sábado, 7 de abril de 2012

Las Tres Realidades

El mundo, la realidad, la conciencia ... son conceptos fundamentales que debemos revisar en profundidad. Quizá creemos saber cual es su naturaleza o como funcionan, pues forman parte de nuestra cotidianeidad pensante y sensible. Sin embargo la mayor parte de los seres humanos vivimos prisioneros de un paradigma vital falsario que nos acompaña hasta el episodio final de la inevitable muerte. 
Estos tres conceptos citados (mundo, realidad, conciencia) se hallan cruzados e inter-relacionados, formando un tejido inextricable. La conciencia es el dial (o punto de enfoque o ajuste o cruce)  mediante el cual podemos alterar, modificar o condicionar la realidad. Y la naturaleza (o calidad o características) de realidad que generamos dibuja el paisaje del mundo que habitamos. Por ello el mundo y la conciencia son dos extremos o tipos de enfoque de una misma esencial sustancia: la naturaleza misma del universo. Es decir, el mundo es en última instancia la forma plástica que adopta la conciencia desenvolviendose en el espacio-tiempo (Akasha). Y esa conciencia cristaliza en torno a un núcleo psíquico de condensación que denominamos el yo. 
Los yos de los múltiples individuos fluyen en el universo (tejido de la sustancia mundo/conciencia) a través de una realidad modulada y generada por ellos mismos. Infinidad de seres tejen una realidad conjunta y al mismo tiempo profundamente individual. Y esa es la paradoja de la vida y la matriz de la conciencia, pues cada conciencia individual interactúa y retroalimenta una supraconciencia colectiva que nos engloba. 
El yo individual se halla perdido en un océano de realidades compartidas que no comprende ni abarca, pues la trama de la realidad se encuentra en la trastienda del mundo, como la trama de un bordado o un tapiz se halla oculta tras las aparentes figuras y paisajes. No obstante cada uno de nosotros influimos contínuamente en la construcción de esa trama, en la que nuestra identidad se halla anclada a diferentes niveles. 
Pero antes de desarrollar estos conceptos, que pertenecen a fichas posteriores de esta web, vamos a exponer el paradigma de las tres realidades o posibilidades de enfoque conciencial (nivel de calidad de la conciencia), que constituyen un factor vital determinante en grado sumo. 
Los tres niveles esenciales de realidad son independientes de la personalidad del individuo y difieren también del concepto de estados mentales o estados de conciencia. Nos referimos aquí por tanto a algo que implica únicamente estructuras de realidad o sustancia psicoconstructora de realidad. 
Por supuesto tratamos de simplificar, ya que se trata de conceptos introductorios en una primera aproximación al modelo luciferiano que se expondrá a lo largo de los cuadernos de esta web (probablemente una serie de nueve cuadernos). Y el modelo luciferiano de realidad se basa en pisos y capas de conciencia y realidad.
Resumiendo clasificamos la realidad que es capaz de gestionar la conciencia humana en tres tipos simples: sub-realidad, realidad ordinaria e hiper-realidad. Y las tres corresponden a un estado de conciencia vigílica, ya que si nos refirieramos a otros estados de conciencia habría que variar por supuesto esta estructura que es exclusivamente vigílica. Nos referimos así únicamente a la realidad del mundo vigílico, ya que es indudable que en el estado de sueño o de extasis la conciencia puede acceder a otras categorías de realidad. 
LA   SUB-REALIDAD.
En primer lugar hablaremos de la sub-realidad, ya que por desgracia es la que tiene más peso en la vida humana. A diferencia de los animales, que viven permanentemente en la realidad ordinaria (aunque bajo sus restringidos parámetros de conciencia), los seres humanos generamos, tan pronto como dominamos el lenguaje conceptual, una niebla de sub-realidades. Las cuales son por supuesto generadas mediante el discurso errático o condicionado de la mente humana. Esta es una de las principales características del humano frente al animal: la mente generadora de sub-realidades.
