Mostrando entradas con la etiqueta Ambrose Bierce. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ambrose Bierce. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Fragmento del Diccionario del Diablo; Ambrose Bierce


Vampiro, s: Demonio que tiene la censurable costumbre de devorar a los muertos.

Su existencia ha sido disputada por polemistas más interesados en privar al mundo de creencias reconfortantes que de reemplazarlas por otras mejores.

En 1640 el padre Sechi vio un vampiro en un cementerio próximo a Florencia y lo espantó con el signo de la cruz. Lo describe dotado de muchas cabezas y de un número extraordinario de piernas, y no dice que lo vio en más de un lugar al mismo tiempo. El buen hombre venía de cenar y explica que si no hubiera estado "pesado de comida", habría atrapado al demonio contra todo riesgo.

Atholston relata que unos robustos campesinos de Sudbury capturaron un vampiro en un cementerio y lo arrojaron en un bebedero de caballos. (Parece creer que un criminal tan distinguido debió ser echado a un tanque de agua de rosas). El agua se convirtió instantáneamente en sangre y así continúa hasta el día de hoy, escribe Atholston. Más tarde el bebedero fue drenado por medio de una zanja.

A comienzos del siglo XIV un vampiro fue acorralado en la cripta de la catedral de Amiens y la población entera rodeó el lugar. Veinte hombres armados con un sacerdote a la cabeza, llevando un crucifijo, entraron y capturaron al vampiro que, pensando escapar mediante una estratagema, había asumido el aspecto de un conocido ciudadano, lo que no impidió que lo ahorcaran y descuartizaran en medio de abominables orgías populares.

El ciudadano cuya forma había asumido el vampiro quedó tan afectado por el siniestro episodio, que no volvió a aparecer en Amiens, y su destino sigue siendo un misterio.

Ambrose Bierce (1842-1914) Fragmento del Diccionario del Diablo. 





viernes, 15 de junio de 2012

El diccionario del diablo

 
Los vampiros, con toda nuestra solemnidad a cuestas, no hemos podido eludir las ácidas observaciones de Ambrose Bierce. En este pequeño fragmento del Diccionario del Diablo; Bierce nos define a los vampiros con toda la precisión de su magnífico sarcasmo.

Vampiro.
Fragmento del Diccionario del Diablo; Ambrose Bierce (1842-1914)

Vampiro: Demonio que tiene la censurable costumbre de devorar a los muertos.

Su existencia ha sido disputada por polemistas más interesados en privar al mundo de creencias reconfortantes que de reemplazarlas por otras mejores.

En 1640 el padre Sechi vio un vampiro en un cementerio próximo a Florencia y lo espantó con el signo de la cruz. Lo describe dotado de muchas cabezas y de un número extraordinario de piernas, y no dice que lo vio en más de un lugar al mismo tiempo. El buen hombre venía de cenar y explica que si no hubiera estado "pesado de comida", habría atrapado al demonio contra todo riesgo.

Atholston relata que unos robustos campesinos de Sudbury capturaron un vampiro en un cementerio y lo arrojaron en un bebedero de caballos. (Parece creer que un criminal tan distinguido debió ser echado a un tanque de agua de rosas). El agua se convirtió instantáneamente en sangre y así continúa hasta el día de hoy, escribe Atholston. Más tarde el bebedero fue drenado por medio de una zanja.A comienzos del siglo XIV un vampiro fue acorralado en la cripta de la catedral de Amiens y la población entera rodeó el lugar. Veinte hombres armados con un sacerdote a la cabeza, llevando un crucifijo, entraron y capturaron al vampiro que, pensando escapar mediante una estratagema, había asumido el aspecto de un conocido ciudadano, lo que no impidió que lo ahorcaran y descuartizaran en medio de abominables orgías populares.

El ciudadano cuya forma había asumido el vampiro quedó tan afectado por el siniestro episodio, que no volvió a aparecer en Amiens, y su destino sigue siendo un misterio.
 

jueves, 22 de marzo de 2012

El extraño caso real de Ambrose Bierce

Ambrose Gwinett Bierce vino a este mundo un 24 de Junio de 1842 en el condado de Meigs en Ohio, hijo de Marcus Aurelius y Laura Sherwood Bierce. Era el más pequeño de una familia con numerosos hijos, a los cuales Marcus, por razones desconocidas, bautizó con nombres que empezaban todos por la letra “A”.

