaba la garganta a la derecha de donde
yo estaba. A la entrada del puente había un cartel que prohibía el paso,
pero me arriesgué y pasé otra vez a la orilla sur, donde volví a tropezarme
con individuos furtivos de torpe andar que me miraban con disimulo. También
se volvieron hacia mí otros rostros, más normales éstos, pero con expresión
de curiosidad y desconfianza. Innsmouth se me estaba haciendo intolerable
por momentos. Torcí por Paine Street y me encaminé hacia la Plaza con la
esperanza de coger algún vehículo que me llevara a Arkham, para no esperar
hasta la salida del siniestro autobús. Fue entonces cuando descubrí el cochambroso
parque de bomberos y encontré al viejo -cara colorada, hirsuta la barba,
ojos aguanosos, y vestido con unos andrajos indescriptibles- sentado en
un banco allí enfrente y hablando con un par de bomberos mal vestidos, aunque
de aspecto normal. Naturalmente, no podía ser otro que Zadok Allen, el chiflado
bebedor cuyos relatos sobre Innsmouth tenían fama de espantosos e increíbles.
III No sé qué oscura fatalidad vino a torcer los planes que me había trazado.
Mi propósito era únicamente admirar las bellezas arquitectónicas; y aun
así, tenía prisa por llegar a la Plaza. Quería ver si podía marcharme en
seguida de aquel pueblo siniestro. Pero al ver al viejo Zadok Allen se despertó
en mí un nuevo interés y empecé a caminar más despacio. Ya sabía que lo
único que podía oír del viejo era una serie de historias absurdas y disparatadas.
Se me había advertido, además, que era peligroso que le vieran a uno hablando
con él. Sin embargo, no pude resistir la tentación de abordar a un viejo
testigo de la decadencia del pueblo, cargado de recuerdos sobre los buenos
tiempos en que zarpaban los barcos y funcionaban las factorías. Al fin y
al cabo, el relato más desquiciado tiene la mayoría de las veces un fondo
de realidad… y era seguro que el viejo Zadok había presenciado las calamidades
que cayeron sobre Innsmouth durante los últimos noventa años. La curiosidad
me empujaba más allá de lo prudencial. Por otra parte, en mi presunción
juvenil me creía capaz de desentrañar la verdad que podía encerrar la confusa
versión que probablemente le sacaría con ayuda del whisky. No podía abordarle
allí mismo, claro está, porque los bomberos tratarían de impedirlo. Pensé
en la manera de hacerlo. Me haría con una botella de contrabando. El muchacho
de la tienda me había dicho dónde me lo podían vender. Después pasaría por
el parque de bomberos como por casualidad, y le hablaría en cuanto se me
presentara la ocasión. El dependiente me había dicho también que el viejo
Zadok era muy inquieto, y que rara vez permanecía sentado dos horas seguidas.
Me resultó fácil -aunque no barato- hacerme con un cuarto de botella de
whisky en la trastienda de un establecimiento de artículos diversos que
había a la salida de la Plaza, en Eliot Street. El tipo que me despachó
tenía la misma «pinta de Innsmouth» que los demás, aunque fue muy amable
a su modo, tal vez por estar acostumbrado a tratar con los forasteros -carreteros,
compradores de oro y gentes así- que estaban de paso en el pueblo. Al llegar
a la plaza vi que estaba de suerte: por la esquina del Gilman House, surgiendo
de Paine Street, apareció nada menos que la flaca figura del mismísimo Zadok
Allen. Como tenía pensado, atraje su atención ostentando la botella. No
tardé en comprobar, al torcer por Paine Street en busca de un lugar solitario,
que el viejo me seguía con paso torpe. Me orienté por el plano del muchacho
de la tienda. Busqué un paraje desierto y abandonado que había visto antes,
al sur del barrio del puerto, donde no se veían más seres vivientes que
los pescadores, allá lejos. Crucé unas pocas manzanas más y perdí de vista
incluso a estos testigos remotos. Llegué, por fin, a un embarcadero abandonado,
realmente solitario. Allí podía interrogar a mis anchas al viejo Zadok sin
que nadie nos viera. Antes de llegar a Main Street, oí un «¡eh, señor! »
débil y jadeante a mi espalda. Dejé que el viejo me alcanzara y le permití
que echara un buen trago. Empecé a tantearle mientras caminábamos en medio
de aquella desolación, entre fachadas ruinosas y torcidas. Pronto me di
cuenta de que el viejo no soltaba la lengua tan pronto como yo había supuesto.
Finalmente llegamos a un solar invadido de yerba, rodeado de unas tapias
desmoronadas, excepto por donde daba a un muelle cubierto de algas. Las
rocas musgosas, junto al agua, proporcionaban unos asientos aceptables y
el lugar estaba al resguardo de miradas indiscretas, oculto por un malecón
en ruinas que teníamos atrás. Pensé que éste era el sitio ideal para mantener
una larga conversación, así que conduje allí a mi compañero, y tomamos asiento
en las rocas. El ambiente era de abandono y de muerte; el olor a pescado
resultaba insufrible, pero nada me haría desistir de mi propósito. Tenía
unas cuatro horas por delante, si quería coger el autobús de las ocho para
Arkham. Le pasé otro poco la botella al viejo y, mientras, me dispuse a
tomar mi escasa comida. Procuré que el viejo no bebiera demasiado porque
no deseaba que su locuacidad se convirtiera en sopor. Al cabo de una hora,
empezó a dar muestras de ceder en su obstinada reserva, aunque para desilusión
mía, continuó soslayando mis preguntas sobre Innsmouth y su tenebroso pasado.
Se limitaba a hablar de temas generales, poniendo de manifiesto un gran
conocimiento de la actualidad periodística y una marcada tendencia a filosofar
a la manera sentenciosa de los campesinos. Llevábamos ya casi dos horas,
y yo empezaba a temerme que el cuarto de whisky no iba a ser suficiente.
Me pregunté si no sería mejor ir un momento a comprar más. Pero justo cuando
me disponía a levantarme, la casualidad hizo lo que mis preguntas no habían
logrado hasta el momento, y las divagaciones del anciano tomaron un derrotero
que al instante despertó mi interés. Yo estaba de espaldas a esa mar cargada
de olor de pescado, pero el viejo estaba de cara, y su mirada errante tropezó
con la línea baja y distante del Arrecife del Diablo, que en aquella hora
aparecía con claridad y casi fascinante, por encima de las olas. La visión
pareció disgustarle, porque masculló una serie de confusas imprecaciones
que terminaron en un susurro confidencial y una mirada de soslayo. Se inclinó
hacia mí, me cogió de la solapa, y empezó a hablar en voz muy baja: -Ahí
empezó todo... en este maldito lugar. De ahí viene todo lo malo, de las
aguas profundas. Para mí que es la boca del infierno... No hay sonda, por
larga que sea, que llegue hasta el fondo. El capitán Obed fue quien tuvo
la culpa... Quiso llegar demasiado lejos, y se metió en tratos con ciertas
gentes de los Mares del Sur. »Todo andaba mal en aquellos tiempos. El comercio
era un fracaso, las fábricas se arruinaban y los corsarios mataron a nuestros
mejores hombres en la Guerra de 1812. Otros naufragaron, como los del bergantín
Elizy y el lanchón Ranger, que eran de Gilman los dos. Obed Marsh tenía
una flota de tres barcos: el bergantín Columby, el Hetty, y la corbeta Sumatra
Queen. Fue el único que siguió con el tráfico de las Indias Orientales y
el Pacífico, aparte la goleta Malary Bride, de Esdras Martin, que hizo una
salida el año veintiocho. »Nunca ha habido otro como el capitán Obed...
¡hijo de Satanás! ¡Je, je! Todavía me parece que lo veo soltando pestes
y llamando idiotas a todos porque iban a la iglesia y aguantaban sus miserias
sin protestar. Decía que había dioses mejores, que las divinidades de las
Indias proporcionaban pescado a cambio de los sacrificios, y que ésos sí
que escuchaban las plegarias de las gentes. »Matt Eliot, su mejor amigo,
también hablaba bastante, también. Sólo que incitaba a las gentes a hacer
herejías de paganos. Según decía, había una isla al este de Othaheite con
una gran cantidad de ruinas de piedra, más viejas que lo más antiguo que
nadie pueda conocer. Decía que era como la Ponapé de las Carolinas, sólo
que con unos rostros esculpidos como los de la isla de Pascua. Allí cerca
había también un islote volcánico, donde existían unas ruinas completamente
estropeadas, como si hubieran estado mucho tiempo bajo el agua, y representaban
unos monstruos espantosos. »Pues bien, señor, Matt les decía a las gentes
que los nativos aquellos tenían todo el pescado que les cabía a bordo, y
ajorcas valiosas, y brazaletes, y coronas, todo fundido en no sé qué especie
de oro, con motivos labrados imitando los seres monstruosos esculpidos en
las ruinas del islote. Eran como ranas que parecían peces o peces que parecían
ranas, y estaban en todas las posturas talmente como seres humanos. Nadie
sabía de dónde habían sacado aquellos tesoros ni cómo se las arreglaban
para pescar tanto, cuando en las islas vecinas apenas se sacaba para malvivir.
Conque Matt también se extrañó, lo mismo que el capitán Obed. Y éste observó,
además, que cada año desaparecía la flor de la juventud, y que no se veían
viejos. A la vez empezó a notar que algunos tipos tenían un aspecto demasiado
raro, aun para ser canacos. »Por último, Obed descubrió la verdad. No sé
cómo se las arregló, pero empezó comprándoles los objetos de oro que usaban.
Les preguntó de dónde los sacaban y si había más, y finalmente le sacó toda
la verdad al viejo jefe. Walakea se llamaba. Otro que no fuera Obed, no
se habría creído lo que le contó el viejo del demonio, pero el capitán leía
en los ojos de las personas como en un libro abierto. ¡Je, je! A mí tampoco
me cree nadie cuando me pongo a contarlo, y supongo que usted tampoco...
aunque ahora que me fijo, tiene usted la misma mirada que el viejo Obed.»
La voz del viejo se hizo aún más susurrante. Su acento era tan sincero y
terrible que me estremecí, aun cuando sabía que su relato no era más que
una fantasía de borracho. »Pues bien, señor; Obed se enteró de cosas de
las que mucha gente no a oído hablar de la vida... ni las creería nadie
si las oyera. Parece que estos canacos sacrificaban montones de muchachos
y muchachas a una especie de divinidades que vivían bajo la mar, y obtenían
toda clase de favores a cambio. Se reunían con aquellos seres en el islote,
entre las extrañas ruinas, y parece que las imágenes monstruosas de peces-ranas
estaban copiadas de aquellos seres. Seguramente eran esas bestias que salen
en todos los cuentos de sirenas y cosas por el estilo. Tenían muchas ciudades
en el fondo, y la propia isla había salido de las profundidades. Parece
que, cuando el islote salió a la superficie, todavía quedaban algunos de
estos seres vivos entre las ruinas, y los canacos se dieron cuenta de que
debía haber muchos más en el fondo del océano. Conque, en cuanto se atrevieron,
empezaron a hablar con ellos por señas, y llegaron finalmente a un acuerdo.
»A esos seres les gustaban los sacrificios humanos. Hacía mucho habían subido
también a la superficie y habían hecho sacrificios, pero finalmente habían
perdido contacto con el mundo de arriba. Sabe Dios lo que harían con las
víctimas; me figuro que Obed prefirió no preguntarlo. Pero a los paganos
no les importaba demasiado, porque atravesaban una racha difícil y estaban
desesperados. Así que, dos veces al año, entregaban cierto número de jóvenes
a los seres de la mar: la noche de Walpurgis y la de Difuntos. También les
daban algunas baratijas talladas que sabían hacer. A cambio, las bestias
marinas se comprometían a darles grandes cantidades de pescado y ciertos
objetos de oro macizo. »Pues como digo, los nativos se reunían con esos
seres en el islote volcánico... Iban en canoas con las víctimas y demás,
y regresaban con las joyas de oro que les entregaban. Al principio, los
seres aquellos no querían ir a la isla grande, pero de pronto, un día, dijeron
que sí, que querían ir. Se conoce que les apetecía mezclarse con la gente
y festejar con ellos sus días señalados, la noche de Walpurgis y la de Difuntos.
Como ve, podían vivir dentro o fuera del agua. O sea, que eran anfibios,
como decimos nosotros. Los canacos les advirtieron que los habitantes de
las demás islas los matarían si se enteraban de que estaban allí, pero ellos
dijeron que no se preocuparan, que tenían poderes suficientes para destruir
a toda la raza humana, menos a los que tenían no sé qué señales o signos
de los que ellos llamaban 'Primordiales'. Pero como no querían líos, se
ocultaban cuando alguien visitaba la isla. »Cuando les llegó la época de
celo a aquellos seres con pinta de sapo, los canacos pusieron reparos, pero
entonces se enteraron de algo que les hizo cambiar de opinión. A lo que
parece, los seres humanos tenemos como cierto parentesco con estas bestias
marinas, porque todas las formas de vida han salido del agua y sólo necesitan
un pequeño cambio para volver a ella otra vez. Las criaturas aquellas dijeron
a los canacos que si se mezclaban sus sangres, nacerían hijos de apariencia
humana al principio, pero que después se irían pareciendo a ellos cada vez
más, hasta que finalmente regresarían al agua para reunirse con los enjambres
de seres que bullen en los abismos del agua. Y aquí viene lo importante,
joven: que cuando se volvieran peces-sapos como ellos y regresaran al agua,
no morirían ya jamás. Esas bestias no mueren nunca, excepto si se las mata
de forma violenta. »Pues bien, señor; para cuando Obed conoció a los isleños,
ya les corría por las venas mucha sangre de pez que les venía de las bestias.