A través de una combinación de emociones y discursos mentales contínuos somos constructores de una trama falsa de la realidad, que denominamos en la visión luciferiana como sub-realidad. Todas las viejas religiones nos han advertido de este peligro. El niño pierde muy pronto la capacidad de vivir en una realidad genuina y enseguida comienza a construir un mundo de sub-realidades, que constituyen paradójicamente el ordinario hábitat humano. De hecho es difícil hallar una sola persona que viva de forma continuada dentro o en contacto con la realidad auténtica o realidad desnuda. 
Casi todas las religiones han perdido la capacidad de enseñar como regresar a/o recuperar la realidad genuina. De hecho la inmensa mayor parte de la humanidad no ha conocido nunca la realidad verdadera (salvo en la inmadura e inconsciente fase del bebé), pues si alguna vez han tomado contacto con ella no han perdurado en su permanencia, rechazándola para regresar rápidamentre a la sub-realidad. 
De las pocas escuelas espirituales que hoy día enseñan métodos para recuperar la realidad se halla la escuela de budismo zen. La meta de las enseñanzas y prácticas de esta escuela es posibilitar al ser humano la liberación de la realidad falsaria en la que vivimos y recuperar la realidad genuina o realidad ordinaria, aunque paradójicamente no sea precisamente esta la realidad que de forma ordinaria vive la humanidad, sumergida más bien en un niebla de sub-realidades. 
¿Y en qué consiste la sub-realidad que cotidianamente vivimos, cual es su naturaleza? Pues, aunque sea un concepto difícil de comprender y de asimilar por muchos, la sub-realidad consiste en todos los cuentos que nos inventamos contínuamente y de los que no somos conscientes. Nos sumergimos en una trama de cuentos entrelazados como una inextricable madeja, constituidos por un flujo constante desde nuestra niñez y heredados en gran parte del pasado a través de la cultura humana. La mayoría del género humano no es consciente de que es incapaz de percibir la realidad, sino tan sólo construimos el mundo a través de una serie interminable de relatos que permean absolutamente nuestros sentidos, nuestras emociones y nuestros pensamientos. 
Nuestros progenitores y la sociedad nos transmiten permanentemente una interpretación del mundo a base de relatos, alejándonos cada vez más de la percepción directa. Así pronto el niño genera a su vez sus propios relatos y se acostumbra a crear una realidad impostada a base de construcciones mentales. Y nuestra sub-realidad personal interactúa y se retroalimenta con las sub-realidades del resto de la sociedad con la que convivimos. De esta manera todos vivimos en un contexto de sub-realidades que determinan y limitan la conciencia humana. 
Esa sub-realidad es el motor principal de la conducta humana y condiciona nuestras emociones, creencias, impulsos, propósitos y actos. Resulta difícil que alguien se atreva a buscar la realidad desnuda, pues no sabemos vivir ya fuera de los cuentos que alimentan a nuestro yo personal y su correspondiente sub-realidad. E igualmente difícil es comprender lo que hay más allá de nuestras interpretaciones mentales e interacturar fuera de ellas.
La única forma de conseguir escapar a la sub-realidad es liberarnos del discurso permanente de la mente. Mediante distintas técnicas y estrategias (que se hallan en todas las sendas iniciáticas verdaderas) es posible romper la charla mental y desterrar las creencias y cuerpos de ideas que encapsulan la conciencia. Una vez conseguido esto, se puede acceder progresiva y paulatinamente a la experiencia de la auténtica realidad y que no obstante es simplemente la realidad ordinaria, algo sin embargo desconocido para la mayor parte del género humano. 
¿Y como es posible que los animales, siendo inferiores al hombre, si conserven la capacidad de vivir en la realidad y nosotros no? ¿Que valor tiene entonces esa supuesta realidad auténtica? ¿No será mejor la realidad humana constituida de conceptos, relatos, fantasías, creencias, etc, ya que nos permite construir una sociedad compleja que domina el mundo?  