Ambrose Bierce
Ambrose Bierce
Los detalles sobre su infancia son escasos. Deja su familia en 1857 para vivir en Indiana, trabajando como “diablo de imprenta” para un periódico abolicionista. Después vuelve a Ohio para vivir con su tío Lucius Verus, asistiendo a la Escuela Militar de Kentucky para dejarlo al cabo de un año. Bierce no era el primero en su familia en mostrar interés por los asuntos militares. Su abuelo había luchado en la Guerra de Independencia Americana y su tío Lucius apoyó con las armas al radical abolicionista John Brown en su fallido levantamiento, liderando asimismo un ejército popular para liberar el Canadá de los Británicos.
Ambrose se empleó en diversos (y extraños) oficios antes del estallido de la Guerra de Secesión en 1860, cuando se alista en el Noveno de Voluntarios de Indiana. La guerra civil se convertiría en un episodio definitivo en su vida. Bierce empezó sirviendo como ingeniero topográfico donde su excelente y valiente servicio le valen ascender en el escalafón. Lucha en varias batallas clave de la guerra, incluyendo Silo, Chickamauga, Missionary Ridge y Kennesaw Mountain. Durante su distinguida carrera, fue gravemente herido en la cabeza durante la batalla de Kennesaw Mountain , escapando poco después a una captura segura en Gaylesville, Alabama.
Lo que vio y experimentó en la guerra tuvo el impacto más profundo en Bierce. Además de las crueldades de la guerra, su compromiso con su novia de toda la vida Bernice (“Fátima”) Wright se rompe durante el transcurso de la misma para gran desilusión suya. Todas estas amargas experiencias serían fuente de su posterior realismo cínico.
Después de que las heridas recibidas en Kennesaw Mountain le invalidasen para el servicio activo, trabaja en el Sur de posguerra en el Departamento del Tesoro, un cuerpo increíblemente corrupto en aquellos días, que seguramente contribuyó poco a disipar el cinismo de Bierce. Inicia después una gira de inspección por los fuertes del Oeste y deja el ejército después de sentirse insultado por obtener una simple comisión como Teniente de Segunda.
Bierce llega a San Francisco en 1867, donde consigue trabajo en la casa de la moneda. Es entonces cuando decide empezar una carrera en el periodismo, consiguiendo un trabajo fijo con una columna de “cotilleos” en el News Letter de San Francisco. El ácido humor de Bierce pronto le gana fama en la ciudad y una creciente notoriedad nacional. En 1871 corteja y se casa con Mary Ellen (“Mollie”) Day, una dama de sociedad proveniente de una de las mejores familias de la ciudad.
Como regalo de bodas reciben un viaje a Inglaterra, donde Bierce pasaría uno de los mejores periodos de su vida. Se gana la vida trabajando para el Fun de Tom Harold y continuando su trabajo como periodista de cotilleos en el Figaro. Durante su estancia en Inglaterra Mollie alumbra a la que sería el primero de dos hijos, Day (1872) y Leigh (1874), y escribe sus primeros tres libros: Nuggets and Dust (Pepitas y polvo, 1872), The Fiend’s Delight (El placer de los bestias, 1873), y Cobwebs from an Empty Skull (Telarañas en una calavera vacía, 1874).
A principios de 1875, Mollie retorna a San Francisco con su joven familia. Bierce, reluctante, les sigue a finales del año, justo antes del nacimiento del tercer retoño de la pareja, Helen. En 1877, Bierce es nombrado editor del Argonaut, ganándose notoriedad por su columna “Prattle” (balbuceo). Tras un breve periodo en el cual Bierce se embarcó en una empresa minera fallida en Dakota del Sur, Bierce vuelve a San Francisco y trabaja para el UASP donde retoma su columna “Prattle”.
En 1887, empieza su famosa (y tumultuosa) relación con el magnate de la prensa William Randolph Hearst, uniéndose al staff del San Francisco Examiner. Es en esta época cuando la vida personal de Bierce empieza a verse acosada por la tragedia. En 1888, se separa de Mollie cuando encuentra cartas “impropias” de un admirador europeo y, en 1889, Day, el orgullo y la alegría de Bierce, es asesinado en un sórdido duelo por una mujer.
Mientras sigue con su trabajo periodístico, Bierce empieza a escribir libros en América. Entre 1891-3, Bierce escribe y publica The Monk and the Hangman’s Daughter (El monje y la hija del verdugo, con G.A Danzinger – más conocido entre los fans de Lovecraft por el nombre que escogió posteriormente: Adolphe de Castro, luego cliente de revisión de HPL), Tales of Soldiers and Civilians (Historias de soldados y civiles, 1892), Black Beetles In Amber (Escarabajos Negros en Ambar, 1892) y Can Duch Things Be? (¿Pueden suceder tales cosas?, 1893).
Firme oponente a los intereses de las ferroviarias que marcaban la política Californiana en aquellos días, Bierce fue de los pocos periodistas con el valor suficiente como para oponerse a ellas. En 1896, Bierce consigue su victoria más sonada contra Collis P. Huntington, uno de los más grandes magnates ferroviarios del estado. Huntington estaba intentando, discretamente, conseguir una exención estatal que le hubiese evitado pagar sus deudas con el gobierno federal. Con el apoyo de Hearst y sus periódicos The Examiner y el New York Journal, Bierce inicia una campaña de tal magnitud que la exención es revocada significando la primera gran derrota para los intereses ferroviarios, señalando muchos historiadores esta derrota como el prólogo del posterior crack de la industria ferroviaria.
A principios del nuevo siglo, la vida personal de Bierce cae de nuevo en la desgracia. En 1901, su hijo Leigh muere de una neumonía causada por el alcoholismo. En 1904, Mollie finalmente consigue el divorcio aduciendo “abandono”, pero moriría al año siguiente antes de que los trámites fuesen completados.
Bierce continúa escribiendo durante este periodo, publicando Fantastic Fables (Fábulas fantásticas, 1899) y Shapes of Clay (Figuras de arcilla, 1903). Después de la muerte de Mollie en 1905, Bierce empieza a trabajar para el Cosmopolitan de Hearst, y en su libro Cynic’s Woork Book (después The Devil’s Dictionary, El diccionario del Diablo) que sería publicado en 1906.
Bierce se aleja más y más del mundo que le rodea. Cuando Walter Neal aborda a Bierce para recopilar sus obras escogidas en 1909, Bierce presenta su dimisión a Hearst por última vez. Aquel año publica The Shadow on the Dial (la sombra en la esfera) y Write It Right (Escríbelo bien), mientras trabaja en sus Obras Escogidas. Los últimos volúmenes de los 12 que componen estas Obras Escogidas, aparecerían en 1912.
La muerte de Bierce