Cuando envejecían y empezaba a notárseles, no tenían más remedio que esconderse
hasta que les venían ganas de irse a la mar. Algunos tenían más sangre de
bestia que otros, y también se daba el caso del que no llegaba a cambiar
lo suficiente para vivir en el fondo; pero en fin, casi todos se convertían
en monstruos como ya se les había advertido. Los que se parecían más a ellos
de nacimiento se iban antes; los que nacían más humanos, vivían en la isla,
a veces hasta pasados los setenta años, aunque bajaban a menudo al fondo
de la mar para ensayar a ver. Y los que se habían ido ya, volvían como de
visita, de manera que a veces un hombre podía charlar con el tatarabuelo
de su tatarabuelo, que había regresado a las aguas doscientos años antes
o así. »Ya nadie pensaba en morir... salvo en lucha con los de otras islas,
o si los sacrificaban a los dioses marinos, o si los mordía una serpiente,
o también si cogían una enfermedad antes de regresar a las aguas. Sencillamente,
se pasaban la vida esperando que les viniese el cambio, que ya se habían
acostumbrado a él y no les parecía tan horrible. Pensaban que la transformación
valía la pena, y me figuro que Obed pensaría lo mismo cuando meditó lo que
le había contado el viejo Walakea. Sin embargo, Walakea era uno de los pocos
que no tenía mezcla de sangre en las venas. Era de la familia real, y sólo
se casaban con los de las familias reales de otras islas. »Walakea le enseñó
a Obed una gran cantidad de ritos y conjuros relacionados con aquellas bestias
marinas, y le mostró algunos hombres que ya estaban muy a medio convertir,
pero jamás le permitió ver a ninguno completamente transformado. Por último,
le dio un chisme bastante raro de plomo o algo parecido, y le dijo que atraía
a los famosos peces-ranas en cualquier lugar del agua, siempre que hubiese
un nido de ellos abajo. Lo único que tenía que hacer era echar aquel chisme
al agua y recitar correctamente las plegarias y demás. Walakea le dijo que
los peces-ranas estaban diseminados por todo el mundo, de manera que se
podía encontrar un nido y llamarlos con toda facilidad. »A Matt no le gustaba
nada el asunto y le pidió a Obed que se mantuviese alejado de la isla, pero
el capitán estaba ansioso por ganar dinero, y tan baratos encontró aquellos
objetos de oro, que acabaron siendo su especialidad. Las cosas continuaron
de esta manera durante unos años, hasta que Obed sacó el oro suficiente
para poner en marcha la refinería en el edificio de una vieja fábrica de
Waite. No vendía las joyas tal como le venían a las manos porque la gente
habría hecho demasiadas preguntas. Pero a veces, alguno de su tripulación
robaba alguna que otra pieza y la vendía por su cuenta. Otras veces, Obed
permitía que las mujeres de su familia se adornaran con ellas, como hacen
todas las mujeres del mundo. »Pues bien, hacia el año treinta y ocho -tenía
yo entonces siete años-, Obed se encontró con que los isleños habían desaparecido.
Parece ser que los de las otras islas habían oído contar lo que pasaba,
y decidieron cortar por lo sano. Para mí que debían tener algunos de esos
viejos símbolos mágicos que, como decían los monstruos marinos, eran lo
único que les asustaba. Ya se sabe que los canacos son unos linces, y no
le quiero decir, si ven aparecer de pronto una isla con ruinas más antiguas
que el diluvio, lo que tardan en ir a ver de qué se trata. El caso es que
no dejaron títere con cabeza, ni en la isla grande ni en el islote volcánico,
salvo las ruinas, que eran demasiado grandes para derribarlas. En determinados
lugares dejaron unas piedras pequeñas como talismanes que llevaban grabado
encima un signo de esos que llaman ahora la svástica. Debían de ser símbolos
de los Primordiales. En resumen: que lo destruyeron todo, que no dejaron
ni rastro de aquellos objetos de oro, y que ningún canaco de los alrededores
quería decir después ni una palabra del asunto. Incluso juraban que nunca
había vivido nadie en aquella isla. »Naturalmente, a Obed le sentó muy mal,
porque para él suponía el fin de su negocio. Todo Innsmouth sufrió las consecuencias
también, porque en aquellos tiempos, lo que beneficiaba al armador beneficiaba
al mismo tiempo a la población. La mayoría de las gentes de por aquí tomó
las cosas con resignación; pero estaban arruinados, porque la pesca se agotaba
y ninguna de las fábricas marchaba bien. »Entonces Obed empezó a maldecir
a las gentes por pasarse la vida rezando estúpidamente al Dios de los cristianos,
que no servía para nada. Les dijo que él conocía otros pueblos que rezaban
a ciertos dioses que concedían de verdad lo que se les pedía, y dijo que
si conseguía un puñado de hombres decididos a secundarle, él se las apañaría
para encontrar la protección de esos poderes capaces de proporcionarles
abundante pesca y también algo de oro. Naturalmente, los marineros del Sumatra
Queen, que habían estado en la isla, comprendieron en seguida lo que quería
decir, y a ninguno le hizo mucha gracia tener que arrimarse a los monstruos
marinos; pero había muchos que no sabían nada de aquello y les hizo mucha
impresión lo que Obed dijo de estos dioses nuevos (o viejos, según se mire),
y empezaron a preguntarle cosas sobre esa religión que tanto prometía.»
Aquí el anciano se detuvo tembloroso, soltó un gruñido y se sumió en una
silenciosa meditación. Lanzó una mirada por encima del hombro con nerviosismo,
y luego volvió a contemplar fascinado la línea negra del lejano arrecife.
Le pregunté algo y no me contestó. Comprendí que debía dejarle terminar
la botella. La desquiciada historia que estaba escuchando me interesaba
profundamente porque, a mi entender, se trataba de una especie de alegoría
que expresaba de manera simbólica el ambiente malsano de Innsmouth visto
a través de una fantasía desbordante e influida por todo tipo de leyendas
exóticas. Ni por un momento se me ocurrió creer que el relato tuviera el
menor fundamento, y sin embargo, en él palpitaba un auténtico terror, tal
vez por el hecho de aludir a aquellas joyas extrañas que tanto me recordaban
a la tiara que había visto en Newburyport. Después de todo, lo más probable
era que aquel ornamento procediera de alguna isla perdida, y que el extravagante
relato de Zadok fuera una patraña más del difunto Obed, y no un delirio
suyo de borrachín. Le alargué la botella, y el viejo la apuró hasta la última
gota. Soportaba el alcohol de una manera asombrosa; a pesar de la cantidad
de whisky ingerido, no se le trabó la lengua ni una vez. Después de apurar
la botella lamió el gollete y se la metió en el bolsillo. Luego comenzó
a cabecear y a susurrar para sí cosas inaudibles. Me acerqué más a él para
ver si le entendía alguna palabra, y me pareció sorprenderle una sonrisa
burlona tras sus bigotes hirsutos y manchados. Efectivamente, estaba hablando.
Y pude entender que decía: -Pobre Matt... No se estuvo quieto, no. Intentó
poner a la gente de su parte y habló muchas veces con los predicadores,
pero no sirvió de nada... Al sacerdote congregacionista lo echaron del pueblo,
el metodista se largó, al anabaptista, que se llamaba Resolved Babcock,
no se le volvió a ver... ¡Ira de Jehová! Yo no era más que un chiquillo,
pero oí lo que oí, y vi lo que vi... Dagon y Astharoth... Belial y Belcebú...
El Becerro de Oro y los ídolos de Canaan y de los filisteos… Abominaciones
de Babilonia... Mene, mene tekel, upharsin. Nuevamente se detuvo. Me pareció,
por la mirada aguanosa de sus ojos azules, que se encontraba muy cerca de
la embriaguez. Pero cuando lo sacudí levemente del hombro, se volvió con
asombrosa vivacidad y soltó unas cuantas frases aún más sibilinas: -Conque
no me cree, ¿eh? ¡Je, je, je!... Entonces dígame usted, joven, ¿por qué
se iba el capitán Obed de noche en bote, junto con otros veinte tipos, al
Arrecife del Diablo, y allí se ponían a cantar todos a voz en cuello, que
podía oírseles desde cualquier parte del pueblo cuando el viento venía de
la mar? ¿Por qué, eh? ¿y por qué arrojaba unos bultos pesados al agua por
un lado del Arrecife donde ya puede usted echar un escandallo como de aquí
a mañana, que no le llegará jamás al fondo? ¿Y me puede decir qué hizo él
con aquel chisme de plomo que le dio Walakea? Vamos, dígame, ¿eh? ¿y me
puede explicar qué letanías entonaban todos juntos en la noche de Walpurgis
y en la de Difuntos? ¿y por qué los nuevos sacerdotes de las iglesias, que
habían sido antes marineros, se vestían con extraños atuendos y se ponían
esas especies de coronas de oro que Obed había traído? ¿Eh? Los aguanosos
ojos azules de Zadok Allen tenían ahora un brillo maníaco, casi demencial,
y erizados los sucios pelos de su barba descuidada. Debió percatarse de
mi involuntario gesto de aprensión, porque se echó a reír con perversidad.
-¡Je, je, je, je! Empieza a ver claro, ¿eh? Seguramente le habría gustado
estar en mi pellejo en aquel entonces, y ver por la noche, desde lo alto
de mi casa, las cosas que pasaban en la mar. ¡Bueno! yo era pequeño, pero
también son pequeños los conejos y tienen grandes orejas, y lo que es yo,
¡no me perdía ni palabra de lo que contaban del capitán Obed y de los que
salían con él al arrecife! ¡Je, je, je! ¿y la noche que subí al terrado
con el catalejo de mi padre, y vi el arrecife lleno de formas que se echaban
al agua en el momento de salir la luna? Obed y los demás estaban en el bote,
en la parte de acá, pero aquellas formas se zambulleron por el otro lado,
donde el agua es más profunda, y no volvieron a aparecer. ¿Le habría gustado
ser chiquillo y estar solo allá arriba viendo aquellas formas que no eran
humanas?.. ¡Je, je, je! El anciano se estaba volviendo histérico, cosa que
me empezó a alarmar. Me puso en el hombro su mano nudosa y se me aferró
de manera convulsiva. -Imagínese que una noche se asoma por el terrado y
ve que en el bote de Obed se llevan un bulto pesado, que lo echan al agua
por el otro lado del arrecife, y luego se entera usted al día siguiente
de que ha desaparecido de su casa un muchacho. ¿Qué le parece? ¿Ha vuelto
a ver usted a Hiram Gilman, por casualidad? ¿y a Nick Pierce, y a Luelly
Waite, y a Adoniram Southwick, y a Henry Garrison, eh? ¿Los ha visto usted?
¡Pues yo tampoco!... Bestias que hablaban por señas con las manos... eso
las que tenían manos de verdad... »Pues bien, señor; fue entonces cuando
Obed empezó a levantar cabeza de nuevo. Sus tres hijas comenzaron a llevar
adornos de oro que nunca se les había visto antes, y volvió a salir humo
por las chimeneas de la refinería. A los demás también se les vio prosperar.
De pronto empezó a haber abundante pesca, de manera que no tenía uno más
que echar las redes y cargar, y sabe Dios las toneladas de pescado que embarcábamos
para Newburyport, Arkham y Boston. Fue entonces cuando Obed consiguió que
se tendiera el ferrocarril. Algunos pescadores de Kingsport oyeron hablar
de lo que se cogía por aquí y se vinieron en sus chalupas, pero todos desaparecieron
y no volvió a saberse de ellos. Justamente en ese tiempo se organizó la
Orden Esotérica de Dagon. Compraron la logia masónica y la convirtieron
en su cuartel general... ¡Je, je, je! Matt era masón y se quiso negar a
que vendieran la logia... Pero justamente entonces desapareció. »Fíjese
bien que yo no digo que Obed quisiera que las cosas pasaran igual que en
aquella isla de canacos. Estoy por asegurar que al principio no quería que
la gente llegara a mezclar su sangre con las bestias marinas, para luego
engendrar hijos que andando el tiempo regresaran a las aguas y se volvieran
inmortales. El lo que quería era el oro, y estaba dispuesto a pagarlo bien
pagado, y me figuro que en principio los demás estarían conformes... »Por
el año cuarenta y seis, el pueblo dio mucho que hablar. Ya desaparecía demasiada
gente, y los sermones de los domingos eran cosa de locos... Y a todas horas
se hablaba del arrecife. Creo que algo puse yo también de mi parte porque
fui y le conté a Selectman Mowry lo que había visto desde el terrado de
casa. Una noche salió la pandilla de Obed en dirección al arrecife, y oí
un tiroteo entre varios botes. Al día siguiente, Obed y treinta y dos más
estaban en la cárcel. Todo el mundo se preguntaba qué habría pasado exactamente
y de qué se les acusaba. ¡Dios mío, si hubiéramos podido prever lo que había
de pasar dos semanas después, porque en todo ese tiempo no se había echado
ni un solo bulto más a la mar!» Se notaban en Zadok Allen los síntomas del
terror y el agotamiento. Dejé que guardara silencio durante un rato. Yo
no hacía más que mirar el reloj con recelo. La marea había cambiado. Ahora
empezaba a subir, y parecía como si el ruido de las olas despejara un poco
al pobre viejo. Me alegré porque seguramente con la pleamar, el olor a pescado
se atenuaría algo. De nuevo me incliné para oír las palabras que susurraba
en voz baja. -Aquella noche espantosa... los vi. Yo estaba arriba en el
terrado... eran como una horda... El arrecife estaba atestado. Se echaban
al agua y venían nadando hasta el puerto, y por la desembocadura del Manuxet...
¡Dios mío, qué cosas pasaron en las calles de Innsmouth aquella noche! Llegaron
hasta nuestra puerta y la golpearon, pero mi padre no quiso abrir... Luego
salió por la ventana de la cocina con su escopeta en busca de Selectman
Mowry, a ver qué se podía hacer... Hubo gran cantidad de muertos y heridos,
disparos, gritos por todas partes... En Old Square, en Town Square, en New
Church Green. Las puertas de la cárcel fueron abiertas de par en par...
Hubo proclamas... Gritaban traición... Después, cuando vinieron al pueblo
las autoridades del Gobierno y encontraron que faltaba la mitad de la gente,
se dijo que había sido la peste... No quedaban más que los partidarios de
Obed y los que estaban dispuestos a no hablar... Ya no volví a ver a mi
padre... El anciano jadeaba, sudaba copiosamente. Su mano me atenazaba el
hombro con furia. -A la mañana siguiente, todo había vuelto a la normalidad.
Pero los monstruos habían dejado sus huellas... Obed tomó el mando y dijo
que las cosas iban a cambiar. Vendrían otros a nuestras ceremonias para
orar con nosotros, y ciertas casas albergarían a determinados huéspedes...
bestias marinas que querían mezclar su sangre con la nuestra, como habían
hecho entre los canacos, y no sería él quien lo impidiera. Obed estaba muy
comprometido en el asunto. Parecía como loco. Decía que nos traerían pescado
y tesoros, y que había que darles lo que querían. »Aparentemente, todo seguiría
igual, pero nos dijo que teníamos que esquivar a los forasteros por nuestro
propio bien. Todos tuvimos que prestar el Juramento de Dagon. Más tarde,
hubo un segundo y un tercer juramento, que prestaron algunos de nosotros.
Los que hiciesen servicios especiales, recibirían recompensas especiales
-oro y demás-. Era inútil rebelarse porque en el fondo del océano había
millones de ellos. No tenían interés en aniquilar al género humano, pero
si no obedecíamos, nos enseñarían de qué eran capaces. Nosotros no teníamos
conjuros contra ellos, como los de las islas de los Mares del Sur, porque
los canacos no revelaron jamás sus secretos. »Había que ofrecerles bastantes
sacrificios, proporcionales baratijas y albergarlos en el pueblo cuando
se les antojara. Entonces nos dejarían en paz. A ningún forastero se le
debía permitir que fuera por ahí con historias... En otras palabras: prohibido
espiar. Los que formaban el grupo de los fieles -o sea, los de la Orden
de Dagon- y sus hijos, no morirían jamás, sino que regresarían a la Madre
Hydra y al Padre Dagon, de donde todos hemos salido... ¡Iä! ¡Iä! ¡Cthulhu
fhtagn! ¡Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah-nagl fhtagn!...» El viejo
Zadok estaba empezando a delirar. ¡Pobre hombre, a qué lastimosas alucinaciones
se veía arrastrado por culpa de la bebida y de su aversión al mundo desolado
que le rodeaba! Prorrumpió en lamentaciones, y las lágrimas le surcaron
sus mejillas arrugadas corriendo a ocultarse entre los pelos de la barba.