Sin duda los seres humanos poseemos un gran poder en nuestra mente, un poder creador que nos hace superiores a los animales, pero que al mismo tiempo puede convertirse en una inmensa y poderosa trampa. Nuestra realidad falsaria se ha extendido con éxito por el mundo, desplazando a todos los otros seres de los reinos animal y vegetal, pero simultáneamente nos ha apartado del soporte real de la vida. Cada ser humano vive inmerso en una realidad falsaria, constituida por su impostor yo personal y por los cuentos y sub-realidades de todos los demás yoes personales que interactúan y ocupan el mundo que percibimos.
Desde el punto de vista de la visión luciferiana, todos los seres humanos son únicamente zombis, en mayor o menor grado. Idealistas o egoistas, alegres o amargados, luchadores o conformistas, eruditos o ignorantes, aventureros o sedentarios .... no importa cual sea nuestra personalidad, pues el género humano se halla sumergido en una hipnosis o sub-realidad zombificada. Hay zombis profundos y zombis a medias, pero casi sin excepción todos permanecemos prisioneros de la sub-realidad. 
La película Mátrix (primera parte) afectó la reflexión de muchas pesonas, pues intuyeron esta cruda verdad, escondida en la esencia de su trama, la cual ha sido igualmente sostenida en sus orígenes por algunas religiones y escuelas de iniciación. Mas resulta imposible que un zombi se de cuenta de que lo es, salvo que rompa ese encantamiento y pueda liberar su conciencia de ese embrujo cautivador. Sólo quien despierta de ese estado y experimenta la realidad ordinaria o verdadera es capaz de reconocer la existencia del engañoso estado de zombificación en que vive la especie humana.
La vida permite un gran juego de posibilidades emocionales, conceptuales, vitales, etc. Sin embargo el yo personal permanece en todos los casos dentro de una trama de sub-realidad. Muchas personas no desean para nada salir de ella. De hecho quisieran aún tras la muerte permanecer bajo su influjo. La clave se encuentra en la estructura del yo, pues es nuestro yo el que se halla cautivo. Y el ser humano corriente no desea cambiar su yo. Por eso los maestros luciferianos siempre dijeron: Quien quiera ser salvo ha de morir primero
Ha de morir el yo cautivo (identidad impostora) para que pueda nacer un nuevo yo, liberado y basado en la realidad auténtica, que es sin embargo la inaccesible realidad ordinaria, que tan ajena nos resulta. 
LA  REALIDAD  ORDINARIA.
La meta primera de cualquier camino genuino de liberación es alcanzar como base la realidad ordinaria. Esta evanescente meta consiste en depurar la mente de infinidad de contenidos condicionantes que filtran y distorsionan totalmente el proceso de interactuar con el mundo. No conocemos nunca la realidad porque permanentemente generamos una sub-realidad que se halla entre el mundo y nosotros. Esta sub-realidad nace en nuestra mente y altera el mundo tanto a nivel psíquico como sensorial. No percibimos directamente el mundo sino nuestra sub-realidad. 
En el budismo zen se ejercita al aspirante en técnicas con las que parar la mente, con las que silenciar el discurso interpretativo condicionado con el que construimos la sub-realidad. Tras años de constante práctica es posible al fin entrar en la realidad ordinaria, que es la base de un auténtico sendero espiritual. El zen construye o anda su camino no con la adquisión de nuevas teorías o creencias que sustituyan a las viejas que poseía el discípulo, sino restando de la mente toda teoría y preconcepto. No se trata de sumar sino de restar, de simplificar, de minimizar los contenidos, hasta que al fin en el espacio puro y vacío de su interior el discípulo alcanza el contacto directo con lo real, la realidad ordinaria, la realidad simple pero sutílmente escondida.
En el cristianismo esta búsqueda de la realidad ordinaria se ha conservado en algunas pocas escuelas monásticas. La verdad es que el cristianismo popular nunca ha hollado esta senda y tan sólo en los retiros de algunos monasterios se conservó y transmitió la verdadera enseñanza del camino hacia lo real. Lo otro son únicamente un conjunto de superticiones y doctrinas con las que manipular a la sociedad dentro de la trama de la sub-realidad. Mas hoy en día es difícil que en los monasterios actuales permanezca la llama encendida más allá de cierto umbral. Aunque en siglos pasados sí hubo gentes que alcanzaron la realidad ordinaria e incluso más allá.