Quizás el aspecto más intrigante de la vida de Bierce es su final. Después de una gira por los campos de batalla de su juventud, el septuagenario Bierce cruza la frontera, entrando en el México revolucionario para no saberse más de él. A pesar de que el título de esta sección debería estar encerrado entre interrogaciones, podemos asumir con seguridad que Bierce está muerto, ya que, en caso contrario, tendría unos 160 años. (Aunque, como veremos más adelante, algunas teorías no tienen en cuenta este detalle.) La fecha de la muerte de Bierce es comúnmente ubicada en 1914.
Los hechos son los siguientes. Bierce empieza a expresar en su correspondencia el deseo de ir al México dividido por la guerra, quizás incluso conocer al líder revolucionario Pancho Villa. Antes de su larga gira por los campos de batalla de su juventud, Bierce hace una serie de gestiones que podrían ser vistas tanto como la preparación para un largo viaje, como parte de unos supuestos arreglos testamentarios. Después de dicha gira, Bierce cruza la frontera Mejicana, envía una última carta y se desvanece. La hija de Biece, Helen, alarmada por su desaparición, pide ayuda al gobierno de los EUA para encontrar a su padre. Una investigación oficial del Gobierno no arroja ninguna luz al misterio.
El misterio ha provocado ríos de tinta y enormes controversias. Incontables reportes, teorías y conjeturas diversas se han escrito sobre el destino final de Ambrose Bierce. Estas teorías pueden ser divididas en dos campos. Uno asume que llegó a México, la otra no.
La teoría “tradicional”, o por lo menos la más comúnmente aceptada, sostiene que llegó a México. Aunque los detalles específicos sobre su muerte varían, la más común es que, tras cruzar la frontera, Bierce muere durante la lucha en la guerra. Dependiendo de la historia, Bierce es ejecutado por los rebeldes, las tropas federales o por el mismísimo Villa –o muere en una batalla antes de unirse a la fuerzas de Villa. Un relato habla incluso de un gringo viejo, asesor militar en el campamento de Villa, que continuamente ponía a prueba al líder revolucionario. A pesar de que muchas personas aseguran haber visto a Bierce, o su tumba, después del 26 de Diciembre, no existe prueba alguna de contacto con Bierce después de  su última carta.
Algunas de estas “teorías mexicanas” son dignas de una película de aventuras (de hecho existe una película llamada Gringo Viejo, donde Gregory Peck hace el papel de Bierce). Una sostiene que, en realidad, Bierce llega a México para espiar a Alemanes y Japoneses, que supuestamente pretenden atacar el Canal de Panamá. Bierce, aparentemente, viaja con el espía y aventurero británico F. A. Mitchell-Hedges. Atravesando Guatemala, Bierce y Mitchell-Hedges consiguen robar un artefacto maya llamado “la calavera de la maldición”. Entonces se separan en las Honduras Británicas, Bierce desvaneciéndose en la historia. Otra leyenda cuenta como un explorador llamado Jonson encuentra a un anciano de largos cabellos y barba blancos que sería Bierce. Vestido con pieles de jaguar, el viejo era mantenido prisionero por una tribu de nativos que pensaban que era una especie de dios.
Quizás la más convincente de las teorías mejicanas es la del soldado de fortuna Edgard “Tex” O’Reilly en su relato Born to Raise Hell (nacido para traer el infierno). Asegura haber sido contactado por Bierce en El Paso y después en Chihuahua, sin llegar a verlo jamás. O’Reilly cuenta que varios meses después, oye decir que un gringo ha sido asesinado en el campo minero cercano de Sierra Mojada. Investiga y descubre como un anciano americano, hablando un mal español, es ejecutado por las tropas federales cuando lo encuentran preguntando como contactar con las tropas de Villa. Los aldeanos cuentan como seguía riéndose, incluso después de la primera ráfaga del pelotón de ejecución.
La mayor parte de las teorías que sostienen que Bierce no llegó a Mexico son bastante fantasiosas, pero al menos una es interesante. Esta sostiene que Bierce inventó su aventura mexicana para disfrazar su verdadera intención: el suicidio. En esta versión, Bierce hace una última gira al escenario de sus batallas, dirigiéndose luego al Gran Cañón, donde se pega un tiro. A pesar de que esta teoría es consistente con la psicología de Bierce (no olvidemos que se le conocía como Bitter Bierce --Bierce el amargo) y explica por que alguien tan famoso como Bierce no fue reconocido, a pesar de la fuerte presencia de prensa americana en territorio mexicano durante la guerra civil (y especialmente alrededor de Villa), nos obliga a no tomar en cuenta las cartas mexicanas de Bierce.
Las otras teorías basadas en que Bierce no llegó a México rozan lo fantástico. Justo después de su desaparición, un medio llego tan lejos como para asegurar que Bierce no había existido jamás. Otra teoría mantiene que Bierce nunca llegó a México, ingresando en un hospital para enfermos mentales en Nappa, cerca del hogar de su fiel secretaria, Miss Christiansen. En 1915, llegan rumores indicando que Bierce está en Europa, trabajando en el estado mayor de Lord Kitchener en Francia durante la Primera Guerra Mundial. Una de las teorías favoritas del autor es la de Charles Fort, un investigador paranormal que aseguraba que, dada la desaparición de un tal Ambrose Small en las mismas fechas que Bierce, había una fuerza maligna actuando contra los llamados Ambrose.
Las obras de ficción sobre su muerte abarcan un ancho espectro. Las novelas Old Gringo (Gringo Viejo) y Yellow (Amarillo) son variaciones de “Bierce into Mexico” (Bierce en México). Un giro sobrenatural del mito mexicano puede encontrarse en From Dusk Hill Dawn: The Hangman’s Daughter (Abierto hasta al Amanecer parte 3). Después de viajar por México y escapar a los bandidos, Bierce acaba en un templo infestado de vampiros. El final original de la película convertía a Bierce en un vampiro, volviéndole inmortal. Lamentablemente la mojigatería de los productores se impuso y en el final que pudo verse en los cines Bierce ayuda a la destrucción de las fuerzas del mal para luego desaparecer en México y en la historia.
(Esta biografía es una traducción de la existente en la web “The Ambrose Bierce Apreciaton Society“)

Lovecraft y Ambrose Bierce

Lovecraft conoce el trabajo de Bierce en 1919, seguramente a instancias de Samuel Loveman, quien había conocido personalmente a Bierce y publicaría posteriormente una selección de cartas de Bierce (“Twenty One Letters”). Es asombroso que HPL no hubiese leído a Ambrose Bierce antes, ya que Bierce era, detrás de Poe, la figura más brillante del firmamento sobrenatural norteamericano.
A pesar de que HPL sostenía que Bierce estaba “cercano a la verdadera grandeza”, también objetaba que “Bierce apenas desarrolló las posibilidades de sus temas en cuestión de atmósfera, al menos si lo comparamos con Poe…”. En el “horror sobrenatural en la literatura”, parece que HPL tiene más reproches que alabanzas hacia Bierce, ya que su obra contiene “cierto toque de ingenuidad, angularidad prosaica o primitivismo provinciano norteamericano que contrastan de alguna manera con los esfuerzos realizados por maestros del horror posteriores”. Sin embargo “lo genuino y artístico de sus oscuras creaciones son inconfundibles en todo momento, por lo que su grandeza no corre peligro de verse eclipsada”
A pesar de que por lo escrito, pueda parecer que HPL no tenía gran opinión de Bierce, no nos engañemos: Lovecraft admiraba a Bierce, hasta el punto de incluir un relato del mismo (The Death of Halpyn Frasier, quizá su relato más conocido) entre los diez mejores relatos de horror escritos.
La influencia de Bierce en algunos relatos de Lovecraft es palpable. El monstruo invisible de Bierce en “The Damned Thing”, podría haber prefigurado la mole invisible que asola la comarca en “El Horror de Dunwich”. Clark Ashton Smith señala, en una carta a HPL, que “En la cripta” posee  “lúgubre realismo de Bierce”.
Lovecraft se encontraría con Bierce de nuevo a través del singular Adolphe de Castro, cliente de revisiones de HPL, que había sido colaborador de Bierce a finales del siglo XIX. De Castro, en un intento de capitalizar su amistad con Bierce, ofreció a HPL la revisión de “Portrait of Ambrose Bierce”, trabajo que Lovecraft rechazaría, recayendo en Frank Bleknap Long. Posteriormente en sus propia produccion HPL incorpora algunos de los lugares o deidades que Bierce inventó, sobre todo a través de la obra de R. W. Chambers quien tambien utilizó invenciones de Bierce. Es el caso de Hastur (en Bierce un dios de los pastores), o Hali.