-¡Dios mío, qué no habré visto yo desde mis quince años! ¡Mene, mene tekel,
upharsin! Las personas desaparecían, se mataban entre sí... Cuando fueron
contándolo por Arkham, Ipswich y por ahí, dijeron que todos estábamos locos,
lo mismo que piensa usted ahora de mí. Pero, ¡Dios mío, la de cosas que
he visto! Me habrían matado hace tiempo por lo que sé, de no haber prestado
el Primero y el Segundo Juramento. Eso es lo que me protege, a menos que
un jurado formado por ellos demuestre que he contado deliberadamente lo
que sé... El Tercer Juramento no lo quise prestar... Antes muerto que prestarlo.
»Cuando la Guerra Civil, la cosa se puso aun peor, porque los niños que
habían nacido en el cuarenta y seis empezaron a hacerse mayores, por lo
menos algunos de ellos. Yo estaba asustado. No se me había vuelto a ocurrir
ponerme a espiar después de aquella noche, y no he vuelto a ver de cerca
a ninguna de esas criaturas... ninguna que fuera de pura sangre, quiero
decir. Me marché a la guerra, y si hubiera tenido un poco de sentido común
me habría establecido lejos de aquí. Pero me escribieron diciendo que las
cosas no iban mal. Me figuro que eso lo decían porque las tropas del Gobierno
habían ocupado el pueblo. Eso fue en el sesenta y tres. Después de la guerra,
fuimos de mal en peor otra vez. La gente volvió a no hacer nada, las fábricas
y las tiendas empezaron a cerrar, el comercio marítimo se paralizó, la arena
invadió la dársena del puerto, y se abandonó el ferrocarril. Pero esas cosas
seguían nadando en la mar y en el río y pululando por el arrecife. Y cada
vez se iban tapiando más ventanas en los pisos superiores de las casas,
y cada vez se oían más ruidos en edificios que se suponían deshabitados...
»La gente cuenta muchas cosas de nosotros. Algo ha oído usted también, a
juzgar por las preguntas que me hace. Dicen que si se ven ciertas cosas
por aquí, y se habla también de joyas extrañas que aparecen aún de cuando
en cuando, no siempre fundidas del todo... Total: nada. Y en el fondo, no
creen lo que dicen. Piensan que los objetos de oro provienen de un botín
que escondieron los piratas y están convencidos de que las gentes de Innsmouth
son de sangre extranjera o padecen no sé qué enfermedad. Por otra parte,
aquí tratan de echar a los forasteros tan pronto como ponen los pies; y
si se quedan, no les dejan demasiadas ganas de curiosear, sobre todo por
la noche... Los animales, recuerdo yo, se encabritaban en cuanto se les
ponía delante alguien de aquí, los caballos en particular; más adelante,
con el automóvil, desapareció ese problema. »En el cuarenta y seis, el capitán
Obed se casó en segundas nupcias, pero a su segunda mujer nadie la ha visto
jamás... Decían que él no quería dar ese paso, pero que lo obligaron. Y
esta nueva esposa le dio tres hijos; dos de ellos desaparecieron a temprana
edad, pero el tercero, una niña, salió tan normal como usted o como yo,
y la mandaron a estudiar a Europa. Finalmente, Obed consiguió casar a esta
hija con un pobre desgraciado de Arkham que no sospechaba el pastel. Ahora
sería distinto. Nadie quiere tener ya relaciones con gente de Innsmouth.
Barnabas Marsh, que lleva hoy la refinería, es nieto de Obed y de su primera
mujer, o sea, es hijo de Onesiphorus, el mayor de Obed, pero su madre es
otra de las que nadie vio en la calle. »Justamente, Barnabas está ahora
a punto de sufrir el cambio, No puede ya cerrar los ojos y ha perdido la
forma humana. Se dice que todavía lleva ropas, pero pronto tendrá que regresar
a las aguas. Quizá ya lo haya intentado. Suelen acostumbrarse poco a poco,
antes de marcharse definitivamente. No se le ha visto en público desde hace
lo menos diez años. ¡No sé que podrá sentir su pobre mujer! Ella es de Ipswich,
y los de allí estuvieron a punto de linchar a Barnabas, hace cincuenta años,
cuando supieron que la cortejaba. Obed murió en el setenta y ocho, y toda
la generación siguiente ha desaparecido ya. Los hijos de la primera esposa
murieron, los demás... sabe Dios...» El ruido de la creciente marea iba
haciéndose cada vez más intenso, al tiempo que el humor lacrimoso del anciano
dio paso a un estado de alerta. Se interrumpía a cada momento, miraba de
reojo en dirección al arrecife, y a pesar de lo descabellado que resultaba
su relato, me contagió su actitud recelosa. La voz de Zadok se hizo más
chillona; era como si tratara de levantarse el ánimo hablando más fuerte.
-¿Por qué no dice nada, eh usted? ¿Le gustaría vivir en un pueblo como éste,
donde todo se pudre y se corrompe, donde hay unos monstruos escondidos que
se arrastran y aúllan y ladran y brincan en sus celdas tenebrosas y en las
buhardillas de cada esquina? ¿Eh? ¿Le gustaría oír noche tras noche los
aullidos que salen de las iglesias y del local de la Orden de Dagon, a sabiendas
de quién los lanza? ¿Le gustaría oír el vocerío que se levanta de ese arrecife
de Satanás, cada noche de Walpurgis y cada noche de Difuntos? ¿Eh? Pero
usted piensa que estoy completamente chiflado, ¿verdad? ¡Pues bien, señor!,
¡todavía no le he contado lo peor! Zadok gritaba ahora enloquecido, y su
voz me producía una tremenda turbación. -¡Malditos seáis! ¡No me miréis
así, que lo único que he dicho es que Obed Marsh está en el infierno, y
que se lo tiene merecido! ¡Je, je...! ¡He dicho en el infierno! No podéis
hacerme nada. Yo no he hecho ni he dicho nada a nadie... »Ah, está usted
aquí, joven! En efecto, nunca he dicho nada a nadie, pero ahora mismo lo
voy a decir. Siéntese ahí y escúcheme, muchacho, porque esto es un secreto:
Ya le he dicho que a partir de aquella noche no volví a espiar, ¡Pero así
y todo, uno se entera de las cosas! »Quiere saber lo verdaderamente espantoso,
eh? Pues bien, ahí va: lo espantoso no es lo que han hecho esos peces infernales,
sino ¡lo que van a hacer! Llevan años subiendo al pueblo cosas que se traen
de los abismos del agua. Las casas que hay al norte del río, entre Water
Street y Main Street, están repletas de demonios de esos y de cosas que
se han traído, y cuando estén preparados... digo que cuando estén preparados...
¿ ha oído hablar alguna vez del shoggoth? »¡Eh! ¿Me escucha? Le estoy diciendo
que yo sé lo que son... que los vi una noche, cuando.., ¡eh-ahhh-ah! ¡e'yahhh!»...
El viejo lanzó de pronto un alarido que casi me hizo perder el sentido.
Miraba hacia esa mar de fétidos olores con unos ojos que se le salían de
las órbitas, y su cara era una máscara de horror, digna de una tragedia
griega. Su garra huesuda se clavó dolorosamente en mi hombro, y no me soltó
cuando me volví a mirar hacia el punto donde miraba él. No había nada. Sólo
la marea creciente y una serie de olas que rompían aisladas, lejos de la
línea larga y espumosa de las rompientes. Pero entonces Zadok comenzó a
zarandearme, y me volví hacia él. Su helado terror dio paso a una tempestad
de movimientos nerviosos y expresivos. Por fin recobró la voz, una voz temblona
y susurrante. -¡Váyase de aquí! ¡Váyase; nos han visto... ¡Váyase, por lo
que más quiera! No se quede ahí... Lo saben ya... Corra, de prisa. Márchese
de este pueblo. Otra ola pesada rompió contra las ruinas del embarcadero
abandonado, y el loco susurro del viejo se convirtió en un alarido inhumano
que helaba la sangre: -¡E-yaahhh!... ¡Yhaaaaaaa! ... Antes de que yo pudiese
recobrarme de mi sorpresa, soltó mi hombro y se lanzó como loco hacia la
calle, torciendo en dirección norte, por delante de la ruinosa fachada del
almacén. Eché un vistazo al mar, pero seguí sin ver nada. Cuando llegué
a Water Street y miré a lo largo de la calle, no había ya el menor rastro
de Zadok Allen. IV Es difícil describir el estado de ánimo que me embargó
después de este episodio lastimoso, tan insensato y conmovedor como grotesco
y terrorífico. El muchacho de la tienda de comestibles me había preparado
de antemano, y no obstante, la realidad me había dejado aturdido y confuso.
Aunque era un relato pueril, la absurda seriedad y el horror del viejo Zadok
me habían producido una alarma que venía a aumentar mi sentimiento de aversión
hacia aquel pueblo que parecía envuelto por una sombra intangible. Ya reflexionaría
más adelante sobre aquella historia, para ver lo que tenía de cierto. Por
el momento, deseaba no pensar más en ello. Se me estaba echando el tiempo
encima de manera peligrosa: eran las siete y cuarto por mi reloj, y el autobús
para Arkham salía de la Plaza a las ocho, así que traté de orientar mis
pensamientos hacia lo práctico y caminé a toda prisa por las calles miserables
y desiertas en busca del hotel donde había consignado mi maleta, delante
del cual tomaría mi autobús. La dorada luz del atardecer comunicaba a los
decrépitos tejados y chimeneas cierto encanto místico y sereno. No obstante,
me sentía receloso. Instintivamente, miraba hacia atrás con disimulo. Pensaba
con alivio en verme lejos del maloliente pueblo de Innsmouth, y ojalá hubiese
otro vehículo que no fuera el del siniestro Sargent. Sin embargo, no quería
correr. A cada paso surgían detalles arquitectónicos que valía la pena contemplar;
además, tenía tiempo de sobra. Estudié el plano del dependiente de la tienda
y me metí por Marsh Street, que no conocía, para salir a Town Square. Cerca
de la esquina de Fall Street empecé a ver grupos esporádicos de gentes furtivas
que hablaban en voz baja. Al llegar por fin a la Plaza, vi que casi todos
los haraganes se habían congregado alrededor de la puerta de Gilman House.
Parecía como si aquella infinidad de ojos saltones e inmóviles estuvieran
fijos en mí, mientras pedía mi maleta en el vestíbulo. Interiormente hacía
votos por que no me tocara de compañero de viaje ninguno de aquellos tipos
desagradables. Un poco antes de la ocho, apareció petardeando el autobús
con tres viajeros. Un individuo de aspecto equívoco, desde la acera, dijo
unas palabras incomprensibles al conductor. Sargent bajó el saco del correo
y un rollo de periódicos, y entró en el hotel. Mientras, los viajeros -los
mismos hombres a quienes había visto llegar a Newburyport aquella mañana-
se encaminaron a la acera con su paso bamboleante y cambiaron con un ocioso
algunas desmayadas palabras guturales, en una lengua que de ningún modo
era inglés. Subí al coche vacío y ocupé el mismo asiento que cogí al venir,
pero no hice más que sentarme, cuando reapareció Sargent y empezó a hablarme
con un repugnante acento gutural. Al parecer estaba yo de mala suerte. El
motor no iba bien; había podido llegar a Innsmouth, pero era imposible continuar
el viaje hasta Arkham. No, era imposible repararlo esta misma noche; tampoco
había otro medio de transporte. Sargent lo sentía mucho, pero yo tenía que
parar en el Gilman. Probablemente el conserje me haría un precio asequible.
No se podía hacer otra cosa. Casi anonadado por este contratiempo imprevisto,
y realmente atemorizado ante la idea de pasar allí la noche, dejé el autobús
y volví a entrar en el vestíbulo del hotel donde el conserje del turno de
noche -un tipo hosco y de raro aspecto-- me dijo que en el penúltimo piso
tenía una habitación, la 428, que era grande aunque sin agua corriente,
que costaba un dólar la noche. A pesar de lo que me habían contado en Newburyport
sobre este hotel, firmé en el registro, pagué mi dólar, dejé que el conserje
recogiera mi maleta, y subí tras él los tres tramos de crujientes escaleras;
finalmente recorrimos un pasillo polvoriento y desierto, y llegamos a mi
habitación. Era un lúgubre cuartucho trasero con dos ventanas y un mobiliario
barato y gastado. Las ventanas daban a un patio oscuro, cerrado entre dos
bajos edificios abandonados, y desde ellas podía contemplarse todo un panorama
de tejados decrépitos que se extendía hacia poniente, hasta las marismas
que rodeaban la población. Al final del pasillo había un cuarto de baño,
reliquia deprimente que constaba de una taza de mármol, una bañera de estaño,
una luz bastante floja, cuatro paredes despintadas y numerosas tuberías
de plomo. Como aún era de día, bajé a la Plaza a ver si podía cenar, Y una
vez más observé que los ociosos me miraban de manera especial. La tienda
de comestibles estaba cerrada, así que no tuve más remedio que entrar en
el restaurante. Me atendieron un hombre de cabeza estrecha y ojos inmóviles,
y una moza de nariz aplastada y unas manos increíblemente bastas y desmañadas.
Como no había mesas, tuve que cenar en el mostrador, lo que me permitió
comprobar que, afortunadamente, casi toda la comida era de lata. Tuve bastante
con un tazón de sopa de verduras y regresé en seguida a la fría habitación
del Gilman. Al entrar cogí el periódico de la tarde y una revista llena
de cagadas de mosca que había en un estante desvencijado, junto al pupitre
del conserje. Cayó el crepúsculo y se hizo de noche. Encendí la única luz,
una bombilla mortecina que colgaba sobre la cama de hierro, y continué como
pude la lectura que había comenzado. Me pareció conveniente mantener la
imaginación ocupada en cosas saludables. No quería darle más vueltas a las
cosas raras que pasaban en aquel pueblo sombrío, al menos mientras estuviese
dentro de sus límites. La descabellada patraña que le había oído al viejo
bebedor no me auguraba sueños muy agradables. Me daba cuenta de que debía
apartar de mí la imagen de sus ojos aguanosos y enloquecidos. Tampoco debía
pensar en lo que el inspector de Hacienda había contado al empleado de la
estación de Newburyport sobre Gilman House, y sobre las voces de sus huéspedes
nocturnos... Asimismo, era menester apartar de mi imaginación el rostro
que había vislumbrado bajo una tiara en la negra entrada de la cripta, porque
en verdad, pensar en él me causaba una impresión de lo más desagradable.