También algunas escuelas chamánicas han mantenido viva esta enseñanza. El antropólogo Carlos Castaneda escribió hace algunas décadas una serie de libros (nueve en total) donde un maestro de la étnia indígena yaqui le enseña como llegar a la realidad ordinaria y también a las extraordinarias. Primero le despierta (de su estado de zombificación) a base de conducirle a repetidos shock de ampliación perceptiva mediante ingesta de hongos psicotrópicos, para posteriormente introducirle en las técnicas ancestrales de detener la mente y entrar en otras realidades. Muchos lectores quedaron atrapados por las aventuras extraordinarias y conceptos revolucionarios sobre la realidad que describe Castaneda, pero totalmente incapaces de comprender lo que en verdad se esconde tras ello, que no es más que el viejo camino perdido y olvidado por el ser humano de retornar a las otras realidades y liberarse del cautiverio en la sub-realidad. 
Si pretendemos andar el camino hacia la realidad ordinaria (realidad natural) debemos comenzar por observar los pensamientos que emite a todas horas nuestra mente. Descubriremos un flujo contínuo de pensamientos y emociones que se entremezclan con las percepciones sensoriales, borrándolas a veces y distorsionándolas en ocasiones. Raramente nuestros sentidos se ven libres de la emisión de pensamientos, que versan juzgando sobre lo que estamos viviendo y también muchas veces desarrollando cuestiones ajenas al presente. Así nuestro yo cotidiano resulta ser una madeja de pensamientos condicionados y percepciones minimizadas, lo cual nos mantiene en esa sub-realidad cotidiana antes mencionada y nos aisla de conocer la realidad auténtica. 
El cuerpo y la mente se mantienen ajenos a ese nivel de realidad auténtica que denominamos realidad ordinaria, la cual raramente somos capaces de sentir. No es algo que pueda imaginarse con la mente, pues precisamente es el uso incontrolado y pervertido de la mente lo que nos aleja de esa realidad que para la inmensa mayoría del género humano permanece incognoscible. 
Nuestro yo cotidiano, nuestro yo personal habitual, es un estado mental zombificado si lo comparamos con el yo que puede nacer cuando  la conciencia se haya plenamente despierta. En nuestro estado actual la mente genera de forma contínua una serie de cuentos sobre la realidad y nosotros mismos que suponen una barrera infranqueable para conocer directamente lo real. Estos cuentos, de los que habitualmente somos inconscientes, construyen la personalidad, la percepción y la concepción del mundo. 
Para romper ese encantamiento debemos iniciar un esfuerzo serio por observar y desvincularnos de los pensamientos, fantasías y juicios de la mente. Llegará un momentos, si somos constantes, que la mente se parará. O bien nuestra conciencia actuará separada de la mente, lo cual es lo mismo. Entonces veremos por primera vez de nuevo el mundo real (olvidado en el trastero oscuro de la perdida tierna infancia) y también nos veremos a nosotros mismos como si fuera la primera vez. Nos asombraremos de descubrir lo que hay de verdad más allá del embrujo embaucador de la sub-realidad. La conciencia podrá sentir entonces el mundo como si fuera un mundo nuevo, aunque se trate del mismo mundo anterior ahora transformado por una conciencia liberada. 
Sin duda esta revelación perceptiva durará poco, ya que los pensamientos se impondrá de nuevo desplazando a la realidad ordinaria y suplantándola otra vez por la sub-realidad. Sobre este proceso habla extensamente el místico actual Eckar Tolle a través de sus libros, que nos enseñan y animan a vivir el ahora y parar el incesante dialogo de la mente. 
Cuanto mayor es el dialogo de la mente menos vivimos el ahora y por tanto la realidad ordinaria se aleja. El yo personal permanece atrapado en la sub-realidad y no puede reconocer ni explorar la realidad auténtica. Y además, nuestra vida personal se encuentra por ello enrredada inevitablemnte en esa permanente sub-realidad, condicionando así nuestras experiencias y vivencias en el mundo. 