jueves, 9 de febrero de 2012

Visiones De La Noche

Tengo la convicción de que el don de los sueños es un valioso obsequio literario,
pues si con alguna técnica aún no descubierta pudiéramos captar, fijar y utilizar las
insólitas imágenes que proporciona, tendríamos una literatura «muy por encima de lo
corriente». Del mismo modo que los animales adiestrados adquieren nuevas capacidades
y aptitudes, ese don podría mejorarse sensiblemente una vez capturado y domesticado.
Con ello, doblaríamos las horas productivas y realizaríamos nuestra más fructífera labor
mientras dormimos. Pero, incluso en las condiciones actuales, el mundo de los sueños es
un terreno que produce rentas, tal y como demuestra «Kubla Khan».
¿Y qué es el sueño? Pues una desordenada disposición de recuerdos inconexos, una
embrollada sucesión de pensamientos que una vez estuvieron presentes en la conciencia
insomne. Es una resurrección de todos los muertos en tropel (pasados y recientes, justos e
injustos) que, emergiendo de sus tumbas resquebrajadas «con las mismas ropas que
llevaban en vida», corren desordenadamente para conseguir una audiencia del director de
todo ese baile mientras se desgarran los vestidos unos a otros. Pero, ¿es que realmente hay
un director? En absoluto; el que debía serlo renunció a su autoridad y la masa se ha
apoderado de su voluntad. Murió, pero no resucita con los demás; su capacidad de juicio y
de sorpresa ha desaparecido. Puede sentir dolor y alegría, terror y atracción, pero no
asombro. Lo monstruoso, absurdo y antinatural se convierte entonces en sencillo, correcto
y razonable. Ni lo ridículo divierte ni lo imposible desconcierta. El único poeta verdadero
que encontramos es, pues, el soñador; en él «la imaginación es compacta».
Pero la imaginación no es otra cosa que recuerdo. Si no, intenta imaginar algo que
nunca hayas visto, sentido, oído o leído. Prueba a concebir, por ejemplo, un animal que no
tenga cuerpo, miembros o cola, o una casa sin paredes ni techo. Cuando estamos
despiertos dirigimos y ordenamos nuestros pensamientos por medio de la voluntad y el
juicio; seleccionamos y sacamos del almacén de los recuerdos aquello que nos sirve, y
excluimos, no sin dificultad, lo que no nos interesa. Por el contrario, cuando dormimos
nuestras fantasías «nos suceden». Aparecen tan agrupadas y mezcladas, tan impregnadas
de sus mutuos elementos, que el conjunto parece nuevo; pero las viejas y conocidas
unidades de pensamiento son las mismas. Tanto despiertos como dormidos, lo que
sacamos de nuestra imaginación son nuevas combinaciones; «la materia de la que están
hechos los sueños» es reunida por los sentidos y almacenada en la memoria del mismo
modo que las ardillas almacenan nueces. Pero hay al menos un sentido que no contribuye
a la fábrica de los sueños: nadie ha soñado nunca un olor. La vista, el oído, el tacto, e
incluso el gusto trabajan para asegurar nuestro entretenimiento nocturno; pero el sueño no
tiene nariz. Sorprende que observadores tan sagaces como los antiguos poetas no
describieran a la divinidad en actitud durmiente, y que sus obedientes siervos, los
escultores, no la representaran. Puede que estos últimos, al trabajar para la posteridad,
intuyeran que el tiempo y la fatalidad revisarían inevitablemente su obra, y por ello la
conformaran a hechos naturales.
¿Quién es capaz de relatar un sueño de tal forma que lo parezca? No creo que exista
un poeta con un estilo tan fino; es como intentar transcribir la música de un arpa eólica.
Existe una especie conocida del género Pelmazo (Penetrator intolerabilis) que después de
leer una narración —tal vez de algún gran escritor— se las ve y se las desea para exponer
su argumento con el fin de instruir y deleitar. Al final considera (¡qué buen espíritu!) que
no hace falta leerla. «Bajo condiciones y circunstancias sustancialmente semejantes» (como
reza una ley que rige el comercio interestatal) yo no debería incurrir en una falta similar.
Con todo, me propongo exponer en estas hojas la trama de algunos de mis propios sueños,
si bien hay que tener en cuenta que aquí «las condiciones y circunstancias» son diferentes,
pues mis fantasías no son accesibles al lector. Algunos fragmentos parecerán pobres y sé
que al comentarlos no alcanzaré un gran éxito, pero he de reconocer que me resulta
imposible apresar a un espíritu tan esquivo como éste.
Caminaba durante el crepúsculo por un enorme bosque de árboles antes nunca
vistos, sin saber de dónde venía ni adónde iba. Sentí la desmesurada extensión de aquel
lugar y me di cuenta de que estaba completamente solo. La idea de algún horrible hechizo,
como castigo a un crimen olvidado que debía de haber cometido al amanecer, me
obsesionaba. Avancé mecánicamente y sin esperanzas bajo los árboles siguiendo una
senda que atravesaba las embrujadas soledades de la espesura. Un tenebroso arroyo
cruzaba perezosamente mi camino: era sangre. Giré hacia la derecha y lo seguí durante un
largo trecho; al cabo de un rato llegué a un abierto espacio circular, inundado por una luz
tenue e irreal, en cuyo centro se podía reconocer un depósito de mármol blanco. Estaba
lleno de sangre y el riachuelo que había seguido era su desagüe. En torno al depósito,
entre él y el bosque circundante, había un espacio de unos dos pies de anchura cubierto
por grandes losas de mármol sobre las que yacían unos veinte cuerpos humanos sin vida.
Aunque no los conté, sabía que su número tenía alguna relación clara y portentosa con mi
crimen. Posiblemente indicaba en siglos la fecha en la que lo había cometido; la precisión
de la cifra era pues evidente. Los cuerpos estaban desnudos y distribuidos simétricamente
alrededor del tanque como si fueran los radios de una rueda: reposaban sobre la espalda
con los pies hacia afuera, y sus cabezas, abatidas sobre el borde de la cubeta, mostraban un
corte en la garganta del que brotaba sangre lentamente. Observé toda la escena sin hacer el
menor movimiento. Era el resultado natural y necesario de mi pecado y, por ello, no me
afectaba. Pero había algo que me llenaba de aprensión y temor, una pulsación monstruosa
que tenía un ritmo lento e inexorable. No sé si se dirigía a alguno de mis sentidos o si
llegaba directamente a mi conocimiento a través de algún camino desconocido para la
ciencia. La lastimosa regularidad de su amplia cadencia era enloquecedora e invadía todo
el bosque. Parecía la manifestación de un mal gigantesco e implacable.
No recuerdo nada más de este sueño. Dominado probablemente por el pánico cuyo
origen debía de ser el malestar propio de una mala circulación sanguínea, grité y mi
propia voz me despertó.
Este otro sueño aconteció en los primeros años de mi juventud. No tendría más de