Quizá me hubiera resultado más sencillo desechar todas esas inquietudes
si mi habitación no hubiese sido un lugar tremendamente lúgubre. Además
del hedor a pescado que era general en todo el pueblo, reinaba allí dentro
una atmósfera de humedad estancada, lo que me sugería inevitablemente emanaciones
de putrefacción y de muerte. Otra cosa que me inquietaba era que la puerta
de mi habitación carecía de cerrojo. Se veía claramente que lo había tenido
y, a juzgar por las señales, lo habían debido quitar recientemente. Sin
duda se había estropeado, como tantas otras cosas de este cochambroso edificio.
En mi nerviosismo, rebusqué por allí y encontré un cerrojo en el armario
que me pareció igual que el que había tenido la puerta. Nada más que para
tranquilizar esta tensión de nervios que me dominaba, me dediqué a colocarlo
yo mismo con la ayuda de una navaja que siempre llevo conmigo. El cerrojo
encajaba perfectamente. Me sentí aliviado al ver que quedaría bien cerrado
cuando me fuera a acostar. No es que yo lo estimara realmente necesario,
pero cualquier cosa que contribuyera a mi seguridad me ayudaría también
a descansar. Las dos puertas laterales que comunicaban con las habitaciones
contiguas tenían su correspondiente cerrojo, y pude comprobar que estaban
pasados. No me desnudé. Decidí estar leyendo hasta que me entrase sueño.
Entonces me quitaría la chaqueta, el cuello, los zapatos, y me echaría a
dormir un poco. Saqué la linterna de la maleta y la metí en el bolsillo
del pantalón con el fin de poder consultar el reloj si me despertaba a media
noche. Pasó algún tiempo y el sueño no me venía. Cuando me paré a analizar
mis pensamientos, me di cuenta de que inconscientemente estaba tenso, alerta,
con el oído atento, a la espera de algún sonido que me produciría un miedo
infinito, aun sin saber por qué. El relato del inspector debió de influir
en mi imaginación más de lo que yo suponía. Traté de reanudar la lectura,
pero no lo conseguí. Llevaba un rato así, cuando me pareció oír que crujían
los escalones y los pasillos, como si alguien caminase con sigilo. Me dije
que seguramente los demás huéspedes empezaban a ocupar sus habitaciones.
No se oían voces. Con todo, me dio la impresión de que en aquellos ruidos
había un no sé qué furtivo. Aquello no me gustó, y empecé a pensar si no
sería mejor pasar la noche en vela. Los tipos de aquel pueblo eran sospechosos
por demás, y era indudable que habían ocurrido varias desapariciones. ¿Me
encontraba en una posada de ésas donde se asesina a los viajeros para robarles?
Desde luego, yo no tenía aspecto de nadar en la abundancia. ¿O acaso la
gente del pueblo odiaba hasta ese extremo a los visitantes curiosos? ¿Les
había molestado mi curiosidad? Porque, evidentemente, me habían visto recorrer
plano en mano los barrios más característicos de la localidad… Pero de pronto,
pensé que muy asustado tenía que hallarme para que unos pocos crujidos casuales
me pusieran en ese estado de excitación. De todos modos, sentí no tener
un arma a mano. Finalmente, vencido por un agotamiento que nada tenía que
ver con el sueño, eché el recién instalado cerrojo, apagué la luz, y me
tumbé en la cama sin despojarme de la chaqueta, ni del cuello ni de los
zapatos. La oscuridad parecía amplificar todos los ruidos menudos de la
noche. Me invadió un sinfín de pensamientos desagradables. Lamenté haber
apagado la luz, pero me sentía demasiado cansado para levantarme y volverla
a encender. Luego, después de un largo rato y tras una serie de crujidos
claros y distintos que procedían de la escalera y el corredor, oí un roce
suave e inconfundible en el que se concretaron instantáneamente todas mis
aprensiones. Ya no cabía duda: con cautela, de una manera furtiva y a tientas,
estaban tratando de abrir con una llave la cerradura de mi puerta. La sensación
de peligro que me invadió en ese momento no fue demasiado turbadora, quizá,
por los vagos temores que venía experimentando. De modo instintivo, aunque
sin una causa definida, me hallaba en guardia, lo que suponía en cierto
modo una ventaja para enfrentarme con la prueba real que me aguardaba. Con
todo, la concreción de mis vagas conjeturas en una amenaza real e inmediata
constituyó para mí una profunda conmoción. Ni por un momento se me ocurrió
que el que estaba manipulando en la cerradura de mi cuarto se habría equivocado.
Desde el primer instante sentí que se trataba de alguien con malas intenciones,
así que me quedé quieto, callado como un muerto, en espera de los acontecimientos.
Al cabo de un rato cesó el apagado forcejeo y oí que entraban en una habitación
contigua a la mía. Luego intentaron abrir la cerradura de la puerta que
comunicaba con mi cuarto. Como es natural, el cerrojo aguantó firme, y el
suelo crujió al marcharse el intruso. Poco después se oyó otro chirrido
apagado. Estaban abriendo la otra habitación contigua, y a continuación
probaron a abrir la otra puerta de comunicación, que también tenía echado
el cerrojo. Después, los pasos se alejaron hacia las escaleras. Fuera quien
fuese, había comprobado que las puertas de mi dormitorio estaban cerradas
con cerrojo y había renunciado a su proyecto. De momento, como tuve ocasión
de ver. La presteza con que concebí un plan de acción demuestra que, subconscientemente,
me estaba temiendo alguna amenaza, y que durante horas enteras había estado
maquinando, sin darme cuenta, las posibilidades de escapar. Desde el principio
comprendí que el desconocido que había intentado abrir representaba un peligro
con el que no debía enfrentarme, sino huir cuanto antes. Tenía que salir
del hotel lo más pronto posible, y desde luego, no debía emplear la escalera
ni el pasillo. Me levanté sin hacer ruido. Enfoqué la llave de la luz con
mi linterna. Mi intención era coger algunas cosas de la maleta, echármelas
en el bolsillo y huir con las manos libres. Le di al interruptor pero no
sucedió nada: habían cortado la corriente. Estaba claro que el misterioso
ataque había sido preparado con todo detalle, aunque ignoraba con qué finalidad.
Mientras reflexionaba, sin quitar la mano del interruptor, oí un apagado
crujido en el piso de abajo; me pareció distinguir un rumor como de conversación,
pero un momento después pensé que me había confundido. Se trataba sin duda
alguna de gruñidos roncos y graznidos mal articulados, cosa que guardaba
muy poca relación con cualquier lenguaje humano conocido. Luego pensé con
renovada insistencia en lo que el inspector de Hacienda había oído una noche
en este mismo edificio ruinoso y pestilente. Con ayuda de la linterna cogí
lo que necesitaba de mi maleta, me lo metí todo en los bolsillos, me puse
el sombrero y me acerqué de puntillas a la ventana para calcular las posibilidades
de mi descenso. A pesar de las reglas de seguridad establecidas por la ley,
no había escalera de incendios en este lado del hotel, y mis ventanas correspondían
al cuarto piso. Como he dicho, daban a un patio lóbrego y encajonado entre
dos edificios, ambos con sus tejados inclinados que alcanzaban hasta el
cuarto piso. Sin embargo, no podía saltar a ninguno de los dos desde mis
ventanas, sino desde dos habitaciones más allá, a uno o a otro lado. Inmediatamente
me puse a calcular las probabilidades de llegar a una cualquiera de ellas.
Decidí no arriesgarme a salir al pasillo, donde mis pasos serían oídos sin
duda alguna, y donde me tropezaría con dificultades insuperables para entrar
en la habitación elegida. Unicamente podría tener acceso a través de las
puertas laterales, menos sólidas, que comunicaban unas habitaciones con
otras. Tendría que forzar las cerraduras y los cerrojos arremetiendo con
el hombro, caso de encontrarlas cerradas por el otro lado. Me pareció que
era lo más factible, porque las puertas no tenían aspecto de resistir mucho.
Pero no podría hacerlo sin ruido. Tendría que contar con la rapidez y la
posibilidad de llegar a la ventana antes de que cualesquiera fuerzas hostiles
tuvieran tiempo de abrir la puerta correspondiente al pasillo. Reforcé la
de mi propia habitación apuntalándola con la mesa de escritorio que arrastré
cautelosamente para hacer el menor ruido posible. Me daba cuenta de que
mis probabilidades eran muy escasas, pero estaba enteramente dispuesto a
afrontar cualquier eventualidad. Aun cuando lograse alcanzar otro tejado,
no habría resuelto el problema por completo, porque me quedaría aún la tarea
de llegar al suelo y escapar del pueblo. A mi favor estaban la desolación
y la ruina de los edificios vecinos y el gran número de claraboyas que se
abrían en sus tejados. Consulté el plano del muchacho de la tienda, La mejor
dirección para salir del pueblo era hacia el sur, así que miré primero la
puerta de comunicación correspondiente. Se abría hacia mí; por lo tanto,
después de descorrer el cerrojo y comprobar que la puerta no se abría, consideré
que me iba a ser muy difícil forzarla. Por consiguiente, abandoné esa dirección
y corrí la cama contra la puerta para impedir cualquier ataque desde esta
habitación. La otra puerta se abría hacia el otro lado. Ese debía de ser
mi camino, a pesar de comprobar que estaba cerrada con llave y que tenía
el cerrojo echado por el otro lado. Si podía llegar al tejado del edificio
de ese lado, que correspondía a Paine Street, y conseguía bajar al suelo,
quizá pudiese cruzar el patio en cuatro saltos y atravesar uno de los dos
edificios para salir a Washington Street o Bates Street. También podía saltar
directamente a Paine Street, dar un rodeo hacia el sur y meterme por Washington
Street. En cualquier caso, tenía que dirigirme a Washington Street como
fuese, y huir de los alrededores de Town Square. Sería preferible evitar
Paine Street, ya que el parque de bomberos podía estar abierto toda la noche.
Mientras meditaba todo esto contemplé la inmensa marea de tejados ruinosos
que se extendía bajo la luz de la luna. A la derecha, la negra herida de
la garganta del río hendía el panorama. Las fábricas abandonadas y la estación
de ferrocarril se aferraban como lapas a un lado y a otro. Detrás se veían
las vías herrumbrosas y la carretera de Rowley que atravesaban la llanura
pantanosa, punteada de montículos cubiertos de seca maleza. A la izquierda,
en un área más cercana, y cruzada por numerosas corrientes de agua salitrosa,
la estrecha carretera de Ipswich brillaba con el blanco reflejo de la luna.
Desde la ventana del hotel no alcanzaba a ver la carretera que iba hacia
el sur, hacia Arkham, donde pensaba dirigirme. Estaba reflexionando, hecho
un mar de dudas, sobre el momento más oportuno para poner en práctica este
plan, cuando percibí abajo unos ruidos indefinidos a los que siguió inmediatamente
un crujido pesado en las escaleras. Irrumpió el débil parpadeo de una luz
por el montante de la puerta, y el entarimado del corredor comenzó a gemir
bajo un peso considerable. Oí unos ruidos guturales, puede que de origen
humano, y finalmente sonaron unos fuertes golpes en mi puerta. Por un momento
me limité a contener la respiración y a esperar. Me pareció que transcurría
una eternidad. Y de repente, el olor a pescado comenzó a hacerse más penetrante.
Después se repitieron las llamadas con insistencia, más impacientes cada
vez. Comprendí que había llegado el momento de actuar. Descorrí el cerrojo
de la puerta lateral y me dispuse a cargar contra ella para abrirla. Los
golpes eran cada vez más fuertes; tal vez disimularían el ruido que iba
a hacer yo. Por fin comencé a embestir una y otra vez contra la delgada
chapa, sin preocuparme del dolor que me producía en el hombro. La puerta
resistió más de lo que había calculado, pero continué en mi empeño. Mientras
tanto, el alboroto del pasillo iba en aumento delante de mi puerta. Finalmente
cedió la puerta contra la que estaba cargando, pero con tal estrépito que
los de fuera tuvieron que oírlo. Los golpes se convirtieron en violentas
arremetidas, y a la vez, oí un fatídico sonido de llaves en las dos puertas
vecinas a la mía. Me precipité a la otra habitación y conseguí echar el
cerrojo a la puerta del vestíbulo antes de que la abrieran, pero entonces
oí cómo trataban de abrir con una llave la tercera puerta, la de la habitación
cuya ventana pretendía alcanzar. Por un instante, me sentí totalmente desesperado.
Me iban a atrapar en una habitación cuya ventana no me ofrecía salida posible.
Una oleada de horror me invadió al descubrir, a la luz de mi linterna, las
huellas que habían dejado en el polvo del suelo los intrusos que habían
tratado de forzar la puerta lateral. Después, gracias a un acto puramente
automático, desprovisto de toda lucidez, corrí a la siguiente puerta de
comunicación y me dispuse a derribarla. La suerte me fue favorable… La puerta
de comunicación no sólo no tenía echada la llave, sino que estaba entreabierta.
Entré en un salto y apliqué la rodilla y el hombro a la puerta del vestíbulo,
que en ese momento se estaba abriendo. Cogí desprevenido al que trataba
de abrir, de suerte que conseguí pasar el cerrojo, cosa que hice también
en la otra puerta que acababa de franquear. Durante los breves instantes
de alivio que siguieron, oí que disminuían las embestidas contra las otras
dos puertas, mientras crecía un confuso alboroto en mi primitiva habitación,
cuya puerta lateral había atrancado yo con la cama. Evidentemente, el tropel
de mis asaltantes había entrado por la habitación contigua del otro lado
y se lanzaba tras de mí por el mismo camino. En ese mismo momento oí cómo
introducían una llave en la puerta del pasillo de la habitación siguiente.
Estaba rodeado. La puerta lateral que daba a esta habitación estaba abierta
de par en par. No había tiempo de contener la del vestíbulo, que ya la estaban
abriendo. Lo único que pude hacer fue echar el cerrojo de la puerta lateral
de comunicación, igual que había hecho en la de enfrente, y colocar la cama
contra una, la mesa de escritorio contra otra, y el aguamanil contra la
del pasillo. Debía confiar en estas barreras improvisadas hasta que hubiera
saltado por la ventana al tejado del edificio de Paine Street. Pero aun
en este trance supremo, el horror que yo sentía no se debía a la fragilidad
del dispositivo de defensa. Lo que a mí me horrorizaba era que ninguno de
mis perseguidores -aparte ciertos jadeos, gruñidos y ladridos apagados -había
pronunciado una sola palabra inteligible y humana. Mientras corría los muebles
y me precipitaba hacia la ventana, se oyó una carrera espantosa por el pasillo
hacia la habitación contigua a la que me encontraba yo. Cesaron las embestidas
en el otro lado. Era evidente que la mayoría de mis adversarios se estaba
congregando ante la débil puerta lateral. Afuera, la luna bañaba el tejado
de abajo. Calculé que era un salto arriesgado, debido a la inclinación que
tenía el sitio donde había de aterrizar. De acuerdo con mi plan, elegí la
ventana más meridional que tenía el cuarto. Quería saltar en la vertiente
del tejado que daba al patio y escabullirme por la claraboya más cercana.