Tan absorvidos estamos en la sub-realidad que nuestro yo personal no sabe ni desea vivir fuera de ella. Así que no sólo estamos atrapados, sino que normalmente también carecemos de interés por liberarnos. Por ello los seres humanos vivimos dormidos (desde el punto de vista de quien tiene despierta la conciencia en ese nivel superior) o zombificados por el hechizo de la sub-realidad. Tanto es esto sumamente determinante que todos los grandes maestros espirituales de la historia han hablado de la urgencia prioritaria de despertar esta dormida conciencia. El yo personal acaba convirtiendose en una cárcel que genera una sub-realidad, un mundo ilusorio. 
Para trabajar en la tarea de romper el encantamiento de la sub-realidad es imprescindible un trabajo personal profundo y contínuo, que pocos están dispuestos a emprender. Lo fácil es construirse falacias y fantasías religiosas que nos engañan sobre una falsa meta espiritual. Y es un engaño porque el espíritu no es una creencia o algo invisible, sino que espíritu es lo real. Así que lo que la gente ingenua llama Dios no es sino la Realidad Suprema o Realidad Primaria. Y no hay que ir a ninguna parte para hallar esa Realidad Suprema, ya que el camino es siempre un camino interior, buscando en primer lugar llegar a la realidad ordinaria. 
Los sentidos entonces, liberados al fin de la mente condicionadora, alcanzan a percibir de una forma fresca y renovada. Y la conciencia, libre igualmente del disco hipnotizador de la mente, alcanza a descubrir lo que hay más allá del propio yo, una nueva identidad plena de potencialidades.
Pero es preciso la experiencia directa, pues ninguna de estas palabras sirven para transmitir fielmente lo que implica la percepción directa de la realidad ordinaria. El mundo se renueva en esta experiencia iluminadora porque el viejo mundo (perceptivo-conciencial) era una creación de nuestra propia mente y sus viejos y estrechos condicionamientos. 
Mas hemos de penetrar aún profundamente en la realidad ordinaria antes de estar preparados para dar el siguiente paso, hacia la hiper-realidad o supra-realidad, la realidad profunda.
Mas dentro de la realidad ordinaria resulta posible diferenciar a su vez dos niveles en función del estado del yo personal. El primer nivel sería aquel donde el yo personal permanece aún aislado (la mayor parter del tiempo) de la conciencia traspersonal. Y el segundo nivel se alcanza cuando el yo personal se fusiona (frecuentemente) con el yo traspersonal y la conciencia individual tiene la libertad de expandirse en una unidad o fusión trascendente.  
Lamentablemente en la cultura actual humana no se enseña (y en casi ninguna cultura de la historia) a reconectarnos con la realidad ordinaria (sino que se estimula y conduce hacia una sub-realidad) y por ello la conciencia deambula perdida y atrapada dentro de un yo personal mayormente errático y en ocasiones totalmente equivocado. Sólo unos pocos individuos mantienen un propósito de superación en las distintas facetas de la experiencia humana (emocionales, creativas, intelectuales, espirituales, etc), por lo que en general el ser humano realiza un aprendizaje psíquico desestructurado y a veces incluso involutivo y esclavizante, donde el ego puede deformarse hasta extremos inimaginables y monstruosos.  Esto conduce a que el psiquismo colectivo de la humanidad apenas sufra cambios evolutivos a lo largo de los milenios. Por ello las sociedades humanas de este planeta se hallan todavía en una fase muy primitiva, aunque sin duda ha habido progresos importantes en lo social y lo tecnológico, pero manteniendose pendiente el fundamental cambio de perspectiva de la conciencia humana. La realidad ordinaria permanece aun ignota para la generalidad de los seres humanos. 
LA  SUPRA-REALIDAD.
La realidad ordinaria es la antesala de la supra-realidad.  La única forma de entrar desde la conciencia humana en la realidad ordinaria es practicando la senda de las nueve puertas. Numerosas religiones antiguas han insistido en ello desde distintos nombres y variadas perspectivas, incidiendo en mayor o menor medida en los diferentes aspectos o puertas de esta milenaria e iniciatica senda (senda raíz o senda serpentina). 