dieciséis años y, a pesar del tiempo transcurrido, recuerdo lo que en él ocurría con la
misma claridad que cuando apenas había pasado una hora y yacía encogido de miedo bajo
la colcha.
Me encontraba solo en una inmensa llanura y era de noche (en mis pesadillas
siempre suelo estar solo y normalmente es de noche). No había árboles, ni ríos ni colinas,
ni rastro alguno de presencia humana. El terreno estaba cubierto de una vegetación rala y
oscura, una especie de rastrojos, que recordaba que la llanura había sido arrasada por el
fuego. El camino por el que deambulaba mostraba algunos charcos que desaparecían y
volvían a aparecer, como si al fuego le hubiera seguido la lluvia. Unos oscuros nubarrones
desplazaban aquellas partes de cielo reflejadas en los charcos. Al desaparecer, daban paso
al brillo acerado de los astros, a cuya luz álgida las aguas mostraban un lustre sombrío. Me
dirigí hacia el oeste, donde un fulgor escarlata resplandecía en el horizonte bajo largas
franjas nubosas, produciendo un efecto de lejanía inconmensurable, semejante a la que
había aprendido a escudriñar en los dibujos de Doré, quien, con cada trazo, formulaba un
presagio y una maldición. Mientras avanzaba vi siluetas de torres y almenas que se
perfilaban contra ese escenario misterioso y que crecían cada vez más hasta alcanzar unas
dimensiones inimaginables. Aquella construcción que iba llenando mi amplio ángulo de
visión no parecía, sin embargo, estar más cercana. Desesperado y sin ánimos, continué
avanzando con dificultad por la condenada y lúgubre llanura, mientras la enorme
estructura siguió creciendo hasta resultar inabarcable con la vista. Sus torres eclipsaron
completamente las estrellas. Entonces atravesé un pórtico descomunal cuyas columnas
estaban construidas con sillares ciclópeos.
El interior, completamente vacío, mostraba el polvo propio del abandono. Una luz
difusa —esa luz que sólo existe en los sueños, y que tiene vida propia— me permitió
recorrer largos pasillos que parecían no tener fin y atravesar estancias enormes cuyas
puertas cedían a mi paso. Mis pisadas resonaban con el mismo eco que en las mansiones
abandonadas y en las criptas habitadas. Caminé durante horas por aquella horrible
soledad, consciente de que buscaba algo desconocido. Por fin, me encontré en lo que
supuse el último rincón del edificio: una habitación de dimensiones normales con una
única ventana. A través de ella volví a ver el resplandor rojizo que, como un signo
inequívoco, se extendía hacia el occidente, y reconocí en él al fuego inmutable de la
eternidad. Por encima de aquel fulgor siniestro y amenazante llegaba la terrible verdad
que años más tarde, como un capricho extravagante, intenté expresar en verso:
Hace tiempo el hombre desapareció del orbe.
La corte de ángeles cayó en tumbas ignoradas.
También los diablos han quedado fríos al fin,
Y hasta el mismo Dios yace al pie del gran trono blanco.
A pesar del resplandor, era difícil ver en la oscuridad reinante y pasó algún tiempo
antes de que descubriera, en el rincón más alejado de la habitación, los contornos de una
cama a la que me acerqué con un fatal presentimiento. Sospechaba que la parte funesta de
mi aventura terminaría con un clímax espantoso, pero no pude resistirme al hechizo que
me empujaba a concluirla. Sobre la cama, medio desnudo, yacía el cadáver de un hombre.
Estaba boca arriba, con los brazos pegados a los costados. Al inclinarme sobre él, cosa que
hice con asco pero sin miedo, descubrí que estaba horriblemente descompuesto. Las
costillas sobresalían entre la carne apergaminada y, a través del vientre hundido,
asomaban las protuberancias de la espina dorsal. Tenía el rostro renegrido y acartonado, y
sus labios, algo separados de unos dientes amarillentos, castigaban su semblante con una
sonrisa horrenda. Un abultamiento bajo los párpados parecía indicar que los ojos habían
escapado a la destrucción general. Y así era, pues cuando me acerqué a verlos, se abrieron
lentamente y se clavaron en los míos con una mirada sólida y tranquila. Traten de
imaginar mi espanto, pues me resulta imposible describirlo: ¡aquellos ojos eran los míos!
Esos someros restos de una especie desaparecida, ese engendro horrible que ni el tiempo
ni la eternidad habían conseguido destruir, aquel desperdicio tan odioso y aborrecible que
continuaba vivo tras la muerte de Dios y de los ángeles... ¡era yo!
Hay sueños que se repiten. De ellos hay uno que me parece suficientemente raro
como para justificar su relato, aunque me temo que el lector llegue a pensar que el reino de
los sueños es cualquier cosa menos un terreno feliz por el que mi alma vaga a altas horas.
Y no es así. Un gran número de mis incursiones en el mundo onírico, y supongo que
muchas de las de los demás, van acompañadas de los más felices finales. Mi imaginación
retorna al cuerpo como la abeja a la colmena, cargada de un botín que, con la ayuda del
azar, se transforma en miel y se almacena en las celdas del recuerdo como un gozo eterno.
Pero el sueño que voy a relatar tiene una carácter doble; se trata de una experiencia
extrañamente horrorosa, pero el horror que inspira es tan absurdamente
desproporcionado al incidente que lo provoca que, al recordarlo, su fantasía divierte.
Atravieso un claro en una zona escasamente boscosa. Entre el cordón de árboles
diseminados alrededor de ese espacio irregular, se ven algunos campos cultivados y
viviendas en las que habitan inteligencias extrañas. Debe de estar a punto de amanecer
porque, a través de las neblinas que llenan caprichosamente el paisaje, se ve una luna casi
llena que, de un color rojo sanguinolento, desciende por el oeste. La hierba que piso está
húmeda por el rocío y toda la escena tiene la luz de plenilunio de una mañana estival.
Junto al camino hay un caballo que pasta ruidosamente. Cuando paso a su lado levanta la
cabeza y, sin hacer el menor movimiento, me observa durante un rato. Después se acerca.
Es blanco como la leche, manso de porte y de aspecto amigable. «Este caballo es un alma
apacible», me digo mientras me detengo a acariciarlo. Con los ojos fijos en los míos, se
aproxima más y me habla con voz humana, con palabras articuladas. Esto, más que
sorprenderme, me aterroriza, y rápidamente me despierto.
El caballo siempre habla mi lengua, pero nunca entiendo lo que dice. Supongo que
será porque salgo de su mundo antes de que se acabe de expresar. Seguro que a él le
asusta tanto mi repentina desaparición como a mí su forma de hablarme. Daría cualquier
cosa por conocer el significado de sus palabras.
Tal vez una mañana lo haga y ya no regrese nunca más a este nuestro mundo.
http://k02.kn3.net/F9B4E39BF.jpg