Una vez dentro de uno de aquellos edificios, tenía que contar con que me
perseguirían. Pero confiaba en poder alcanzar la planta baja y evadirme
por una de las puertas abiertas del patio, desembocar finalmente en Washington
Street, y salir del pueblo en dirección sur. El alboroto de la habitación
vecina era terrible. La puerta comenzó a ceder. Los asaltantes habían traído
un objeto pesado y lo estaban empleando como ariete. No obstante, la cama
aún se mantenía firme contra la puerta, de forma que todavía tenía la posibilidad
de huir. La ventana estaba flanqueada por pesados cortinajes de terciopelo,
suspendidos de una barra mediante anillas de latón. Descubrí que en el exterior
había unos sólidos ganchos para sujetar los batientes de la ventana. Viendo
que aquello me proporcionaba los medios de evitar un salto peligroso, di
un tirón a las colgaduras y las arrojé al suelo con barra y todo. Rápidamente
enganché dos anillas en el gancho exterior y solté el cortinaje al vacío.
Los pesados pliegues llegaban sobradamente al tejado. Comprobé que las anillas
y el gancho podían soportar mi peso y luego me deslicé por la improvisada
escala, dejando atrás para siempre el siniestro edificio de Gilman House.
Puse pie en las sueltas pizarras del tejado. La pendiente era muy pronunciada.
Conseguí llegar a una de las claraboyas sin resbalar. Me volví para mirar
la ventana por donde había salido. Aún estaba a oscuras. Allá lejos, entre
las desmoronadas chimeneas de la parte norte, se veían diversas luces. Se
trataba del edificio de la Orden de Dagon, de la iglesia anabaptista y de
la iglesia congregacionista, cuyo recuerdo me producía escalofríos. Como
no vi a nadie en el patio, confié en poder salir por allí antes de que cundiera
la alarma general. Enfoqué mi linterna por la claraboya y vi que no había
escalones que me permitieran bajar. No obstante, la altura no era excesiva,
de modo que me dejé caer, yendo a parar a una habitación llena de polvo
y atestada de cajas medio deshechas y de barriles. El sitio era lúgubre,
pero apenas me produjo impresión alguna. Me precipité inmediatamente por
unas escaleras que descubrí gracias a la linterna. Miré la hora: eran las
dos de la madrugada. Los peldaños crujieron levemente bajo mi peso. Corrí
escaleras abajo, crucé una especie de granero, en la segunda planta, y llegué
a la planta baja. Reinaba en ella la más completa desolación; sólo el eco
respondía al ruido de mis pasos presurosos. Por fin llegué al vestíbulo.
En un extremo se veía un débil rectángulo de luz que recortaba la puerta
que daba a Paine Street. Tomé la otra dirección y me encontré con que la
puerta de atrás también estaba abierta. Bajé cinco peldaños de piedra y
me hallé al fin en el patio de losas y césped. La luz de la luna no llegaba
hasta aquí, pero se veía el camino sin necesidad de linterna. Algunas de
las ventanas de Gilman House estaban débilmente iluminadas, e incluso me
pareció oír ruido en su interior. Caminé cautelosamente en dirección a la
salida que daba a Washington. Encontré varias puertas abiertas y elegí la
más cercana. Atravesé un pasillo oscuro y al llegar al otro extremo, vi
que la puerta de la calle estaba sólidamente cerrada. Decidí probar en otro
edificio. Volví a tientas sobre mis pasos, pero me detuve en seco junto
a la puerta del patio. Por una puerta del Gilman salía un enjambre de siluetas
dudosas… Agitaban sus linternas en la oscuridad; el graznido horrible de
sus voces se mezclaba con unos gritos apagados en lengua extraña. Las figuras
se movían de manera incierta. Me di cuenta de que no sabían qué dirección
había tomado, y no obstante, me sacudió un escalofrío de horror. No se distinguían
bien sus figuras, pero su andar encogido y bamboleante me producía una inexplicable
repugnancia. Lo más desagradable era la figura extraña coronada con su tiara,
ya familiar para mí, que avanzaba al frente de la comitiva. Al ver cómo
aquellas figuras se desplegaban por todo el patio, mis temores aumentaron.
¿Y si no encontrara ninguna salida a la calle? El olor a pescado se hizo
tan intenso, que dudé si sería capaz de soportarlo sin desmayarme. Nuevamente
me metí a tientas, en busca de una salida. Abrí una puerta y entré en una
habitación vacía; las ventanas estaban cerradas, pero carecían de falleba.
Alumbrándome con la linterna pude abrir las contraventanas. Un momento después
salté al exterior y cerré cuidadosamente la ventana, dejándola como la había
encontrado. Estaba, pues, en Washington Street. Por el momento no se veía
un alma, ni había más luz que la de la luna. Sin embargo, a lo lejos, y
en distintas direcciones, se oían roncos gruñidos, carreras precipitadas,
y una especie de pataleo que no era exactamente un ruido de pasos. No tenía
tiempo que perder. Sabía orientarme en la oscuridad, de modo que casi agradecí
que estuvieran apagadas las luces de las calles, como es costumbre en las
poblaciones rurales atrasadas. Algunos ruidos provenían del sur; no obstante,
persistí en mi deseo de escapar en esa dirección. Sabía que encontraría
gran número de portales desiertos donde podría refugiarme, caso de tropezarme
con alguien. Caminaba de prisa, con cautela, pegado a las fachadas ruinosas.
Aunque iba desaliñado por culpa de mi fuga precipitada, nada había en mí
que llamara especialmente la atención. Tal vez pudiera pasar desapercibido
si me cruzaba con algún transeúnte. En Bates Street me metí en un portal
abierto y aguardé a que cruzaran dos individuos bamboleantes que venían
en dirección contraria. Volví a salir en seguida y proseguí mi camino. Me
acercaba a la plaza donde Eliot Street y Washington Street se cruzan oblicuamente.
Aunque este barrio me era desconocido, me pareció peligroso a juzgar por
el plano del muchacho de la tienda. La luna daría de lleno en la plaza,
pero era inútil intentar evitarla; cualquier otra dirección supondría una
serie de rodeos que me harían perder mucho tiempo y supondrían más ocasiones
de que me vieran. Lo único que me cabía hacer era cruzar por las buenas
imitando lo mejor posible el andar bamboleante, característico de aquella
gente, y esperar que nadie se fijara en mí. No tenía idea de cómo habían
organizado exactamente la persecución ni qué motivos tenían para perseguirme.
En el pueblo parecía haber una agitación insólita, aunque estaba convencido
de que todavía no se había propagado la noticia de mi huida del Gilman.
Naturalmente tenía que desviarme en seguida de Washington Street y tomar
alguna otra calle en dirección sur. El grupo que había salido del hotel
en mi persecución venía sin duda tras de mí. Probablemente había dejado
huellas en el polvo de la última casa, y no les resultaría difícil averiguar
por dónde había logrado salir a la calle. La plaza estaba tal como yo temía:
plenamente iluminada por la luna. En su centro se alzaban los restos de
un parque rodeado de una verja de hierro. Por fortuna no había un alma en
los alrededores, pero me pareció oír un rumor lejano, procedente quizá de
Town Square. South Street era una calle amplia que conducía hacia el puerto,
cuesta abajo. Desde ella se dominaba una gran perspectiva de mar. Deseé
fervientemente que no hubiera nadie mirando hacia la calzada, mientras la
atravesaba bajo el resplandor de la luna. Avancé sin obstáculo. No se oía
ningún ruido alarmante. Al final de la calle la superficie del agua reverberaba
esplendorosa bajo la brillante luz de la luna, y al contemplarla sentí un
sobresalto de terror. Allá, muy lejos del espigón, se alzaba la confusa
silueta del Arrecife del Diablo, e involuntariamente me vinieron a la imaginación
las terribles historias que me había contado el viejo Zadok, según las cuales
esta roca desgarrada daba acceso a regiones desconocidas, preñadas de horrores
y monstruos inconcebibles. De improviso, brotaron unos destellos intermitentes
en el lejano arrecife. Eran claros y distintos, y despertaron en mí un pánico
cerval. Mis músculos se tensaron a punto de dispararse en alocada fuga,
contenidos tan sólo por una especie de fascinación semihipnótica. Y para
empeorar las cosas, otros destellos vinieron a responder desde la elevada
cúpula del Gilman. Hice un esfuerzo por dominar mi nerviosismo porque aún
seguía expuesto a cualquier mirada inoportuna, y reanudé mi fingida marcha
bamboleante. Pero mientras tuve la mar a la vista, mis ojos siguieron fijos
en aquel ominoso arrecife. De momento, no comprendí lo que significaban
los destellos. Tal vez formasen parte de algún rito extraño relacionado
con el Arrecife del Diablo. Puede también que hubiera atracado alguna embarcación
en aquella roca siniestra. Torcí a la izquierda y rodeé el parque abandonado.
El océano brillaba bajo una luz espectral. Fascinado por el centelleo de
aquellos faros enigmáticos, no lograba apartar la vista del arrecife. Fue
entonces cuando sufrí la impresión más violenta hasta el momento. Fue tal
mi horror que, olvidándome del riesgo que suponía, me lancé frenéticamente
a la carrera por la calle negra y vacía, flanqueada de portales desiertos
y ventanas sin cristales. Bajo la luz de la luna había divisado en las aguas
miles y miles de formas que nadaban en dirección al pueblo. Incluso podría
decir, a pesar de la distancia, que aquellas cabezas y aquellos brazos que
se agitaban entre las olas eran tan deformes y anormales, que no encuentro
palabras para describirlos. Mi carrera terminó antes de llegar a la primera
esquina, porque en ese momento oí a mi izquierda el rumor inequívoco de
una persecución en toda regla: pasos enérgicos, gritos guturales, ruido
de motores... En el acto tuve que cambiar todos mis planes. Me habían cortado
la carretera sur, de modo que debía buscar otra salida de Innsmouth. Paré
y me refugié en un portal abierto. Después de todo, había tenido la suerte
de salir de la zona iluminada por la luna antes de que mis perseguidores
aparecieran por la esquina. La segunda reflexión que me hice fue menos tranquilizadora.
Puesto que la persecución se llevaba a cabo por otra calle, era evidente
que no me seguían los pasos. No sabían dónde me encontraba, pero no cabía
duda de que su conducta obedecía a un plan general encaminado a cortarme
la salida. Esto requería que se vigilasen todas las carreteras por igual,
lo que me obligaría a huir a campo través y mantenerme alejado de todas
las carreteras. Pero, ¿cómo escapar, si toda la región era pantanosa y estaba
plagada de canales y marismas? Durante unos momentos, me sentí vencido por
una negra desesperación, angustiado por la rapidez con que aumentaba el
tufo insoportable de pescado. Entonces recordé el ferrocarril abandonado
de Innsmouth a Rowley, cuya sólida línea de balasto, cubierta de zarzas,
se extendía aún hacia el noroeste, desde la derruida estación situada junto
a la garganta del río. Era posible que no se les ocurriera pensar en ella,
puesto que las tupidas zarzas la hacían casi impracticable. Desde la ventana
del hotel la había contemplado, y conocía su situación exacta. Los primeros
tramos eran demasiado visibles desde la carretera de Rowley y desde cualquier
torre del pueblo, pero quizá pudiera arrastrarme entre la maleza sin ser
visto. En todo caso, éste era el único medio de evasión, y no tenía alternativa.
Me introduje en el vestíbulo de la casa desierta en cuyo portal me había
refugiado, y consulté una vez más el plano a la luz de la linterna. El primer
problema era llegar a la antigua vía del tren. Lo mejor sería avanzar hacia
Babson Street, torcer luego a poniente hasta Lafayette Street, dar un rodeo
en vez de cruzar la plaza como antes y desviarme a continuación hacia el
norte zigzagueando por Lafayette, Bates, Adams y Bank Street. Esta última
calle bordea la garganta del río y conduce hasta la misma estación. Metiéndome
por Babson Street evitaría cruzar la plaza o desembocar en una calle amplia.
Eché a correr y crucé a la derecha de la calle con el fin de avanzar pegado
a la fachada y meterme por Babson Street sin que me vieran. Aún se oía cierto
alboroto en Federal Street. Al mirar hacia atrás me pareció ver un destello
de luz cerca del edificio del que acababa de salir. Ansioso por llegar a
Washington Street, continué corriendo. con la esperanza de no tropezarme
con nadie. En la esquina de Babson Street vi con sobresalto que una de las
casas estaba habitada, a juzgar por las cortinas de una de las ventanas,
pero no había luces en el interior y pasé sin dificultad. En Babson Street,
que es perpendicular a Federal Street, corría riesgo de ser descubierto;
por tanto, me pegué cuanto pude a los torcidos y ruinosos edificios. Dos
veces me detuve en un portal, al notar que aumentaban los ruidos tras de
mí. El cruce de las dos calles se abría amplio y desolado bajo la luna,
pero mi camino no me obligaba a cruzarlo. Durante el segundo que estuve
parado, comencé a oír una nueva serie de ruidos confusos; poco después pasaba
un automóvil por el cruce, a gran velocidad, y se metía por Eliot Street,
entre Babson y Lafayette. Un momento después -y precedida de una insoportable
tufarada de pescado- desembocó una multitud de seres torcidos y grotescos
que caminaba torpemente en la misma dirección. Sin duda era el grupo destinado
a vigilar la salida hacia Ipswich, puesto que dicha carretera es una prolongación
de Eliot Street. Entre ellos iban dos figuras envueltas en inmensas túnicas,
una de las cuales llevaba una puntiaguda diadema que relumbraba pálidamente
a la luz de la luna. La forma de andar de esta última era tan ajena a los
movimientos humanos, que sentí escalofríos. Me pareció que aquella criatura
caminaba a saltos. Cuando desapareció el último de la expedición seguí mi
camino. Atravesé la esquina de la calle Lafayette y crucé en cuatro saltos
Eliot Street. El alboroto se oía ahora más lejos, por Town Square. Lo que
más miedo me daba era tener que cruzar otra vez la ancha calle South, que
bordeaba el puerto; pero no tenía otro remedio. Si quedaba algún rezagado
en Eliot Street, lo más probable sería que me descubriese inmediatamente.