A su vez la realidad ordinaria deviene en extraordinaria o supra-realidad cuando el trabajo en las nueve puertas se consolida y profundiza. Poco a poco el velo de la realidad ordinaria se resquebraja, alterándose elementos o componentes de su estructura. La supra-realidad o hiper-realidad oculta surge cuando el yo personal se diluye y se entra en el territorio de la conciencia transpersonal. En el momento que la identidad humana comienza a difuminarse empiezan a ser accesibles los aspectos ignotos e ilimitados del ser que tienen cabida en una nueva identidad del yo transpersonal. 
Fuera del viejo yo y de la vieja mente del yo personal entramos en contacto con fuerzas y planos de conciencia que abarcan dimensiones del ser mucho más allá de lo meramente humano. Podemos tener entonces la experiencia de adentrarnos en una realidad totalmente desconocida e inimaginable para el yo personal. Esta es la realidad profunda e ilimitada que puede ser denominada como hiper-realidad profunda o supra-realidad. Se trata de algo casi indescriptible e incognoscible para el cerrado y estrecho horizonte mental de la pequeña caja de realidad en que pulsa la identidad falsaria del yo personal, un yo construido gravitando en torno a un limitante ego. 
La supra-realidad no puede ser definida por el modelo de realidad que ha construido la identidad humana del yo. Se trata de la esencia salvaje del ser, una fuerza irreductible que desborda cualquier límite del yo. Esta fuerza o esencia salvaje del ser va más allá de la forma y del yo, de las leyes que configuran nuestro universo de realidad. Es más bien el universo sin leyes ni límites, la conciencia sin forma, el ser indomable que abarca toda potencialidad. Es una ultra realidad flexible, mutable, indomable ... que burla al yo personal en un juego eterno de creativa expresión de conciencia. 
La supra-realidad no puede ser asumida en ningún caso por el yo personal o yo humano, que se derrite en su presencia como el hielo ante el fuego. Hemos de abandonar la cáscara del yo para conocer nuestra identidad transpersonal, que es la única que tiene el poder de existir en el infinito océano del ser salvaje, de la conciencia primordial sin límites. 
Ante la supra-realidad todas las otras realidades se plegan y modulan frente a su supremo poder. El ser humano corriente no tiene posibilidad alguna de acceder a este territorio del ser (tan sólo puede percibir fugaces vislumbres en excepcionales instantes), pues es preciso primero haber avanzado totalmente en las nueve puertas y alcanzado la maestría de los círculos de los dioses dragón (ver la Sociedad de la Sangre Sagrada).
Sin embargo puede ocurrir que alguien que se halle familiarizado con la realidad ordinaria (o se escape por un momento de su yo personal) tenga sus primeras experiencias en la supra-realidad. Al igual que resulta factible que quien se esfuerza por salir de la sub-realidad (o sub-realidades) comienza a tener atisbos crecientes de la realidad ordinaria. Cada ser humano se halla en un nivel de evolución conciencial. Por eso no existen grupos humanos genéricos sino que la trayectoria es exclusivamente individual. Hay quien se eneuentra más atrapado en la sub-realidad que otro. Hay quien está maduro para avanzar y quien deberá permanecer durante varias vidas o existencias humanas en el nivel de la sub-realidad antes de tener posibilidad de progresar a una realidad superior. 
Castaneda habla de la realidad nagual, el cristianismo del reino celestial, el budismo de los planos nirvánicos transpersonales, los celtas del mundo mágico y eterno de Avalon ... Sin embargo esta realidad de la que hablamos es aún mucho más que cualquiera de estos mitos o  modelos trascendentes. La hiper- realidad posee una naturaleza salvaje (que no tiene nada que ver con los instintos animales), es decir una naturaleza libre y potencial, inabarcable, ilimitada ... es el reino donde la conciencia transpersonal fluye con absoluta libertad fuera de la forma y de las leyes que gobiernan el orden de los estados inferiores de conciencia. 
