
Algún tiempo después, y tras la misteriosa racha de infortunios, el sarcófago llegó a Inglaterra dejando un rastro de desgracias. Su nuevo dueño, un empresario del lugar, sería una nueva víctima de la cadena de extraños incidentes; Un accidente fatal de tres de sus familiares y el incendio repentino de su propiedad. Como éste último caballero era muy supersticioso e inmediatamente le atribuyó las descgracias a la posesion adquirida, se deciso del sarcófago, donándolo al Museo Británico. La supuesta maldición, afectó tambien al vehiculo que lo transportaba, ya que el camión se puso en marcha de forma inesperada y atropelló a un peatón que nada tenía que ver con el asunto. Además, uno de los operarios que lo llevaba se rompió una pierna y otro murió a los pocos días aquejado por una enfermedad desconocida. Los problemas se agravaron cuando el precioso ataúd se colocó en la sala egipcia del museo: los vigilantes escuchaban golpes y sollozos que venían del interior del sarcófago; Otras piezas del museo se movían sin causa aparente; Se encontró a un guardián muerto durante la ronda y los otros dejaron el trabajo; Las limpiadoras se negaban a trabajar cerca de la momia. Finalmente decidieron trasladar la pieza al sótano para evitar problemas, pero ésta solución no surtió efecto, ya que uno de los conservadores murió y su ayudante cayó muy enfermo.
La prensa no tardó en enterarse de la situación y comenzaron a trascender versiones sobre la maldición de Amon-Ra. Un reportero hizo una fotografía del sarcófago y Cuando la reveló se encontró con un rostro horrible y macabro en lugar de la pacífica expresión que tiene pintada el sarcófago de madera. Se dice que, tras contemplar la imagen durante un rato, el fotógrafo se fue a casa y se pegó un tiro. Finalmente, el Museo Británico decidió desprenderse de la “Princesa”. Un coleccionista la compró y, tras la clásica cadena de muertes y desgracias, la encerró en el desván y buscó ayuda.
El
“asustado” caballero acudió a nada más y nada menos que Madame Helena
Blavatski, quien en ese momento era toda una autoridad en lo que se
conocía como “ocultismo” de principios del siglo XX (hoy fenómeno
paranormal). Al entrar en la casa sintió una presencia maligna emanar
del desván. Descartó la idea del exorcismo y suplicó a su propietario
que se deshiciera de ella con urgencia. ¿Pero quién, en toda
Inglaterra, iba a querer comprar una momia maldita? Nadie.
Afortunadamente, fuera del país surgió un comprador: un arqueólogo
americano que adjudicó las desgracias a una cadena de casualidades. Se
preparó el envío a Nueva York. La noche del 10 de abril de 1912, el
propietario encargó los restos mortales de la princesa de Amon-Ra en un
barco que se disponía a atravesar el Atlántico con dos mil doscientos
veinticuatro pasajeros: el trasatlántico clase Olympic R.M.S. Titanic.


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