En él último momento decidí que era mejor aminorar la marcha y cruzar como
antes, fingiendo el andar bamboleante de los nativos de Innsmouth. Cuando
apareció de nuevo la vista de la mar -esta vez a la derecha- me hice el
firme propósito de no mirar. Pero fue inútil. Mientras caminaba con paso
vacilante, pegado a las fachadas, me volvía de cuando en cuando y miraba
de reojo. No había ningún barco a la vista, lo que, a decir verdad, no me
sorprendió. En cambio me quedé perplejo al descubrir un bote de remos que
ponía proa a los muelles abandonados. Iba cargado con un bulto envuelto
en un paño de hule. Los remeros, cuyas siluetas se vislumbraban a lo lejos,
tenían un cuerpo particularmente deforme. Aún se distinguían algunos nadadores
en el agua. Muy lejos, en el negro arrecife, se veía un débil resplandor
fijo, distinto de la luz parpadeante que había observado anteriormente.
Era un resplandor extraño, de un color que me fue imposible identificar.
Por encima de los tejados asomaba la alta cúpula del Gilman, completamente
oscura. El olor a pescado, que había disminuido últimamente, comenzó pronto
a dejarse sentir con una intensidad insoportable. No había acabado de cruzar
la calle, cuando vi que a lo largo de Washington Street avanzaba un grupo
procedente del distrito norte. Cuando llegaron a la amplia explanada, desde
la cual acababa yo de contemplar el pavoroso panorama bajo la luna, pude
fijarme en ellos sosegadamente, sin que me vieran, desde la distancia de
una manzana de casas tan sólo… Me quedé aterrado ante la bestial deformidad
de sus rostros, ante su forma casi animal de andar. Uno de los individuos
se movía exactamente igual que un mono; sus largos brazos rozaban el suelo
de cuando en cuando. Otro -envuelto en extraños ropajes y tocado con una
tiara- avanzaba a saltos. Me pareció el mismo grupo que había visto en el
patio de Gilman House. Era, pues, la patrulla que más seguía de cerca mis
pasos. Algunos se volvieron en dirección mía, y yo me sentí traspasado de
terror. Con un esfuerzo supremo, seguí la marcha bamboleante que había adoptado.
Todavía ignoro si me vieron o no. Si me vieron, mi estratagema debió de
dar resultado, porque cruzaron la explanada sin cambiar de dirección y sin
dejar de gruñir y farfullar en una jerga gutural y repulsiva absolutamente
incomprensible. Una vez protegido por las sombras seguí corriendo como antes
y dejé atrás las casas ruinosas y fantasmales de aquel barrio desolado.
Después crucé a la otra acera, doblé la esquina siguiente y me metí por
Bates Street, pegado a los edificios. Pasé por delante de dos casas en cuyo
interior había una luz; una de ellas tenía abiertas las ventanas del piso
superior. Pero no me vio nadie. Al torcer por Adams Street sentí cierta
tranquilidad, aunque me llevé un susto repentino, al ver salir a un hombre
de un portal oscuro y venir directamente hacia mí haciendo eses. Pero iba
demasiado bebido y ni siquiera me llegó a ver. De esta forma llegué sano
y salvo a las lúgubres ruinas de los almacenes de Bank Street. Ni un alma
se movía en la absoluta quietud de la calle junto a la garganta del río.
El ruido sordo del salto de agua ahogaba totalmente el rumor de mis pasos.
Había una buena tirada hasta la estación derruida; los muros de ladrillo
de los almacenes me parecían aún más amenazadores que las fachadas que había
dejado atrás. Finalmente llegué a los arcos de la antigua estación -o lo
que quedaba de ellos- y me fui directamente al extremo donde arrancaba la
vía. Los raíles estaban oxidados y llenos de orín, aunque casi intactos;
más de la mitad de las traviesas estaban aún en buenas condiciones. Era
muy difícil andar -y más, correr- por una superficie semejante. De todos
modos procuré adoptar mi paso al terreno, hasta que logré caminar con cierta
rapidez. Durante un trecho, la línea férrea se ceñía al borde del río para
desembocar finalmente en un gran puente cubierto que cruzaba el precipicio
a una altura de vértigo. El estado de este puente determinaría mi camino
a seguir. Si era buenamente posible, lo cruzaría; si no, tendría que aventurarme
otra vez por las calles y buscar el puente más próximo, si aún era practicable.
El viejo puente brillaba espectralmente a la luz de la luna. Las traviesas
se encontraban en buen estado, al menos en el primer tramo. Encendí una
linterna y entré. Una nube de murciélagos despavoridos pasó por encima de
mí y estuvo a punto de derribarme. A mitad de camino, vi un peligroso vacío
entre las traviesas. Por un momento pensé que no lo podría salvar. Finalmente
me arriesgué. Di un salto desesperado y por fortuna caí bien al otro lado.
Cuando salí de aquel túnel horrible respiré con alivio. Los viejos raíles
cruzaban River Street, después describían una curva y se adentraban en una
zona cada vez menos urbanizada, en la que a la vez disminuía también el
nauseabundo olor a pescado que reinaba en todo Innsmouth. La gran profusión
de matorrales y zarzas me obstaculizaban el paso y me desgarraban las ropas,
aunque no por eso dejaba yo de agradecer su presencia, porque podían servirme
de escondrijo en caso de peligro: no ignoraba que una buena parte de mi
camino era visible desde la carretera de Rowley. Muy pronto empezó la región
pantanosa. La vía la atravesaba sobre un terraplén de poca altura cubierto
de una maleza algo menos tupida. Luego venía una especie de isla de terreno
firme, algo más elevado, y la línea la atravesaba encajonada en una zanja
obstruida por arbustos y zarzas. Daba gusto caminar protegido por la zanja,
teniendo en cuenta sobre todo que, según había podido apreciar desde la
venta del Gilman, la línea férrea se hallaba en este punto peligrosamente
próxima a la carretera de Rowley, la cual venía a cruzarla al final de la
zanja para desviarse después y perderse de vista. Pero de momento debía
actuar con prudencia. Antes de entrar en la zanja miré hacia atrás. Nadie
me seguía. Los viejos campanarios y los tejados ruinosos de Innsmouth resplandecían
grandiosos y etéreos bajo la mágica luz de la luna. Esta visión me hizo
pensar en el aspecto que debió de tener el pueblo antes de que la tenebrosa
sombra se abatiera sobre él. Luego miré el campo, y lo que vi me heló la
sangre. Al principio me pareció observar cierto movimiento ondulante allá
lejos, hacia el sur. Era como si una muchedumbre interminable saliese del
pueblo por la carretera de Ipswich. La distancia era considerable y no se
distinguía con exactitud, pero no me gustó nada aquella columna en movimiento.
Ondeaba demasiado y relucía asombrosamente bajo la luna de poniente. Incluso
me pareció oír ruidos y voces, pero el viento me impidió cerciorarme. Era
algo así como un patear y rugir de bestias, peor aún que los gruñidos de
las patrullas del pueblo. Por la cabeza me pasó toda clase de conjeturas
desagradables. Pensé en aquellos seres aún más deformes que, según se decía,
se ocultaban en las casas miserables del puerto. También me vinieron a la
imaginación los terribles nadadores que había vislumbrado confusamente en
el agua. A juzgar por los grupos que había visto hasta el momento, y los
que con toda seguridad habrían salido por las demás carreteras, el número
de mis perseguidores debía de ser inconcebible, sobre todo teniendo en cuenta
que Innsmouth era un pueblo casi deshabitado. ¿De dónde había salido la
densa multitud que componía aquella marea ondulante y lejana? ¿Acaso los
vetustos edificios supuestamente desiertos rebosaban efectivamente de una
vida insospechada y secreta? ¿O es que había desembarcado una legión de
seres extraños de aquel arrecife del infierno? ¿Quiénes eran? ¿Por qué estaban
allí? ¿Serían las patrullas de las otras carreteras igualmente numerosas?
Me interné en la maleza de la cortadura, y pugnaba por abrirme camino con
dificultad, cuando otra vez se extendió el abominable olor a pescado. ¿Había
cambiado el viento repentinamente y venía ahora de la mar? Así debía de
ser, en efecto, porque también empezaron a oírse horribles murmullos guturales
en estos parajes hasta entonces silenciosos. Y una cosa distinguí que me
desagradó aún más: un ruido blando, como el de un animal que caminara a
saltos por un suelo mojado. No sé por qué, lo asocié con aquella ondulante
columna que se movía en la carretera de Ipswich. No tardaron en aumentar
los ruidos y el olor, de manera que me paré, mortalmente asustado, dando
gracias al cielo de hallarme a cubierto en la zanja. Recordé que era en
este punto donde la carretera de Rowley cruzaba la vía, antes de alejarse
definitivamente. La horda se acercaba, así que me tumbé en el suelo y decidí
esperar a que pasara y se perdiera a lo lejos. Gracias a Dios, aquellas
criaturas no empleaban perros para rastrear, aunque bien mirado, de poco
les habría valido con el olor que imperaba en toda la región. Encogido bajo
los arbustos, me sentí seguro aun cuando sabía que mis perseguidores cruzarían
la vía por delante de mí a menos de cien metros de distancia. Yo podría
verlos, pero ellos a mí no, a no ser que se diera una funesta casualidad.
Me estremecí ante la idea de verlos de cerca. Contemplé el terreno bañado
por la luna, por donde pronto habrían de desfilar, y pensé que aquel trozo
de naturaleza iba a verse irremediablemente contaminado para siempre. Sin
duda se trataría de los seres más monstruosos y horribles que cobijaba el
pueblo de Innsmouth… No me sería agradable recordar el espectáculo después.
El hedor se hizo más opresivo; los ruidos fueron en aumento, hasta convertirse
en una bestial algarabía de graznidos, aullidos y ladridos, sin el menor
asomo de lenguaje humano. ¿Eran ésas realmente las voces de mis perseguidores?
¿O llevaban perros después de todo? Sin embargo, yo no había visto ningún
animal de cuatro patas en mis paseos por Innsmouth. El ruido de cuerpos
blandos y pesados se hizo mayor. ¡Jamás me atrevería a mirar las monstruosas
criaturas que lo producían! Mientras los oyese caminar -o saltar- por delante
de mi escondite, mientras aquellos seres horribles no se perdieran en la
distancia, mantendría los ojos firmemente cerrados. La borda estaba ya muy
cerca... El aire vibraba de roncos gruñidos, el suelo casi se estremecía
al ritmo extraño de sus pisadas. Contuve la respiración y concentré todas
mis fuerzas en mantener los párpados apretados. Ni siquiera hoy puedo afirmar
si lo que sucedió a continuación fue una espantosa realidad o tan sólo una
pesadilla. Las ulteriores medidas represivas adoptadas por el Gobierno a
consecuencia de mis denuncias desesperadas, permitirán suponer que, efectivamente,
se trataba de una abominable realidad. Pero ¿no es posible también que retorne
una alucinación en una atmósfera irreal e hipnótica como la que envolvía
aquella ciudad poblada de espectros? Lugares como ése conservan propiedades
extrañas y tal vez sus tenebrosas tradiciones afecten a la mente de los
hombres que se aventuran por sus calles desoladas y hediondas, sus techumbres
vencidas y sus campanarios desmoronados. ¿Acaso no es posible que un germen
de locura contagiosa aceche en lo más profundo de Innsmouth como una maldición?
¿Quién sería capaz de saberlo con certeza, después de haber oído la confesión
de Zadok Allen? Por cierto, que las autoridades del Gobierno jamás encontraron
al pobre Zadok, ni supieron explicar lo que había sido de él. ¿Dónde acaba
la locura y empieza la realidad? ¿Es posible que incluso mi último temor
no sea más que una engañosa ilusión? Pero voy a intentar describir lo que
me pareció ver aquella noche, bajo la burlesca luz de la luna; el desfile
de toda una cohorte de endriagos que, realidad o no, apareció por la carretera
de Rowley mientras permanecí agazapado entre las zarzas. Porque como es
natural, mi propósito de permanecer con los ojos cerrados fracasó rotundamente.
Era ridículo proponerme una cosa así. ¿Cómo iba a estarme sin mirar, mientras
una legión de seres deformes cruzaba a saltos torpes, aullando y croando
a cien metros escasos de donde me encontraba yo? Antes de que aparecieran
me creía preparado para afrontar lo peor. Ya había visto bastantes cosas
desagradables en el término de un día, y no imaginaba que fuera posible
que superasen en monstruosidad y deformidades a los que me habían perseguido
por las calles. Logré mantener los ojos apretados hasta que el ronco clamor
se hizo ensordecedor. Pasaban en ese momento por delante de la zanja, en
el cruce de la carretera y la vía... Entonces no pude resistir más, y abrí
los ojos. Eso fue el fin. Desde entonces siento que mi equilibrio mental
se ha roto para siempre, y que he perdido toda confianza en la integridad
de la naturaleza y el espíritu del hombre. Ni dando crédito al extraño relato
del viejo Zadok en sus menores detalles habría podido imaginar la realidad
demoníaca y blasfema que presencié. Intencionadamente estoy procurando soslayar
el horror de describirla. ¿Es posible que sobre este planeta se hayan engendrado
tales abominaciones, y que unos ojos humanos hayan visto en carne y hueso
lo que hasta ahora pertenecía solamente al reino de la pesadilla y la locura?
Y sin embargo, lo vi. Era una manada interminable de seres inhumanos que
avanzaban a brincos, graznando y balando bajo el reflejo espectral de la
luna; una zarabanda grotesca y maligna de delirante fantasía. Unos llevaban
enormes tiaras doradas… otros iban ataviados con ropajes extraños… Había
uno, el que iba en cabeza, que vestía una amplia levita que no conseguía
disimular su enorme joroba, y un pantalón a rayas; un sombrero de fieltro
coronaba el bulto deforme que hacía las veces de cabeza. Tenían todos un
color gris verdoso, con el vientre blanquecino. La mayoría era de piel reluciente
y resbaladiza, y sus dorsos jorobados estaban cubiertos de escamas. Sus
figuras recordaban vagamente al antropoide, pero sus cabezas parecían de
pez, con unos ojos prodigiosamente saltones que no parpadeaban jamás. A
ambos lados del cuello les palpitaban las agallas, y sus grandes zarpas
tenían dedos palmeados. Brincaban de manera irregular, unas veces erguidos,
otras a cuatro patas. Su voz era una especie de aullido o graznido, pero
evidentemente, constituía un lenguaje con todos los matices de expresión
que les faltaban a sus semblantes impasibles. Y no obstante, pese a su monstruosidad,
me resultaban en cierto modo familiares. Demasiado bien sabía yo quiénes
eran. ¿Acaso no tenía aún fresca en mi memoria la imagen de la tiara de
Newburyport? Se trataba de los mismos peces-ranas cuyas imágenes abominables
ornaban la joya de oro.… pero vivos y en todo su horror. Y de repente, comprendí
por qué razón me impresionó tantísimo el sacerdote de la tiara que vislumbré
en la cripta de la iglesia. Esa fue la visión fugaz de la horda impura.