Todo esto puede parecer una fantasía para el yo personal, el cual paradójicamente se alimenta sin embargo de las fabulaciones, cuentos y relatos del reductor ego que construye la sub-realidad. Sólo quien mediante prácticas contínuas (o bien estados de gracia o elevaciones de conciencia espontaneas) consigue vislumbrar la realidad (ordinaria o desnuda) es capaz de reconocer lo que hay más allá del limitado mundo del ego y la mente condicionada, condicionable y fabuladora. Eckart Tolle menciona que en una cercana existencia anterior fue un famoso filósofo y místico, lo cual sin duda es la explicación de que ya de joven pudiera iniciar la búsqueda y alcanzar poderosos episodios de iluminación. En realidad Tolle retomó el camino previamente andado y reencontró así enseguida la realidad ordinaria, la cual es la base de sus enseñanzas (el ahora, la mente silenciosa y el presente). Todos nos hallamos en algún punto de ese camino, transitando a lo largo de la sub-realidad en sus diferentes niveles y buscando el aire fresco y puro de la realidad ordinaria, la cual percibimos y disfrutamos en aislados y afortunados episodios a lo largo de la vida.
Sin embargo la realidad ordinaria tan sólo es la plataforma de despegue (realidad base o de tránsito) hacia una realidad superior, la supra-realidad que nos espera para adentrarnos en horizontes mucho más allá de lo humano. Pero no se trata de un anhelo del ego, sino precisamente un nivel de realidad accesible únicamente para un nuevo yo basado en la conciencia transpersonal (el anhelo del espíritu que duerme en nosotros). Abandonar el caparazón seco del yo (el ego) es imprescindible para la mutación que nos lleva a una identidad potencial más allá de la humana. Sin embargo hay que encontrarse bien preparado para dar este revolucionario paso, al igual que la oruga en su madurez puede iniciar la transmutación que la convertirá en un nuevo ser alado.
Desde otro punto de vista podemos definir la realidad extraordinaria como la realidad fuera de Mátrix (ver fichas anteriores). Por ello todo el proceso del que hablamos consiste en buscar la manera de desconectar nuestra identidad humana del universo condicionado de Mátrix. Platón describía a Mátrix como la Caverna de las Sombras. Nosotros la denominamos en esta web o blog como el Reino de las Sombras. En cualquier caso el trabajo con las Nueve Puertas es la senda para la desconexión de la falsa realidad de Mátrix en sus dos niveles de sub-realidad y realidad ordinaria. 
La realidad ordinaria es una zona donde respira y brilla la conciencia libre, pero a su vez es una zona frontera para buscar la salida definitiva de Mátrix. El dominio pleno de cada Puerta supone una desconexión parcial de Mátrix. Y al mismo tiempo que vamos efectuando esas  Nueve desconexiones debemos crearnos una nueva identidad que nos permita tener un nucleo de energía y conciencia coherente en la vasta y salvaje supra-realidad. El yo de la personalidad cotidiana (y aún menos el ego) se encontraría totalmente perdido en esa ultra-realidad, por lo que no resulta aconsejable buscar acceder a ella si no es bajo una conciencia ampliada y la conexión a una fuente de conciencia superior. Primero debe madurar el yo en la realidad ordinaria antes de intentar ir más allá de sus limites.
Este tránsito es un largo viaje, un prolongado crepúsculo a través de una zona de frontera que, una vez iniciado, nos permita habituarnos a la existencia y al propósito conciencial en una realidad desconocida. Una ultrarealidad que ahora resulta apenas imaginable y aún totalmente ignota para la inmensa mayoría de la especie humana: la hiper-realidad o las múltiples supra-realidades fuera de Mátrix. 
 Mátrix: Cuando mencionamos aquí este concepto queremos hacer alusión a la idea de realidad falsaria planteada en la película del mismo nombre, pero bajo ninguna circunstancia pretendemos referirnos a una ciberilusión inferida por una megacomputadora. La Mátrix que mencionamos es una compleja estructura psicobiomorfoelectromagnética que constituye un modelo de realidad dentro del océano cuántico del universo. En esta Mátrix es donde crece el yo y se halla prisionera nuestra conciencia. 

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