miércoles, 8 de febrero de 2012

Una Tumba Sin Fondo

Me llamo John Brenwalter. Mi padre, un borracho, logró patentar un invento para
fabricar granos de café con arcilla; pero era un hombre honrado y no quiso involucrarse en
la fabricación. Por esta razón era sólo moderadamente rico, pues las regalías de su muy
valioso invento apenas le dejaban lo suficiente para pagar los gastos de los pleitos contra
los bribones culpables de infracción. Fue así que yo carecí de muchas de las ventajas que
gozan los hijos de padres deshonestos e inescrupulosos, y de no haber sido por una madre
noble y devota (quien descuidó a mis hermanos y a mis hermanas y vigiló personalmente
mi educación), habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a asistir a la escuela.
Ser el hijo favorito de una mujer bondadosa es mejor que el oro.
Cuando yo tenía diecinueve años, mi padre tuvo la desgracia de morir. Había tenido
siempre una salud perfecta, y su muerte, ocurrida a la hora de cenar y sin previo aviso, a
nadie sorprendió tanto como a él mismo. Esa misma mañana le habían notificado la
adjudicación de la patente de su invento para forzar cajas de caudales por presión
hidráulica y sin hacer ruido. El Jefe de Patentes había declarado que era la más ingeniosa,
efectiva y benemérita invención que él hubiera aprobado jamás. Naturalmente, mi padre
previó una honrosa, próspera vejez. Es por eso que su repentina muerte fue para él una
profunda decepción. Mi madre, en cambio, cuyas piedad y resignación ante los designios
del Cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba aparentemente menos
conmovida. Hacia el final de la comida, una vez que el cuerpo de mi pobre padre fue
alzado del suelo, nos reunió a todos en el cuarto contiguo y nos habló de esta manera:
—Hijos míos, el extraño suceso que han presenciado es uno de los más desagradables
incidentes en la vida de un hombre honrado, y les aseguro que me resulta poco agradable.
Les ruego que crean que yo no he tenido nada que ver en su ejecución. Desde luego —
añadió después de una pausa en la que bajó sus ojos abatidos por un profundo
pensamiento—, desde luego es mejor que esté muerto.
Dijo estas palabras como si fuera una verdad tan obvia e incontrovertible que
ninguno de nosotros tuvo el coraje de desafiar su asombro pidiendo una explicación.
Cuando cualquiera de nosotros se equivocaba en algo, el aire de sorpresa de mi madre nos
resultaba terrible. Un día, cuando en un arranque de mal humor me tomé la libertad de
cortarle la oreja al bebé, sus simples palabras: "¡John, me sorprendes!", fueron para mí una
recriminación tan severa que al fin de una noche de insomnio, fui llorando hasta ella y,
arrojándome a sus pies, exclamé: "¡Madre, perdóname por haberte sorprendido!" Así,
ahora, todos —incluso el bebé de una sola oreja— sentimos que aceptar sin preguntas el
hecho de que era mejor, en cierto modo, que nuestro querido padre estuviese muerto,
provocaría menos fricciones. Mi madre continuó:
—Debo decirles, hijos míos, que en el caso de una repentina y misteriosa muerte, la
ley exige que venga el médico forense, corte el cuerpo en pedazos y los someta a un grupo
de hombres, quienes, después de inspeccionarlos, declaran a la persona muerta. Por hacer
esto el forense recibe una gran suma de dinero. Deseo eludir tan penosa formalidad; eso es
algo que nunca tuvo la aprobación de... de los restos. John —aquí mi madre volvió hacia
mí su rostro angelical— tú eres un joven educado y muy discreto. Ahora tienes la
oportunidad de demostrar tu gratitud por todos los sacrificios que nos impuso tu
educación. John, ve y mata al forense.
Inefablemente complacido por esta prueba de confianza de mi madre y por la
oportunidad de distinguirme por medio de un acto que cuadraba con mi natural
disposición, me arrodillé ante ella, llevé sus manos hasta mis labios y las bañé con
lágrimas de emoción. Esa tarde, antes de las cinco, había eliminado al médico.
De inmediato fui arrestado y arrojado a la cárcel. Allí pasé una noche muy incómoda:
me fue imposible dormir a causa de la irreverencia de mis compañeros de celda, dos
clérigos, a quienes la práctica teológica había dado abundantes ideas impías y un dominio
absolutamente único del lenguaje blasfemo. Pero ya avanzada la mañana, el carcelero que
dormía en el cuarto contiguo y a quien tampoco habían dejado dormir, entró en la celda y
con un feroz juramento advirtió a los reverendos caballeros que, si oía una blasfemia más,
su sagrada profesión no le impediría ponerlos en la calle. En consecuencia moderaron su
objetable conversación sustituyéndola por un acordeón. Así, pude dormir el pacífico y
refrescante sueño de la juventud y la inocencia.
A la mañana siguiente me condujeron ante el Juez Superior, un magistrado de
sentencia, y se me sometió al examen preliminar. Alegué que no tenía culpa, y añadí que el
hombre al que yo había asesinado era un notorio demócrata. (Mi bondadosa madre era
republicana y desde mi temprana infancia fui cuidadosamente instruido por ella en los
principios de gobierno honesto y en la necesidad de suprimir la oposición sediciosa.) El
juez, elegido mediante una urna republicana de doble fondo, estaba visiblemente
impresionado por la fuerza lógica de mi alegato y me ofreció un cigarrillo.
—Con el permiso de Su Excelencia —comenzó el Fiscal—, no considero necesario
exponer ninguna prueba en este caso. Por la ley de la nación se sienta usted aquí como
juez de sentencia y es su deber sentenciar. Tanto testimonio como argumentos implicarían
la duda acerca de la decisión de Su Excelencia de cumplir con su deber jurado. Ese es todo
mi caso.
Mi abogado, un hermano del médico forense fallecido, se levantó y dijo:
—Con la venia de la Corte... mi docto amigo ha dejado tan bien y con tanta
elocuencia establecida la ley imperante en este caso, que sólo me resta preguntar hasta
dónde se la ha acatado. En verdad, Su Excelencia es un magistrado penal, y como tal es su
deber sentenciar... ¿qué? Ese es un asunto que la ley, sabia y justamente, ha dejado a su
propio arbitrio, y sabiamente ya ha descargado usted cada una de las obligaciones que la
ley impone. Desde que conozco a Su Excelencia no ha hecho otra cosa que sentenciar.
Usted ha sentenciado por soborno, latrocinio, incendio premeditado, perjurio, adulterio,
asesinato... cada crimen del código y cada exceso conocido por los sensuales y los
depravados, incluyendo a mi docto amigo, el Fiscal. Usted ha cumplido con su deber de
magistrado penal, y como no hay ninguna evidencia contra este joven meritorio, mi
cliente, propongo que sea absuelto.
Se hizo un solemne silencio. El Juez se levantó, se puso la capa negra y, con voz
temblorosa de emoción, me sentenció a la vida y a la libertad. Después, volviéndose hacia
mi consejero, dijo fría pero significativamente:
—Lo veré luego.
A la mañana siguiente, el abogado que me había defendido tan escrupulosamente
contra el cargo de haber asesinado a su propio hermano —con quien había tenido una
pelea por unas tierras— desapareció, y se desconoce su suerte hasta el día de hoy.
Entretanto, el cuerpo de mi pobre padre había sido secretamente sepultado a
medianoche en el patio de su último domicilio, con sus últimas botas puestas y el
contenido de su fallecido estómago sin analizar.
—Él se oponía a cualquier ostentación —dijo mi querida madre mientras terminaba
de apisonar la tierra y ayudaba a los niños a extender una capa de paja sobre la tierra
removida—, sus instintos eran domésticos y amaba la vida tranquila.
El pedido de sucesión de mi madre decía que ella tenía buenas razones para creer
que el difunto estaba muerto, puesto que no había vuelto a comer a su casa desde hacía
varios días; pero el Juez de la Corte del Cuervo —como siempre despreciativamente la
llamó después— decidió que la prueba de muerte no era suficiente y puso el patrimonio
en manos de un Administrador Público, que era su yerno. Se descubrió que el pasivo daba
igual que el activo; sólo había quedado la patente de invención del dispositivo para forzar
cajas de seguridad por presión hidráulica y en silencio, y ésta había pasado a ser
propiedad legítima del Juez Testamentario y del Administrador Público, como mi querida
madre prefería llamarlo. Así, en unos pocos meses, una acaudalada y respetable familia
fue reducida de la prosperidad al delito; la necesidad nos obligó a trabajar.
Diversas consideraciones, tales como la idoneidad personal, la inclinación, etc., nos
guiaban en la selección de nuestras ocupaciones. Mi madre abrió una selecta escuela
privada para enseñar el arte de alterar las manchas sobre las alfombras de piel de