Eran miles y miles, verdaderos enjambres, aunque desde mi escondite no podía
abarcar toda la carretera. Por fortuna, un momento después se borró de mis
ojos aquella visión dantesca y sufrí un desvanecimiento misericordioso El
primero en toda mi vida. V Me despertaron los suaves rayos del sol. Me encontraba
en medio de unos matorrales, en la zanja del ferrocarril. Me levanté y salí
tambaleándome a la carretera. No había una sola huella en el barro fresco,
ni olor a pescado en el aire. Los tejados ruinosos y los deshechos campanarios
de Innsmouth asomaban grisáceos por el sudoeste, pero no se veía ni un ser
viviente en toda la zona desolada de las marismas. Mi reloj andaba todavía.
Eran más de las doce. Tenía una vaga idea de lo que había sucedido, pero
en el fondo de mi mente palpitaba el sentimiento de algo tremendamente espantoso.
Debía alejarme a toda costa de la sombra maligna de Innsmouth, así que traté
de valerme de mis miembros entumecidos y fatigados. A pesar de la debilidad,
del hambre, el horror y el aturdimiento, me sentí al cabo con fuerzas para
caminar, y emprendí la marcha, sin prisas ya, por la enfangada carretera
de Rowley. Al anochecer me encontraba en Rowley, bien comido y con ropas
presentables. Cogí el tren de la noche para Arkham, y al día siguiente me
presenté a las autoridades locales para hacer unas largas declaraciones,
que repetí a mi llegada a Boston. El público ya conoce las consecuencias
de mi denuncia, y verdaderamente me gustaría no tener nada más que añadir.
Tal vez la locura se está apoderando de mí. Puede que me encuentre bajo
la amenaza de un horror -acaso de un prodigio- aún mayor. Como es fácil
comprender, renuncié al resto del programa -viajes de interés arquitectónico
y arqueológico, visitas a museos, etcétera- que con tanto entusiasmo había
confeccionado. Tampoco quise contemplar cierta pieza de orfebrería que,
según me habían dicho, se guardaba en el Museo de la Universidad del Miskatonic.
En cambio, aproveché mi estancia en Arkham para recoger algunos datos genealógicos
de mi familia que, desde hacía tiempo tenía ganas de poseer. Cierto que
dichos datos eran poco precisos, pero ya los ordenaría más adelante, cuando
tuviera tiempo. El conservador de los archivos históricos de Arkham, Mr.
Lapham Peabody, me ayudó con gran amabilidad y manifestó un interés excepcional
cuando le dije que era nieto de Eliza Orne, de Arkham, nacida en 1867 y
casada con James Williamson, de Ohio, a la edad de diecisiete años. Al parecer,
un tío materno mío había estado allí muchos años antes, en busca de los
mismos datos que a mí me interesaban, y la familia de mi abuela había sido
-o aún lo era- objeto de comidillas en la localidad. Mr. Peabody dijo que
poco después de la Guerra Civil, cuando se casó el padre de mi abuela, Benjamin
Orne, se suscitaron violentas discusiones debido a que el linaje de la novia
era particularmente enigmático. Lo único que se averiguó fue que era huérfana
y que pertenecía a una rama de los Marsh establecida en New Hampshire y
que, al parecer, era prima de los Marsh del condado de Essex. Pero se había
educado en Francia y ella misma sabía muy poco de su familia. Su tutor -un
sujeto cuyo nombre no resultaba familiar a los habitantes de Arkham- había
depositado fondos en un banco de Boston para su manutención y el pago de
una institutriz francesa. Al cabo de cierto tiempo, el tutor dejó de dar
señales de vida, de suerte que la institutriz asumió este papel por decisión
de un tribunal. La francesa -hace ya muchos años que murió- era muy reservada.
Había quienes decían que de haber contado todo lo que sabía esa mujer, se
habrían podido aclarar muchos misterios. Pero lo más desconcertante era
que nadie había podido hallar ninguna referencia a los presuntos padres
de la muchacha -Enoch Marsh y Lydia Meserve- entre las familias conocidas
de New Hampshire. Muchos han opinado que tal vez mi bisabuela fuese hija
natural de algún Marsh de elevada posición. Lo cierto es que tenía los mismos
ojos de los Marsh. Sea como fuere, el caso es que murió muy joven al nacer
su única hija, es decir, mi abuela materna. Como yo acababa de pasar por
un trance muy desagradable en el que se había visto implicado el nombre
de Marsh, no me hizo ninguna gracia encontrármelo en mi propio árbol genealógico.
Tampoco me agradó que el señor Peabody me dijera que yo tenía los ojos típicos
de los Marsh. De todas formas, le di las gracias por los datos que me había
proporcionado y tomé una gran cantidad de datos y referencias bibliográficas
relativos a la familia Orne, de la que había abundante documentación en
los archivos. De Boston fui directamente a Toledo, a casa. Poco después
marché a Maumee, donde pasé un mes reponiéndome de la dura prueba. En el
mes de septiembre volví a la Universidad de Oberlin para cursar mi último
año, y durante todo ese curso me dediqué a mis estudios y a otras actividades
igualmente saludables. Sólo tuve ocasión de recordar los horrores pasados
con motivo de las visitas ocasionales que me hicieron las autoridades encargadas
de llevar adelante la campaña suscitada por mis declaraciones. A mediados
de julio -justo un año después de mi aventura en Innsmouth- pasé una semana
en Cleveland con la última familia de mi difunta madre. Durante esos días
me dediqué a confrontar los nuevos datos genealógicos que había recogido
en Arkham, con diversas notas, historias familiares y documentos testamentarios
que conservaba allí mi familia. Mi objeto era restablecer un árbol genealógico
familiar completo y coherente. Mentiría si dijese que disfruté con este
trabajo; el ambiente de la casa de los Williamson siempre me había deprimido.
En él había como una continua tensión morbosa. De pequeño, a mi madre no
le gustaba que fuera a visitar a sus padres; en cambio, cuando su padre
venía a Toledo, ella lo trataba con mucho cariño. Mi abuela materna era
de Arkham, y siempre me inspiró un sentimiento extraño, casi de terror.
Cuando murió, creo que no lo sentí en absoluto. Tenía yo entonces ocho años.
Decían que había muerto de pena por el suicidio de mi tío Douglas, que era
su hijo mayor. Este tío Douglas es precisamente el que se pegó un tiro al
regreso de un viaje a Nueva Inglaterra, en el curso del cual había consultado
los archivos de la Sociedad de Estudios Históricos de Arkham. Este tío Douglas
se parecía mucho a mi abuela, y tampoco me había gustado nunca. Ambos tenían
una expresión de fijeza en la mirada, como si no pestañeasen, que me producía
una vaga y desagradable inquietud. Mi madre y mi tío Walter no eran así;
se parecían a su padre. En cambio el pobre Lawrence, mi primo, hijo de Walter,
había sido el vivo retrato de nuestra abuela; al menos hasta que su estado
mental hizo necesario recluirle para siempre en un hospital psiquiátrico.
Hace cuatro años que no lo he visto, pero mi tío me dio a entender una vez
que su estado mental y físico era deplorable. Esta fue probablemente la
causa principal de la muerte de su madre que ocurrió dos años antes. Mi
familia de Cleveland la componían mi abuelo y su hijo Walter, viudo ya;
pero la casona que habitaban conservaba el ambiente denso y enrarecido de
los viejos tiempos. Esta atmósfera me resultaba tan desagradable, que procuré
terminar cuanto antes mis investigaciones. Mi abuelo me proporcionó abundante
material sobre los Williamson, pero en lo que respecta a los Orne, tuve
que recurrir a mi tío Walter, que puso a mi disposición las carpetas donde
se guardaban cartas, recortes, legados, fotografías y miniaturas de la familia.
Repasando las cartas y los retratos de los Orne, empecé a sentir una especie
de terror hacia mis antepasados. Como he dicho, mi abuela y mi tío Douglas
me habían inquietado siempre. Ahora, años después de haber desaparecido,
contemplé sus rostros con un profundo sentimiento de aversión. Al principio
no podía comprender la razón, pero poco a poco se fue imponiendo a mi subconsciente
una especie de comparación, cuya remota posibilidad se negaba a admitir
mi razón, Era innegable que la expresión característica de aquellos dos
rostros me sugerían algo que antes no habría podido ni sabido comprender.
En cambio ahora la sola idea de aceptarla me producía un pánico inenarrable.
Pero aún. sentí una impresión mucho más violenta cuando mi tío me mostró
las joyas de los Orne que se guardaban en la caja fuerte de un banco. Algunas
de ellas eran exquisitas, realmente primorosas, pero había un estuche con
extrañas piezas de orfebrería que habían pertenecido a mi misteriosa bisabuela.
Mi tío casi habría preferido no abrir el estuche. Dijo que las piezas estaban
adornadas con detalles grotescos y repulsivos, y que nunca, a juicio suyo,
habían sido llevadas en público. Sin embargo, mi abuela disfrutaba contemplándolas
a solas. Sobre tales joyas habían circulado vagas leyendas que les atribuían
cierto poder maléfico. La institutriz de mi bisabuela había dicho que no
era conveniente ponérselas en Nueva Inglaterra, pero que en Europa se podían
llevar sin peligro. Al comenzar a desenvolver los objetos, mi tío me pidió
que no me dejase impresionar por el extraño efecto de horror que producían
los dibujos. Los habían visto varios artistas y arqueólogos; todos aseguraron
que se trataba de verdaderas obras de arte, y elogiaron mucho su belleza.
Sin embargo, ninguno logró identificar con qué metal habían sido elaboradas
las piezas, ni a qué estilo o escuela podían adscribirse. En total se trataba
de dos brazaletes, una tiara y una especie de pectoral, Este último estaba
ornado con ciertas figuras en relieve de una extravagancia casi insoportable.
Mientras escribo estoy tratando de contener violentamente mis emociones,
pero en aquel momento mi cara debió de reflejarlas en el acto. Mi tío se
alarmó; dejó a medio desenvolver las joyas y se me quedó mirando con ojos
atónitos. Le rogué que continuara, y él me obedeció con renovada repugnancia.
Parecía temer alguna reacción mía cuando apareciese la primera pieza, una
tiara, pero dudo mucho que se esperase lo que realmente sucedió. De todos
modos, yo tampoco me lo esperaba. Lo que pasó fue sencillamente que caí
desvanecido, sin decir palabra, igual que en la zanja del ferrocarril, entre
las zarzas, el año anterior. A partir de ese momento mi vida ha sido una
pesadilla de lucubraciones y pensamientos tenebrosos. Y a no sé dónde termina
la espantosa realidad y dónde comienza la locura. Mi bisabuela era una Marsh
de origen desconocido, y su marido había vivido en Arkham… Pero, ¿no dijo
el viejo Zadok que Obed Marsh había logrado casar a la hija que le diera
su monstruosa segunda esposa, con un individuo de Arkham? ¿Y no había aludido
el viejo borracho al parecido de mis ojos con los del capitán Obed? Y también
en Arkham el conservador me había dicho que yo tenía los ojos típicos de
los Marsh. ¿Era, pues, Obed Marsh mi tatarabuelo? Y entonces, ¿quién, o
mejor dicho, qué había sido mi tatarabuela? Pero quizá todo esto no fueran
más que desvaríos. Aquellos ornamentos de oro pálido pudieron ser comprados
por el padre de mi bisabuela, quienquiera que fuese, a algún marinero de
Innsmouth. Y aquella expresión de fijeza impasible de los rostros de mi
abuela y mi tío Douglas, el que se suicidó, tal vez no fuese sino un engaño
de mis sentidos, pura fantasía nacida de mi experiencia de Innsmouth, cuyo
recuerdo aún me hacía estremecer. Pero si. es así, ¿por qué entonces se
había quitado la vida mi tío, precisamente después de indagar sobre sus
antepasados? Durante más de dos años he luchado por apartar de mí todos
esos pensamientos, algunas veces con éxito. Mi padre me consiguió un empleo
en una compañía de seguros, y yo me consagré febrilmente a mi ocupación
rutinaria para no pensar. En el invierno de 1930-31, no obstante, empezaron
los sueños. Al principio me venían de manera esporádica y solapada; luego,
a medida que pasaban las semanas, se hicieron más frecuentes y más vívidos.
Ante mí se abrían en sueños grandes espacios acuáticos por los que yo flotaba
a través de inmensos pórticos sumergidos y de murallas ciclópeas cubiertas
de algas. En un principio soñé con peces grotescos que me acompañaban en
mis vagabundeos submarinos. Después comenzaron a aparecer otras formas que
me llenaban de horror al despertar, pero que durante el sueño no me causaban
el más ligero temor... yo era uno de ellos, llevaba sus mismos adornos,
recorría con ellos las sendas de la mar, y juntos orábamos en sus grandiosos
templos subacuáticos. Al despertar no lograba acordarme de todo, pero los
fragmentos que recordaba habrían bastado para hacerme pasar por un loco,
o quizá por un poeta maldito. Por otra parte, sentía un impulso irracional
a apartarme de la vida sana y ordinaria que llevaba, y a lanzarme a las
tinieblas y la locura. Combatí este impulso, y mi lucha desesperada fue
arruinando mi salud. Finalmente me vi obligado a dejar mi colocación y a
vivir encerrado, como un inválido. Sufría alguna desconocida enfermedad
del sistema nervioso, que a veces incluso me impedía cerrar los ojos. Por
entonces empecé a estudiarme en el espejo con creciente ansiedad. Nunca
es agradable contemplar los lentos estragos que produce la enfermedad, pero
en mi caso había algo más, algo sutil e inexplicable. Mi padre debió notarlo
también, porque comenzó a mirarme con asombro y casi con espanto. ¿Qué me
estaba sucediendo? ¿Acaso me iba pareciendo cada vez más a mi abuela y a
mi tío Douglas? Una noche tuve un sueño terrible. Soñé que me encontraba
con mi abuela bajo la mar. Vivía ella en un palacio fosforescente, lleno
de terrazas, rodeado de extraños jardines donde nacían corales leprosos
y monstruosas flores submarinas, y salía a recibirme con una amabilidad
casi burlona. Me dijo que había sufrido una gran metamorfosis y que había
regresado a las aguas, que ella no había muerto, sino que había huido a
un reino maravilloso que su hijo Douglas había llegado a sospechar, pero
cuyos prodigios -destinados también a él- había despreciado al suicidarse.
Este reino también me estaba destinado a mí. No podría sustraerme a mi destino.
Sería inmortal y viviría para siempre con aquellos que ya existían cuando
el hombre aún no había aparecido sobre la faz de la tierra. También encontré
a la misteriosa abuela de mi abuela. Durante ocho mil años, Pth'thya-l'yi
-tal era su nombre- había vivido en Y'ha-nthlei, adonde había regresado
después de la muerte de su esposo Obed Marsh. Y'ha-nthlei no había sido
destruida cuando los hombres de la tierra habían arrojado explosivos a la
mar. La habían dañado, pero no destruido. Los Profundos no pueden ser exterminados
jamás, aun cuando a veces la magia arcaica de los Primordiales, hoy olvidada,
consiga reducirlos a la impotencia. Ahora descansan, pero algún día, cuando
despierten plenamente, se levantarán de nuevo para exigir el tributo que
el Gran Cthulhu anhela. Ese día atacarán una ciudad más grande que Innsmouth.
Su intención es extenderse por toda la superficie del globo, y para ello
cuentan con algo terrible que les ayudará en la lucha. Pero el día aún no
había llegado. Yo tenía que cumplir una penitencia por haber provocado la
muerte de muchos de sus compañeros de tierra firme, pero el castigo no sería
duro. Este fue el sueño en que vi por vez primera a un shoggoth. Al verlo,
di un grito espantoso y me desperté. Esa misma mañana comprobé ante el espejo
que mi rostro tenía, de manera inconfundible, la pinta de Innsmouth. Por
ahora no me he pegado un tiro como mi tío Douglas. He comprado una pistola
y a punto he estado de acabar con mi vida, pero tuve un sueño que me disuadió.
Mi horror y mi ansiedad se han ido relajando, y en ocasiones me siento extrañamente
atraído por las desconocidas profundidades de la mar. Ya no temo a las regiones
submarinas. Cuando estoy dormido oigo y hago cosas más bien raras, y me
despierto exaltado, gozoso, sin la menor sombra de temor. Creo que no debo
esperar como los demás a que me venga la metamorfosis. Si lo hiciera, probablemente
mi padre me encerraría en un sanatorio, como encerraron a mi pobre primo
Lawrence. Un futuro prodigioso me aguarda en los abismos, y no tardará.
¡Iä-R'lyeh! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Iä! ¡Iä! No, no me pegaré un tiro… ¡Yo no
estoy destinado al suicidio! Urdiré un plan para que pueda escapar mi primo
del manicomio y correremos juntos hacia la mágica ciudad de Innsmouth. Nadaremos
hasta el arrecife, nos sumergiremos en los negros abismos hasta la ciclópea
Y'ha-nthlei, la de las mil columnas. Y allí, en compañía de los Profundos,
viviremos por siempre en un mundo de maravilla y de gloria.
Mucha gente toma a las sirenas como personajes salidos de cuentos
infantiles. Sin embargo, lo que no es tan conocida es toda la historia
que envuelve a este ser.
La palabra sirena proviene del latín “siren” cuyo significado puede
tener dos significados, “atar con una cuerda” o “claro y seco”, el
primero puede venir de la Odisea y el segundo haría referencia a
un tipo de climatología que, por lo que parece, sería el más idóneo
para vislumbrar a estos seres.
El origen de las sirenas
Las representaciones griegas de las sirenas son las más antiguas de las que se tienen constancia y se las muestra como un ave con cabeza y pecho de mujer en vez de la imagen tradicional que se tiene de ellas en forma de pez.
Según la mitología griega, eran hijas del dios fluvial Aqueloo y, en
cuanto a su madre, no queda claro si eran hijas de las Musas, de
Mnemósine, diosa de la memoria, de Gea o como sugiere Platón, eran hijas
de Fórcine y de Ceto. Lo que si que parece seguro es que eran parientes
de monstruos terribles como las gorgonas.
La transformación que sufren las sirenas se debe a un enfrentamiento
con las musas. Durante una competición de canto, las musas desplumaron a
las sirenas y éstas, humilladas, se lanzaron al mar para quitarse la
vida.
Según los relatos, tres de estas sirenas sobrevivieron, Leucosia,
Ligea y Paténope, aunque el nombre más antiguo es el de una tal
Himeropa, según la inscripción de un vaso conservado en el Museo Británico.
Dichas sirenas tenían su morada en una isla italiana y desde allí, atacaban a los marinos.
Los textos que recogen las victorias de los humanos sobre estos seres son dos: "Los argonatuas” de Apolonio de Rodas, donde son vencidas gracias a la música de Orfeo y La Odisea, donde Ulises se ata al mástil de su barco para no sucumbir al canto de estos seres.
Después de la caída del Imperio Romano, las sirenas empiezan a adoptar la forma actual de mujer con cola de pez.
Existen varias teorías acerca de esta transformación. Es posible que
se las confundiera con las Tritónidas aunque algunas fuentes sugieren
que las sirenas perdieron sus alas para evitar que, con la ascensión del
cristianismo, se las confundiera con los ángeles.
Ya en la Edad Media, la creencia en la existencia de estos seres estaba más que aceptada incluso por la Iglesia.
Así aparecen textos descriptivos como el recogido en el “bestiario
del Amor”, escrito por Ricardo Fournivel hacia 1250 y que dice: “… Pues hay tres guisas de sirenas, dos de las cuales son medio mujeres y medio peces, y la tercera, medio mujer y medio ave…”
Casos de capturas de sirenas
En el año 585, fue capturada en las cercanías de la costa
norirlandesa lo que, para los pescadores, parecía una sirena. Le dieron
el nombre de Murguen y la tuvieron en un recipiente donde vivió. La
anécdota estriba en que dicha sirena fue bautizada e incluso llegó a ser
Santa Murguen.
En el año 601, tal y como recoge Ambroise Paré en sus escritos, Menas, entonces gobernador de Egipto vio salir del Nilo a un hombre cuya mitad se correspondía con un pez.
Las tradiciones celtas hablan de las Mermaids (hijas del mar) y en
Islandia circula la leyenda recogida en 1215, que describe a Masgugue,
monstruo marino con forma de mujer.
En 1403, en Holanda, se encontró a un extraño ser apresado en el
fango de uno de los canales. Fue cuidada por las gentes de aquel lugar e
incluso aprendió a coser. Las crónicas hablan que se comportaba como un
ser humano aunque nunca fue capaz de hablar.
En 1869, en las aguas de las Bahamas, seis hombres a cargo del
capitán Revoil, tuvieron un encuentro con uno de estos seres, descrito
como “sirena de una gran belleza, que no cedía en nada a las mujeres más atractivas".
Sirenas españolas
En España, los casos que han tenido como protagonistas a las sirenas han existido también.
El caso más llamativo tiene que ver con el llamado “hombre pez de Liérganes” un personaje que desapareció en la ría de Bilbao y apareció, años después, nadando en las costas de Cádiz.
Cristóbal Colón, en su viaje de regreso de América, recoge en su diario con fecha 9 de enero de 1493 que:
“ El día pasado, cuando un almirante iva al Río del oro, dixo que vido
tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas
como las pintan, que en algunas maneras tenían forma de hombre en la
cara; dix que otras veces vido alguna en Guinea...”
Como hecho curiosísimo cabe destacar que, los marineros españoles
debían, antes de iniciar sus viajes, jurar ante un magistrado que nunca
tendrían sexo con las sirenas, hecho que se produjo hasta finales del
siglo XIX.
¿Existen o son mera leyenda?
La pregunta arriba indicada no tiene una fácil respuesta. Parece que
las sirenas se han evaporado porque raros son los testimonios sobre los
avistamientos en los siglos XX y XXI.
De hecho, la mayoría de las sirenas mostradas al público en esta
época, no son más que burdas falsificaciones, fruto de uniones de partes
de animales con las colas de peces de gran tamaño.
Sin embargo, ¿por qué decían esas cosas los marinos?
Existen teorías que tratan de explicar este fenómeno, como la
creencia de que, en realidad se tratara de animales como las focas o los
manatíes, pues se sabe que pueden adoptar posiciones verticales y que
emiten sonidos que pudieran tomarse como cantos de sirena.
No obstante, la teoría en la edad media que más fuerza cobra, es
aquella dada por la Iglesia que se asegura, como dice el benedictino Benito Feijoo, que: “Podemos suponer que son el fruto de coitos perversos entre individuos de dos especies”.
Como todo misterio, no se sabe a ciencia cierta qué parte de verdad tenían aquellos relatos.
Quizás la mayoría de las personas han crecido viendo
caricaturas o películas de personas que tienen aletas y viven en el mar,
las cuales son conocidas como sirenas. Pero alguna vez… ¿Se han
preguntado si solo son criaturas ficticias o míticas? ¿Existen realmente
las sirenas?
La misteriosa criatura de Sudáfrica.
La NOAA llevaba años investigando el misterio de peces con lanzas
clavadas, peces que empezaron a aparecer junto a las ballenas. En el
varamiento ocurrido en Sudáfrica, se encontró a una criatura que se
estaba comiendo a los cadáveres de las ballenas, ser que más tarde fue
devorado por un tiburón, escualo que poseía un aguijón de mantarraya,
enterrado cerca de su boca. Esta criatura se llevo al laboratorio, el
cual no estaba en buenas condiciones, se recuperó solo un 30% de este.
Se comenzó a tomar muestras de ADN para establecer la estructura
genética. Tenía caninos incisivos y molares, una dentadura omnívora,
mientras que un mamífero acuático tiene homodoncia, es decir, sus
dientes tiene la misma forma y tamaño. Y ningún mamífero marino es
omnívoro.
De las partes que se recuperaron lo que estaba en un mejor estado era
la aleta de su cola, se parecía a un manatí. Se usaron rayos X, el cual
arrojó que había huesos en la cola, pero ningún manatí tiene huesos en
aquella extremidad. El cráneo tenía un agujero en el hueso frontal, se
pensó que seria un hueso respiratorio, relacionándolo a un delfín.
El aguijón de mantarraya encontrado en el tiburón que devoró a este
ser, encajaba perfectamente. Hueso que había sido claramente esculpido y
manipulado para sostener algún objeto. Por lo tanto este espécimen ha
aprendido a usar partes de otro animal como herramientas para matar
peces.
Posteriormente se trabajó con la falange, la cual no resultó ser
aletas, sino manos. Luego se encontró resto de huesos de pelvis,
suponiendo que era el de una foca, pero el de ellos es más pequeña. Este
ser poseía las mismas caderas que el de un animal erguido.
Por otro lado, se descubrió un ácido graso, que se mantiene líquido y
conserva sus propiedades aislantes en aguas heladas, nunca antes visto.
Además se encontraba una hemoproteína que guarda oxigeno en los
músculos y una red de vasos sanguíneos que mantienen funcionando los
órganos vitales: La mioglobina (presentes en los mamíferos acuáticos)
La fisiología de la criatura aporto datos de su comportamiento, se
encontró un vaso, el que se usa como reserva de oxigeno y sangre, lo que
permite sumergirse a grandes profundidades.
Por otra parte, la Dra. Leanne Visser, antropóloga forense en el
departamento de la revolución humana, reconstruye la apariencia de un
individuo basada en fragmentos del cráneo y otros huesos. Esta
restauración revela que las orbitas del cráneo eran mas grandes que la
del cualquier humano contemporáneo; los ojos eran muy grandes y poseía
una cresta craneal.
Al escanear el cráneo reconstruido, la doctora observó la cavidad
cerebral, descubrió que la parte usada para interpretar sonidos tenían
un gran tamaño. Además el orificio en el fragmento craneal estaba
conectado a unas extensas cavidades nasales dentro del cráneo, estas
revelaron lo complejas que eran las capacidades acústicas. La forma
cóncava del cráneo indicaba que tenía el órgano del melón, masa de
tejido graso que permite comunicarse por los ecos, por lo tanto podía
identificar y emitir variedades de sonido, es decir, podía canalizar el
sonido. Esto indicó a los científicos que el sonido no identificado, el
Bloop, podía tratarse de esta nueva criatura.
Pero al término de esta investigación los científicos tuvieron
problemas para sacar a la criatura de Sudáfrica, la policía confisco
todo, con la documentación adecuada: “Confiscación de un descubrimiento
de importancia nacional”. Y lo único que les quedaron a éstos, fueron
las grabaciones.
Es posible que al ver todo lo mencionado anteriormente nos lleve a
preguntarnos ¿Cuan humana es esta criatura? ¿De que mamífero acuático se
trata? ¿Somos una especie única? ¿Cómo se ocultaron por tanto tiempo?
¿Es en realidad una criatura mítica?
Pero existe una de las teorías denominada, simios acuáticos, la cual
menciona que debido a las catástrofes que vivieron nuestros ancestros,
generó que se sintieran más seguros en el mar, además podían obtener
alimento, tales como algas, peces y otros animales marinos. Criaturas
que abandonarían la tierra firme para ir al mar.
Las Sirenas en la Historia
Sin embargo, los marinos afirman verlas en las mareas de primavera,
es más, los marinos contaban historias al respecto; los griegos, los
vikingos y los chinos las describieron en sus épocas de exploración
marítima, y todos describieron la misma criatura sin tener estas
sociedades una conexion directa. Viajeros como Cristóbal Colón dejaron
registros de estos míticos animales, también en el siglo XIX dicen
haberlos vistos. Incluso en el desierto donde alguna vez existió el mar,
en Egipto, en unas cavernas muestran unas pinturas realizadas hace más
de 30.000 años, las cuales muestran a humanos cazando a personas con
aletas.
Tal vez no para todos esto es una verdad o algo real, pero la
naturaleza nunca miente. Hay ciertos lugares del planeta en donde los
delfines ayudan a los pescadores a capturar peces, esto ocurre en
Brasil, en la costa oeste de África y en el sureste de Asia. Los
pescadores se adentran en el océano, llamando a los delfines, estos
responden trayendo a los cardúmenes y luego los pescadores encierran a
los delfines y a los peces; pero los delfines no entran en pánico porque
saben que serán liberados. Posteriormente los delfines esperan el botín
que les corresponde. Cooperación entre 2 animales de medioambientes
diferentes, no existe nada parecido en la tierra y nadie sabe como se
origino esta relación. ¿Cómo pudieron los humanos enseñar a los delfines
a hacer esto? Se cree que ellos nos enseñaron a nosotros y que estos
fueron enseñados por alguien más. ¿Será esto cierto? Nadie lo puede
asegurar, solo se puede mencionar que si las sirenas realmente existen,
es solo por que han sabido ocultarse. O más bien, por que las
autoridades han sabido ocultar por siglos este fenómeno y que quizás no
quieren dar a conocerlo para evitar pánico en la población o tal vez,
por que no sabríamos convivir con ellos y terminaríamos exterminándolos.
Pero lo que si se puede asegurar es que este hallazgo fue uno de los
descubrimientos científicos y antropológicos más importantes en la
historia de la humanidad, a tal punto que la redefinió por completo.
Hay tantas cosas aún por descubrir en nuestro vasto mar, muchas más de las que actualmente se conocen de la superficie lunar.
Entonces por que el ser humano cree es el primer y ultimo dueño de la tierra?
Que harias si supieras existio una epoca donde los seres de tus mitos existieron, donde fueron cazados hasta el exterminio por tu gente? donde puede aun vivan entre ustedes esperando y por siempre soñando?
La historia ha sido manipulada mas de una vez...pero no puedes ver la verdad si no te haces las preguntas correctas y cuestionas.