leopardo; el mayor de mis hermanos, George Henry, a quien le gustaba la música, se
convirtió en el corneta de un asilo para sordomudos de los alrededores; mi hermana Mary
María, tomaba pedidos de Esencias de Picaportes del Profesor Pumpernickel, para sazonar
aguas minerales, y yo me establecí como ajustador y dorador de vigas para horcas. Los
demás, demasiado jóvenes para trabajar, continuaron con el robo de pequeños artículos
expuestos en las vidrieras de las tiendas, tal como se les había enseñado.
En nuestros ratos de ocio atraíamos a nuestra casa a los viajeros y enterrábamos los
cuerpos en un sótano.
En una parte de este sótano guardábamos vinos, licores y provisiones. De la rapidez
con que desaparecían nos sobrevino la supersticiosa creencia de que los espíritus de las
personas enterradas volvían a la noche y se daban un festín. Al menos era cierto que con
frecuencia, de mañana, solíamos descubrir trozos de carnes adobadas, mercaderías
envasadas y restos de comida ensuciando el lugar, a pesar de que había sido cerrado con
llave y atrancado, previendo toda intromisión humana. Se propuso sacar las provisiones y
almacenarlas en cualquier otro sitio, pero nuestra querida madre, siempre generosa y
hospitalaria, dijo que era mejor soportar la pérdida que arriesgarse a ser descubiertos; si a
los fantasmas les era negada esta insignificante gratificación, podrían promover una
investigación que echaría por tierra nuestro esquema de la división del trabajo, desviando
las energías de toda la familia hacia la simple industria a la cual yo me dedicaba: todos
terminaríamos decorando las vigas de las horcas. Aceptamos su decisión con filial
sumisión, que se debía a nuestro respeto por su sabiduría y la pureza de su carácter.
Una noche, mientras todos estábamos en el sótano —ninguno se atrevía a entrar solo
— ocupados en la tarea de dispensar al alcalde de una ciudad vecina los solemnes oficios
de la cristiana sepultura, mi madre y los niños pequeños sosteniendo cada uno una vela,
mientras que George Henry y yo trabajábamos con la pala y el pico, mi hermana Mary
María profirió un chillido y se cubrió los ojos con las manos. Estábamos todos
sobrecogidos de espanto y las exequias del alcalde fueron suspendidas de inmediato, a la
vez que, pálidos y con la voz temblorosa, le rogamos que nos dijera qué cosa la había
alarmado. Los niños más pequeños temblaban tanto que sostenían las velas con escasa
firmeza, y las ondulantes sombras de nuestras figuras danzaban sobre las paredes con
movimientos toscos y grotescos que adoptaban las más pavorosas actitudes. La cara del
hombre muerto, ora fulgurando horriblemente en la luz, ora extinguiéndose a través de
alguna fluctuante sombra, parecía adoptar cada vez una nueva y más imponente
expresión, una amenaza aún más maligna. Más asustadas que nosotros por el grito de la
niña, las ratas echaron a correr en multitudes por el lugar, lanzando penetrantes chillidos,
o con sus ojos fijos estrellando la oscura opacidad de algún distante rincón, meros puntos
de luz verde haciendo juego con la pálida fosforescencia de la podredumbre que llenaba la
tumba a medio cavar y que parecía la manifestación visible de un leve olor a moribundo
que corrompía el aire insalubre. Ahora los niños sollozaban y se pegaban a las piernas de
sus mayores, dejando caer sus velas, y nosotros estábamos a punto de ser abandonados a
la total oscuridad, excepto por esa luz siniestra que fluía despaciosamente por encima de
la tierra revuelta e inundaba los bordes de la tumba como una fuente.
Entretanto, mi hermana, arrodillada sobre la tierra extraída de la excavación, se había
quitado las manos de la cara y estaba mirando con ojos dilatados en el interior de un
oscuro espacio que había entre dos barriles de vino.
—¡Allí está! ¡Allí está! —chilló, señalando— ¡Dios del cielo! ¿No pueden verlo?
Y realmente estaba allí: una figura humana apenas discernible en las tinieblas; una
figura que se balanceaba de un costado a otro como si se fuera a caer, agarrándose a los
barriles de vino para sostenerse; dio un paso hacia adelante, tambaleándose y, por un
momento, apareció a la luz de lo que quedaba de nuestras velas; luego se irguió
pesadamente y cayó postrada en tierra. En ese momento todos habíamos reconocido la
figura, la cara y el porte de nuestro padre. ¡Muerto estos diez meses y enterrado por
nuestras propias manos! ¡Nuestro padre, sin duda, resucitado y horriblemente borracho!
En los incidentes ocurridos durante la fuga precipitada de ese terrible lugar; en la
aniquilación de todo humano sentimiento en ese tumultuoso, loco apretujarse por la
húmeda y mohosa escalera, resbalando, cayendo, derribándose y trepando uno sobre la
espalda del otro, las luces extinguidas, los bebés pisoteados por sus robustos hermanos y
arrojados de vuelta a la muerte por un brazo maternal; en todo esto no me atrevo a pensar.
Mi madre, mi hermano y mi hermana mayores y yo escapamos; los otros quedaron abajo,
para morir de sus heridas o de su terror; algunos, quizá, por las llamas, puesto que en una
hora, nosotros cuatro, juntando apresuradamente el poco dinero y las joyas que teníamos,
y la ropa que podíamos llevar, incendiamos la casa y huimos bajo la luz de las llamas,
hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a cobrar el seguro, y mi querida madre dijo en
su lecho de muerte, años después en una tierra lejana, que ése había sido el único pecado
de omisión que quedaba sobre su conciencia. Su confesor, un hombre santo, le aseguró
que, bajo tales circunstancias, el Cielo le perdonaría su descuido.
Cerca de diez años después de nuestra desaparición de los escenarios de mi infancia,
yo, entonces un próspero falsificador, regresé disfrazado al lugar con la intención de
recuperar algo de nuestro tesoro, que había sido enterrado en el sótano. Debo decir que no
tuve éxito: el descubrimiento de muchos huesos humanos en las ruinas obligó a las
autoridades a excavar por más. Encontraron el tesoro y lo guardaron. La casa no fue
reconstruida; todo el vecindario era una desolación. Tal cantidad de visiones y sonidos
extraterrenos habían sido denunciados desde entonces, que nadie quería vivir allí. Como
no había a quien preguntar o molestar, decidí gratificar mi piedad filial con la
contemplación, una vez más, de la cara de mi bienamado padre, si era cierto que nuestros
ojos nos habían engañado y estaba todavía en su tumba. Recordaba además que él siempre
había usado un enorme anillo de diamante, y yo como no lo había visto ni había oído nada
acerca de él desde su muerte, tenía razones como para pensar que debió haber sido
enterrado con el anillo puesto. Procurándome una pala, rápidamente localicé la tumba en
lo que había sido el patio de mi casa, y comencé a cavar. Cuando hube alcanzado cerca de
cuatro pies de profundidad, la tumba se desfondó y me precipité a un gran desagüe,
cayendo por el largo agujero de su desmoronado codo. No había ni cadáver ni rastro
alguno de él.
Imposibilitado para salir de la excavación, me arrastré por el desagüe, quité con
cierta dificultad una masa de escombros carbonizados y de ennegrecida mampostería que
lo obstaculizaba, y salí por lo que había sido aquel funesto sótano.
Todo estaba claro. Mi padre, cualquier cosa que fuera lo que le había provocado esa
descompostura durante la cena (y pienso que mi santa madre hubiera podido arrojar algo
de luz sobre ese asunto) había sido, indudablemente, enterrado vivo. La tumba se había
excavado accidentalmente sobre el olvidado desagüe hasta el recodo del caño, y como no
utilizamos ataúd, en sus esfuerzos por sobrevivir había roto la podrida mampostería y
caído a través de ella, escapando finalmente hacia el interior del sótano. Sintiendo que no
era bienvenido en su propia casa, pero sin tener otra, había vivido en reclusión
subterránea como testigo de nuestro ahorro y como pensionista de nuestra providencia. Él
era quien se comía nuestra comida; él quien se bebía nuestro vino; no era mejor que un
ladrón. En un instante de intoxicación y sintiendo, sin duda, necesidad de compañía, que
es el único vínculo afín entre un borracho y su raza, abandonó el lugar de su escondite en
un momento extrañamente inoportuno, acarreando deplorables consecuencias a aquellos
más cercanos y queridos. Un desatino que tuvo casi la dignidad de un crimen.
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjlydkrf5yAc2tawMKf1wnKvRVRxTrKUet-i5GDHSFR1k2c75PmV9RV5AZ7c4RpDU6ZQVn8wEoODzUCPINbcRtKV8_9Mw_CW9XVq_-BQnLmxdq36_AQP_OzfbHMiSnHfVfZnMKCUASSjXYb/s1600/006.jpg

Una Noche De Verano

El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente
convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre
difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba
realmente enterrado. Su posición —tendido boca arriba con las manos cruzadas sobre su
estómago y atadas, que rompió fácilmente sin que se alterase la situación—, el estricto
confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían
una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en
cavilaciones.
Pero, muerto... no. Sólo estaba enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del
inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No
era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotada en aquel momento de una
patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora
aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro
inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.
Pero algo todavía se movía en la superficie. Era aquella una oscura noche de verano,
rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por
el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban
una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una
noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un
cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry
Armstrong, se sentían razonablemente seguros.
Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que se hallaba a
unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía
muchos años Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza
favorita era la de que "conocía todas las ánimas del lugar". Por la naturaleza de lo que
ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de
registro podía hacer suponer.
Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un
carruaje ligero, esperando.
El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada
la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedarse amontonada a
uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero
Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el
montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y
camisa blanca.
En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la
oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño,
Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar
sentado.
Profiriendo gritos inarticulados, los hombres huyeron, poseídos por el terror, cada
uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por
nada del mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta.
Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con
el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la
Facultad.
—¿Lo has visto? —exclamó uno de ellos.
—¡Dios! Sí... ¿Qué vamos a hacer?
Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con
un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección.
Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras,
vieron al negro Jess. El negro se puso de pie, sonriendo, todo ojos y dientes.
—Estoy esperando mi paga —dijo.
Desnudo sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la
cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada.
http://www.tattoojob.com/data/media/21/Boris%20Vallejo%20-%20skull%20and%20horns.jpg

martes, 7 de febrero de 2012

Un Habitante De Carcosa

Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras
se desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general,
en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final,
decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo
viaje, lo que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia
de muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu
muere también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe
vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma
irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos,
resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.
Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y preguntándome
cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá
algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había
extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del
paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi
alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas
que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e
inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos
colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas,
como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento
previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola
conspiración de silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y
aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más
mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del
lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una
maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un
indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba
en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la
tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la
calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y
evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio
hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos,
pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas
propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los
años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban
el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al
olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de
piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados,
y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del
cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía
muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al
encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: "¿Cómo llegué
aquí?". Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme,
aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había
revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre
repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis
crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en
la cama para impedir que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí
para ir... ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de
la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender
ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el
mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio
lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No
estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo
eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis
manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba
marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje —un lince— se
acercaba. Me vino un pensamiento: "Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y
desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta." Salté hacia él, gritando. Pasó a un
palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más
lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se
distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises.
Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en
desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra,
una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con
precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él
para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
—¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
—Buen extranjero —proseguí—, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el
camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y
desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a
lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las
Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y, sin
embargo, yo veía... veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero
evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi
existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más
convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor
acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba
una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de
exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una
sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y oprimía
una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la
piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy
deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie,
completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su
desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol
había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y
aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la
lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a
leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre...! ¡La fecha de mi nacimiento...! ¡y la fecha de
mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie
de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su
enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos
traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que
llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me
di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa.
***
Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium
Bayrolles.
http://files.myopera.com/Gambass/albums/716033/boris%20vallejo%20fantasy%20marvel.jpg